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Las aguas del Caribe viven estremecidas por bucaneros, azote incesante, y los españoles pierden algunas islas. Plumas del enemigo escriben nuevas crónicas y en ellas se halla presente el manatí. La Histoire naturelle et moralle des Antilles, 1655, inaugura el ciclo. Pronto fue superada. Entre los autores hay cuatro misioneros y dos corsarios. Los corsarios muestran mayor autoridad sobre el manatí y en ello, como en otros asuntos, resultan invencibles.

Años atrás, con Drake, Raleigh y Hawkins, los piratas vivieron su periodo clásico; andando el siglo XVII crece el mundo extraño de los bucaneros. En la Tortuga, posesión francesa, y en otros lugares, aparecen europeos semisalvajes, cazadores monteses que suelen acabar en tripulaciones piratas. A estos bárbaros blancos, fruto del Nuevo Mundo, los llamaron bucaneros. El nombre viene del bucán o asador que usaban los indios caníbales para cocer y ahumar cecina, arte que heredaron aquellos europeos. Franceses, británicos y holandeses van ganándole a España islote tras islote; se establecen también en parajes perdidos del continente. Esos lugares, refugios para un respiro y carenar las naves, van convirtiéndose en colonias. Mientras, el filibustero goza el mar a sus anchas. Tiembla el trópico ante esas turbas de energúmenos, siempre dispuestos a desembarcar al asalto. Atropellos, saco, incendios, crueldades se entreveran con pasmosas hazañas, obra de la temeridad y la experiencia. Los ingleses ocupan Jamaica, las Bahamas, Trinidad; además, el corsario Blewfield deja por suya una región de Nicaragua que hoy lleva su nombre. Los franceses fueron ganando San Cristóbal, la Martinica, Guadalupe y la futura Haití. Más modestos, los holandeses tienen Curazao, Tobago y Aruba. Luego entre todos se repartirán las Guayanas.

Viven en esas regiones misioneros franceses, rodeados de la peor gentuza. Fue habitual entre los colonos tomar por esclavos a sus propios compatriotas. Con tales feligreses y con los bucaneros alternaban esos pobres sacerdotes. Mientras, van escribiéndose historias. La vaca marina admira y preocupa, a la vez que su carne resulta deliciosa. Dos frailes cronistas son dominicos y ambos se llaman Jean Baptiste: Du Tertre, el primero; el otro, Labat. Menos importantes serán Pelleprat y Biet, misioneros de la Guayana. Los corsarios exceden a los eclesiásticos en saber y en talento: Alexander Exquemelin, atareado cirujano de los hombres del pirata Morgan, y el inglés William Dampier, cuyas naves entretejieron el ovillo del mundo. Junto a Exquemelin y Dampier, los demás valen como antesala e intermedio.

A Charles de Rochefort se le atribuyen la Historia natural y moral de las Antillas y la gloria de introducir en Francia el nombre del lamantin o manatí. Dos veces lo llama “monstruo” y otras dos elogia su carne tierna, blanca, delicada. Charles de Rochefort, goloso de monstruos, los aprueba en nombre de la cocina francesa.

Fuente: José Durand, Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes. FCE, 1950; 2a. edición, 1983.