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Como lectora, dijo Louise Glück en una entrevista con Joanne Feit Diehl, nunca me han atraído las tonaditas ni las imágenes lindas. Esa no es la poesía que quiero leer ni mucho menos la que quisiera escribir. He buscado la esencia y el hechizo. Ideales estáticos, agrega. Experiencias desprendidas del relato, íntegra emoción. Ese encantamiento de la experiencia única y eterna es descrito en las últimas líneas de su poema “Nostos”. La niña recuerda el patio, el árbol, la exactitud de las estaciones. Esa pizca del universo parece escrita por un poeta lírico, dice.

Observamos el mundo sólo una vez, en la infancia.
El resto es memoria.

Glück ha reconocido que el psicoanálisis fue su verdadero taller literario. Ahí se descubrió, en los silencios y en las palabras, en el balbuceo, en las dudas. Ahí pudo encontrarse y, al mismo tiempo, desprenderse de sí misma. Ante un congreso de psicoperapeutas, la poeta que este año ha ganado el Nobel habló del poder reparador del arte. El poema acude al rescate del lector. Ante una oscuridad sin forma, le ofrece una pista de sentido. El poema, dice Glück, nos rescata. No nos levanta, nos acompaña. El poema es “una isla en caída libre”. Es una prueba, dice, de que el sufrimiento puede tener significado. Para quien lo escribe, el poema es otra cosa: una venganza ante la pérdida, una transformación del dolor que se vuelve contra su fuente. De ahí el asombro y la reverencia de Gluck ante lo escrito y lo leído. En los oficios del poeta hay un anhelo espiritual de conferir sentido a la desgracia, de darle forma a la devastación.

 

 

Ilustración: José María Martínez

Ararat, el poemario que publicó en 1990, es el libro de su sobrevivencia. El título alude a un cementerio y a la vista del monte. La muerte y el atisbo. En el libro desfilan, a lo lejos, la hermana muerta, la madre petrificada, el padre lejano. Un mundo en el que todos los días, entre los partos, nacen huérfanos y viudas. En el poema inicial de ese libro amargo y lúcido se da cuenta del inicio de una vocación: dar testimonio de nuestra sombría naturaleza. En la traducción de Pura López Colomé puede leerse la fuente de su venganza poética:

Hace mucho, me hirieron.
Como reacción,
aprendí a existir,
sin contacto
con el mundo;
les contaré
lo que me propuse ser:
un artefacto todo oídos.
No inerte: quieto.
Un tablón. Una piedra.

Nací con vocación:
dar testimonio
de los grandes misterios.
Ahora que he visto
nacimiento y muerte
sé que son pruebas,
no misterios—
de la sombría naturaleza.

La clave que ofrece el poema es, quizá, engañosa para describir la intervención poética. ¿Un dispositivo que escucha? ¿Una roca? ¿Es deveras una piedra inanimada que escucha al mundo? ¿Una tabla que sirve de oreja? El sufrimiento, ha dicho, es apenas la mitad de la metáfora. Por eso denuncia la sinceridad como el atajo que la poesía no debe tomar. La palabra sincera puede ser un alivio, pero no es un descubrimiento. El discurso honesto puede ser transcripción fiel del impulso, pero no implica la transformación artística de la experiencia. El arte no es huella digital, dice en su ensayo contra la sinceridad. Entre lo sucedido y lo escrito ha de brotar la poesía.

El poema es el proceso que cambia la experiencia: la realza, la destila, la fija en la memoria. Nada de eso es sinceridad. Si acaso, una autenticidad insincera. La verdad de la página no necesita haber sido vivida.

Glück suplica que no la tomen en serio. Soy incapaz de ver con objetividad, “no soy digna de confianza”. Me siento invisible y, por ello, peligrosa. Gente como yo, tullida y desinteresada, es mentirosa. Sólo en girones, por desgarramientos logra expresión. No atendemos el reporte de los ojos. Por eso, rota en los fragmentos de memoria, por trasposiciones la poesía de Glück toca otra verdad. Es la voz de una niña o de un dios, de un lirio o de los personajes sin tiempo que habitan el mito. Escribir, literalmente, desde los huesos.

El recibidor de Vita Nova, su poemario de 1999 se puede leer como una confirmación de esta desconfianza platónica en los testigos:

El maestro dijo debes escribir lo que ves
Pero me toca lo que veo.
El maestro contestó: Cambia lo que ves.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

Un comentario en “Contra la sinceridad

  1. Pues sí, un poeta puede ser un ser desollado; Gluck entre otras cosas es divorciada y anoréxica, tiene sus propios fantasmas familiares. Basta: la literstura no es bonita, no lo es la auténtica literatura. Se ensea mal en nuestras escuelas.