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No quiero pensar este año sólo como un tiempo triste y soberbio, regido por los designios de dioses descalzos de piedad, como todos los dioses. Quiero seguir usándolo para darles tiempo a los recuerdos que andan a la deriva.

Alguna vez, tras un segundo que me detuvo inerme en la avenida Juárez, apareció como de la nada un dicho de mi abuela: “En México siempre hay que cruzar la calle viendo para los dos lados”. Nunca tan necesaria la contundencia de la mamá de mi madre. Aquí los coches pueden salir de cualquier parte, aparecer, sin más, en sentido contrario. Las señales sólo son sugerencias. Como las leyes. Pienso en ella haciendo su recomendación y nos recuerdo detenidas en el crucero de la Once Poniente y la Quince Sur. Yo iba empujando su silla de ruedas hacia nuestra casa que estaba al otro lado de la suya. Eran calles tranquilas como el ocio, pero las interrumpía de repente el torbellino de un camión de redilas con chasis para pasajeros.

Remembranzas así, cuando la vida va de prisa sólo asaltan unos segundos. En cambio ahora, en todos estos meses de abigarrada lentitud, los recuerdos no necesitan estímulos, acuden porque sí, son como la marea, los mueven la luna o el sol del invierno en el valle sin lagos al pie de unos volcanes que nunca vemos.

Ha llegado diciembre a recordarnos que ya nada es idéntico. Las fiestas vendrán breves y sin abrazos, si se alargan temblaremos un rato al aire libre diciendo cuánto nos queremos. No sé qué irá a pasar con quienes venden árboles en los mercados ni qué harán con sus esferas los artesanos del cristal.

Al menos habrá que poner luces para impresionar a los niños que aún no saben de pandemias, pero sí de iluminación, porque a los tres años nadie merece la oscuridad.

Los recuerdos vienen despacio y se quedan ardiendo rojizos como las últimas brasas de la chimenea.

Se llamaba Cristobalito, aunque de seguro lo bautizaron como Cristóbal. Y sólo lo veíamos una vez al año. Traía consigo un olor a montañas y a prohibido. Lo recibíamos dentro de la casa a la que entraba cargando un bulto inmenso forrado con tela de manta. Salían de ahí, como milagros, pequeños árboles dueños de un aroma intrépido que no he vuelto a sentir. Estaba prohibido cortarlos y con razón, pero con un juicio que no entendíamos ni los chicos ni los mayores. Si todo era bosque arriba, ¿por qué no traer a nuestra casa la punta de un pino? Una punta cuyo precio se regateaba con un hombre que hablaba un español como del siglo dieciséis. Cristobalito era una insignia. En mi familia aún se habla de él con un respeto arcaico. Y cincuenta años después de su última visita, ninguno de los nietos se pregunta quién fue, cuando alguien lo nombra. Ahora ha de tener como cien años. Su llegada era el inicio de la fiesta diaria que iba del doce de diciembre al dos de febrero en que volvíamos a clases. En el altiplano, las vacaciones eran en el invierno hasta que alguno de los impertinentes globalizadores que llegaron al mal gobierno, desde entonces, quiso, con cierta sensatez, emparejar todo el país con las vacaciones del mundo, en el lluvioso verano que destrozó la libertad de nuestro invierno por ahí de mil novecientos sesenta y nueve.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Los árboles prohibidos: magia de antes.

Ahora, para conseguirla en atisbos meto la cara entre las ramas de los pinos que bajan atados desde Canadá, donde los siembran con método. Ha de ser probable que los corten en octubre, por eso cuando llegan al mercado de Medellín y, como el año que pasó hace mil, una mujer los desata para que yo los mire, hurgo buscando la estirpe de ese olor que bajaba de la Malinche. Y nada: la estampa y el aire de Cristobalito llegan hechos cenizas.

De todos modos, el árbol del dos mil diecinueve se veía fresco y cortado con cincel, así que lo traje a mi casa. Ahora me entristece, al tiempo en que me libera, la certeza de que fue el último de mi vida. No quiero volver a adornar un árbol trunco ni aunque lo hayan sembrado sólo para eso. Mejor comer polvorones y tararear villancicos. Viejos villancicos, iba a escribir, como si no fueran viejos todos los villancicos. Navidad. Las cosas que nos fascinaron aún nos turban. Las oraciones que no se olvidan aunque ni una palabra de lo que significan nos perturbe.

La mujer que me vendió el árbol el diciembre pasado, para enseñármelo acomodó a su niño en una caja de cartón junto a su abuela que hacía tlacoyos. Aunque pueda parecer parte de mi necia imaginería, el niño estaba feliz. Acababa de comer una sopa de fideo que ella le dio mientras yo esperaba a que terminaran ese trajín, porque sólo de aquella dama de ojos brillantes, desde el año anterior, quería yo mi árbol. Una mujer alegre en la que pienso como en una pérdida clave. Una luminosa aparición de quien me despedí prometiendo: “Hasta la próxima, porque usted y yo estamos amarchantadas”.

Desde entonces ha pasado un año fortuito y desvergonzado, impío con tantos, pero misericordioso conmigo. El miedo, que es mi vergüenza primordial y mi único enemigo, empieza a ser un forastero al que le sé las mañas. El conversador con quien vivo tiene pasión por la palabra escrita y para nuestro bien no hemos perdido al duende de contar con el que nos acompañamos. El silencio de horas se ha vuelto mi amistad más serena. Quizás por eso los recuerdos imponen su implacable y pródiga ley.

A los diez años mi mamá tenía una muñeca de porcelana, mis hermanos un tren eléctrico, mi hermana un gato y yo un asombro. La maestra que enseñaba el quinto de primaria, una mujer morena resuelta en gozo, a quien yo quería parecerme cuando fuera mayor, desapareció del colegio. Un mal día, nada más no llegó. La directora se hizo cargo del grupo y yo, no me acuerdo en dónde, oí que mi profesora se había ido con el novio. Irse con el novio era entonces como descender al infierno. Y yo sentí por ella tanta pena que aún ahora, cuando sé lo que sé del placer y los novios, sigo reprochándole que no esperara a diciembre para irse a las vacaciones. Aquel asombro de mis diez años llegó para quedarse. Love is merely a madness, escribió don William, con toda razón.

Quizás a los diez años mi papá aún tenía un patín del diablo. Porque hay una foto suya, subido en uno. De sus otros juguetes no sé sino que cuando cumplió cuarenta construyó la copia de un auto deportivo, casi como uno de esos que corrían la Panamericana, al que llamó el Faccia Feroce. Apenas hace unos días supe que tenía el motor de un Topolino y que mis hermanos juran que han de levantarlo del jardín en que yace, para rehacerlo con cuidado hasta que vuelva a caminar.

Los juguetes traen grandes recuerdos. Tengo miles. Los cuento como ríos o como gotas de agua. Y pesan lo mismo y arden igual y lastiman a veces. De todos modos, los míos casi siempre son regalos. Son como cajas, como pañuelos. Tocan su música, hacen su fiesta y sus velorios. No dependen de mí sino de sus fuerzas. Y me fascinan tantas noches como alforjas tienen mi añoranza y mis deseos.

Recuerdo la primera vez que prendí una luz de bengala. Aunque creo que lo olvido, sí recuerdo lo reciente. Apenas hace días les enseñé a mis nietos el temblor que es tener una estrella de fuego apretada en la mano y reviví la memoria exacta de otras luces.

Recuerdo el viaje que hice a Cuba con mi amiga Conchita, durante la época más atrevida de nuestras vidas. Yo descubrí al David de Miguel Ángel en el cuerpo de un marinero yugoeslavo. Mugroso todo él como el barco del que se bajó rezongando. Y nos hicimos amigos de cuerpo sin saber hablar más idioma común que el de cinco palabras en italiano.

Sin duda recuerdo todas las olas del mar y un edificio poblado de luciérnagas en Nueva York. Recuerdo Venecia de la mano de mis hijos y mi hermana. Recuerdo frases de la letanía, el piso de piedra roja en la iglesia de Santiago. Recuerdo versos de Quevedo, coplas completas y nueve sonetos de sor Juana. Recuerdo hasta el último minuto de mi primer viaje en taxi junto al conversador y en mi oído tengo tatuado el modo en que silba. Recuerdo la tarde en que compré el piano para Rosario, recuerdo a Catalina preguntándome de dónde sale la lengua y a Mateo dando de brincos en un sillón. Recuerdo a doña Emma bajando la escalera de su casa con las llaves prendidas a su blusa, canta y canta quién sabe cuál de las tonadas que sus hijos evocan. Y recuerdo a mi madre una vez al día, a todos mis muertos todos los días y a todos mis vivos todas las noches. Recuerdo, como otros rezan. Recuerdo y canto para olvidar que canto y recuerdo.

Atónita y enardecida recordaré los meses, los mensajes y la voz de este año que termina sin terminar. Porque empezó en marzo y quién sabe cuántos marzos nos ha de seguir dando vueltas la insólita memoria de sus días impávidos y ardientes.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

5 comentarios en “Luces de bengala

  1. Demasiado tiempo en soledad para pensar en todo lo que nos ha ido modelando, demasiadas ausencias. La mente desbocada…
    Si le has encontrado “las mañas” al miedo, es mucho lo que le debes a este año.
    Besos, queridísima Ángeles.

  2. ¿ y cuando una no quiere recordar que debe hacer ? Cuando los malos recuerdos se agolpan allá en el fondo , por detrás de los ojos y son tantos que no dejan paso a ninguno bueno .

  3. Sí, mi Ángeles querida, lo dices de manera muy hermosa: “Al menos habrá que poner luces para impresionar a los niños que aún no saben de pandemias, pero sí de iluminación, porque a los tres años nadie merece la oscuridad”. Lo malo del caso es que ni siquiera a los ochenta nos la merecemos, aunque, eso sí, estemos mejor pertrechados para entenderla. Y saber quién apaga las luces.