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Hoy (7 de octubre) leo un artículo de periódico que es casi un réquiem. La industria petrolera venezolana está agonizando.

Hace diez años, la renta petrolera de Venezuela ascendía a 90 000 millones de dólares anuales. Este año se espera que llegue apenas a los 2.3 mil millones. La caída es tan dramática que, por primera vez, las remesas de los casi 6 millones de venezolanos que han salido del país superarán los ingresos petroleros. Ha llegado la hora justa para que Nicolás Maduro empiece a declarar que ese 20 % de venezolanos que se ha ido, a veces a pie, son “héroes patrios” porque desde ya esos refugiados son, si no el pilar económico que sostiene al país, cuando menos la muleta que lo está mal sosteniendo.

Me detengo un momento en algunas imágenes de lo que significa la agonía de la industria petrolera en el País de las Grandes Reservas. Una: la escasez de gasolina. Colas kilométricas en las gasolineras. Buques tanque de gasolina iraníes, pagados con las reservas de oro que quedan, que vienen desde el golfo Pérsico para solventar las necesidades más apremiantes de la ciudades. En el campo, la falta de gasolina provoca cortes de carreteras y amotinamientos.

Otra: la ruina de pueblos y ciudades petroleras. The New York Times publica imágenes de algunas de ellas. Trabajadores de Petróleos de Venezuela S. A. (Pdvsa) que fueron una verdadera aristocracia laboral, ya sin recursos, dedicados a desmantelar plataformas para rematarlas como fierro viejo, o que incluso venden sus overoles distintivos, símbolo de orgullo, para comprar comida para sus familias. Pescadores del lago Maracaibo arruinados por las filtraciones de petróleo en las aguas de esa bahía, provocadas por la falta de mantenimiento a las plataformas. De hecho, la contaminación es una de las imágenes recurrentes de esta historia de ruina industrial: el año pasado, cuatro grandes derrames contaminaron muchas de las playas más turísticas del litoral; hay también ríos enchapopotados, agua potable infiltrada.

Todo se traduce en desolación, devastación ambiental y ruina de las familias. La decadencia de la industria petrolera venezolana ha sido un proceso de años. Se había estancado la producción en tiempos de Hugo Chávez, quien, pese a sus empeños, no pudo aprovechar las grandes reservas de su país ni siquiera con los altísimos precios de entonces. Después, ya en tiempos de Maduro, la producción empezó a desfondarse, debido a la caída de precios y a la corrupción y el mal manejo. Luego, desde 2018, el boicot de Estados Unidos, promovido por el gobierno de Donald Trump, terminó de darle al traste al asunto. Resultado: este año el PIB de Venezuela será parecido al de la República Democrática del Congo.

Ilustración: Patricio Betteo

Vale la pena notar, también, que en los años de gran bonanza, en tiempos de Hugo Chávez, Venezuela no consiguió reducir su dependencia petrolera ni tampoco su dependencia de capitales extranjeros. Tampoco pudo terminar su relación económica con Estados Unidos, que era retratado en la retórica placera del caudillo como el Gran Enemigo, pero que en la práctica siguió sosteniendo el mercado venezolano de hidrocarburos hasta que inició el embargo. Ni las petroleras chinas ni las rusas llegaron para rescatar la industria venezolana que está, ahora sí, agonizando.

Más allá de la coyuntura, el horizonte de recuperación de Pdvsa es incierto. Refinar petróleo crudo pesado (como el venezolano) sale caro y los precios petroleros a nivel global están bajos, además de que la gran industria de hidrocarburos da indicios de haber inciado un viraje favorable a la inversión en energías alternativas (más limpias). De modo que, aún si cayera Maduro mañana, cosa muy improbable, la recuperación de la industria venezolana no está garantizada; en cambio, los costos ambientales, económicos y sociales de su derrumbe son y serán elevadísimos.

Así, el Estado petrolero americano por excelencia, Venezuela, ha abierto sus puertas a las industrias extractivas más depredadoras que existen: minería abierta, narcotráfico y tráfico humano. El éxodo de venezolanos ha colocado a un número incontable de personas en la indefensión ante la trata de blancas, los negocios de extorsión a migrantes o ante el desempleo y las deportaciones inducidos por la pandemia.

Todo eso obliga a pensar seriamente en aquéllo que alguna vez se llamó el “modelo venezolano”. Reflexionar sobre lo que significó, en términos de política económica, la retórica sobre la soberanía nacional. ¿Se puede hablar seriamente de soberanía cuando las rentas de un país provienen de las remesas de sus migrantes? ¿Qué significa la soberanía cuando la industria principal —la petrolera— depende de capitales, tecnologías y mercados externos? Dadas las inversiones de México en Pemex, puede ser oportuno sentarse a pensar sobre el caso de Venezuela, más allá de simpatías o antipatías ideológicas. Está claro que su modelo y la política que dio pie al surgimiento del chavismo llevaron al país a la ruina. El imaginario económico del “Socialismo del Siglo XXI” es hoy un cascarón vacío. En lugar de tratar de sostenerlo desde lo lejos, tendríamos mejor que elaborar otro imaginario, partiendo de un análisis realista y materialista, y no desde las fanfarronerías del nacionalismo. Pensar en otro socialismo y en otra democracia.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.