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De sus tiempos de bailarina, Alma Guillermoprieto conserva dos regalos: disciplina y atención a los gestos. El periodismo, una disciplina de la curiosidad y la observación. Me interesa trasmitir, le dijo a Guillermo Osorno, “más que la sensación de la danza, la forma que tiene una persona de estar dentro de sí misma mientras baila”. Ver más allá de la pose para percibir la emoción.

Antes que periodista, Guillermoprieto se entiende como reportera. Ojo y libreta. Su territorio no ha sido nunca la mesa de redacción, sino la calle, el basurero, el monte, el salón de baile. Lo suyo es adentrarse en los eventos, retratar personajes poderosos o impotentes, descifrar misterios, dibujar escenarios, narrar la realidad. La mejor lección que ha recibido del oficio provino de una fotógrafa amiga suya, no de alguno de los legendarios editores neoyorquinos con los que ha trabajado. Susan Meiselas, la fotógrafa estadunidense a quien conoció cubriendo la Revolución Sandinista, le mostró que, si no estás ahí, no puedes sacar la foto. No puede hacerse un reportaje a la distancia. Se trata, además, de una aventura de soledad. Después de muchos años reporteando, ha llegado a la conclusión de que la compañía obstruye la compenetración. Es necesaria la expedición solitaria, la inmersión plena, la observación atenta de los detalles. Literatura de proximidad.

De ahí su rechazo de los cajones ideológicos, las abstracciones teóricas, las divagaciones filosóficas. Los ojos de la cronista miran rostros, no entelequias. Es por eso que se pregunta en su ensayo más reciente por su relación con el feminismo. ¿Será que soy feminista?, se cuestiona ella misma desde el título. Naturalmente, no pone la pregunta en la mesa para soltar una respuesta simple y tajante, sino para hacerse una profunda y honesta interrogación personal. Reconoce que sólo ha escrito un texto propiamente feminista en su vida y que lo hizo hace más de cuarenta años, asqueada por las imágenes misóginas de los pasquines que se exhibían en los puestos de periódicos de Ciudad de México.

El ensayo es una revisión de su vida y de sus escritos, de sus filiaciones y tal vez también de sus miopías. Polémica de la escritora consigo misma. Guillermoprieto mira una fotografía famosa de Nacho López. Una mujer camina por la calle mientras un grupo de hombres la mira. Le chiflan, le gritan piropos. En algún tiempo, la fotografía pudo haber sido vista como prueba del poder de la belleza femenina que captura magnéticamente las miradas y las voces. Hoy no la podemos ver de esa manera. La reportera pregunta: ¿podría respirar bien la mujer con esa faja que le aprieta la cintura?, ¿qué habrá sentido con los gritos y silbidos que escuchaba? ¿Se sentiría admirada o acosada? “¿Estoy segura de las respuestas? No. Estoy segura de las preguntas”.

Ilustración: José María Martínez

Un juicio es firme en su ensayo: la revolución feminista es la más profunda, la más grande de toda la historia humana. No concierne solamente a la mitad del mundo, sino a todo el mundo. No aborda un ángulo de la vida, sino la vida entera. Es más profunda que la Revolución francesa, que la revolución de Gutenberg o la revolución cubista. Tal vez uno de los grandes aportes del feminismo es que nos obliga a mirar de nuevo. Hacernos preguntas ahí donde no las creíamos necesarias. El arte, el cine, la fotografía, la ciudad, los zapatos. La familia, la escuela, el trabajo. “Mirar es pensar; pensar es descubrir”.

El ensayo es un vaivén de perplejidades y conjeturas, de vacilaciones y tentativas. Hay, como en todo texto de Guillermoprieto, buenos retratos, historias bien contadas, apuntes llenos de inteligencia e ironía. Su mayor valor reside en el reconocimiento de su insuficiencia. De ignorancia inteligente y de vacilación está hecho todo ensayo auténtico. Sus preguntas fluyen a lo largo de los párrafos: “¿Será que se puede ser feminista sin ser activista? ¿Y será que se puede ser activista, y feminista, sin ser activista del feminismo? Es decir, ¿el feminismo es una forma de ver el mundo, una práctica cotidiana o una militancia? ¿O puede ser cualquiera de las tres cosas? ¿Y una mujer que comparte algunos, pero no todos los ideales y las ideas de un grupo militante es traidora? ¿O es válida la tolerancia?”.

Es aquí donde se desliza la propuesta. La tolerancia no es solamente válida, es el núcleo de una ética feminista. Hemos de ser no solamente tolerantes, sino entusiastas de las infinitas formas y posibilidades de ser mujer y de defender, cada una, sus propias causas, sugiere. Nadie debería tener el derecho de definir una ortodoxia. Sin tener madera de activista, reconoce y agradece el radicalismo de quienes han sido acusadas de violentas. Celebra la aparición del movimiento #MeToo, pero también advierte su incomodidad. Lo que le preocupa no es la furia de las mujeres, sino el veneno del medio. Un fenómeno de las redes sociales, ésas que permiten maravillas y abominaciones.

Al final del ensayo se muestra el triunfo de la reportera: más que los debates intelectuales y políticos del feminismo, a Guillermoprieto le interesan las mujeres que luchan, literalmente, por su vida.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.