A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
Presentamos un adelanto de Izquierda, democracia y cambio social: PRD 1989-2019 (Cal y Arena, 2020), un libro de reflexión crítica sobre los aciertos y errores en la historia política de la izquierda mexicana.


Este ensayo es un recuento de los principales ejes de las transformaciones sociales ocurridas durante las últimas tres décadas, y del papel de un partido político en la absorción de extraordinarias tensiones producidas por esos cambios. Como todo recuento es incompleto. Su objetivo es resaltar las muchas necesidades y fracturas sociales que, en el México convulso de las últimas décadas, habrían quedado políticamente mudas sin el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Es por tanto este texto una valoración retrospectiva, fundada en hechos y la experiencia de otros países, de la contribución representativa de ese partido —con su oposición indisciplinada, tenaz, a menudo incluso intransigente— a la todavía corta convivencia democrática nacional.

Dos aclaraciones iniciales, a propósito de las transformaciones que han sacudido a la sociedad mexicana.

Primera: su raíz es sobre todo económica, y económica en los últimos treinta años quiere decir también global. La esencia de esa reorientación vertiginosa es la extensión del liberalismo de mercado, que alteró mucho más que la producción y el intercambio de bienes materiales. Como escribió Karl Polanyi tras la ola globalizadora del siglo xix, la que se estrelló con la Gran Depresión, el fascismo y el comunismo, el sistema económico está entretejido con las instituciones y las relaciones sociales. Esta vez como antes, el tránsito hacia el modelo de mercado “creció hacia una enormidad sociológica” (Polanyi, 2014, p. 333). Sus efectos se extendieron por el cuerpo social, disolviendo lazos organizativos, clausurando viejos canales de representación de intereses, introduciendo nuevas inseguridades y fomentando la individualización de la experiencia vital. Un nuevo régimen económico, centrado en el mercado, dislocó a la sociedad.

Ese proceso incubó en todos lados un descontento típicamente fragmentado, pero que más tarde o más temprano terminó por irrumpir en la arena política, de diferentes formas. Como sucedió en varios países latinoamericanos durante el cambio de milenio, las explosiones populares hundieron a los partidos tradicionales vinculados con el “neoliberalismo”, desbordaron a la democracia representativa y alimentaron movimientos de “refundación” constitucional. Como ocurre en los reacomodos actuales en países de capitalismo avanzado, las secuelas de la Gran Recesión se combinaron con resentimientos acumulados entre los perdedores de la globalización para cristalizar en virulentas reacciones antielitistas, nacionalistas y xenófobas: Lock her up! y Make America Great Again.1

En México, las fuerzas desatadas por el avance de la sociedad de mercado tuvieron temprana y virtuosamente al PRD como representante democrático de una expresión política de muy reales afectaciones sociales que, en otros lugares, carecieron por largo tiempo de cauce y voz partidista. El déficit representativo en varios sistemas partidistas, en la era de la globalización económica, empobreció la democracia y la volvió vulnerable a violentas reacciones futuras. Aquí, por el surgimiento del PRD en el ocaso del régimen político posrevolucionario, la protesta pudo ser predominantemente electoral.

Segunda: no por enfatizar las varias metamorfosis a las que el país ha estado sujeto paso por alto las varias inercias históricas. Por encima de todas está la desigualdad que recorre a las instituciones sociales. Por el contrario, parto de la observación de que las transformaciones de las últimas décadas cargaron con una pesada herencia de exclusión social, que muchas veces no sólo no pudieron corregir sino agravaron. La desigualdad siguió siendo signo de los tiempos, pero debido a los cambios económicos y a la redefinición del papel del Estado, ésta reencarnó en nuevas modalidades. Se extendieron entre la sociedad formas de precariedad distintivas del modelo económico liberal, es decir, propias de una exposición más individualizada y cercana a la operación de las fuerzas del mercado, domésticas y globales.

Es sobre estas bases que sostengo que la irrupción del PRD en el mapa de la representación fue una válvula democrática para el desfogue de nuevas presiones, ansiedades e inseguridades que asaltaron a la sociedad. El PRD, sugiero, es un partido marcado desde su nacimiento por los rompimientos que la adopción del liberalismo de mercado produjo en la sociedad. El reacomodo fue tectónico. De la mano de la revolución en las comunicaciones, el país se abrió al mundo, se disparó la migración interna e internacional, mudaron las costumbres y se revolucionaron los patrones de consumo. En algunas regiones y sectores, el avance del liberalismo económico mexicano significó inversión, dinamismo, mayor prosperidad. Globalización  y mercado anclaron un proyecto de desarrollo e inserción en una nueva modernidad.

Pero la penetración de los incentivos del mercado en más y más esferas sacudió a tal grado al individuo, la familia, las asociaciones, la empresa privada y al propio edificio del Estado, que modificó para grandes números el modo de pertenecer a esta sociedad. Al paso de crisis y recesiones económicas (1982, 1994, 2002, 2009), privatizaciones, medidas de austeridad gubernamental y liberalizaciones fueron quedando múltiples afectaciones, carencias e incertidumbres. Un consenso económico liberal se instaló entre las élites gobernantes, pero no en la sociedad. En ella se mantenían las contradicciones de intereses y visiones. Surgían nuevas oportunidades y ganadores, pero también nuevos agravios y desigualdades.

Entre esas nuevas tensiones surgió el PRD como un gran receptáculo de intereses desamparados en tiempos de cambio. En plena turbulencia, el partido asumió la tarea de controvertir, desde la política electoral, aspectos fundamentales del liberalismo de mercado y su forma de implementación local (desde arriba, oligárquica y plagada de conflictos de interés, cuando no de dura corrupción). En tanto partido opositor surgido con prontitud del quiebre programático del PRI con el nacionalismo revolucionario, el PRD logró dar traducción política a un malestar de nuevo cuño: el malestar de la sociedad de mercado del cambio de siglo, en su versión mexicana.

En una palabra, el PRD es el protagonista del encauzamiento institucional de las convulsiones sociales desatadas por un nuevo régimen económico, en la década final de la larga transición mexicana a la democracia y bajo ese régimen, después. Por “encauzamiento institucional” no quiero decir la supresión del conflicto entre intereses, propia del autoritarismo. Tampoco me refiero a su disolución o la reconciliación final de las contradicciones, sueño de distintas corrientes e ismos. Conflicto y antagonismo son asumidos aquí como intrínsecos a la adopción de medidas vinculantes (respaldadas por la fuerza) dentro de una comunidad en condiciones de pluralismo político. Es decir, aceptados como inherentes a la sociedad misma, contra la pretensión de poner fin al disenso y la contestación legítima mediante la sumisión a una entidad única y superior, que emparenta a la tecnocracia con el populismo: la Verdad “científica” en un caso, la Voluntad del “pueblo” en el otro.

Hablo del procesamiento institucional del conflicto, en cambio, como el despliegue de visiones políticas contrapuestas dentro de márgenes comunes, compatibles con la libertad política colectiva y con la posibilidad de las asociaciones humanas de autodeterminarse mediante procesos libres de selección de gobernantes. Me refiero a la coexistencia humana sin descenso en espirales de violencia política, quiebres del orden constitucional ni exclusión de demandas extendidas en la comunidad política, de un tipo o de otro. En regímenes democráticos, ello depende de la representación de los intereses no solo distintos, sino contrarios, por parte de actores colectivos —los partidos— que luchan entre sí en una arena habilitada para su fin: las elecciones libres y equitativas.

El procesamiento institucional del conflicto, argumento aquí, fue lo que la presencia del PRD hizo posible para el México de fin de siglo. En treinta años, ese partido dio forma y expresión democrática a agravios tangibles de amplios segmentos de la población mexicana, reclamos que surgían de una reconfiguración económica y social profunda. Lo hizo además en una época histórica determinante. Con el sistema de mercado redefiniendo intereses, trastocando la sociedad y creando nuevas vulnerabilidades sobre el trasfondo de la vieja desigualdad estructural, el PRD recogió el grueso del descontento existente y lo situó en la arena electoral. Ante viejas y nuevas formas de exclusión socioeconómica, se erigió como factor de inclusión política. Por esa crucial labor representativa, desplegada a contracorriente, fue un agente democratizante al fin del siglo xx, y después, entrado el xxi, de estabilización democrática.

Plan de ruta

Las páginas siguientes discuten los grandes parámetros del convulsionado entorno económico, social y demográfico en el que el PRD se abrió paso hasta convertirse en un protagonista de la competencia electoral durante treinta años. El repaso abarca  la transición demográfica; el control del territorio, la urbanización y gestión de los servicios públicos, así como el cambio de modelo de desarrollo hacia el mercado. En este último punto, me concentro en tres de sus derivaciones principales, a saber, la precarización del trabajo, la profundización de brechas regionales y la gestación de un nuevo tipo de formación social, más fluida e individualizada. Sacrifico profundidad en aras de ofrecer una visión de conjunto, pero en cada uno de los temas subrayo la función ejercida por el PRD: desahogar en el sistema electoral representativo los nuevos malestares de la sociedad mexicana que, entre reformas económicas y la reorientación del Estado, cruzaba del siglo XX al XXI.

El ensayo concluye con una reflexión sobre la forma en la que el PRD determinó la trayectoria del sistema político mexicano en la era final del autoritarismo priista y las primeras dos décadas democráticas. Este análisis se funda en una comparación con otros países latinoamericanos que, sujetos a tensiones similares por el giro regional (y global) hacia el liberalismo de mercado, carecieron de un vehículo partidista como el PRD que controvirtiera aspectos fundamentales del nuevo modelo y expresara la inconformidad de sectores sociales afectados.

En esos casos, un déficit representativo terminaría engendrando exitosos movimientos antisistémicos en los  albores del siglo XXI, como el Chavismo venezolano o el Masismo boliviano. Estos movimientos reactivos dieron voz a grupos que habían sido excluidos de la representación política en las décadas del “consenso de Washington” y lanzaron un cuestionamiento profundo a las jerarquías sociales. Sin embargo, su llegada al poder desembocó típicamente en una erosión de libertades y un desequilibrio en las condiciones de competencia electoral, es decir, en la desinstitucionalización de la democracia constitucional.

Implicaciones y contribuciones

Además de perseguir una mejor comprensión del papel del PRD en la trayectoria política del país, este análisis de los fundamentos económicos y sociales de su respaldo electoral reviste un interés teórico más general. La mayoría de los estudios sobre el sistema de partidos en nuevas democracias como la mexicana considera que la perspectiva sociológica es de poca ayuda para comprender el comportamiento electoral. En comparación con democracias avanzadas, las identidades partidistas en el país están poco extendidas en el electorado y son relativamente débiles e inestables aun entre simpatizantes, con la excepción de un pequeño núcleo duro que garantiza sólo unos cuantos puntos porcentuales. En cada elección, los partidos se juegan el grueso de su apoyo.

Más aún, contra algunas expectativas teóricas (Converse, 1969), el paso del tiempo o la habituación a la competencia democrática no han cambiado este panorama. La identificación partidista permanece restringida a una minoría y, si acaso, se ha debilitado en el tiempo. Los estudios empíricos resaltan, por tanto, la importancia de las campañas electorales y factores de corto plazo en las decisiones de un electorado con opciones estables en la boleta, pero volátil a nivel de masas. A falta de lealtades incondicionales que estructuren el comportamiento individual elección tras elección, las decisiones de voto son muy susceptibles a variables coyunturales, como las características de los candidatos, las evaluaciones del gobierno en turno o la exposición a los mensajes publicitarios antes de los comicios (Greene, 2011). La estabilidad del sistema de partidos mexicano —el más estable en América Latina, junto con el uruguayo— debe más a la constancia en la oferta partidista en la boleta que a adhesiones partidistas rígidas entre los votantes (Greene y Sánchez-Talanquer, 2018).

En el mismo sentido, se ha mostrado que variables demográficas asociadas a las divisiones sociales, como el ingreso o la clase, la religiosidad, la educación, la edad o el género tienen un poder explicativo limitado sobre el comportamiento electoral. Según Lawson (2006), “los factores demográficos predicen sólo de manera débil las decisiones de voto. En otras palabras, a pesar de la polarización aparente entre derecha e izquierda, los ‘clivajes’ [divisiones] sociales a nivel de masas permanecen tibios [en el sistema de partidos]”. En esta interpretación, la competencia partidista en México no refleja fracturas e identidades sociales subyacentes, sino que el grueso de los votantes está disponible para ser “capturado” por cualquiera de los competidores en cada ciclo electoral. El sistema representativo mexicano parece estar anclado sólo de forma superficial en experiencias vitales derivadas de la posición de los individuos en la estructura o la organización social.

El análisis que aquí se ofrece muestra que estas interpretaciones aciertan sólo parcialmente al minimizar el peso de factores sociológicos en la arena político-electoral. Los votantes mexicanos no están encapsulados en coaliciones electorales herméticas, selladas por la clase social o la identidad étnica,  la religión, etcétera. Tanto el PRD como el resto de los partidos han tendido a movilizar un apoyo electoral heterogéneo. Esta clase de partidos “atrapa todo”, no dependientes de bases sociales específicas, es la norma en las democracias contemporáneas y necesaria en un sistema presidencial que exige formar una gran coalición para ganar la presidencia. Su construcción fue además clave para restar votos al PRI como partido dominante, un proceso que para el PAN y el PRD implicó sacrificar pureza ideológica y enfatizar, hasta la elección de 2000, la división autoritarismo-democracia, por encima de otras dimensiones de competencia (Klesner, 2005).

No obstante, sugiero que los patrones de reorganización social y económica en los que los mexicanos han estado inmersos en las últimas décadas sí han tenido un peso determinante sobre la estructura de la competencia política. Si bien las características demográficas de los votantes no determinan en forma automática sus preferencias electorales, la distribución social y espacial del apoyo partidista indica que el voto perredista —como el de otras fuerzas— ha estado considerablemente influido por el nuevo régimen económico. En especial, por su impacto desigual sobre distintas regiones y grupos sociales. Los candidatos, el desempeño en el gobierno y el marketing importan, pero las elecciones están lejos de ser simples competencias publicitarias sin anclajes sociales. Los mexicanos han tomado decisiones electorales en medio de una competencia intensa, sin fuertes lealtades partidistas e influidos por múltiples factores de corto plazo. Pero lo han hecho sobre el trasfondo de una reconfiguración económica y social que, además de sus oportunidades de vida, condiciona sus juicios y su visión sobre los rumbos deseables. La experiencia social es un fundamento indirecto, pero profundo de los alineamientos partidistas.

Finalmente, esta revisión pone de manifiesto las diferencias entre la izquierda partidista en las democracias latinoamericanas de la tercera ola y los partidos socialdemócratas de masas de las democracias europeas, forjados en el marco de la Revolución Rusa, las guerras mundiales y la Guerra Fría. Esos partidos son invocados con frecuencia por analistas como el referente para la izquierda en el mundo. No obstante, es más probable que sean una excepcionalidad regional e histórica que un modelo replicable en el “Sur Global”, al igual que los Estados fuertes que, surgidos de las guerras de movilización masiva, usaron su músculo fiscal para construir robustos sistemas de bienestar (Scheve and Stasavage 2016). Como se desprende de las secciones siguientes, las condiciones estructurales en las que partidos como el PRD han movilizado apoyo electoral contrastan con fuerza con las que históricamente enfrentaron los partidos de izquierda en las economías avanzadas.

Destaca sobre todo el hecho de que, en América Latina, la competencia electoral libre se instaló en un contexto de poca y declinante organización de los movimientos laborales, aunado a la menor incidencia histórica del trabajo industrial, y una muy grande y creciente economía informal, así como Estados con debilidades institucionales también históricas con fuertes restricciones impuestas por la globalización, agravadas además por las asimetrías de poder internacional. Estos contrastes han tenido implicaciones organizativas y programáticas importantes. Para la izquierda en la región han significado organizaciones partidistas menos robustas, mayor dependencia de liderazgos caudillistas y bases sociales menos definidas por el conflicto de clase “puro” entre capital y trabajo. Sin embargo, en las últimas décadas el apoyo de las clases más bajas a los partidos de izquierda también se ha diluido en las democracias avanzadas, en coincidencia con la intensificación de la desigualdad (Piketty, 2019).

 

Mariano Sánchez Talanquer


1 Ambos fueron eslóganes de la campaña de Donald Trump  por la presidencia   de Estados Unidos. Lock her up! (¡Enciérrenla!) era el canto utilizado por los seguidores de Trump para referirse a Hillary Clinton, la candidata demócrata en 2016, identificada por sus críticos como una figura del establishment cercana a intereses financieros y empresas multinacionales.

 

Un comentario en “La política en una época de desgarramiento social (1989-2019)

  1. Felicito a la revista nexos, y su grupo de analistas y escritores por dar espacio a tan buenos, profundos y analíticos artículos.