A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Escribo estas líneas desde Estados Unidos, el día 10 de noviembre, cuando el país vive una transición de mando normal que no está sucediendo, porque el presidente que tendría que ser saliente y sus “republicanos” se niegan a aceptar los resultados de la elección. Anteayer, Trump destituyó a su secretario de Defensa y altos mandos de las fuerzas armadas y puso a incondicionales suyos en esos lugares. La primera república democrática moderna está agonizando. Si llegara a morir, ¿qué significará su muerte para el mundo?

Entramos en terrenos que se han explorado en la literatura, el cine y la televisión. Mundos distópicos provocados por algún evento cataclísmico: Estados Unidos, si Alemania y Japón hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo; otros del apocalipsis de los zombis. Es, en todo caso, un momento de tristeza infinita, porque aún si Joe Biden consigue desarticular el golpe que está preparando Donald Trump (a la vista de todos), ya se quebró el encantado juego de la democracia, con todas sus reglas intrincadas que sirven para garantizar la paridad y la justicia. El liberalismo está gravemente herido.

Ilustración: Patricio Betteo

Existe una infraestructura material que ha dado pie a esta crisis tan aguda, y es urgente entenderla y hacerle frente. Una de esas condiciones es, sin duda, el horizonte de expectativas que se fue afianzando, como si se tratara de un derecho de todo ciudadano. Es la idea del progreso material como aspiración atenible, idealmente en una sola generación. El American Dream. La garantía de que todas las rutas de acceso a la riqueza permanecerán siempre abiertas, aunque sea a costillas de agotar acuíferos o de echar cantidades ilimitadas de carbono al aire. Esa idea, que fue alimentada durante décadas, es hoy una exigencia de cierta parte de una población que está dispuesta a defenderla aunque sea por la fuerza. Preservar el progreso para los sectores —mayoritariamente, aunque no exclusivamente, blancos— que consideran que el progreso personal es un derecho. Ésa es una parte de la infraestructura material del auge autoritario y, digámoslo ya, del auge neofascista. Es neofascista, sí, porque implica un dominio nacional y racial. La prosperidad garantizada será para ellos y no para todos.

La segunda condición que ha dado pie a la quiebra de la democracia es la falta de regulación de la nueva tecnología de redes sociales. El liberalismo se construyó en una vida pública fincada en la imprenta. Nació discutiendo noticias que venían impresas en periódicos, opiniones que se publicaban en libros y revistas. Se trataba de debatir qué era lo que convenía a la cuestión pública, a partir de las realidades y las ideas que traían los impresos. Por eso, la confiabilidad de lo que se publicaba empezó a importar mucho y se fueron desarrollando criterios de objetividad y verificación que, aunque imperfectos, consiguieron buenos grados de confiabilidad. “All the news that’s fit to print” (“Todas las noticias que merecen ser publicadas”) es el lema de The New York Times y “Democracy dies in darkness” (La democracia fenece en la oscuridad) es el de The Washington Post.

También los valores científicos se decantaron por ese filtro: nacieron las revistas especializadas, editadas por especialistas honorables, en las que se publicaban noticias científicas verificables.  Así, la democracia se construía a partir de un concurso que tenía siempre en el trasfondo hechos reportados en medios confiables: periódicos operados con reglas formales y por periodistas profesionales; revistas científicas que publicaban artículos sometidos a un escrutinio riguroso.

Esta relación de la democracia con la imprenta ya había sufrido embates durante el siglo XX, con el invento de la radio y luego de la televisión. Estos medios fueron una condición para el surgimiento del totalitarismo. La voz del fascista, ampliada y magnificada por la radio, llegaba a todos los hogares y facilitaba el control vertical. La voz de Mussolini, la voz de Stalin, la voz de Hitler. La radio y la televisión se prestaban para un control vertical, desde donde podía disolverse la esfera pública, y los regímenes totalitarios aprovecharon su potencial para destruir toda asociación democrática. Fue necesario regular los usos de la radio y la televisión para que esos medios sirvieran a fines democráticos.

Hoy se está usando una nueva tecnología para destruir la democracia. No es casual que Trump haya construido su base usando Twitter. Sus tuits le han permitido hacer a un lado a la prensa —a la que no ha dejado nunca de acusar de ser falsaria— y hacer también de lado al mundo que está sujeto a la verificación científica, para construir con cualquier mentira una base política que no pase por sus filtros y que se nutre, en vez, del rumor, magnificado infinidad de veces por la nueva tecnología.

La fractura de la democracia en Estados Unidos es la fractura de la democracia mundial. Sanearla pasará, necesariamente, por un proceso de regulación de la infraestructura de la comunicación y por un ajuste a las expectativas colectivas, ante la crisis ambiental.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judíaLa nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “Al borde del golpe

  1. Mas bien una democracia caduca, que insiste en no incluir a su gente con el racismo en su maxima expresión al seguir asesinando impunemente a la población afroestadunidense así como a la denominada ´población latina;mas bien un sistema que no supo sobreponerse al liderazgo que alguna vez tuvo como paíz de ideas adelantadas en la organización de las comunidades humanas