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En estos días comenzará a circular el más reciente libro de Héctor Aguilar Camín: Plagio. (Una novela). Quien lo lea acompañará las desgracias repentinas de un escritor acostumbrado a quitar las comillas. Publicamos un adelanto con autorización de Literatura Random House.


El plagio es la forma más sincera de la admiración.
—Jorge Luis Conrad

Un lunes anunciaron que me había ganado el Premio Martín Luis Guzmán, “de escritores para escritores”.

El martes, me acusaron en la prensa de haberme plagiado unos artículos periodísticos.

El jueves, me acusaron de haberme plagiado también el tema de mi novela ganadora.

El lunes de la semana siguiente, setenta y nueve escritores firmaron una carta en mi contra. Esa misma mañana, descubrí que mi mujer era el vínculo secreto de mis acusadores, la descuidada informante del escritor que había denunciado el plagio de mis artículos y el de mi novela, el verdadero instigador de todo, al que por eso en este libro he llamado Voltaire.

Los firmantes de la carta exigían que devolviera el premio y que renunciara a mi puesto en la universidad. (Yo era director de cultura en la universidad, un pequeño imperio.)

El miércoles siguiente, luego de discutir con mi amigo el Ingeniero y Rector, ahora mi examigo, anuncié mi renuncia al puesto en la universidad. Y también mi renuncia al Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores.

Mi mujer, a quien yo había hecho conductora del noticiero universitario, no se presentó a trabajar aquella noche, para no tener que leer la noticia de mi salida, según dijo. Pero esa misma noche yo supe otra cosa.

A la siguiente semana, el lunes, sorprendí una llamada de mi mujer con Voltaire. Había encargado que la espiaran, con consecuencias desastrosas.

No pude sino espiarla los siguientes días, martes y miércoles, también con consecuencias desastrosas.

El jueves, Voltaire amaneció muerto en su departamento. La noticia corrió desde temprano por la radio universitaria. Mi mujer y yo desayunábamos juntos ese día, como todos los días. Al oír la noticia, me miró espantada. Esa mañana se fue de la casa y me denunció.

El viernes me visitó la policía bajo la forma del detective Saladrigas. Saladrigas acabó descubriéndolo todo. Incluso, a su manera, quién era yo.

Todo esto requiere una explicación. Es lo que van a leer.

Cada línea escrita arriba esconde una pequeña historia y la última, un desenlace. He tratado de contar ese desenlace sin rodeos y sin vulgaridad.

Iré parte por parte.

 

1

Un lunes anunciaron que me había ganado el Premio Martín Luis Guzmán, “de escritores para escritores”.

 

Nadie sabe fuera de México quién es Martin Luis Guzmán ni la importancia del premio que lleva su nombre. Quienes lo inventaron dieron con una fórmula feliz al decir que era un “premio de escritores para escritores”, insólita cosa en un país donde los premios, para escritores y para no escritores, vienen todos del gobierno. La gracia del asunto respecto al premio del que hablo es que alguien consiguió fondos encubiertos del gobierno para crear un premio de escritores para escritores, independiente del gobierno: un Taj Mahal de simulación. Sé muy bien quién y cómo lo hizo, lo diré adelante. Pero su éxito fue tal que, para el momento en el que esta historia empieza, no había premio de mayor prestigio en la República que el Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores.

Siempre me ha interesado más la fama que la literatura, más el poder cultural que la cultura, y más las mujeres de carne y hueso que los improbables lectores. Tuve desde joven la facilidad de escribir con precisión. Y de leer las intenciones de los otros como si las trajeran escritas en el rostro. He recibido los dones de la síntesis y de la claridad, pero no los de la inspiración y la belleza. Sé reconocer, en cambio, a primera vista, la grandeza de otros escritores, el genio del que carezco y que envidio como el eunuco a los sultanes en su harem.

Empecé a escribir llevado por la envidia de lo que leía, sabiendo desde el principio que no podría escribir nada igual. Me inicié como escritor copiando pasajes que me deslumbraban, entre ellos uno del propio Martín Luis Guzmán, sobre la imaginación de las balas. Fue el primero que publiqué con mi nombre en la revista de la preparatoria, y explica, o ayuda a explicar, mi debilidad y mi oficio. Transfigurando y transcribiendo ese pasaje empecé a hacerme el escritor que soy, un plagiario. Fue mi robo fundacional, hijo de la admiración, no de la infamia. La infamia llegó después, con el éxito.

La admiración es una forma noble de la envidia. De hecho, es envidia al revés, aunque la envidia al revés puede llevar al desdén y al desprecio. Mientras transcribía los pasajes de autores que me habían deslumbrado, de la luz misma que irradiaban los textos iba naciendo en mí la vanidad de descubrir sus imperfecciones y la tentación de cambiar lo que copiaba. Lo cambiaba aquí y allá, tímidamente al principio, desfachatadamente después, hasta tener al final un texto que era el que admiraba, pero deshecho y rehecho por mí. Ahí donde el autor o el traductor había escrito: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, yo ponía: “Me duermo temprano hace algún tiempo, desde que empecé a soñar”, y seguía copiando, corrigiendo y deshaciendo el pasaje de mis amores, haciéndolo mío conforme lo traicionaba, al punto de perder en el camino toda posibilidad de saber qué había escrito en ese pasaje el escritor que admiraba y qué había puesto yo.

Fue así como me hice escritor, copiando con humildad y reescribiendo con soberbia las cosas que admiraba.

Nunca me deslumbró el Quijote, pero copié muchas veces su principio para contagiarme de su reputada grandeza. Luego de varias copias entendí que esa grandeza se debía sobre todo a su consistencia rítmica. La primera página del Quijote, como tal, era léxicamente inentendible, al menos para mí: me perdía por completo en la significación de las palabras. Pero su música era pegajosa y risueña, como una rumba flamenca. Aquello de que el personaje tenía duelos y quebrantos, traducido a su verdadero significado, quiere decir que comía huevos con tocino, pero no suena igual, no tiene el misterio sonoro y melancólico de los duelos y los quebrantos.

Conforme entendía esas cosas de los textos que copiaba, los textos iban perdiendo o adquiriendo grandeza ante mí, a menudo las dos cosas. Y me los iba apropiando sin recato, haciéndolos míos en mi propia versión alterada, sin tener respeto alguno, al final, por lo que había leído de rodillas, al principio. Me iba haciendo descreído ante los milagros del idioma, irrespetuoso primero, luego infractor, luego ladrón, pero no idiota.

Cambié la primera página del Quijote lo suficiente para volverla un capítulo de la primera novela mía que ganó un premio: la historia de un hombre venido a menos, aficionado a las telenovelas y enloquecido por ellas al punto de que un día decidía empezar una vida de galán de telenovela, a sus cincuenta y cinco años. Se ponía los trajes y los afeites que veía en la tele y se iba por la ciudad donde vivía asumiendo el papel de galán ante las mujeres hermosas que encontraba en las calles o en los restaurantes de moda de los que era echado sin consideración y donde pronunciaba, sin embargo, largas parrafadas sobre el amor, aprendidas en las telenovelas, que hacían reír a los meseros y despertaban la curiosidad de cuantos lo oían, que eran muchos y variados, y de fantasiosa condición, como la suya.

Todos pudieron entender que mi novela derivaba del Quijote pero nadie distinguió nunca, al final ni yo mismo, las incontables frases literales que robé de Cervantes y las otras, incontables también, que añadí deformando las frases originales, trayéndolas, como dicen los economistas, a valor presente, de modo que donde hubo novelas de caballerías, había ahora telenovelas, donde hubo ventas y mesones había hoteles de cinco y dos estrellas, y donde hubo la añoranza de la caballería, había ahora las nostalgias del amor osado más allá de la muerte.

Podría poner aquí un pasaje de aquella novela para ilustrar el procedimiento y poner comillas en las tomas literales que nadie descubrió, pero mi oficio no consiste en poner comillas, sino en borrarlas.

Entraba en los libros con la misma facilidad que entraba en la gente. Me apropiaba de la simpatía, el amor, o la amistad de los demás, con la misma facilidad y parecida alquimia con que me apropiaba de los libros. Podía leer a los demás como si estuvieran escritos. Me acercaba a ellos con solvencia y superioridad pues, al igual que con los escritores, en muy pocos encontraba grandezas inalcanzables. Tenía suerte, sobre todo con las mujeres, una suerte construida, porque, salvo excepciones catastróficas, no venían a mí por ellas mismas, como a mi invencible amigo el galán Ricardo de la Cerda, sino atraídas por mi ingeniería de abordarlas, adularlas, ignorarlas, hacerlas reír, retirarme, insistir y, un día, sin decir nada, estar a sus pies esperando sin pedir, queriendo sin reclamar, en una disponibilidad incondicional que más temprano que tarde llevaba a la confianza, a la confidencia, a la complicidad y a la amistad duradera o a la cama, dependiendo de las edades.

Admiraba lo que los escritores escribían, pero no sus vidas atormentadas, desgarradas por el alcohol, el genio o la estrechez. Desde el principio supe que no quería ser un escritor infeliz en la vida y feliz en su obra, y actué en consecuencia. Nunca tuve la ilusión de que viviría de la escritura. Decidí desde el principio que sería mi propio mecenas y estuve atento siempre a las oportunidades de peculio, influencia y poder que el medio ofrecía.

Fue así como, antes de empezar la carrera de Letras en la universidad, era ya auxiliar de editor en las páginas culturales de El Imparcial, cobrando un sueldo pequeño, pero pudiendo vender los ejemplares de los libros que llegaban por kilos a la página de cultura del diario. Y fue en esa condición como empecé a tratar a doña Marcelina de la O, la energética esposa del crítico literario de planta, Antonio Maturana, un viejo periodista, bien leído y bien bebido, que escribía todos los días, sábados y domingos incluidos, una reseña de novedades literarias. Lo hacía con inspiración y solvencia insólitas, en una época en la que las mismas páginas de cultura en los periódicos eran una extravagancia.

Maturana era un mercenario, recibía pagas de las editoriales para elogiar o denostar libros. Pero mezclaba con peculiar sagacidad sus cobranzas con sus preferencias. La brutalidad y la elocuencia de sus ataques hacían creíbles sus elogios. La mitad de ambos eran por encargo y la otra mitad por convicción de lector, de modo que sus iras y sus filias resultaban impredecibles, a menudo contradictorias y por lo mismo sorprendentes, dejando como saldo un denominador común de algo que se parecía mucho a la genuina libertad. Marcelina era clave en aquel balance porque escribía buena parte de las reseñas, administraba las cobranzas y diseñaba el orden de publicación según un ars combinatoria que privilegiaba la sorpresa sobre la lógica.

Yo descifré el secreto de su coautoría y del amoroso mando militar de Marcelina sobre las excelencias críticas de su marido desde la primera vez en que, estando en la redacción, en la guardia floja de la mañana de un lunes, entró la cuarentona Marcelina, hecha un vendaval, con las siete notas de la semana agitadas en su mano como un abanico. Me dijo de corrido, sin hacer pausas, cuáles reseñas eran para qué días. Cuando terminó su parlamento, me ordenó:

—Repíteme lo que acabo de decir.

Gané su sonrisa complacida y asombrada cuando repetí exactamente los días que me había dicho y las reseñas corres­ pondientes a cada día.

—Tú vas a llegar lejos —me dijo—. Por lo pronto, a la sala de mi casa. Ven a tomar café el viernes a las seis.

En la sobremesa de aquel viernes, hace treinta y cinco años, oí hablar por primera vez del Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores. Marcelina me hizo pasar cuando llegué, como si fuera su ahijado, por un largo pasadizo que terminaba en una sala grande, a la vez comedor, despacho y biblioteca. Estaban sentados a la mesa su marido, el crítico Antonio Maturana, que peroraba sin continencia, y un hombre joven pero calvo, en quien reconocí, incrédulamente, al presidente electo de México. Lo habían elegido dos semanas atrás, en unas elecciones borrascosas que desgarraban a la República, pero escuchaba plácidamente la disertación de Maturana sobre un famoso cacique mexicano, Gonzalo N. Santos, inmortal autor de esta frase temible: “La moral es un árbol que da moras o no sirve para nada”.

El presidente electo me saludó con un vuelo de la mano, como si fuera su sobrino, y Maturana con una mirada de afecto, como si fuera su hijo, mientras Marcelina me pasaba por un lado de la mesa, me llevaba a sentar en el escritorio de Maturana, al fondo de la sala, y me ponía enfrente una cesta con hojaldras crocantes, una tasa de talavera y una jarrita de plata con café. La pancita de la jarra de plata estaba tan caliente que casi me quemó los dedos.

No aburriré a nadie con el relato de aquella escena única, pues abundar en ella sólo abonaría a la incredulidad de quien lee. La realidad sobrepasa infatigablemente a la imaginación y los relatos, para ser creíbles, deben sugerir más que copiar la realidad, cosa que hago aquí mismo. Digo sólo que, al terminar la sobremesa, el presidente electo se levantó de su lugar y le dijo a Marcelina y a Maturana:

—Lo del Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores, considérenlo hecho. Vamos a innovar en eso también. Se despidió de mí con el vuelo de la mano, como si fuera su sobrino, y de Maturana con un abrazo largo, como si fuera su padre. De Marcelina, con un beso en la mejilla.

El presidente electo era muy alto y Marcelina tuvo que ponerse de puntas para alcanzarlo, lo que me permitió a mí ver sus sorprendentes nalgas de pera, delineadas bajo la falda drapeada, una falda azul de pliegues bamboleantes, que descubría también su pantorrillas de bailarina, inverosímiles para mí, dados sus años, entonces como ahora sólo veinte más que los míos.

La sutil ingeniería de Marcelina y Maturana para hacerse de un patrimonio y estatuir al mismo tiempo un premio de escritores para escritores tiene detalles de manipulación financiera que ignoro, al revés de su despliegue, que conozco al detalle. Marcelina y Maturana crearon una asociación civil de Amigos del Libro, a la que el presidente dotó con un fondo secreto descomunal, del que Marcelina y Maturana fueron ordeñando los intereses para estatuir un premio, de monto inicial muy escaso, que al principio decían pagar ellos de sus propios ingresos y después, decían, con colectas filantrópicas de patronos que engrosaban la suma cada año.

Cada año se daba a conocer en una conferencia de prensa el monto del premio de ese año, y dos semanas después el fallo del jurado. El jurado lo presidía siempre Maturana, pero Marcelina y él lo integraban con espíritu de genuina pluralidad, sólo con escritores de prestigio, saltando por encima de amiguismos y cofradías, y renunciando a toda pretensión de manipular la votación o inducir los resultados.

Ponían la mesa y dejaban jugar.

Maturana y Marcelina eran unos artífices de la manipulación, pero eran grandes y genuinos lectores. No dejaban pasar a la consideración del jurado ningún libro de cuya calidad tuvieran duda, pero dejaban pasar muchas veces libros que Maturana había masacrado por encargo, aunque admiraba en su fuero íntimo, detalle que le daba a la elección de los títulos un aire de genuina probidad. Muchas veces ganaron el premio libros que Maturana había criticado salvajemente, lo que hacía crecer el prestigio de la deliberación del jurado como no sujeta a compromisos ni arreglos previos. Muchas veces sorprendí en Marcelina y Maturana el goce supremo de ver premiado un libro que admiraban en secreto, aunque lo hubieran denostado en público.

Pronto pudieron poner la regla de que los donativos para el premio fueran anónimos y de que les creyeran. Pudieron así disponer de montos cada vez mayores del fondo de la asociación para su propio patrimonio y para hacer codiciable el premio, no sólo por su prestigio, también por su dinero. El prestigio de los premios crece con su credibilidad pero se multiplica con su dinero. Fue el caso del Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores. Terminó siendo el de mayor prestigio y el de mayor monto de México.

Maturana murió a los veintidós años de instaurado el Premio Martín Luis Guzmán, escritor portentoso que había sido mentor de Maturana. Marcelina heredó el fondo, el premio y el mecanismo. La firma de Maturana desapareció de los diarios, pero Marcelina se las ingenió para conservar su columna con el mismo título, Literalia, y para acoger en ella a críticos jóvenes, que no firmaban con su nombre pero que ella seleccionaba, con ojo impecable, y hacía crecer hasta que su diversidad de gustos y fobias devolvía a la columna su imprevisibilidad y su sorpresa. Yo fui uno de esos críticos anónimos antes de que Maturana muriera, cuando ya no podía escribir sino mal dictar, y Marcelina necesitaba un amanuense que conservara el gigantesco secreto de su coautoría sobre la columna epónima de su marido. Fui su cómplice en eso hasta que Maturana murió y la ayudé luego a encontrar la solución esbozada arriba, para mantener la columna sin la firma de Maturana y, poco a poco, sin la autoría secreta de Marcelina, enferma, por su parte, de enfisema.

Para entonces, el Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores era el acontecimiento literario del año. Un año antes de morir, Marcelina tuvo el capricho, por primera vez en la historia del premio, de imponer una novela ganadora. Esa novela fue la mía. Marcelina pudo imponer su decisión porque a esas alturas nadie se atrevía a desafiar su matriarcado en el espacio del Premio y porque juzgó genuinamente que mi novela merecía el galardón.

Mi novela sí, pero yo no, como habría de descubrirlo Marcelina en los últimos días de su vida, justamente los de la tormenta que cayó sobre su premio, y sobre mí.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor e historiador. Entre sus libros: Historias conversadas, Toda la vida y Adiós a los padres.

 

3 comentarios en “Plagio
(Una novela)

  1. El Escritor se cura en salud para que el Historiador hable mejor. Ve con claridad el momento, prepara su mejor Obra. La mesa esta puesta… a veces hay segundas oportunidades.

  2. He leído Plagio, desde la primera hasta la última palabra, en un tirón de 3 horas intensas de lectura. La tremenda creatividad literaria de Héctor Aguilar Camín no conoce límites. Así lo demuestra esta historia tan bien contada. Todo aquel que quiera olvidar el drama brutal de la pandemia debe leerla.

  3. Plagiar es un placer genial, sensual. Me gusta plagiar pero no sigo el camino pues lo plagiado textualmente ya no tiene misterio. Leí el primer capítulo en Nexos hace una semana y pedí Plagio hace una semana, hoy domingo a mediodía llegó FedEx con el encargo son las 9 la terminé, muy buena. El asesino es un cliché, si hubiera sido Dalia regresando en el apagón enamorada de el plagiario , su marido y acuchillando al amante le hubiera dado mas nivel a la trama. Página 34 tenuemente, falsamente, aduladoramente, me gustaría tenue, falsa, aduladoramente, la muletilla del ingeniero rector ahora mi enemigo, me recuerda al Austerlitz de Sebald