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Como parte de la edición 2020 de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, las periodistas Alma Guillermoprieto y Leila Guerreiro mantuvieron un diálogo sobre los retos y las oportunidades de su oficio en tiempos de la pandemia, moderado por el también periodista Javier Lafuente. A continuación presentamos una transcripción del evento, ligeramente editado para efectos de claridad.

Javier Lafuente: Tengo el placer de estar con dos maestras del periodismo: Alma Guillermoprieto, que está ahora mismo en Bogotá, y Leila Guerreiro, que está en Buenos Aires. Yo creo que a los tres nos gustaría estar ahora mismo mucho más juntos en Oaxaca, pero bueno, saludo a las dos, buenas tardes y gracias por estar aquí conmigo esta tarde.

Alma Guillermoprieto: Hola, Javier.

Leila Guerriero: Hola, un placer estar acá.

JF: Creo que el título de la mesa nos puede servir para empezar la conversación. Yo sobre todo quiero mantenerme en un segundo plano, que habléis vosotras. El título de la mesa es: “¿Qué historias contar?” Y yo quiero empezar en esta coyuntura. Hablábamos antes de que se iniciara la transmisión de lo inevitable, aunque sea hartazgo, de hablar de la pandemia. Pero yo os quería preguntar eso: ¿qué historias urgen ahora mismo contar?

Ilustración: David Peón

LG: La verdad es que yo me siento con una maestra acá, yo no soy maestra de nadie. Un placer estar acá. En cuanto a las historias, no sé, yo creo que más que nunca —en realidad no sé si más que nunca— siempre hay que tratar de mirar allí donde nadie está mirando. A mí me parece que hay muchas cosas que quedaron invisibilizadas por esta situación. Se armó un discurso, una manera de hablar de la pandemia, del virus, de la infección, etcétera, y se está mirando más o menos siempre el mismo… No sé, por poner un ejemplo burdo, pienso en qué pasa con toda la cuestión psiquiátrica. Se ha hablado mucho de geriátricos afectados por el virus, de gente confinada en estos lugares. No vi nada referido a la misma situación en psiquiátricos o neuropsiquiátricos. Que es una situación de vulneración enorme, en la cual hay un montón de gente que está de por sí en una situación de dolor psíquico fuerte —¿cómo afecta esto a esta gente? A los adictos, por ejemplo. Un adicto que está haciendo un tratamiento en una situación de encierro de ese extremo, sin poder asistir a un grupo de narcóticos anónimos, de alcohólicos anónimos, ver a su analista o a su psiquiatra cara a cara. Todo eso está como invisibilizado, como lo estaba antes. Hay que hacer un poco ese esfuerzo, me parece, desde el periodismo, de ver allí donde hay gente en situaciones muy vulnerables, pero muy vulnerables, y que no son contadas en ningún lado. A mi me interesa el margen del margen.

AG: ¿Qué historias nos están faltando por contar? Todas. Básicamente todas. Por ejemplo, creo que por falta de costumbre en nuestras diferentes tradiciones periodísticas no ha habido mucha reportería alrededor de los hospitales. No ha habido mucha reportería —en España sí que la hubo, por ejemplo, o en Estados Unidos pero aquí no— acerca de la situación de los médicos: los médicos que se han enfermado, que han muerto, la condición de vida de las enfermeras y los enfermeros.

Lo que decías, Leila, tiene mucho que ver con la soledad. Esta epidemia como una epidemia de soledad, no la hemos visto realmente en esa dimensión. Desde el punto de vista científico, también, nuestra falta de tradición de cubrimiento de ciencias es lamentable. Y en este momento, pues nosotros, que somos los traductores de la realidad para los lectores que no pueden estar en donde nosotros podemos llegar, no sabemos explicarle al público de dónde viene esta pandemia. Si es cierto, como dice Donald Trump, que es culpa de los chinos —de dónde nos llegó. Yo personalmente creo que la pandemia llegó a mi barrio en Bogotá, que es un barrio finolis, a través de las peluquerías, de las señoras que venían de sus vacaciones de primavera en Madrid, se subieron a un avión y trajeron la pandemia para acá. Y se fueron a peluquear y las personas que las peluquearon se fueron otra vez a sus barrios populares donde cundió. Hay mil aspectos que nos faltan porque falta dinero para reportear, faltan condiciones de seguridad médica para los reporteros y creo por el nivel de depresión bajita en el que estamos tantos —yo ciertamente— que nos ha bajado el nivel de la curiosidad.

JL: Me llama la atención, Alma, lo que decías del reporteo en los hospitales comparando con España, o Estados Unidos —España es el caso que por obvias razones más familiar me resulta— de que, claro, descubrieron de una manera, o descubrimos —a veces ya casi no me considero español después de tanto tiempo—, cosas o situaciones que quizás en América Latina, sobre todo el riesgo de morirse, es algo como más habitual. Y eso quizás genera el miedo o el riesgo de pasar de lado o dar por hecho muchas cosas, que sean las malas condiciones sanitarias. Antes comentaba Leila que hay un 10% más de pobres, por ejemplo, en Argentina, y la desigualdad va a crecer de manera salvaje en América Latina.¿Qué riesgos se corren ahora mismo por no contar esas historias?

AG: Yo creo que cuando nosotros fallamos en contar las historias y dar todas las explicaciones posibles, ayudamos a promover el gran mal de América Latina de los gobiernos autoritarios, o impositivos o populistas, que es que se le da rienda suelta en las redes sociales a los mitos urbanos, a la especulación sin bases, a la paranoia, a la falta de pensamiento científico para examinar los problemas. Todo tiene una causa y una solución más allá de lo que nosotros podemos afectar como ciudadanos. Esos son los riesgos que se corren en la sociedad.

LG: Me parece súper lúcido lo que acaba de decir Alma. Hay un sonsonete que se ha repetido mucho a lo largo de esta situación de confinamiento y de pandemia que es algo que a mí me irrita mucho, algo que se repite sobre todo desde las capas medias: cómo esta pandemia dejó en evidencia que había muchas cosas que estaban mal, que hay mucha desigualdad. Me irrita porque creo que los periodistas hemos hecho bastante para contar esas desigualdades, y el que no quiso enterarse antes, es realmente porque no quiso enterarse. Yo lo he escuchado de boca de colegas, y realmente esto me produce una rabia infinita. Colegas periodistas diciendo: “esta pandemia nos ha demostrado….” No sé donde estaban. Me parece una falta de responsabilidad decir una cosa así. Y yo creo que habiendo hecho el gran trabajo que han hecho tantos periodistas, Alma entre ellos, y tantos otros colegas de la región, por mostrar esas desigualdades, todo ese discurso está instalado. Digo, ¿cómo no va a ser peligroso que no sigamos contando estas cosas que no se ven? Porque si no seguimos contándolas, esa ceguera buscada está mucho peor. El mundo que se nos viene es un mundo complicado. Yo creo que todas las cuestiones que tengan que ver con el racismo, la xenofobia, las fronteras,van a ver tremendamente exacerbadas por lo que menciona Alma: mitos urbanos, la leyenda, la desinformación. El miedo al extraño, al extranjero, es algo cerval. Entonces, ¿qué no va a pasar ahora si no seguimos informando de esa situación? Y mostrando, no me gusta decir “la verdad”, pero digamos “lo real” de esa situación: cuando “el extranjero” no solo puede quedarse con tu trabajo, sino que también puede quedarse con tu vida, porque puede ser ese sujeto que viene de un país pobre, sin protocolo, sin sanidad pública, y te puede contagiar y se puede quedar con tu vida. Me parece que hay muchas cosas que se van a ver muy exacerbadas. Y yo creo que es muy peligroso no seguir contando historias y visibilizando cosas. Por ejemplo, Alma mencionaba las cosas que dejamos de contar y yo pensé inmediatamente en la educación. No estamos viendo lo que pasa con la educación en la región. Hay todo un nuevo grupo de marginales, de chicos marginales, que son los que no tienen conexión a internet, que son los que tienen un celular por familia. Y no estamos contando eso.

AG: Sí, exacto. Javier, yo te quisiera preguntar a tí, porque de los tres tú eres el reportero más formal del oficio —nosotras somos una líricas— pero tú eres el reportero representativo de los tres.

LG: Eres el que sabe.

JL: No, no, no. ¡Este estilo de reportero formal no sé cómo tomarlo!

AG: Pues mira, tienes un equipo a tu alrededor. Te pregunto dos cosas: una, ¿tú sientes que han podido físicamente y tienen el presupuesto necesario para salir a cubrir toda la situación de la pandemia en México? Y segundo: ¿tú sientes que tienen algún impacto en la clase media mexicana, digamos, en el nivel de información que reciben y procesan?

JL: Por suerte podemos desplazar, y lo hemos hecho, a reporteros al terreno. Hemos recorrido la frontera, hemos ido al sur… Lo que pasa es que aquí también entra la responsabilidad de que no puedes dejar de ir a los sitios, pero —sobre todo en mitad de la pandemia— yo sigo creyendo que tenemos que ir. Es nuestra responsabilidad. Lo que pasa es que antes tú te ponías en peligro, asumías un peligro yendo a algunas zonas. Y ahora es que tú puedes ser parte de ese peligro. Tú puedes ser quien contagia a mucha gente: Yo creo que el gran dilema que tenemos en la redacción es eso: ahora mismo el periodista también es peligro. Y sobre la repercusión, pues las historias siempre tienen repercusión, pero lo que hemos visto diferenciado es las historias que hemos estado haciendo con datos. Yo creo que la gente responde muy bien cuando le tratas de explicar o tratas de bucear en los registros, en decir si se está ocultando o no, en clarificar un poco todas las informaciones oficiales que se vierten. México por ejemplo —creo que a diferencia de Argentina, y desde luego que de Colombia— tiene unos datos públicos buenísimos, pero filtrados oficialmente…. Si tú accedes a esa base de datos, tienes de todo. Pero luego el discurso oficial va casi en contra de esos datos.

Y yo también os quería preguntar por el lenguaje. Yo a Leila la he escuchado respecto al periodismo científico y recurrir a la ciencia —pero, a veces, no sé si estamos sabiendo traducir todo este lenguaje, todas estas palabras que a veces deshumanizan. Repetimos muchas cosas, términos que nos son nuevos, opiniones. Y a veces siento que deshumanizamos. Más allá de un clima hasta violento que se está generando respecto al enfermo, respecto al contagiado. No sé cómo estáis viendo eso vosotras.

LG: A mí desde el principio me pareció tremendo el campo semántico que se estaba generando en torno a la ciencia. La epidemiología tiene un lenguaje muy deshumanizado. Se ocupan de tratar con cosas que no están ni vivas ni muertas, que no son humanas. Y a mi siempre me erizó mucho escuchar la manera en la que el discurso periodístico se apropiaba de eso. Y entonces una persona que estaba probablemente contagiada era un “sospechoso”; los que salían a buscar a las personas en los barrios para hacerles el test eran “rastreadores”; a la gente había que “aislarla”; el que se juntaba con la mamá era un “irresponsable” y un “asesino”. Me pareció tremenda siempre toda esta apropiación de ese lenguaje. Y me parece que desde muy temprano se empezó a generar en torno de la gente contagiada toda una situación que me recordó mucho a la epidemia de VIH: toda esta cosa del ocultamiento… En aquel caso, recibir un diagnóstico positivo de VIH, en los primeros años —ahora es una enfermedad crónica— era casi una sentencia de muerte. Pero acá también empezó a haber gente que no decía por temor a que quisieran que se fuera de su edificio, de su casa. La enfermedad pasó también a ser de denuncia pública, como la lepra. odo eso me preocupa mucho. Conozco muchos casos de gente que se sintió mal y ni siquiera quiso decir por temor a quedar aislada, rastreada y sospechada. Hay mucho desconcierto: ¿qué hacer? ¿Cómo comportarse? Si me contagio, ¿pongo un cartel en mi casa que diga “no se acerquen”? Es raro todo.

AG: Yo sin embargo sí siento que ha habido ciclos en la actitud pública aquí en Colombia, por lo menos, en que el trabajo de la alcaldía ha sido serio y eficiente y, a diferencia de otros países, el gobierno nacional también escuchó a la ciencia. No la negó, no se acogió a escapularios, no dijo  “qué lástima que se muere la gente, pero pues así es la vida”, sino que hay un esfuerzo por que las unidades de cuidados intensivos no estén ocupadas al 98%. Eso ya me parece de una lucidez impresionante. Quizás por eso hubo un ciclo de que todo es un invento del gobierno; hubo otro ciclo de que esto se puede curar haciendo buches de agua con vinagre; otro ciclo de que eran los chinos, a un momento actual que yo tal vez podría interpretar como “no sé lo que está pasando, pero me voy a poner el tapabocas”. Y la gente se va de rumba y llenan los bares y se contagia en las fiestas —los jóvenes son los grandes responsables de estas olas de contagio— pero uno sale a la calle y todo mundo anda con tapabocas. Me parece una manera de asumir que hay un peligro que se puede controlar con una acción accesible a nosotros. Y eso ya me parece un paso adelante.

JL: ¿Y no crees que se han agudizado también las trincheras? No sé si lo veo por el lado de España también, en México desde luego, y de la labor que jugamos los periodistas allí. Lo vemos también en Estados Unidos, donde hay un descerebrado, y donde se genera una narrativa que parece que a veces no surte efecto desmentirlo. Es decir: “miren aquí hay unos datos, esto es así, lo que usted está diciendo es una barbaridad”. Y sin embargo la gente no cree eso. ¿Por qué creéis que cada vez hay más trincheras y más intensas?

AG: Yo lo alejaría de la pandemia. Porque es un fenómeno que va mucho más allá. Las trincheras se están definiendo no por el coronavirus. Todo eso es un reflejo de una pandemia general de desinformación y de un renacer en la desconfianza en las evidencias medibles, comprobables, de una necesidad de mitología. Hablábamos ahora, Leila, del aniversario del peronismo. Yo anoche estaba intentando escribir algo sobre Chávez y estaba pensando en todas las etapas por las que pasamos cíclicamente en América Latina en que queremos líderes que nos cuenten cuentos, que nos cuenten mitos, y no empleados de gobierno aburridos a los que les pagamos el sueldo con los impuestos. Estamos siempre en un subibaja entre estos dos momentos. Y gracias a los medios sociales, yo creo que estamos chapoteando en un nivel de irrealidad muy peligroso, que no tiene que ver con el covid, sino con los medios sociales y con un sistema disfuncional que es el capitalismo de consumo que ya se agotó. Perdón por ese salto ideológico.

LG: Yo sólo puedo decir que pongo la firma al pie de lo que dijo Alma. Me parece que es impecable. Nos lo explicó perfecto. También yo creo que no es algo que tenga que ver con el covid. Me parece que en todo caso la situación sanitaria de cada país fue aprovechada en muchas ocasiones por cada gobierno para llevar agua para su molino de alguna manera. No tengo suficiente marco teórico como para saber si el germen de todo esto han sido las redes sociales, pero sin duda que han tenido una incidencia enorme. Es una especie de ágora por momentos muy tóxica, de la que yo me mantengo al margen. Cuando veo algunos comentarios —sobre todo en Twitter, que es una red tan tremendamente agresiva— me pregunto cómo puede la gente sobrevivir a esos 140 y pocos caracteres sin abrirse las venas. Me parece una fuente de amargura y de depresión. Yo viviría llorando si me dijeran esas cosas. Sin duda son un gran difusor de odio y de fake news y de mitos y leyendas de toda clase. Están puestas al servicio de eso, de dividir, de que la gente se olvide de discutir lo que importa y discuta de manera personal cosas para no llegar a ningún acuerdo.

AG: Sí, se olvidan de discutir lo que importa, eso es clarísimo.

JL: Quería salir un poco del tema covid a ver si lo conseguíamos.

LG: Ahora vamos a hablar de ébola. [Ríen]

JL: ¡Otro virus! Bueno, yo quería hablar de sorprendernos. Es que ha sido todo monotemático. Recuerdo hace dos años cuando a Alma le dieron el Princesa de Asturias la entrevisté y me acuerdo que me decía que le costaba cada vez más sorprenderse. Ahora llevamos meses hablando de lo mismo continuamente. No le quiero preguntar porque supongo que se la ha complicado todavía más el tema de sorprenderse. ¿A qué historias hace años no prestábais tanta atención o no os interesaban tanto? ¿Ahora, por X motivo, os interesan más? ¿Hay algo que quizá ha pasado en vuestra carrera que ahora os atraiga más de lo que os solía atraer antes?

LG: Yo puedo responder cortito. El otro día estaba viendo lo que acá en Argentina le decimos “sumario”. Cuando uno muestra un sumario es cuando uno hace una cantidad de propuestas de notas a un editor de determinado medio. Y estaba viendo sumarios míos viejos y me di cuenta con alegría que con el tiempo el 90% que yo había ido proponiendo en distintos lugares las había hecho. Me produjo mucha alegría eso. Y que me siguen interesando y que volvería a hacerlas y que no cambiaría nada. Osea el gusto permanece ahí, es amplio, es enorme, es completamente diverso. Lo que sí siento que apareció en los últimos tiempos: a mí el tema de género siempre me interesó. o siempre me pensé feminista y estaba chiquita y había muchas mujeres que estaban en el rock en los años noventa y a fines de los noventa en Argentina. Entonces dije: qué genial hacer una nota con las chicas del rock, nadie lo está haciendo. Además en un diario como La Nación que era un diario muy conservador, me parecía genial. Me dijeron que sí. La llamé a una gran música argentina que se llama Celeste Carballo que me puso en mi lugar en un minuto, me dijo: mientras haya minas como vos que sigan haciendo notas zoológicas sobre mujeres, el clima está muy jodido. Yo me enojé muchísimo y al minuto le encontré sentido. Me pareció genial lo que me dijo. Entonces bueno me fui forjando.

Pero lo que sí me aparece ahora en el radar, en los últimos diez años, con fuerza, es el interés por las capas más altas de la sociedad. Como ir hacia arriba. Las crónicas de los poderosos. Que creo que en América latina no tenemos tanta tradición como hay en otros países de eso. Y las crónicas que hay de los poderosos son más bien crónicas que salen en las revistas para la farándula, y que son como muy funcionales a ellos; entonces salen mostrando su último auto, su última isla. Lo que pasa es que es muy difícil, son personas muy prevenidas. El acceso es complicado, el acceso que una quiere —porque a mí no me basta con una entrevista de quince minutos—, entonces yo quiero verlo diez veces, acompañarlo durante un año, etcétera. Y eso sí, antes no estaba. Era mucho más lo marginal, la periferia. Pero esto también es marginal, esto también es periferia, porque no sabemos quiénes son.

AG: Yo siempre le había dicho a mis talleristas que teníamos que reportear a los ricos, pero no lo podíamos hacer porque no contábamos con un abogado al que tuviéramos que pagarle 5 millones de dólares para defendernos en un juicio de libelo que nos iba a montar el rico si escribíamos dos palabras que no le gustaban. Ése es el gran problema con reportear a las clases gobernantes.

Yo creo que a mí me ha renacido una curiosidad por el mundo de la política y lamento en este momento que a mí realmente me ha interesado muy poco la política. Me ha interesado el circo. Y hay políticos que representan un circo maravilloso y en ese momento yo me siento a observarlo y escribo: bueno, sobre la farsa de Raúl Salinas hace veinte años, el juicio a Raúl Salinas. En este momento qué no daría yo por estar en Brasil o por estar en Estados Unidos, porque el circo, el físico circo de lo que ocurre allá en el mundo de la política es impresionante. Entonces me ha renacido ese interés. Los mecanismos del poder, la corrupción, cómo transan los republicanos con su conciencia es una cosa que me interesa muchísimo: sí, yo ahora sería muy feliz de estar en condiciones de poder reportear las elecciones en Estados Unidos. Tema que jamás en la vida me interesó, no es mi país, no me afecta. Pero esta elección sí, esta elección en gran medida determina los destinos del mundo, estoy convencida. Entonces sí, me gustaría ponerle atención a eso. Esa es una novedad.

Estoy de acuerdo con Leila: tenemos que aprender cómo reportear a los ricos, a esa clase privilegiada que vive detrás de sus muros, de sus veinte muros de todo tipo. Y vuelvo e insisto en un viejo tema: ayer hablaba yo con una colega acá muy brillante,Ginna Morelo, que ahora está haciendo la maestría en una universidad que yo traté de arrancar hace varios años sin éxito. Me puso tan feliz que ella estuviera al mando de cubrimiento de ciencias: una maestría en cubrimiento de ciencias, específicamente. Eso me parece fantástico porque nos hace una falta enorme en toda la región. Entender lo que nos está pasando. Cómo entiende la ciudadanía lo que está pasando en la ciencia. Si no lo entiende, no es ciudadanía: una ciudadanía por definición prácticamente tiene la información suficiente para elegir las opciones de gobierno, de carrera profesional, de comportamiento social que le convence. Si no tenemos ese puente nosotros, entre lo que sucede en la ciencia y lo que le explicamos a los lectores, estamos fracasando en crear una ciudadanía responsable.

JL: Leila, ¿algo que no hayas podido hacer todavía?, ¿que te mueres de ganas de hacer?, ¿que la pandemia te impide?

LG: Bueno, la verdad es que la pandemia impide bastante todo. La entrevista a la distancia con una persona es como lo que menos me nutre, en algún punto. Entonces entrevistar a una persona cuatro horas por zoom para hacer un perfil a mí no me sirve. Necesito verlo, acompañarlo.

AG: Ni siquiera sabes si tiene el pantalón de la piyama puesto o del traje. No tienes la información más básica sobre esa persona.

LG: ¡Nada! O cómo huele. Entonces en esta situación te diría que tengo ganas de hacer todo, pero va a ser toda una tarea desacostumbrar a los entrevistados al zoom. Pero bueno eso de las clases altas para mí es toda una gana. Tengo muchas ganas de hacer eso y mirarlos con la misma mirada más o menos limpia, evidentemente con algún prejuicio uno siempre va, con que uno mira otros mundos. Y yo no lo mencioné y parece que me estoy copiando lo que dijo Alma, pero de verdad el mundo de la ciencia me parece alucinante. Siento que traducir ese mundo increíble del laboratorio o hablar con un matemático, con un astrónomo o con un físico cuántico y poder traducir con él todo eso que está investigando, la teoría de las cuerdas, el agujero negro, el agujero de gusano. Todo eso es como el último límite. Es maravilloso. Un desafío hermoso desde el punto de vista del reporteo, de la escritura, porque no hay ninguna posibilidad de que uno pueda entender cabalmente a un físico cuántico y traducir todo eso y que siga siendo física cuántica y no cualquier cosa. Y contar cómo es la vida de esa gente. Me parece alucinante. En América latina en particular no le estamos dando ni cinco de bolilla al tema de la ciencia, a la investigación científica, al desarrollo de vacunas ni de remedios ni de nada…

AG: Yo voy a interrumpir para contar una anécdota tonta, de cuando fui al Observatorio de las Campanas, allá en el norte de Chile, en el desierto. Me pasé dos noches allá y me pareció de verdad un mundo alucinante, literalmente. Las universidades alquilan, digamos, con mucha antelación dos semanas o una semana de uso del telescopio. Entonces el que estaba como jefe de un equipo, que medía como dos metros veinte y tenía unos ojos del tamaño de tus anteojos, Leila, unos ojos azules inmensos, era este personaje medio espectral que veía las estrellas y tenía la capacidad de que le hablara toda esa información magnética y matemática. Alucinante. Pero bueno, había una cafetería, la vida era muy aburrida, se la pasaban así y conversaba yo más o eran más accesibles otros dos astrónomos, que me dijeron: vamos a caminar. Entonces caminamos por el desierto y llegamos a un punto en el que se veía un cerrito y en ese cerrito se veía un triangulito —esto es muy poco ortodoxo lo que voy a contar—, un triangulito de maleza y una como división. Entonces me dijeron [ríe] —llevaban un mes ahí: venimos aquí a mirarla y le decimos la mujer que corre [ríen]. Entonces, bueno, para tener fantasías sexuales con un cerro [ríen].

LG: Qué sensacional. Pero, ¿ves? Salen unas historias increíbles, de todo tipo.

AG: Tan diferentes a las que uno hace.

LG: Claro. Bueno y hablando de feminismo: este año en lo que va de pandemia, las mujeres que hubo en revistas científicas son algo así como 40% menos que las que presentaron el año pasado. Es un montón. Eso indica cuál sigue siendo el rol de las mujeres dentro de las casas. Pero tu historia del observatorio es insuperable.

AG: A mí me pareció maravillosa [ríen].

JL: Hay algunas preguntas del público. ¿Cómo podríamos volver a humanizar la información pero, sobre todo, cómo humanizar a quienes leen o escuchan la información?

AG: Yo creo que un esfuerzo sincero que hacemos es justamente este momento de las charlas que ustedes los que nos escuchan y nos ven tienen la oportunidad de participar también a través de la pregunta y podría parecer que una pregunta no es un diálogo pero para mí es la parte más importante. Yo como reportera me la paso haciendo preguntas y como escritora trato de plantear todas las preguntas. Entonces las preguntas con ustedes son un diálogo y un diálogo que humaniza. Muchas veces en la pregunta que ustedes formulan queda ya dibujada una personalidad. Es un pequeño esfuerzo el que hacemos en ese sentido. Ciertamente estamos en un momento además en que la sociedad quiere ser vista, quiere participar. Ese ha sido gran parte del éxito de Twitter, que en vez de escuchar pasivamente cada quien tiene la posibilidad de sentir que participó. Muchas veces eso es engañoso.

LG: Sí, coincido con Alma. Creo que también desde nuestro lugar de gente que escribe y tiene por ahí una voz en los medios, me parece que hay escribirle a un lector siempre más inteligente que uno. Y digo escribirle, porque yo escribo, no hago tele ni hago radio. Escribir para alguien más inteligente creo que también humaniza, creo que ayuda a no menoscabar al otro, ayuda a pensar que estamos ante lectores inteligentes que van a leer lo dicho y lo no dicho, a no pensar los textos como textos reduccionistas que tengan que decir quién es el bueno y quién es el malo, no participar de esa idea de la división que tanto se fomenta, como mencionaba Alma, en las redes sociales. Me parece que son formas de humanizar. No tratar a la gente como si fuera eso: la gente, un colectivo. Es un grupo enorme de gente, que es cada uno con su historia, con su vida y son todos más inteligentes que uno. Yo por lo menos intento pensarlo así.

JL: Otra pregunta plantea que si es más peligroso contar las historias o no. Porque hay mucha gente que hace caso de periodistas alarmistas que dan la información sobre el coronavirus. A veces resulta peligroso contarlo Desde luego en países como México siempre es peligroso contar lo que sea. No sé cómo lo ven. Yo siento que no contar algo es el fin.

AG: Sí, yo no le daría nada a eso.

LG: Sí, no me parece pertinente no contar. Hay un montón de manuales dando vueltas en cómo manejar la información. Está bien leerlos para saber que existen y nada más. Contar, contar y contar.

AG: Si no, ¿para qué estamos aquí?

LG: Y el que lo hace de manera sensacionalista simplemente está contando mal la información. Pero eso no cambia que la realidad existe y produce lo que produce.

JL: Y poner énfasis quizá en los temas que se están agravando. Comenta alguien del público que siempre ha existido pero que ha agravado con el confinamiento la violencia contra la mujer, dice en México, pero es algo universal, sobre todo en América latina. Quizá es otro de los temas a los que no se le está prestando mucha atención.

AG: Sí, de acuerdo. Yo creo que un gran logro de los últimos tiempos  gracias a los diferentes movimientos feministas es visibilizar a las mujeres en todos los aspectos y el de la violencia tantas veces callada.

LG: Sí, bueno, aquí en Argentina con el confinamiento crecieron muchísimo los casos de violencia de género y recuerdo que a algún genio en algún momento se le ocurrió permitir a las mujeres que eran golpeadas por sus parejas que pudieran salir de sus casas para poder ir a denunciar a cualquier comisaría sin necesidad de ir a la comisaría que les correspondía, en caso de que estuvieran siendo golpeadas en ese minuto, sin un permiso de circulación. Ese es el grado indignante de comprensión que tenemos acerca de la violencia de género. Y con los niños también. Los chicos están muy invisibilizados con esta situación Se supone que son un problema y nada más. Contagian, bueno, entonces los encerramos. No los mandamos al colegio y a veces se quedan encerrados en unas situaciones con unos padres que son horribles con los niños.

JL: Quisiera preguntarles, como lectoras, tanto de qué historias os gusta contar, qué historias os gusta leer. ¿Qué historias estáis leyendo? Es decir, ¿leéis lo que os gustaría escribir o no tiene absolutamente nada que ver?

AG: A ver, a mí me gusta mucho últimamente leer justamente libros de ciencia, sobre todo de zoología, de biología. El libro que he estado recomendando ya durante años se llama Más allá de las palabras. Cómo sienten y piensan los animales [de Carl Safina], que es un trabajo de reportería fantástico y que son tres largos reportajes sobre tres grupos de animales sociales: las ballenas, los elefantes y los lobos, que es el capítulo más fascinante. Que nos deja absolutamente claro que nosotros somos animales y entre más entendamos no que los animales se parecen a nosotros, sino que nosotros somos animales, vamos a poder convivir mejor con este mundo. Ese libro me gusta enormemente.

LG: Bueno, yo pasé por un periodo al inicio de todo esto en el que no podía leer, sólo podía mirar la televisión, leer los diarios, las noticias sobre el coronavirus y no me concentraba absolutamente en nada. Ahora estoy un poco más concentrada. Leo muchos libros de crónica, no-ficción, por mi trabajo también dando talleres y todo eso. Pero yo lo que más leo siempre es ficción, novelas sobre todo. Soy mala lectora de cuentos, lo que es una paradoja porque la autora que más me interesa, mi autora favorita entre los autores mundiales, es Lorrie Moore que es una gran escritora de cuentos y las novelas no me resultan tan interesantes. Es raro pero bueno esto me puede. Y he estado leyendo un poco, picoteando de mi biblioteca. Terminé dos volúmenes de un autor noruego que a mí me gusta mucho: Karl Ôve Knausgård que es una especie de autoficción. El último libro es un tocho monumental. Leí hace poco una novela de una autora norteamericana que se llama Jamie Quatro. Estoy leyendo, bueno, como siempre, mucha poesía, pero eso es más bien como volver: Louise Glück, Sharon Olds, Anne Carson. La poesía sí la pude leer siempre sin problema. Y ahora estaba releyendo un libro muy interesante que habla precisamente sobre periodismo, un libro que se publicó hace tiempo ya: se llama La banda que escribía torcido, acerca del movimiento del nuevo periodismo.

 

Javier Lafuente, Alma Guillermoprieto y Leila Guerreiro

 

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