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Esta semana, como cada año, seguí atentamente los anuncios de los ganadores del premio Nobel. Sin embargo esta vez fue diferente para mi. El haber trabajado durante seis años en el laboratorio de uno de los laureados, me dio una perspectiva más clara. No era un personaje abstracto e inalcanzable el que aparecía en la pantalla, era una persona de carne y hueso con la que he convivido y la que conozco estrechamente. Como es obvio, no dejé de sentirme emocionado y un poco abrumado. Pese a no haber estado involucrado en el descubrimiento por el que se otorgó el premio, recibía mensajes de felicitación de personas a las que apenas conozco.

La ciencia no es compatible con la religión

Ilustración: Estelí Meza

Al observar las imágenes que veía en los medios de comunicación sentí que faltaba algo. Estas no captaban por completo el esfuerzo y el trabajo de todas las personas que estuvieron detrás. Esfuerzo que por lo demás, no es muy diferente al de la gran mayoría de los científicos que he conocido a lo largo de mi carrera.

A raíz de esto, me parece interesante reflexionar sobre el significado de este tipo de premios y sus fortalezas como herramienta de difusión, así como sus limitaciones a la hora de representar a los millones de científicos e investigadores que participamos en la generación de conocimiento y tecnología en todo el mundo.

Por un lado me siento tentado a promocionar, aplaudir y difundir el anuncio de los premios. Esto especialmente en las circunstancias actuales en las que, tanto en México como Estados Unidos y otros países, la importancia del conocimiento y el quehacer científico está siendo injustificadamente cuestionada por motivos puramente políticos. Por otro lado, y sin quitarle mérito a los galardonados, es importante resaltar que ninguno de los premios científicos que se otorgan en la actualidad, incluido el Nobel, hacen justicia a lo que significa la labor de investigación, ni refleja el arduo y complicado proceso necesario para ampliar las fronteras del conocimiento.

Para hablar específicamente del premio Nobel, algunas de las limitaciones se derivan de la manera en la que fue diseñado por el químico Alfred Nobel en 1895. Las categorías elegidas reflejan mas las inclinaciones e intereses de su fundador que las áreas del conocimiento relevantes en ese momento. Esto se observa, por ejemplo, en la ausencia de un premio para el área de matemáticas. El surgimiento de nuevas áreas del conocimiento a lo largo del tiempo ha acentuado la discrepancia entre las categorías premiadas y la realidad científica. Como respuesta a la imposibilidad, por motivos legales, de cambiar los nombres de las categorías, el comité del Nobel ha tenido que flexibilizar la manera en la que se asignan los premios, por lo que muchas veces los descubrimientos premiados no encajen perfectamente en la categoría asignada.

Además, la manera en que la ciencia se lleva a cabo en la actualidad es fundamentalmente diferente a como se hacia hace 30 años, por no hablar de hace 120 años, cuando se creo la fundación Nobel. Mientras que en 1911, año en que Marie Curie ganó su segundo Premio Nobel, la investigación se realizaba individualmente o en pequeños grupos, en la actualidad muchos de los proyectos de investigación pueden involucrar a consorcios internacionales con decenas, cientos o hasta miles de actores. Una vez más, dado que el comité del Nobel está imposibilitado para repartir un premio entre más de tres personas, la pluralidad y complejidad de los descubrimientos científicos quedan ampliamente subrepresentadas.

Por supuesto, no soy el primero en notar estas deficiencias. Esta problemática ha derivado en la creación de diversos premios que intentan representar de manera mas adecuada la labor científica actual. Un ejemplo es el Breakthrough Prize, fundado en 2012 por personalidades de Silicon Valley como el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg o el co-fundador de Google, Sergey Brin. En este premio, además de incluirse la categoría de matemáticas, se permite galardonar a más de tres personas por un mismo descubrimiento. Como resultado de esto último, en 2016 se otorgó el premio Breakthrough de física fundamental a los mas de 1,000 científicos que trabajan en el Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory (LIGO). El LIGO es además, un claro ejemplo del constante incremento en la complejidad e internacionalización de los proyectos actuales de investigación científica. Aunque sus instalaciones están en EE.UU., estas fueron construidas con fondos tanto de EE. UU. como de Australia, Alemania y Reino Unido y los datos producidos están disponibles para los investigadores de todo el mundo.

Sin embargo, independientemente del formato, el sistema de premios científicos siempre tendrá sus limitaciones y no podrá, por si sólo, transmitir lo esencial que es la investigación para resolver los enormes retos que ha enfrentado y enfrenta la sociedad. Con esto no pretendo desprestigiar a los premios ni demeritar a los galardonados. Desde luego, los premios son una manera muy eficaz de promocionar y visibilizar la importancia del desarrollo científico en el mundo. Además, me parece muy loable la intención de las instituciones e individuos que, como Alfred Nobel, deciden dedicarle su tiempo y dinero a reconocer la creatividad, esfuerzo y trabajo de la comunidad científica. Mi intención es simplemente poner de relieve algunas de las limitaciones que, a mi juicio, tiene el sistema actual de reconocimiento científico.

 Así, sin ánimo de satanizar los premios científicos o de ignorar la utilidad que estos tienen, este texto es una invitación a los diferentes actores de la sociedad a complementar la percepción que se tiene de la ciencia. Desde el ámbito científico es necesario fomentar e incrementar la labor de divulgación que prominentes científicos mexicanos ya realizan para transmitir a la sociedad el valor que tiene, para un país como el nuestro, el desarrollo científico y tecnológico. Además, es indispensable que los científicos nos mantengamos abiertos a escuchar las dudas, miedos y opiniones de otros sectores de la sociedad.

A la sociedad en general, le propongo tomar unos minutos para reflexionar sobre el papel que la ciencia juega en nuestra vida cotidiana y tratar de imaginar la cantidad de personas, tiempo y recursos que son necesarios para llegar a entender de manera tan detallada los fenómenos naturales que nos rodean y aprovechar este conocimiento para hacer nuestras vidas mas cómodas y seguras. Quizá el ejemplo mas evidente de la importancia de la ciencia, y un buen punto de partida para esta reflexión, es la esperanza que (casi) todos depositamos en el trabajo de las miles de personas que intentan lograr un nuevo descubrimiento que nos permita superar la pandemia que transitamos.

 

Andrés Escalera Maurer
Doctor en microbiología molecular. Trabajó en el laboratorio de la profesora Emmanuelle  Charpentier en el Instituto Max Planck de Berlín. Actualmente trabaja como investigador en el Instituto de Biotecnología de la UNAM, en el laboratorio del Dr. José Luis Puente.

 

4 comentarios en “El Nobel no es la ciencia

  1. Andrés, me encantó tu artículo donde nos explicas la importancia no sólo del trabajo en equipo sino de lo ingrato del día s día dé cualquier investigación. Te felicito y te felicito doble por hsberte pasado cerca de 5 años en la ingrata experimentación diaria de un laboratorio de estándares de primera. Un abrazo doble por lo que te toca de este premio y por tu futura paternidad. Besos

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