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La democracia y con ella la libertad de expresión siempre están amenazadas. No son conquistas, para siempre. Lo es así desde la antigua Grecia, lugar donde surge el sistema democrático. La historia señala que la regresión a los gobiernos autoritarios e incluso dictatoriales es siempre una posibilidad. Por esos todos los días hay que cuidar, proteger y ensanchar la democracia y la libertad de expresión.   

Ilustración: Belén García Monroy

En sus dos años de gobierno el presidente López Obrador ha dado duros golpes a la débil e imperfecta democracia que se vive en el país. En su concepción autoritaria, el poder político debe concentrarse en solo una hombre, para llevar adelante su proyecto. Por eso los otros poderes del Estado deben estar bajo control del Poder Ejecutivo.   

Ahora tiene el control del Poder Legislativo, que en 1997 se había podido quitar ese yugo, y recientemente ha sometido al Poder Judicial, para regresar 25 años atrás cuando así eran las cosas. En esa misma dirección cierra, vacía de contenido, o agrede sistemáticamente a los órganos autónomos, para no tener ningún tipo de contrapeso y elimina los fideicomisos de ciencia, cultura y salud, para manejar los recursos de manera centralizada y discrecional.     

Semanas atrás un grupo de 650 mujeres y hombres de la ciencia, la academia, la cultura y el periodismo publicaron el manifiesto En defensa de la libertad de expresión donde afirman que: “La libertad de expresión está bajo asedio en México. Con ello está amenazada la democracia. El presidente López Obrador utiliza un discurso permanente de estigmatización y difamación contra lo que él llama sus adversarios. Al hacerlo, agrede a la sociedad, degrada el leguaje de la política y rebaja la tribuna presidencial de la que debería emanar un discurso tolerante”.

Y también sostienen que “el presidente profiere juicios y propala falsedades que siembran odio y división en la sociedad mexicana. Sus palabras son órdenes: tras ellas ha llegado la censura, las sanciones administrativas y los amagos judiciales a los medios y publicaciones independientes que han criticado a su gobierno. Y la advertencia de que la opción para los críticos es callarse o dejar el país”.

El texto advierte “que no se estigmatiza a personas físicas o morales desde el poder presidencial sin ponerlas en riesgo. No se alimenta el rencor desde esa tribuna, sin que el odio llegue al río alguna vez”. La actitud del presidente ante la prensa independiente y crítica es irresponsable en un país donde el ejercicio del periodismo es una actividad peligrosa y de alto riesgo.

En este tema, para el caso de México, están en juego tres problemas: El primero es que somos el país más violento para el ejercicio del periodismo y donde más se han asesinado a periodistas. Que el máximo poder de la nación descalifique a los medios y a los periodistas, con nombre y apellido, es una invitación a que se vale golpearlos e incluso asesinarlos.

El segundo es que se trata de un claro y evidente atentado contra la libertad de expresión y la vida democrática del país y el tercero que necesariamente implica una involución de lo alcanzado por la sociedad mexicana en éste campo que tantas vidas de periodistas y activistas ha costado en la lucha por la libertad del ejercicio periodístico y la democracia.

Para el presidente no existe un principio básico de toda sociedad democrática que es el respeto a cualquier tipo de crítica de los medios y los periodistas. Ésa es su misión. La expresión más acabada de la libertad de expresión es aguantar la crítica, no reaccionar ni utilizar los instrumentos que el poder tiene en sus manos, para denostar a la prensa en su ejercicio crítico, porque eso, sin más, es violentar la libertad de expresión.

La comparecencia mañanera del presidente se ha convertido en la guillotina de la Revolución Francesa o el quemadero de la Santa Inquisición ahora instalado en Palacio Nacional. Ahí  el presidente decide a qué medio o periodista debe pasar a cuchillo o ser quemado vivo porque no dijo lo que quería oír. Es la actitud autoritaria del gobernante de un país bananero como tantos se ha dado en la región y que se pensaba habían desparecido. Con él resucitan. 

El presidente miente cuando afirma que su gobierno respeta la libertad de expresión y que se ha eliminado la censura. Todos los días con su actitud y discurso violenta el libre ejercicio del periodismo independiente y crítico. He vivido en carne propia la censura. Meses atrás fui expulsado de un periódico a petición de un secretario de Estado que se sentía agredido por mis artículos de análisis y opinión relacionados con el tema de su dependencia.

La garantíaa de la libertad de expresión se reduce a los medios y periodistas afines al gobierno, que solo dice lo que el presidente quiere oír sobre sí y su gestión. En su concepción bananera los buenos medios y periodista son los que nunca lo critican y los malos medios y periodistas son los que realizan un trabajo profesional independiente y crítico.   

 

Rubén Aguilar Valenzuela

 

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