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En 1973, el caricaturista Eduardo Ríos, Rius, publicó La panza es primero, un ensayo gráfico que, contrario a lo que algunos sostienen, no habla de las bondades de la comida tradicional mexicana, sino que la pone como ejemplo de un conjunto de malas prácticas gastronómicas que le sirven como pretexto para promover un giro hacia el vegetarianismo o naturismo, movimientos alimentarios alternativos que en aquella época vivían un auge particular como respuesta al ya problemático aumento de la masa corporal y de las enfermedades crónicas no transmisibles.

El libro fue un éxito de ventas y se convirtió en una fuente de información nutricional para mucha población que no necesariamente contaba con asesoría experta al respecto. Mucho de su éxito se debió al formato de su presentación. En esa época ya abundaban libros y revistas especializadas en naturismo, vegetarianismo, herbolaria o macrobiótica que no gozaron de la popularidad de La panza Es posible que la narrativa estructurada en viñetas, atravesada por el humor y acompañada por elementos gráficos que no eran sólo “monos”, sino una forma refinada de caricatura, con una ensamblaje estético particular, hicieran la magia. En conjunto, la vasta obra de Rius confirma que la caricatura es una poderosa herramienta pedagógica capaz de transmitir múltiples mensajes a audiencias muy amplias.
No resulta extraño que la administración actual, siempre nostálgica de tiempos mejores, apostara a la caricatura como un vehículo para socializar su perspectiva sobre la obesidad, a la que, como sabemos, considera un problema de salud pública cuyo papel en el exceso de mortalidad provocada por la covid-19 ha sido enfatizado con insistencia. El 6 de noviembre el presidente presentó oficialmente la historieta “¿Qué te estás tragando?”,1 un material de “educación informal” elaborado por el caricaturista Rafael Barajas “El Fisgón”, que será distribuido en 30 millones de hogares, en el marco de una campaña de información nutricional aparentemente más amplia.

Las reacciones al folleto han sido inmediatas y predominantemente negativas. ¿Qué podía esperarse de preguntar “¿qué te estás tragando”? ¿Qué conversación empática entre iguales puede iniciar así? Claramente, la intención es diferenciar el acto de comer del de tragar, una separación en la que el autor parece jugarse un salto civilizatorio. Con esa decisión, divide a las personas en dos grupos: uno informado, inteligente y reflexivo que come, y otro impulsivo, movido por la satisfacción inmediata y voraz que traga.

Esta operación semántica es, intencionalmente o no, el primero de varios pasos para deshumanizar a las personas con obesidad y facilitar el rechazo o incluso la repulsión a su comportamiento y apariencia. Retomando a uno de sus más profundos estudiosos, Erving Goffman, el estigma y la estigmatización conllevan un proceso de despersonalización que recurre, precisamente, a la caricaturización y estereotipificación de rasgos que resultan socialmente indeseables. “Tienes un cuerpo chatarra”, le dice una mujer delgada a un hombre obeso que recuadros abajo aparece comiendo directamente de un bote de basura. ¿Quién hurga en los desperdicios, quién no hace distingos en lo que ingiere? ¿No es éste un comportamiento más parecido al de los animales? En otro recuerdo, la narradora señala que “la gordura —así, sin matices de cualquier tipo o grado— es una carga financiera para el gobierno y los contribuyentes”, mientras la imagen muestra a un hombre delgado y mortificado cargando sobre su espalda a un hombre obeso. Como si “la gordura” se pudiera separar de las personas y como si quienes la tienen no generaran riqueza y contribuyeran al erario, como si fueran un ente aparte, improductivo, sobrante. “Te haces daño a ti y dañas al país”, sentencia la tira apelando a la ética ciudadana de alguien a quien apenas unos recuadros arriba le regatea ese estatus.

Claro, la caricatura se trata de exagerar, de estirar los límites. Se sostiene sobre la distorsión de los cuerpos, la presentación grotesca de los rasgos como manera de enfatizar la crítica, de denunciar a la persona o a la situación. De hecho, la presentación de cuerpos obesos —en personas ricas, corruptas, voraces, el clásico capitalista banquero con cuerpo de cerdo— es una manera popular de hacerlo. Es decir, la caricatura conoce bien el poder estigmatizante de la obesidad y si bien esta historieta, en tanto caricaturización de un problema social, no puede ser leída en términos literales sino simbólicos, cabe preguntarse por qué decide utilizar ese poder descalificatorio en contra de personas comunes y corrientes con sobrepeso. La obesidad no es una abstracción como la corrupción o la avaricia; es una experiencia viva, encarnada por personas concretas que resienten este tipo de lenguaje y proyección.

En este sentido, varias de las críticas al folleto surgen del desconcierto que provoca que sea el mismo gobierno, garante constitucional de derechos como la no discriminación, el que envíe mensajes estigmatizantes. Hay quien lo entiende como descuido y se pregunta con extrañeza por qué. El cuestionamiento tiene sentido. Venimos de un periodo en el que la narrativa institucional sobre la obesidad ha planteado la necesidad de atenderla seriamente, sin culpar a las personas por sus hábitos alimentarios y sin acusarlas de tomar malas decisiones en un entorno social y económico que desalienta o dificulta mejores prácticas. Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué la respuesta es un folleto que retrata a las personas con obesidad como moralmente débiles, compulsivas, ignorantes e irracionales?

Ilustración: Guillermo Préstegui

La verdad es que la apuesta por la estigmatización no es un error: es una estrategia. El presidente ha dejado claro que la transformación que tiene planeada para el país descansa en su reconstrucción moral y ha dedicado incontables horas a difundir su código de ética personal. Más aún, ha reconocido pública y repetidamente que encuentra en la sanción social y en la estigmatización una forma de pedagogía que corrige prácticas que considera desviaciones a la [su] norma moral. Los casos más elocuentes son la corrupción y la delincuencia,2 sobre las que el presidente ha manifestado su deseo explícito de que sean estigmatizadas y cuya erradicación centra en la sanción social, la pérdida de reputación y, en resumidas cuentas, la vergüenza.

Por supuesto que la visión presidencial no equipara el crimen con la obesidad. Sin embargo, uno de los riesgos de sostener un cambio social en la moral es que el estándar ético personal se vuelve la medida de todos los asuntos, desde los más públicos hasta los más íntimos. Así planteado, dirimir un problema de salud pública apelando a lo moral, a lo correcto o incorrecto, no hace más que colocarlo de nuevo en el plano de la conducta individual, en lugar de situarlo en el cambio de las estructuras y el sistema. Aunque el folleto también condena a la industria alimentaria y evidencia el innegable perjuicio que ha generado en nombre de ganancias estratosféricas, la “solución” que plantea sigue estando en las y los consumidores, de quienes se espera que den la espalda a ese mercado, so pena de ser estigmatizados como consumidores ineptos cuya irresponsabilidad personal y pública es delatada por su propio cuerpo. La historieta no incluye una línea telefónica, red social o sitio electrónico del cual recibir orientación; no hay una convocatoria a buscar apoyo nutricional y acompañamiento sicológico en los servicios de salud, ni se adjunta una guía alimentaria básica, un listado de alimentos sanos y económicamente accesibles o propuestas de menús saludables. Nada. Si se planeaba ir casa por casa, ¿no era ésta una buena oportunidad para difundir información de esta naturaleza?

Esta metodología, parecida a una intervención en la que el círculo cercano confronta a la persona con problemas de conducta para hacerle ver el daño que causa a los demás, descansa sobre el principio deliberado de exhibir al otro, de hacerle ver su fallas personales. El estigma implica hacerle saber al individuo que sobre él recaen ciertas expectativas intelectuales, emocionales, morales o, en este caso, corporales, y que ha fallado. Más aún, la estigmatización requiere que la persona que está en falta incorpore la sanción y replique para sí misma el rechazo que la mirada de los otros le devuelve. Supone que sólo así, al sentir que su conducta le trae rechazo, menosprecio, dolor y exclusión, el individuo se sentiría motivado a modificar su comportamiento, evitar las conductas estigmatizadas, o bien, aceptar mantenerse al margen de los demás.

En pocas palabras, lo que el discurso estigmatizante busca es hacer sentir vergüenza, una emoción profundamente social y política que se construye mediante relaciones asimétricas de poder. La vergüenza es una especie de sanción autoinfligida que se experimenta involuntariamente al recibir un juicio o una evaluación desfavorable después de que una regla o convención social, tácita o explícita, ha sido violentada, ya sea que nosotros la hayamos roto o que pertenezcamos al grupo que la incumple. La potencia de la vergüenza radica en su capacidad para reorientar actitudes o prácticas desviadas de las normas sociales, lo que no es necesariamente negativo cuando la norma social motiva el cuidado a la integridad de los demás. Sin embargo, aunque nos parezcan universales, las normas sociales no se caracterizan por representar la visión de toda la sociedad, sino por proyectar los valores e intereses de grupos dominantes con el suficiente poder para imponer su perspectiva sobre lo que consideran correcto, saludable y estético. Y en este tema, la norma social y el estándar moral no es otro que la delgadez, cuyos hábitos alimentarios y estado de salud no se cuestiona ni por asomo.

Así, esta aproximación a la obesidad como problema público sólo implica dos cosas: 1) confirma que, a pesar de decir lo contrario, el gobierno federal cree que la solución está en modificar las conductas y no en el alivio de la pobreza y la inseguridad alimentaria, asuntos que rebasan completamente la voluntad individual, y 2) una visión de política paternalista que supone que de la inculcación de la culpa y la vergüenza depende que las personas encuentren la motivación para cambiar.

¿Es el precio que esperamos que alguien pague en una sociedad obesofóbica que produce severos trastornos alimentarios y dismorfias corporales, y tiene a niñas de cinco o seis años haciendo dietas o pensando en hacerlas? ¿Para esto nos alcanza la imaginación en un entorno en el que la discriminación al sobrepeso provoca que las personas no sean contratadas o que las y los niños sean acosados hasta desertar de las escuelas? ¿Es un costo que queremos asumir en una sociedad en la que cerca de la mitad de la población percibe ingresos que apenas les alcanzan para cubrir el costo de las necesidades más básicas? ¿Es ésta la manera de conducirnos como sociedad, en un momento en que urge volver a humanizar las relaciones y la vida pública, en lugar de “bestializar” al otro?

Si alguien en la administración federal no está de acuerdo con esta visión —como se creería que no lo están, dado que los planteamientos de las y los expertos del sector salud, el Grupo Intersecretarial de Salud, Alimentación, Medio Ambiente y Competitividad (GISAMAC) y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, parecen ir en sentido contrario— debería promover activamente la sustitución de estos mensajes por otros que promuevan un cambio social con dignidad, no a costa de ella. Nadie sale fortalecido del estigma y la vergüenza, nada revierte el deterioro permanente que sufre la identidad disminuida.

En su estudio, Goffman destaca otra función relevante del estigma: a partir de trazar un estándar debajo del cual todo se considera inferior o inaceptable, quien estigmatiza puede tener un punto de referencia respecto al cual sentirse superior, una comparación segura de la cual puede salir bien librado. Si como interacción cotidiana la superioridad moral es una aproximación discutible y francamente fatigosa, como forma de gobernar es absolutamente banal, estéril y, muy probablemente, contraproducente.

 

Paloma Villagómez Ornelas


1 La historieta puede consultarse acá.

2 La campaña para la prevención del consumo de drogas, cuyo lema sentencia que “en el mundo de las drogas no hay final feliz” es ejemplo de esta filosofía puesta en práctica. La campaña está centrada en los consumidores, no en la economía de la droga y la violencia, y abusa de imágenes que vinculan a la drogadicción con la pobreza y con cuerpos racializados.

 

5 comentarios en “Aproximación oficial a la obesidad: la vergüenza como pedagogía

  1. El artículo está sólidamente elaborado, con referencias bibliográficas accesibles, resalta una visión crítica de la política pública en operación generalizada, la cual contiene un costado muy pero muy fastidiante dada su inoperancia en los hechos. La estigmatización y la discriminación que le es consustancial no son un camino que convenga asumir como solución a la deficiencia programática. Genera, en todo caso, rechazo, desilusión, enojo.

  2. La sociedad está rebasada de insultos y críticas a cada miembro. Los colegios, instituciones, asociaciones y universidades que agremian a los especialistas en nutrición no ofrecen ningún liderazgo contra todo el manejo que se está dando en el País al estado de nutrición de la sociedad. Felicito a la periodista y a Nexos por ser la voz de muchos que prefieren seguir de largo y no detenerse ante tanto insulto.

  3. He dejado mi nombre y mi correo original, y cada vez me queda más claro que en Nexos, sea cualquier tema y sea la forma en que se presente la discusión frente a los autores, solo se aceptan los paleros, lo que me da una idea muy clara de su concepto de democracia y tolerancia, con el que publicación y autores, pretenden ser el ejemplo positivo de lo que, según dicen, es el comportamiento negativo de las autoridades.

    Así está la tolerancia de Ustedes, en fin, quédense con ella.

  4. Excelente artículo. Déjame agregar que la imagen del “costo al erario” recuerda la propaganda nazi contra los discapacitados que presentaba el régimen de Hitler, en las imágenes que se conservan en el Museo del Holocausto de Buenos Aires se puede ver la imagen de una persona discapacitada con el costo encima y al lado una familia “aria” completa y agrega la ficha: “En varias campañas, comparaba el costo que demandaba una persona
    discapacitada. Decían que el costo por mantener a un discapacitado era mayor que
    mantener a una familia entera. Con esto, preparaba a la población en su deseo de
    exterminar a quienes creía inferiores”. Salvando las distancias aquí se prepara al lector para rechazar al obeso, pero en el fondo se esconde el mismo hilo conductor de estigmatización del que tan bien habla el texto. Desafortunada fuente la de las “mentes brillantes” detrás de esto, ¿no les parece?

  5. Es un tema muy amplio dónde no se toma en cuenta al individuo como persona que siente y piensa, es decir que primero tiene que pasar por un médico de cabecera examinar todos los caminos que tiene enfrente de la paciente, hacer un test dónde saber si toda su familia es obesa, o refiere a ser por nerviosismo comelona compulsiva, y aquí entraría un psicólogo y tratar este problema y así vez a una nutrióloga, no es por estereotipo sino es médico, y si es por genes , bueno solamente con la nutricionista, pero el servicio médico del IMSS, no da este seguimiento, simplemente vas lo e dices el doctor a su criterio te manda a un dietista no a un nutricionista y listo, eso no ayuda en nada

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