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A Juan Esmerio Navarro, pescador de historias del amarillo amargo mar de Sinaloa.

“…pero si hubieras visto alguna vez la llegada del río crecido, oído cómo su ruido terrestre como un sismo llena el aire antes de que puedas ver la terrible y primera ola que arrastra ya casas, ganado, muertos, sabrías que él tuvo que salir de ese cuarto como el río de su cauce, y destruir y destruirse para que la vida otra, ajena y la misma, tu vida quizá, pueda volver a empezar”.
—Inés Arredondo, Río subterráneo

Lo que menos necesitábamos los culichis hace un año, el 17 de octubre de 2019, era un operativo tan pésimamente planeado como el que se realizó al despuntar la tarde de aquel fatídico “jueves negro”. La noticia le dio vuelta al mundo: después de que las fuerzas militares y policiacas federales capturaran a Ovidio Guzmán, la ciudad se convirtió en una zona de guerra, obligando al Estado mexicano (sí, una determinación de esta envergadura tiene que ser de Estado) a la liberación del hijo de Joaquín Guzmán Loera. Entonces escribí mis impresiones en caliente, exponiendo el cruce de mi tiempo histórico con mi tiempo biográfico para calibrar el impacto de ese episodio en la vida individual y colectiva de quienes habitamos este lugar del semitrópico, e intentando mostrar la manera en que Culiacán, ciudad palimpsesto, se volvió a signar: se cargó de nuevas huellas físicas y anímicas que confirmaron, en más de un sentido, su condición ya histórica de ciudad re-signada. Nadie como el escritor Élmer Mendoza, culichi de cepa, describió el coraje, el desconcierto y el miedo de esas horas:

Nos atropellaron –escribió Élmer a unas horas de ocurridos los hechos, en su artículo dirigido al presidente López Obrador. Familias enteras fueron testigos de lo frágil de la estrategia empleada. ¿Imagina a su niño tirado en el pavimento, aterrado por los disparos? Pues muchos de nuestros niños experimentaron ese momento infame mientras los adultos intentaban manejar su propia angustia y poner a salvo a sus vástagos (…). No puede continuar así, señor Presidente. No intente justificar lo que no tiene remedio, y que tampoco lo haga el señor Durazo. Es penoso. Ustedes no vieron correr a las mujeres, a los jóvenes estudiantes; no vieron ingresar al edificio de El Colegio de Sinaloa a un grupo de chicas que buscaba refugio desesperadamente. No lo tome a la ligera, señor Presidente. No lo merecemos (…). Ahora escuche esto, por favor: mi gente nunca había vivido algo así. Sentir amenazada su vida, la de sus hijos, la de sus padres y la de sus abuelos. Hemos tenido días infaustos, no digo que no, pero el pasado fue el mismo infierno.

Más allá del recuento de los hechos, puntualmente documentado en cronologías como la elaborada por la revista nexos, y de los análisis acerca de lo imprecavido (e irresponsable) de la acción, queda por revisar la incapacidad de los gobiernos, de la mayor parte del periodismo y de la misma sociedad convencional para abordar este tipo de sucesos, para ver más allá de la punta del iceberg: hay una zona ciega, por desconocida, de la vida social que poco o nada se considera al tomar decisiones para el combate al narcotráfico, a la delincuencia organizada o, en general, a la violencia, no sólo en Culiacán sino en todo el país. La exploración de esa terra incognita es, para los políticos y tomadores de decisiones, un ejercicio de urbanidad académica reservado a antropólogos, sociólogos e historiadores. No entra en el razonamiento ni el interés cortoplacista de la retórica tecnocrática o populista, que en esto, hay que decirlo, no hacen diferencia: apurados unos por hacer política sin políticos y apresurados otros por ser políticos que evaden la política (la política abierta al diálogo, las razones y la democracia, quiero decir). Tampoco es del interés, por cierto, de la mayoría de los grandes medios impresos o digitales que tienen la mira puesta en la espectacularidad, no pocas veces morbosa, de los acontecimientos. Habiendo estudios muy serios sobre la relación de la ciudad con el miedo y la violencia,1 a Culiacán se viene a hacer reportajes sobre Malverde, los panteones, cenotafios, cicatrices físicas de reyertas, improntas de sonados enfrentamientos y tours de escapes famosos.

De ahí que, igual en el extranjero que en la llamada “prensa nacional”, los medios hablaran del “fraccionamiento” Tres Ríos como escenario de los hechos ocurridos durante esas horas negras. Pues bien, el mal llamado “fraccionamiento” no es tal cosa, es un amplísimo sector de la ciudad. Si no se entiende eso, no se entenderá el fragoroso inicio de aquella tremolina. En ese extenso sector hay por lo menos 15 fraccionamientos, ahí se ubica el principal espacio recreativo de la ciudad (el Parque Las Riberas, el más largo del país), los más importantes centros comerciales (empezando por la Plaza Fórum en la que tuvieron que pernoctar decenas de clientes guareciéndose de las balaceras), parte de las instalaciones hoteleras y de negocios, una zona de Ciudad Universitaria en la que se encuentran las facultades de Humanidades, Ciencias Políticas, Estudios Internacionales e Informática. Se le conoce como Tres Ríos porque eso es lo que comprende: la vasta franja ribereña del río Humaya, el río Tamazula y el río Culiacán con una longitud de 22 kilómetros. Así de desconocida es esta dimensión, presente e histórica, de lo local. Como en la alegoría del cuento Río subterráneo de Inés Arredondo, inspirado en los ríos físicos y humanos de Culiacán y su gente y que sirve de epígrafe a estas notas, los ríos simbolizan la división de la ciudad, la oportunidad de vida y muerte, de destrucción y reconstrucción de los espacios físicos y espirituales, del drama personal y colectivo, biográfico e histórico de las gentes de estos rumbos.

Ilustración: Alberto Caudillo

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Una semana después de los hechos, el escritor Juan Esmerio Navarro publicaba su crónica destacando la importancia estratégica del río Tamazula en el espacio citadino: “Los videos y audios hablaban de una marcha de hombres armados de norte a sur, en sentido contrario a los desfiles cívicos y militares del 20 de noviembre. Llegaron del otro lado del río, un flanco frágil desde siempre. Luego desde otras zonas periféricas de la ciudad. Y la amenaza mayor: que llegarían de otras regiones: de la montaña, de la costa, de las ciudades vecinas. Se trataba de un cerco perfecto. Vivimos en un valle, un valle afortunado, donde esos trazos guerreros son posibles. Se trataba además de una aspiración a la ubicuidad muy realizable. Sabemos de ella desde hace muchos años. Conocemos ese poder, a cambio de guardar silencio —por razones de vida—. Nos aterraba, más que sorprendernos, esa capacidad de desdoblarse”.

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Otro novelista sinaloense, Juan José Rodríguez, escribía en esa misma fecha: También la geografía de Culiacán aportó su parte: una y griega fluvial que forma tres ríos y divide la ciudad en áreas unidas por puentes donde formaron círculos de violencia y áreas de defensa. Tres ríos y dos fuegos con la población atrapada en medio”.

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Culiacán y sus ríos. Comentando el plano levantado por Plácido Vega en 1861, el Arquitecto René Llanes advierte una evidente tendencia, desde esas fechas, al crecimiento hacia el poniente y el oriente. Mientras más al sur, más lejos el río. De ahí la menor expansión en ese sector. Como en tiempos prehispánicos, un crecimiento paralelo con el río. (René Llanes Gutiérrez, Luis F. Molina, el Arquitecto de Culiacán, Culiacán, 2002.)

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López Obrador se jacta de conocer todo el país, incluidas las más recónditas de sus comunidades. Puede ser, pero una visita en campaña sólo hace visibles las carencias materiales más evidentes y, si el temperamento y el ánimo lo permiten, los rasgos superficiales de una mexicanidad tan colorida y diversa como su folclor, y así lo destaca frecuentemente en los videos que sube a sus redes sociales cuando está en gira deleitándose con-alguna-bebida-o-comida-“típica”-en-algún-bonito-lugar-de-esta-maravillosa-tierra. El presidente se precia de ser un conocedor de la historia, y a su modo lo es, aunque la suya es una historia patria abrumada por el mito, los aplanadores episodios de fundación y refundación nacional y el relato épico que busca orígenes, gloria y fines trascendentes para legitimar su propio proyecto. Esa historia de bronce, escrita en blanco y negro, no sirve para la política pública ni la ubicación de los conflictos reales, aunque sí, y mucho, para el montaje escénico del civismo y la moralidad pública como ocurre con demasiada frecuencia en sus conferencias mañaneras. Esta parte del noroeste, como el resto de regiones, estados, municipios, ciudades y comunidades del país, tiene una historia remota y otra cercana, sinuosa y erizada, sin cuyo conocimiento se pierde de vista la naturaleza del conflicto con que, en cada caso, nos topamos sin reconocerlo.

Culiacán es un municipio de un millón de habitantes, enclavado en un verde valle agrícola, junto al mar de Cortés: “y al fondo el amarillo amargo mar de Mazatlán/ por el que soplan ráfagas de nombres”, pudiera decirse, porque su mar no difiere en nada de aquel que fue de Gilberto Owen. A grandes rasgos, lo que un somero repaso nos dice es que en la época prehispánica en estas tierras tuvo su asiento una incipiente cultura, apenas mesoamericana, el señorío Tahue, con una organización social, política y religiosa muy básica. Un pueblo en el que la gente habitaba viviendas construidas de vara y adobe pero en el que ya se imponía el tributo y en el que prevalecían jerarquías reconocidas por las localidades aledañas y sometidas.

Llegaron luego los conquistadores españoles, con Nuño Beltrán de Guzmán al frente, arrasando poblados a su paso. Fue en el cierre de su atroz campaña militar, en 1531, cuando se fundó la Villa de San Miguel de Culiacán. Lo que siguió fueron sublevaciones indígenas, familias criollas que no alcanzaron a arraigarse en el sitio, cambio de lugar de la villa en dos ocasiones por lo menos. Explotación, enfermedad, muerte: un genocidio brutal de la población aborigen. En esta parte del Septentrión, la conquista fue más bárbara y aniquiladora que en el altiplano central o el sur de México. Fue casi exterminio más que conquista. En tal sentido, como diría Foucault, estas regiones quedaron efectivamente marcadas como provincia: provincere, región vencida, reducida, sojuzgada.

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En lo que hoy es Culiacán (Huey Colhuacan, que significa “lugar donde se adora al dios Coltzin”, aunque también tiene otras acepciones: “cerro torcido”, “lugar donde tuercen los caminos”) vivían los tahues. No hay en la ciudad, no en el municipio, alusión alguna a eso. Será que a los 10 años de la fundación de la Villa de San Miguel de Culiacán sólo quedaban 10 mil de los 300,000 tahues que en 1521 poblaban aquel señorío. Como sea, este rasgo identitario se ha perdido en el polvo de los tiempos.

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En la Colonia, ni jesuitas ni reformas borbónicas cambiaron mayormente el estado de cosas. Acaso el impacto de la labor misionera resultara decisivo más hacia el norte, en el extremo Septentrión occidental novohispano, pero acá, en Culiacán, en la zona centro de lo que hoy es Sinaloa, la oscura marca de origen de la conquista militar dejó grabada su huella violenta, secular y profunda.

El siglo XIX pasó con sus vendavales federalistas y centralistas, liberales y conservadores, por la recién estrenada nación mexicana. Pero en Culiacán no ocurrió nada más trascendente que las pequeñas historias de oligarquías en formación, disputándose el control político y comercial con Sonora, primero, y con Cosalá y Mazatlán, después. Aquella era una región aislada del mundo, de los grandes centros de decisión política, económica y de la fragua ideológica en la que crepitaban los encendidos debates de los próceres de las ideas de uno y otro bando (exceptuando algunos pocos casos como el del rosarense Pablo de Villavicencio, “El Payo de Sinaloa”, quien de cualquier manera desplegó su labor de combate político y periodístico en el centro del país).

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¿Sigue viviendo Culiacán una cultura forjada en la fragua de su propia historia? En 1602, el Obispo Alonso de la Mota escribía que las gentes de la Villa de San Miguel (de Culiacán) “no piensan ni entienden que haya otra gente en el mundo (…) y nadie gasta papel, sino sólo el escribano”.

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En la segunda mitad del siglo XIX, Sinaloa tuvo gobernadores sólo nominalmente liberales y conservadores (algunos de ellos, como Plácido Vega, participando en momentos sucesivos en ambos bandos, con todo y ser reconocido por encabezar la Brigada Sinaloa en la lucha contra la Intervención Francesa). Quizá con alguna excepción (Eustaquio Buelna), fueron parte de grupos de "notables" comerciantes o militares con ansias caciquiles. Los enfrentó el interés, no la ideología. Pragmatismo histórico del semitrópico que ahora alcanza a los modernos empresarios sinaloenses sin mayor compromiso con las tareas civilizatorias de la sociedad regional.

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El siglo XX marcó el primer despegue económico de la región con el cultivo de la caña y la industria azucarera, en su primera mitad, y desde los años cincuenta con las grandes obras hidráulicas y la producción agrícola tecnificada. Se trató siempre, sin embargo, de procesos civilizatorios apenas iniciados o, en el mejor de los casos, interrumpidos, empezando por la abrupta, cruel y sanguinaria conquista y su secuela de inhumana explotación y enfermedad; prosiguiendo en la Colonia con la interrupción radical de la labor evangelizadora, educadora y de organización social y económica de los misioneros, y, de hecho, su escasa presencia en tierras culichis; el siglo XIX, caracterizado por el aislamiento geográfico y cultural que dio para el surgimiento descollante de la figura del cacique o su contraparte en el bandolero social, más que la del caudillo militar, el ideólogo o el hombre de Estado (de aquí viene el sostenido auge de la cultura del corrido en estos rumbos); y, por último, el siglo XX que retradujo el Milagro Mexicano a su versión vernácula local: el Milagro Agrícola Sinaloense, frustrado como proyecto civilizatorio por sus propias contradicciones y por la avenida del otro río, el río del narcotráfico.

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La poesía cambió, el corrido cambió. Algo característico de la poesía de los cincuenta en Sinaloa, después del florecimiento del modernismo literario con el impulso de Enrique González Martínez cuando residió en Culiacán y en Mocorito durante el Porfiriato, era la relación de la poesía con el corrido. La poesía le cantaba al corrido. El corrido era la poesía del alma popular. Aquí, el bardo culichi Alejandro Hernández Tyler, "el poeta consentido de Sinaloa", de aquel Sinaloa de la segunda mitad del siglo XX, declamaba líricamente: “El corrido manchado/ con sangre de amapola: (…)/ Entre las manos trémulas/ solloza el guitarrón,/ y él canta, canta, canta/ con el dolor rural sobre su corazón:/ ‘Vuela, vuela palomita/, vuela, vuela hasta el nogal;/ ya están los caminos solos:/ ¡ya mataron a Bernal!’” (Alejandro Hernández Tyler, “Corazón de sandía”, 1959).

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Hace algunos años, la etnomusicóloga Helena Simonett observaba: “Inspirado en los líderes revolucionarios y sus campañas, surgió un enorme cuerpo de folklore que, a su vez, sirvió de tierra fértil para la cultura popular, el cine y la música (…). La mayoría de estos hombres murieron por sus ideales de justicia social (por ejemplo Heraclio Bernal) y, por tanto, son de algún modo los precursores de los revolucionarios (…). (Es por ello que) durante períodos de insurrección y reforma el ilícito puede ser concebido como una acción legítima y permisible; por lo tanto categorías tales como bueno/malo o correcto/incorrecto no son necesariamente antípodas (y) esta misma ambivalencia también se aplica a una actitud común hacia el tráfico de drogas. Las categorías éticas no son tan fijas como se cree a menudo.”  (Helena Simonett, En Sinaloa nací: historia de la música de banda, 2004).

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Sinaloa y Culiacán son, pues, sociedades demediadas, partidas: sociedades que no han alcanzado a cerrar sus ciclos civilizatorios. Esto explica nuestros semitropicales sincretismos. Esos mismos que dieron lugar a los extrañamientos de los jóvenes que llegaron del medio rural a aquella ciudad con una geografía íntima, casi una villa parroquial, que era Culiacán en los sesenta. Infancia y juventud desplazadas, junto con sus familias, por un modelo de acumulación de capital que determinó la mayor concentración de la tierra, el abandono de las parcelas en la sierra, la contratación de los pequeños agricultores como jornaleros en los grandes campos tecnificados del valle o su incorporación a la siembra y hasta el tráfico de estupefacientes en su primera etapa regional.

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Cada año llegan al municipio de Culiacán alrededor de 90 mil jornaleros para emplearse en los campos agrícolas del valle, muchos de los cuales fincan su residencia definitiva en la zona (Marco Antonio Berrelleza Fonseca, Culiacán. Crónica de una ciudad: 1531-1877, 2007).

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El historiador Antonio Nakayama, consignando el inicio de la construcción de la capilla de San Antonio, en la segunda mitad del siglo XIX, se refiere a Tierra Blanca como un poblado "aledaño a Culiacán". Un siglo después, Culiacán sería conocido, sobre todo, por la fama de la colonia Tierra Blanca, ya no sólo plenamente integrada, sino identificada con la ciudad (Antonio Nakayama, Sinaloa. El drama y sus actores, 1975).

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Esos jóvenes fueron los que se incorporaron, en un principio, a la guerrilla en Sinaloa durante los años setenta del siglo pasado. Los que, como en La vorágine de José Eustasio Rivera, jugaron su corazón al azar y se los ganó la violencia. De esta mezcla abrupta y súbita de patrones de conducta rural y urbana, de ese extrañamiento y esa peculiar hibridación surgieron las conductas que hoy caracterizan a buena parte de la población culiacanense y sinaloense: música a alto volumen desde que Dios anochece hasta que Dios amanece, cierre arbitrario de calles para celebrar por cualquier motivo, metralleo auditivo de toda laya. Hay un orden invisible que rige las ciudades, dice Calvino en sus Ciudades invisibles. En Culiacán, es un cúmulo de hábitos, usos, costumbres que impelen a salir, aunque sea al arroyo de la calle, a platicar, escuchar música, beber cerveza, aún –y quizá con mayor “mérito” por significar una transgresión a las recomendaciones públicas- en tiempos de la pandemia. En ese orden invisible, el arroyo de la calle es el mismo arroyo del valle o la serranía.

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En el episodio del movimiento radical y violento conocido como “la enfermedad” en Sinaloa, a muchos jóvenes de preparatoria recién llegados del campo –que tenían los pies en la ciudad y el sentimiento en la labor- se los tragó la vorágine del enfermismo (Melchor Inzunza Cervantes, “Lo que el izquierdismo se llevó”, 1983).

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Los sucesos violentos del llamado “jueves negro” en Culiacán, en los cuales participaron, según apreciaciones no oficiales, entre 700 y 800 civiles armados (la mayoría de ellos jóvenes) contra 350 efectivos de las fuerzas del orden público, tienen que ubicarse en una marcha histórica signada en buena medida, desde hace varias décadas, por la economía informal del narcotráfico y la forja de modos de vida, identidades, prácticas de normalización de la criminalidad y una subcultura de la violencia que ha ganado cada vez mayor legitimidad en estos lares. Esto ha tenido consecuencias nefastas para los jóvenes, pues tan sólo en el 2016, según las cifras de INEGI, en Sinaloa hubo 1,303 muertes por homicidio en esta franja poblacional.

Sin exageración, se puede afirmar que los jóvenes en Sinaloa han sido inevitables  protagonistas de la violencia del narcotráfico; entre el 2007 y el 2018 se cuentan 7,600 hombres y mujeres de entre 15 y 35 años que fueron asesinados en el estado. Los adolescentes y jóvenes son, en este sentido, víctimas y victimarios en un escenario donde el involucramiento con redes criminales ofrece perspectivas de ingresos rápidos, prestigios rápidos y, del otro lado, una vida que puede acabar rápido pero que se vive con intensidad. Los jóvenes son doblemente victimizados: son aniquilados en la guerra contra la delincuencia y los enfrentamientos entre grupos, y los más pobres son también estigmatizados. Se les discrimina cuando vienen de condiciones de precariedad, se les discrimina y se les niegan oportunidades por su apariencia, por tener su origen en ciertas colonias y comunidades, por la música que escuchan, la manera en que se expresan y otras formas culturales, cada vez menos subordinadas y más alternativas, con las que han arropado una identidad fuerte y arraigada.

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Glosando a una estudiosa del tema, consignemos que, en Culiacán, el 58 por ciento de los detenidos por la policía entre el 2000 y el 2010 proviene de colonias que se crearon como asentamientos irregulares, con carencia de equipamiento y servicios urbanos, y alejados o con problemas de acceso hacia los sectores donde se concentran los trabajos y las actividades culturales. Una parte importante de estos detenidos tenían entre 13 y 27 años; eran jóvenes que buscaron, por diversas causas, obtener satisfactores y reconocimiento desde la ilegalidad (Iliana Padilla Reyes, Geografía de la violencia en Culiacán, 2017).

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Hace nueve años, en una conversación sobre las consecuencias de la “guerra” declarada al narcotráfico por el gobierno del presidente Felipe Calderón, Fernando Escalante decía: “Mi impresión es que buena parte de las confusiones conceptuales en que estamos obedecen a que los conceptos con los que nos movemos contribuyen sobre todo a tapar la realidad social que está detrás del problema. Y eso tiene que ver con una mirada federal. El problema del crimen organizado existe como tal para una lectura federal. Allá abajo, en los municipios, en cualquier lugar, se experimenta de una manera distinta”. Hay una mirada federal, apreciaba Escalante Gonzalbo, que desconoce la infinita variedad de realidades municipales. Esto, que es cierto para cualquier política pública, lo es más aún en el caso de la política de seguridad.

Pese a los reiterados anuncios de un cambio radical en la política, ya no de “combate” o “guerra” sino de “pacificación” del país, hechos por el actual presidente Andrés Manuel López Obrador, durante su gestión este enfoque plano (y hasta maniqueo) de la lucha contra el crimen se ha recrudecido. Si tuviera que definirse con una palabra la política aplicada, esta tendría que ser centralización. Desde las reuniones diarias con el gabinete de seguridad, pasando por los 32 superdelegados, las 266 coordinaciones territoriales, la casi segura desaparición de los fondos dirigidos al fortalecimiento de los cuerpos de seguridad pública estatales y municipales como el FASP, el Fortamun y el Fortaseg en el PEF 2021, hasta la creación de un cuerpo militarizado de seguridad pública y su consagración en un ordenamiento legal, todo habla de una centralización creciente.

Centralización apuntalada por el incremento de 3,300 millones a la Guardia Nacional contenida en la iniciativa del PEF 2021 (más o menos el dinero que se les quita a los estados y municipios para equipamiento y capacitación de sus policías), una corporación que ha mostrado muy pronto su incapacidad de reacción inmediata, su desconocimiento de la densidad de lo local y sus violencias, además de que, como se sabe, está siendo utilizada para hacerse cargo de tareas que tienen que ver con el control de los flujos migrantes en la frontera sur. Por eso, entre otras razones (como el hecho de que, siendo constituida por militares, inevitablemente actúe con criterios militares frente a la población civil), el pronóstico acerca de su eficacia sigue siendo reservado. Adicionalmente, hay que advertir que este impulso centralizador, como comentó Alejandro Hope antes del culiacanazo, “puede reforzar la tendencia de gobiernos estatales y municipales a rehuir su responsabilidad y trasladarla a un gobierno federal que va a acabar siendo rebasado muy rápido”.

Lo característico del culiacanazo fue la increíblemente mala planeación del operativo, con las consabidas consecuencias tanto en la población civil como en la exitosa interpelación violenta al poder, pero se trató finalmente de una decisión inscrita en la misma lógica de persecución y punición sin más, aplicada por México y la mayoría de gobiernos latinoamericanos desde los setenta con los nuevos “consensos” de Washington en tiempos de Richard Nixon. El asunto viene de lejos. Desde los primeros acuerdos de la inmediata posguerra para combatir las secuelas de lo que los propios gobiernos nacionales (EE. UU. y México) habían autorizado en la Segunda Guerra Mundial en lo que ahora se conoce como el “triángulo dorado” de Sinaloa, Chihuahua y Durango, pasando por la Operación Cóndor, la Iniciativa Mérida y hasta nuestros días, el prohibicionismo no ha sido tocado por los gobiernos mexicanos. Todo indica que López Obrador seguirá sacándole la vuelta al asunto, pateando, como se dice, el bote para adelante.

Sin embargo, no se trata sólo de los planes y las acciones realizadas. Se trata también, y sobre todo, de lo que se ha omitido, de lo que no se ha abordado más que en el marco de una muy limitada y chata política de prevención social del delito que, desde que existe, hace las mismas propuestas indiferenciadas para cualquier lugar (torneos deportivos, festivalitos y festivalotes, cursos de “valores” que, al parecer, uno puede recoger del éter para introducirlos tiernamente en su corazón). Ese mismo desconocimiento fue el que impidió a las fuerzas federales prever la feroz (y organizada) reacción al fallido operativo del 17 de octubre (una propuesta de acciones inmediatas, alternativa a la política de seguridad y justicia actual, se puede ver en Decálogo para la pacificación de México” .

Por este rumbo, tendría que pensarse en incorporar, para empezar, planteamientos como los hechos por investigadoras como Iliana Padilla Reyes sobre la geografía de la violencia delincuencial en Culiacán. Un interesante estudio en el que localiza los espacios de recurrencia delictiva, los sectores de donde provienen quienes delinquen (que no es lo mismo que donde se lleva a cabo la transgresión), luego hace entrevistas para conocer la manera en que han procesado estas situaciones los vecinos de las zonas más afectadas. Y hace hallazgos sobresalientes. Ubicadas las características de los lugares en que se está prohijando delincuencia (desde la ligada a homicidios hasta la patrimonial), encuentra que éstos son los que tienen una historia, desde los años sesenta del siglo pasado, como asentamientos irregulares poblados por gente que tuvo que desplazarse del medio rural serrano o del valle hacia la ciudad, es decir, hay ahí una historia pendiente, una historia que nadie ha contado y de la que tenemos que hacernos cargo para saber con qué conflicto estamos tratando y cómo puede gestionarse.

Entre otras, las preguntas que sin más demora debemos hacernos son: ¿de qué manera el modelo de acumulación de capital, distintivo del “Milagro Agrícola Sinaloense” que dio lugar al colapso de los sistemas productivos locales, junto con el narcotráfico y su combate –y ahora otras actividades delincuenciales-, afectaron la vida de estas personas que tuvieron que abandonar su residencia en el medio rural para migrar a la ciudad? Por así decirlo, ¿qué “rencor social” fueron acumulando?, ¿qué extrañamiento sufrieron al encontrarse con un paisaje físico y humano que no entendían y al que prácticamente arribaron con una mano delante y otra detrás?, ¿cómo procesaron sus descendientes ese extrañamiento, ese desencanto social?, ¿qué puertas encontraron abiertas para “rehacer” su vida, para reinventarse como seres con un presente y un porvenir, teniendo caminos muy limitados para transitar?, ¿qué nuevos códigos, fuera de la sociedad convencional, encontraron y fueron ellos mismos construyendo más allá de las esferas morales y normativas convencionales en las que no tenían cabida?

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Entre los factores que provocaron las transformaciones de los años sesenta y setenta encontramos un gran crecimiento demográfico, la fuerte emigración del campo a la ciudad –y los efectos de una arraigada cultura rural y serrana-, la escasez de servicios, los conflictos agrarios y también los universitarios, con fenómenos violentos como el de los llamados “enfermos” de la Universidad Autónoma de Sinaloa, que ha estudiado Sergio Arturo Sánchez Parra. El quiebre de las representaciones y principios de autoridad abrieron entonces una puerta a la violencia que no se ha cerrado todavía. Desafortunadamente, en general, los prejuicios, los mitos y, sin duda también, los aires de leyenda negra han sustituido todo análisis reflexivo, complejo y crítico (Jordi Canal, Vida y violencia. Élmer Mendoza y los espacios de la novela negra en México, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020).

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No nos hemos hecho esas preguntas y, por lo tanto, más allá de fatigar la numeralia de los informes, los indicadores y los índices sobre violencia delincuencial (que ayudan mucho pero son insuficientes), más allá de plantearnos medidas punitivas, militares o policiacas, o de organizar algún torneo deportivo o llevar alguna actividad cultural o un curso de “valores” como acciones de “prevención e higiene social”, el asunto de fondo sigue siendo una incógnita para los gobiernos: no sabemos con qué conflicto nos la estamos viendo, no conocemos su origen ni, por decirlo de algún modo, su fenomenología. ¿Por qué la violencia se ha regionalizado y, en buena medida, hasta municipalizado (el caso más reciente es el de la recurrencia criminal en localidades de Guanajuato)? Quizá porque, sin dejar de lado el influjo de las circunstancias mundiales y nacionales, esa violencia ha tenido siempre una raigambre local. Claudio Lomnitz tenía razón cuando, hace casi diez años, sugirió que “para construir las explicaciones que requerimos es necesario pasar por la investigación etnográfica”, toda vez que “hasta ahora los funcionarios han justificado sus políticas a partir de una mezcla de estadísticas desordenadas y de anécdotas de la prensa”, en tanto que los diagnósticos que se demandan implican “estudios detallados e intensivos de contextos específicos” .2

Acaso no sobre, en esta dirección, ensanchar un poco la mirada: dar al escenario entretelones históricos y comunitarios específicos. En el caso de Sinaloa, vale la pena volver los ojos a su secular carácter de sociedad demediada y, junto con ello, a la manera en que se ha configurado una personalidad colectiva alejada de los arquetipos de los modelos sociológicos de la modernización, una(s) identidad(es) más bien elemental(es) y ceñida(s) a una relación muy básica con el entorno natural y humano.

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Me atrevo a proponer una conjetura que bien podríamos denominar “hipótesis metafísica” en el mejor sentido de la palabra: sobre los sinaloenses pesa una suerte de marca histórica. Nuestra relación con la naturaleza física ha condicionado también un tipo de relación con nuestros semejantes. Económica y culturalmente hablando, no hemos incorporado valor agregado a nuestras producciones materiales y simbólicas. No hemos incorporado un extra simbólico a nuestras vidas. Nuestra concepción del mundo y el tiempo sigue siendo, en más de un sentido, simple, circular, cíclica como los tiempos de la agricultura.

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En esta perspectiva, Sinaloa y Culiacán pueden ser también buenos casos de estudio: el romanticismo tropical y campirano de sus moradores, su escaso apego a las convenciones normativas, su proximidad con el ilegalismo -en otros tiempos el contrabando, el bandolerismo social y el bandolerismo a secas, después la fayuca, hoy el narcotráfico-, sus agravios pendientes con las fuerzas del orden (¡dos mil pequeños caseríos y comunidades serranas desaparecidas durante la Operación Cóndor en los setenta y los ochenta!) y el arraigo de una subcultura gestada en la matriz regional, interpeladora persistente de los poderes formales, tal vez puedan servir de referencia a las investigaciones que den paso a una mínima, renovada y necesaria hermenéutica de la violencia y el narcotráfico en la región y el país.

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Esto es lo que daría un trasfondo sociológico a las ideas sostenidas líricamente por los pensadores de la camada antecesora en la ronda de las generaciones intelectuales en la entidad: Juan Macedo, Arturo Murillo, Antonio Nakayama y, destacadamente, Enrique Félix Castro, El Guacho, de quien un ensayista como Carlos Calderón Viedas ha espigado la definición del sinaloense como un ser de temperamento romántico, más llevado por la pasión que por la razón, por el corazón que por la mente, por la emoción que por el pensamiento, lo que fincaría (en esta lectura, ella misma lírica y romántica) los rasgos dominantes en su personalidad: ruidoso, echón, explosivo, echado pa’ delante, proclive a las catarsis violentas, como las calificó Antonio Nakayama desde los años cincuenta. Características que anticipan su lejanía de la “civilización de las costumbres” (Norbert Elias) y su poco aprecio por la esfera convencional de la vida, por las normativas morales explícitas, lo que aplica para todos los estratos, al margen de su situación económica, y lo vuelve propenso, por lo tanto, a la efusión violenta, a la creación de códigos alternativos de reglamentación moral (cfr. Carlos Calderón Viedas, Huellas de modernidad en Sinaloa, 2007).

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No entendemos, porque ni siquiera nos hemos hecho la pregunta, con qué conflicto hemos topado. Los tomadores de decisiones (un término que no es del agrado del presidente López Obrador, a quien le gusta hablar de honestidad más que de experiencia o competencia) tendrían que entender que esta es una pregunta necesaria para la política pública. Espero que nos demos cuenta de esto más temprano que tarde, porque la celebrada resiliencia no es eterna y está al filo de confundirse con otro ánimo social, éste sí pasivo e inmovilizador: la mera resignación.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista, entre sus libros publicados se cuentan Sinaloa. Una sociedad demediada (Juan Pablos, 2008), La cultura en Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia (Ayuntamiento de Culiacán, 2014) y Dispersa andadura (Secretaría de Cultura-ISIC, 2017). Este año aparecerá su libro George Steiner: entrar en sentido (cincuenta glosas y un epílogo).


1 Mencionó sólo tres recientes: Sylvia Cristina Rodríguez González, El imaginario del miedo en el diseño urbano de la ciudad de Culiacán, México, Universidad Autónoma de Sinaloa-Ediciones del Lirio, 2017; Iliana del Rocío Padilla Reyes, Geografía de la violencia en Culiacán, México, Universidad Autónoma de Sinaloa, 2017; y Guillermo Ibarra escobar, Culiacán, ciudad del miedo. Urbanización, economía, violencia , México, Universidad Autónoma de Sinaloa-Jorale editores, 2015. En estos días, apareció un ejercicio muy interesante, referido a la explicación, comprensión y secuelas del “Jueves negro”, auspiciado por Mexico Violence Resource Project, Noria Research Mexico and Central America Program y la revista Espejo, que se puede ver aquí.

2 Sin duda, hacen falta más estudios del estilo de los hechos por Natalia Mendoza Rockwell en Sonora, uno de los cuales, Conversaciones en el desierto. Cultura y tráfico de drogas (CIDE, 2017), se ha vuelto ya punto de referencia de la nueva etnografía en México.

 

2 comentarios en “De culiacanes y culiacanazos: la terra incognita de lo local

  1. Los libros y los años que Ronaldo González le ha dedicado al tema le dan una visión profunda del fenómeno de la violencia en Sinaloa. Acabo de leer el mejor ensayo sobre lo sucedido hace una año en Culiacán.

  2. Los libros y los años que Ronaldo González Valdés le ha dedicado al tema de la violencia y la identidad del ser sinaloense le dan una visión profunda del fenómeno de lo sucedido hace un año en Culiacán. Es un excelente ensayo.

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