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El último artículo científico del doctor Mario Molina estuvo rodeado de controversias. Basado en su conocimiento experimental durante décadas de investigación con aerosoles, así como en una sólida teoría sobre el comportamiento de éstos en la atmósfera, en junio pasado reveló que la transmisión aérea del coronavirus es el mecanismo dominante de propagación de la enfermedad que ha colapsado la economía mundial.1 Sobre los tres epicentros de la pandemia que analizó, menciona que la propagación del virus puede exacerbarse si hay altas concentraciones de partículas finas (PM2.5) a nivel urbano, como sucedió en Wuhan, China, comparado con Roma y Nueva York que presentaron menos contaminación al brote de la enfermedad. Además, claramente señala que el uso de mascarilla, combinado con el distanciamiento, la cuarentena y el rastreo de contactos, es la estrategia más efectiva para evitar la transmisión del virus entre las personas. Con el énfasis en la necesidad de tener un mayor conocimiento científico en la toma de decisiones para controlar la pandemia, el artículo se publicó en Estados Unidos y fue desde México donde el doctor Molina hizo diversas recomendaciones en materia de salud pública y ambiental. Por cierto, en estos dos países los mandatarios en turno no usan mascarilla y se han mostrado escépticos a los científicos en múltiples disciplinas.

Ilustración: Víctor Solís

En breve, otros especialistas, no en ciencias atmosféricas, sino en epidemiología, con otros datos de otros lugares, hicieron frente común en Estados Unidos para atacar la investigación y las recomendaciones del doctor Molina, y de paso a la institución que publicó el artículo (PNAS).2 En nuestro país, la prensa hizo eco inmediato de esta polémica sobre algo que parecía tan evidente y lógico desde las prácticas médicas. Estas críticas se difuminaron al poco tiempo, cuando decenas de investigaciones demostraron lo que el doctor Molina había afirmado y que finalmente la Organización Mundial de la Salud reconoció.3 Hoy se estima incluso que un aumento de sólo 1 μg/m3 de PM2.5 en ciudades norteamericanas puede incrementar la tasa de mortalidad asociada al coronavirus en 8 %4 y en ciudades europeas se calcula que éstas pueden llegar hasta 21 %.5 Hay que recordar que la norma anual de calidad del aire en México para PM2.5 es de 12 μg/m3 y que en los últimos quince años el promedio de concentración en el Valle de México fue de 24.3μg/m3, el doble de lo establecido por la Secretaría de Salud; al iniciar la pandemia hubo oscilaciones que estuvieron entre 19.4 y 24.8 μg/m3.6 La pertinencia de las observaciones del doctor Molina era más que justificada y oportuna.

Algo muy parecido, si no es que exactamente igual, le había pasado ya al doctor Molina cuando publicó su célebre investigación sobre los cloroflurometanos (CFC)7 y la destrucción de la capa de ozono en la estratósfera, que posteriormente le valió el Premio Nobel de Química en 1995, por ser la base científica del Protocolo de Montreal, el primer acuerdo internacional para enfrentar exitosamente una amenaza ambiental global. La empresa Dupont, inventora y principal productora de los CFC, gastó veladamente millones de dólares tratando de desacreditar las publicaciones del doctor Molina, en un esfuerzo —por fortuna— inútil para mantener la producción y venta de un conjunto de sustancias que literalmente podrían haber destruido la vida en el planeta. Sus logros en el control de los CFC no terminaron su trabajo científico, que pronto se transformó en una lucha por detener el cambio climático. Los sustitutos inventados por la industria, los hidroflurocarburos (HFC), resultaron tener un potencial de calentamiento global miles de veces superior al del bióxido de carbono, de tal suerte que el doctor Molina se abocó a entender la química de los HFC y a incluir a éstos dentro del Protocolo de Montreal. Esta acción perfeccionó dicho instrumento internacional de gobernanza del medio ambiente y se planteó que también sirviera para detener el aumento de la temperatura del planeta, además de proteger la capa de ozono.8

En 1990, el Valle de México enfrentaba sus peores episodios de contaminación por ozono y yo tuve la fortuna de organizar un foro científico para discutir cómo controlar este contaminante cuya naturaleza no se alcanzaba a entender del todo y era muy persistente. Al invitar por teléfono al doctor Molina para presidir el foro, él me contestó con su invariable integridad científica: “[…] bueno, sí puedo ir y asistir al foro, pero yo soy especialista en ozono estratosférico, no troposférico; me encantaría conocer del tema y ayudarles”. Y así lo hizo: sus recomendaciones se incluyeron en el primer programa integral para combatir la contaminación del aire de la capital y doce años después el doctor Molina publicaría el libro más completo que hasta la fecha hay sobre el tema.9

El doctor Molina estuvo también rodeado de discusiones acaloradas por resaltar la necesidad de controlar los contaminantes climáticos de vida corta. Gracias a sus múltiples campañas de monitoreo y al proyecto MILAGRO (un despliegue científico sin precedentes que se llevó a cabo en el Valle de México en 2006, donde congregó a más de 450 científicos de 30 nacionalidades distintas, provenientes de 150 universidades e institutos de investigación),10 el doctor Molina concluyó que era necesario disminuir a la brevedad posible las partículas negras de hollín, en especial las provenientes de la quema de combustibles fósiles con alto contenido de azufre, como lo son el diésel y el combustóleo.11 Muchos científicos y negociadores climáticos tomaron esta recomendación como un distractor de la tarea central de reducir la emisión de los seis gases de efecto invernadero incluidos en el Protocolo de Kioto12 y que permanecieron en el Acuerdo de París sin que hubiera una actualización científica al respecto. En realidad, hay más de doce compuestos y grupos de compuestos químicos y partículas que están causando el sobrecalentamiento de la atmósfera.13 Pero a diferencia de los gases listados en los regímenes climáticos en vigor, los contaminantes señalados por el doctor Molina tienen además efectos en la salud pública y están asociados a millones de muertes prematuras y enfermedades respiratorias prevenibles. Las empresas petroleras y del carbón vieron amenazados sus intereses comerciales en esta recomendación, pues los combustibles más usados en la generación de electricidad, la construcción y el transporte marítimo y de carga, entre otras actividades industriales, son precisamente los que más emiten partículas negras de hollín. El último artículo periodístico especializado del doctor Molina apareció el 16 de octubre, después de su fallecimiento, y lo dedicó a este tema. Afirmó que el control de estos súper contaminantes climáticos de vida corta “puede reducir a la mitad la tasa de calentamiento global”, entre otros efectos positivos.14

El doctor Molina no era un polemista público, siempre se distinguió por ser un científico con una decidida vocación humanista, sin filiaciones políticas y con la inquebrantable voluntad de contribuir a la solución de los problemas ambientales globales y de su país.

Cuando yo le pregunté cómo es que había descubierto que los CFC podían causar un hoyo de ozono en la estratósfera, él me contestó:

El Dr. Rowland me pidió averiguar qué pasaba con esa sustancia que al parecer no reaccionaba con ninguna otra conocida en el mundo, y entre muchas otras suposiciones, consideramos que éstas tendrían que ascender hacia las capas superiores de la atmósfera e interactuar con las sustancias químicas que ahí existen, en particular con el ozono, que absorbe los rayos ultravioletas del sol y nos protege de sus dañinas consecuencias. Desarrollé las fórmulas de las posibles reacciones químicas e hice los cálculos matemáticos, de acuerdo con las condiciones físicas de la estratósfera que se habían descrito con anterioridad. Una noche que no podía dormir, después de haber realizado una y otra vez mis cálculos, me di cuenta de que los CFC podían eliminar muy rápidamente la capa de ozono y permitir que los rayos ultravioleta penetraran libremente a la superficie de la Tierra destruyendo todas las formas de vida conocida. Corrí entonces a ver a Sherry [como le decía de cariño al doctor Sherwood Rowland, con quien compartió el Nobel], afortunadamente me abrió la puerta de su casa, le mostré mis números y él me dijo que los revisaría. Así lo hizo y pudimos confirmar que los cálculos eran correctos. Teníamos entonces el dilema de qué hacer con una sustancia que no se puede ver ni tocar, que todo mundo cree que no reacciona con nada, se traslada a un lugar a donde nadie viaja y es capaz de destruir una capa protectora que nadie conoce. Por esos días, esto se lo platiqué también a uno de mis mejores amigos de la universidad y éste me dijo: “¿Están locos? Nadie se los va a creer”.

Como el ozono, el doctor Molina fue un científico persistente, de un trato invariablemente dulce y reflexivo, siempre asociado a las causas nobles para defender la vida en nuestro planeta.

 

Rodolfo Lacy
Doctor en Ciencias e Ingeniería Ambientales. Es director de Medio Ambiente en la OCDE.


1 Zhang, R.; Li, Y.; Zhang, A. L.; Wang, Y., y Molina, M. J. Identifying airborne transmission as the dominant route for the spread of COVID-19, PNAS, vol. 117, no. 26, 30 de junio de 2020, pp. 14857-14863.

2 Proceedings of National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS).

3 World Health Organization. Transmission of SRAS-CoV-2: implications for infection prevention precautions, World Health Organization Scientific Brief, 9 de julio de 2020.

4 Wu, X.; Nethery, R. C.; Sabath, M. B.; Braun, D., y Dominici, F. Exposure to air pollution and COVID-19 mortality in the United States: A nationwide cross-sectional study, National Institute of Health, medRxiv, 7 de abril de 2020.

5 Cole, M. A.; Ozgen, C., y Strobl E. Air Pollution Exposure and COVID-19, IZA Institute of Labor Economics, DP No. 13367, junio de 2020.

6 Valores tomados de la página en internet de Calidad del Aire del Gobierno de la Ciudad de México el 18 de octubre.

7 Molina, M.J, Rowland, F. S, “Stratospheric Sink for Chlorofluoromethanes: Chlorine Atom-Catalysed Destruction of Ozone”, Nature, 249 (5460). 810-812. Jun.1974.

8 Molina, M, Zaelke D., Sarma K. M., Andersen S. O., Ramanathan V. and Kaniaru D., 2009. Reducing abrupt climate change risk using the Montreal Protocol and other regulatory actions to complement cuts in CO2 emissions. PNAS December 8, 2009 106 (49) 20616-20621.

9 Molina L. T. and Molina J. M., 2002. Air Quality in the Mexico Megacity: An Integrated Assessment. Kluwer Academic Publishers: Dordrecht, The Netherlands, 2002.

10 Megacity Initiative: Local and Global Research Observations (MILAGRO).

11 Shoemaker, J. K.; Schrag, D. P.; Molina, M. J., y Ramanathan, V. What Role for Short-Lived Climate Pollutants in Mitigation Policy?, Science, vol. 342, pp. 1323-1324, 13 de diciembre de 2013.

12 Bióxido de Carbono (CO2), Metano (CH4), Óxido Nitroso (N2O), Hidroflurocarburos (HFC), Perflurocarburos (PFC) y Hexafloruro de Azufre (SF6).

13 Intergovernmental Panel on Climate Change. AR5, Fifth Assessment Report/Climate Change 2013: The Physical Science basis, Cambridge University Press, Cambridge, UK y NY, USA, 2013.

14 Molina, M. y Zaelke. D. The Time Bomb at the Top of the World, 16 de Octubre de 2020. Publicado en el Project Syndicate, The World´s Opinion Page.

 

Un comentario en “Las tribulaciones del doctor Mario Molina

  1. La humanidad aún no ha dimensionado el enorme legado que nos ha dejado el Dr. Mario Molina gran ser humano y brillante científico que ha salvado de una gran debacle a todos los seres vivos de este planeta. Seguirás siendo el más grande entre los grandes eternamente. Que falta nos vas a hacer en este mundo de mentes cerradas. Siempre serás eterno. Gracias por todo lo que luchaste por un mundo mejor.