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El joven tenía 17 años cuando mataron a Eugenio Garza Sada. El asesinato del dueño de la Cervecería Cuauhtémoc a manos de los comunistas de la Liga 23 de Septiembre sacudió a la ciudad de Monterrey, de la que Garza era algo así como el primer ciudadano. Como el joven era el líder de la sociedad de alumnos de su carrera en el Tecnológico de Monterrey, le tocó asistir al funeral en representación de sus compañeros.

El sepelio fue un evento a todas luces monumental. Todos los notables de Monterrey —y buena parte de los de México, incluyendo al presidente Luis Echeverría— estaban presentes. El momento que más impresionó al joven, sin embargo, reflejaba que detrás de la aparente concordia de los asistentes se escondían profundas tensiones.

“Y en eso se para un viejo, don Ricardo Margain Zozaya”, el joven me diría muchos años después. “Y el viejo dice: ‘Yo no puedo continuar con la eulogia de don Eugenio mientras esté presente su asesino. Le pido, señor Echeverría, que se retire’. ¡Y que el pendejo se sale!”.

Un político conservador acababa de echar al todopoderoso presidente de México, quien pese a su papel en la represión del 68 decía representar a la izquierda. Ese momento, que el joven después acreditaría con la moderación de la “línea socialista” de Echeverría, marcó el nacimiento de la conciencia política del estudiante. La derecha empresarial del norte de México, antes marginada por el estatismo corporativista del PRI, podía retar al poder y salir airosa.

El adolescente se llamaba Gilberto Lozano. Hoy en día su nombre aparece en los diarios como el fundador y principal dirigente del Frente Nacional Anti-AMLO, o FRENA, el movimiento social de derechas que ha ocupado la plancha del Zócalo para exigir la renuncia del presidente Andrés Manuel López Obrador. Para bien o para mal, Lozano se ha convertido en una de las figuras de oposición más visibles de nuestro momento. Esto nos obliga a intentar entenderlo. Aunque Lozano insiste en que su organización no es ni de izquierda ni de derecha, uno no puede pasar mucho tiempo en la órbita del FRENA sin concluir que el movimiento representa la encarnación contemporánea —o tal vez posmoderna— de una de las ideologías más enraizadas de México: el conservadurismo del Norte y del Bajío.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

* * *

Para acceder al campamento del FRENA en el Zócalo uno tiene que registrarse en la entrada y dejar una credencial. La gente que atiende a los visitantes en la carpa de recepción se muestra recelosa, como si se sintiera rodeada de enemigos o temiera la infiltración de adversarios. Los miembros de los medios de comunicación tienen prohibida la entrada a menos de que los acompañe un chaperón; esto, según me explicó uno de los encargados de seguridad, para evitar que entrevisten a residentes “con poco colmillo” o “que les puedan decir algo que nos pueda perjudicar”. Uno se lleva la impresión de que el FRENA quiere lavar su imagen, que sus dirigentes están cansados de leer reportajes en los que los residentes del campamento expresan opiniones políticamente incorrectas.

El guía de mi visita a principios de octubre fue un hombre de 57 años llamado Jaime Sandoval. Cuando le pregunté su profesión, respondió que estaba desempleado.

“Por eso estoy aquí”, me dijo con tristeza.

La melancolía de Sandoval parecía extenderse por todo el campamento. Lozano insiste en que aquellos que descalifican al FRENA diciendo que la mayoría de las tiendas de campaña están vacías se equivocan, pues la gente que participa en el plantón y vive en el Valle de México no tiene por qué quedarse en sus refugios 24 horas al día. Lo cierto, sin embargo, es que el día de mi visita el número de casas de campaña excedía por mucho al número de personas. Los pocos manifestantes que vi parecían cansados y decaídos, refugiándose del sol implacable bajo toldos y lonas. En el otro extremo de la plaza, un mitin de Antorcha Campesina parecía bastante más animado.

Las primeras movilizaciones del FRENA fueron protestas pequeñas en las que los manifestantes avanzaban abordo de sus coches, provocando las burlas de muchos de sus opositores. Desde entonces, las acciones del movimiento se han vuelto más tradicionales. El 19 de septiembre, el grupo convocó a sus afiliados a ocupar el Zócalo, pero los manifestantes fueron detenidos por el cuerpo de granaderos que supuestamente ya no existe. Los miembros del movimiento respondieron estableciendo un campamento frente al Hemiciclo a Juárez, donde permanecieron por varios días. Irónicamente, el 23 de septiembre, un juez les otorgó amparos que les permitió mover el plantón a la Plaza de la Constitución, donde permanecen desde entonces. Pocos días después, el 3 de octubre, el FRENA convocó a una marcha masiva del Monumento a la Revolución al Zócalo. El evento fue su acción más exitosa hasta la fecha: si bien el gobierno de la Ciudad de México mantiene que la manifestación convocó a unas 5000 personas, las imágenes del día muestran a una multitud que al menos en apariencia era bastante más numerosa.

“Yo creo que sí éramos más de 100 000”, me dijo Sandoval, sonando seguro de sí mismo pese a lo improbable de su afirmación.

* * *

La persona pública de Lozano es altisonante. Un video reciente en su prolífica cuenta de YouTube lo muestra sentado bajo una carpa blanca en el centro del Zócalo. En su puño hay un micrófono; frente a él, un grupo de seguidores que repiten sus palabras. Lozano gesticula, vocifera, se pone rojo del esfuerzo. Tiene la voz ronca de tanto repetir consignas a voz en cuello: “¡Viva México!” y “¡Fuera López!”. Su discurso apela a las vísceras más que a la razón. Estamos frente a un hombre que grita más que argumenta; un enojo hecho carne, un rencor vivo. En menos de media hora acusa a “Andrés López” de ser una víbora, un imitador de Castro y de Chávez, un inquilino malagradecido con sus caseros, un empleado ineficaz que merece ser despedido. De Olga Sánchez Cordero dice que su madre debería haberla abortado, aunque se apresura a añadir que él “no apoya esas cosas”. Tiene palabras duras para “los centroamericanos”, a quienes acusa de recibir dinero que debería haber sido destinado a los niños mexicanos con cáncer. Tras 20 minutos de arenga ininterrumpida, termina su discurso pidiendo la bendición de Dios para sus escuchas y para el pueblo de México.

En persona, por otro lado, Lozano es infinitamente más agradable que en el video. En el curso de más de dos horas de conversación, descubrí que tiene un innegable talento para narrar anécdotas divertidas en un lenguaje dicharachero y un tanto soez, en el que la palabra “reata” aparece con sorprendente frecuencia. Es carismático, afable, simpático. No es difícil de ver por qué se ha ganado la confianza de muchos, si bien probablemente muchos menos que los siete millones de afiliados con los que según él cuenta el FRENA.

Lozano nació en Monterrey en 1956. La familia de su madre, me dijo con orgullo, lleva trece generaciones en México e hizo fortuna en el comercio. Su padre, por el contrario, provenía de la clase trabajadora. El fundador del FRENA creció entre dos mundos: vivía en la colonia San Pablo de la Garza, a la que describe como “el Tepito de Monterrey”, pero los domingos visitaba la casa señorial de sus abuelos maternos. Estudió la secundaria en un colegio “masón” y la preparatoria en una escuela franciscana. De joven trabajó en un taller mecánico y vendiendo biblias de puerta en puerta. Se describe como un estudiante revoltoso pero aplicado, y dice que su buen promedio le ganó una beca de la Cervecería Cuauhtémoc para estudiar ingeniería mecánica en el Tecnológico de Monterrey.

Este último detalle es crucial: buena parte de las ideas políticas de Lozano son la consecuencia del entorno de su infancia y adolescencia, cuando tanto él como su familia se beneficiaron de las políticas de responsabilidad social de los grandes empresarios de Nuevo León. El líder del FRENA describe al Monterrey de Eugenio Garza Sada como una utopía conservadora: un lugar donde los hombres de negocios garantizaban el bienestar de sus empleados sin tener que echar mano del aparato redistributivo del Estado. En esta concepción de la política, que Lozano asocia con la “Tercera Vía” de los ordoliberales alemanes de la posguerra y con las ideas de Luis G. Sada —el fundador de la Coparmex—, los protagonistas de la historia no son las masas o los dirigentes políticos, sino aquellos individuos visionarios capaces de “generar riqueza” y de repartirla entre aquellos que los rodean. 

“Setenta años antes del Infonavit, todos los jefes de familia que trabajan para don Eugenio Garza Sada tenían casa”, me dijo Lozano. “Mi padre era uno de ellos. Y todos teníamos servicio médico. Acuérdate que 65 años antes de que naciera el Seguro Social, existían las clínicas del Grupo Monterrey. Era un capitalismo, pero con una responsabilidad social institucionalizada, no con los dientes para fuera. Era un equilibrador social”.

Esta vertiente de la derecha mexicana, distintivamente norteña, tiene poco que ver con la “reacción subterránea” de Vasconcelos y compañía: mientras que los reaccionarios subterráneos consideraban al Estado como el vehículo más eficaz para transformar a la sociedad, los conservadores regiomontanos son alérgicos al sector público. Más que un protofascismo autoritario, se trata de un libertarianismo paternalista en el que la caridad cristiana de los dueños de los medios de producción es suficiente para limar las asperezas de los conflictos de clase. La consecuencia lógica de estas ideas es que Lozano, como Fox y otros conservadores del norte y el Bajío, cree que el mejor gobernante es aquel que administra al Estado como si fuera un negocio. De allí que su opinión del businessman-convertido-en-presidente de nuestro vecino del norte sea más bien positiva.

“Para mí, Trump representa lo que me gustaría ver en México”, me dijo Lozano. “Que llegara un cabrón que no tenga nada que ver con la pinche política, así fuera un ama de casa, y que mañana empezara a gestionar al gobierno como lo que es: una administración pública que tiene que darle un servicio al país”.

En la concepción de Lozano, los servidores públicos son “empleados” de los ciudadanos. Conversando con él, uno se lleva la impresión de que nada le gustaría más al regiomontano que pararse delante de López Obrador y soltarle la famosa frase de Trump: Youre fired!

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Todos los miembros del FRENA con los que hablé insistieron en que su movimiento no es exclusivamente católico y que da la bienvenida a gente de todo tipo de creencias. Puede que esto sea cierto, pero el hecho es que la única religión visible en el campamento del Zócalo es la católica. Sandoval, mi guía/chaperón, me dijo que el plantón cuenta con tres capillas, pero que no hay un sacerdote residente, sino que sólo viene de visita.

“Hay de todo: judíos, católicos, protestantes”, me dijo Sandoval mientras pasábamos frente a una tienda de la que colgaba una pancarta que decía No al aborto, no a la dictadura de la ideología de género, no a la masonería de AMLO. “Aunque la mayoría se dicen católicos. Y pues ellos tienen su forma de contrarrestar lo que ellos consideran como el mal”.

En una de las capillas, una carpa de tamaño mediano con un altar lleno de iconos de la Virgen María, cuatro mujeres y dos hombres de mediana edad conversaba en voz baja. La mayoría me dijo que había venido a Ciudad de México desde Jalisco y Nuevo León con el sólo propósito de participar en el campamento. Cuando les pregunté por qué estaban allí, respondieron sin dudar un segundo.

—Por amor a México.

—Porque no queremos a un país comunista.

—Ni una dictadura como Venezuela o Cuba.

—Porque otros gobiernos han robado, pero por lo menos había avances.

—Lo que a mí más me disgustó fue que quitó el apoyo a los niños con cáncer.

—Si las “feminazis” defendieran a los niños con cáncer, yo estaría con ellas.

—Pero no, ellas nomás quieren el aborto.

Les pregunté si su fe los había traído aquí.

—Nuestra fe nos ha dado valor.

—Pero no es el objetivo.

—Aunque también ya invadió nuestras iglesias.

En eso llegó una monja con un rosario en la mano. Muy amablemente, los ocupantes de la capilla me pidieron que los dejara rezar en paz.

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Tras graduarse del Tec a finales de los 70, Lozano entró a trabajar a la siderúrgica HYLSA. Según me dijo, sus jefes descubrieron muy pronto que tenía una cierta facilidad para hablar con los obreros, cosa que Lozano atribuye a sus orígenes humildes. A los pocos meses, lo transfirieron de la planta en la que trabajaba como ingeniero al departamento en que pasaría el resto de su vida profesional: recursos humanos.

La importancia de esta reasignación para el desarrollo ideológica de Lozano no puede sobrestimarse. El lenguaje que usa para hablar de la cosa pública viene directamente de la teoría del “capital humano” que aprendió en diplomados en Japón y en Stanford. Cuando le pregunté qué pasaría con el FRENA después de la improbable renuncia de López, por ejemplo, Lozano me dijo que le gustaría que el movimiento se convirtiera en un “Instituto de Certificación de Servidores Públicos” encargado de evaluar a los aspirantes a ser “empleados” del pueblo: una especie de departamento de recursos humanos para la vida pública del país.

“¿Quieres ser servidor público?”, me preguntó Lozano. “Pues te tiene que sellar el FRENA. Nosotros te ponemos en el cuadro de honor o en el cuadro del deshonor dependiendo de tu historia y de tu cumplimiento del contrato que te damos”.

El desempeño de Lozano en HYLSA debió de haber sido bueno, pues en 1992 fue contratado para dirigir el área de recursos humanos de la misma cervecera que tiempo atrás le dio una beca para estudiar en el Tec. Con los años, Lozano fue ascendiendo en la compañía hasta ser nombrado vicepresidente de recursos humanos y planeación de FEMSA, el conglomerado de empresas que controla la embotelladora de Coca-Cola más grande del mundo.

“Era uno de los puestos mejor pagados de la iniciativa privada”, me dijo con orgullo.

En 1999, Lozano se convirtió en presidente de los Rayados de Monterrey, un equipo de fútbol de primera división. El regiomontano describe ese interludio en su carrera profesional como el producto de un azar del destino. Permaneció en el puesto por un año, durante el cual fue criticado por despedir a Antonio “El Turco” Mohamed —el jugador argentino que los Rayados habían adquirido en 1998 por la cifra récord de cuatro millones de dólares—, porque su familia supuestamente apostaba en contra del equipo, según Lozano.

Y entonces, en el año 2000, Vicente Fox ganó la presidencia de México. Ansioso por hacerse de un gabinete lleno de nombres nuevos, el panista le pidió a los directores de FEMSA que le ayudaran a buscar candidatos regiomontanos para su administración. La tarea, lógicamente, recayó en el jefe de recursos humanos. Al presidente electo le gustó el estilo de Lozano y lo invitó a unirse a su gobierno. El regiomontano aceptó y se incorporó a la Secretaría de Gobernación de Santiago Creel en calidad de oficial mayor, encargado del presupuesto y el personal de la dependencia.

El romance de Lozano con la administración pública, sin embargo, duró poco. Según me dijo, pronto descubrió que el supuesto “gobierno del cambio” había conservado muchas de las prácticas del PRI: daba abrigo a aviadores, le pagaba chayote a los periodistas y llegaba a acuerdos con personajes que a ojos de Lozano eran corruptos.

“Yo lo viví cuando negociaban con Porfirio Muñoz Ledo para mandarlo a las embajadas para que tomara cognac”, me dijo. “¿Cuál es la diferencia entre esos cabrones y estos? ¡Son los mismos, las mismas pinches ratas!”.

La gota que derramó el vaso, no obstante, fue la presencia de Martha Sahagún, por quien Lozano claramente siente un profundo desprecio.

“Había una presidenta, no un presidente”, me dijo Lozano. “Para entrar a su oficina, te tenías que hacer limpia con pirul”.

El empresario regiomontano quería hacer público el fasto de las administraciones pasadas y filmar un video en el que mostraría el jacuzzi, la cava de vinos y la peluquería que había en la oficina del secretario de Gobernación. Sahagún, sin embargo, se opuso, argumentando, según Lozano, que “el que se tenía que lucir no era el licenciado Creel, sino el licenciado Fox”. En marzo de 2001, apenas cuatro meses después de su entrada al gobierno, Lozano presentó su renuncia.

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Después de nuestra visita a la capilla, Sandoval me llevó a la parte del campamento donde unas cinco o seis familias rarámuri, en su mayoría mujeres y niños vestidos con atuendos tradicionales, ofrecían sus artesanías a la venta.

“Nuestros compañeros en Chihuahua platicaron con sus líderes”, me dijo Sandoval cuando le pregunté cómo habían llegado los rarámuri al FRENA. “Ellos también están descontentos con el presidente”.

En la sección rarámuri del campamento, Sandoval me presentó a Fermín Calzadillas, un activista de 25 años. Cuando Calzadillas se enteró de que había entrevistado a Lozano, sus ojos se iluminaron.

“¿Conoce usted a don Gilberto?”, me preguntó. “Es que tengo un regalo para él”.

Respondí que en realidad no conocía bien a Lozano, cosa que claramente decepcionó a Calzadillas. Igual, aceptó responder a mis preguntas.

“Estamos aquí porque el FRENA nos está dejando mucha visibilidad en los medios para los problemas de los pueblos originarios”, me dijo. “En la sierra nos han hecho muchas promesas, pero no nos las cumplen”.

Me dio la impresión de que la presencia de los rarámuri en el campamento era el producto de un cálculo político más que de una concordancia ideológica. Los indígenas veían en el FRENA una oportunidad de hacerse escuchar; el Frente, por su parte, veía en los indígenas una defensa de las acusaciones de racismo y clasismo que han plagado a la organización. Eso sí, Calzadillas me dejó claro que su opinión de López Obrador era muy negativa.

“Si no sirve AMLO para el cargo, pues que se retire”, me dijo. “Le puede cambiar el nombre a los apoyos si quiere, pero que los apoyos sigan. Las mujeres de nuestra comunidad antes recibían 2 500 pesos, y ahora nomás reciben 700. El presidente se jacta de que va a pedir perdón el próximo año por el genocidio, pero chance el próximo año nos morimos de hambre”.

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Paradójicamente, la decepción de Lozano con la administración pública trajo consigo un recrudecimiento de su interés en la política. La pregunta era cómo incidir en la dirección de la sociedad sin echar mano de los partidos, a los que el regiomontano ahora veía con extremo recelo. Fue entonces que Lozano comenzó a interesarse en fundar organizaciones ciudadanas, un interés que eventualmente culminaría en la creación del FRENA.

La primera de estas organizaciones nació en 2009, cuando Felipe Calderón nombró secretario de educación pública al gobernador de Nuevo León, Natividad González, un hombre a quien Lozano y muchos de sus cercanos consideraban profundamente corrupto.

“¿Quién es el pinche culpable de que se lleven a una pinche rata al gabinete?”, Lozano me preguntó retóricamente. “¡Nosotros, la gente de Nuevo León! ¿Por qué no hacemos algo?”.

Junto con otras seis personas —entre las que se contaba a Tatiana Clouthier— Lozano fundó Evolución Mexicana, una asociación civil que buscaba “formar ciudadanos, pinches ciudadanos exigentes, fiscalizadores, chingones”. Los miembros del grupo, me dijo Lozano, hicieron un “pacto de sangre: no queremos puestos públicos”. La idea era influir en la vida pública del país desde afuera, sin mancharse las manos con “el pinche mugrero de la política”. Si bien Clouthier terminaría siendo la cara más visible de la organización, Lozano fue escogido como presidente.

Poco después, en 2011, Lozano se mudó a Canadá, donde una de sus hijas estaba por comenzar un doctorado. Allí, el regiomontano descubrió las ideas de tres pensadores con quienes eventualmente se entrevistaría y cuya influencia resultaría determinante en sus ideas políticas: Noam Chomsky, Etienne Chourard, y Gene Sharp. De Chomsky, Lozano recogió principalmente su crítica a los medios masivos de comunicación, a los que comenzó a entender como instrumentos de manipulación al servicio del poder; de Chourard (un bloguero de derechas que se hizo famoso en Francia por su oposición a la Unión Europea), tomó la idea de que las elecciones deberían hacerse por sorteo y que el principal problema de las sociedades modernas era la existencia de una clase de políticos profesionales. El pensador que más influyó en Lozano, sin embargo, fue Sharp: el sitio web del FRENA se refiere a él como “nuestro gurú”.

Sharp es uno de esos filósofos cuya influencia excede por mucho a su fama. Llamado “el Maquiavelo de la no-violencia” por el New Statesman, el pensador estadunidense es el autor de un tratado en tres volúmenes intitulado La política de la acción no-violenta. La idea central de esta obra es que el poder no es una cualidad intrínseca de los gobernantes, sino que depende del consentimiento de los gobernados. Este consentimiento puede ser obtenido por medios persuasivos, como sucede en la democracia, o coercitivos, como ocurre en las dictaduras. El corolario de esta tesis es que los gobernados pueden en todo momento revocar su consentimiento a través de la desobediencia pacifica y así socavar el poder de los gobernantes.

La filosofía de Sharp, sin embargo, no es puramente teórica. Basándose en un análisis de las estrategias de los movimientos sociales de Mohandas Gandhi y Martin Luther King, buena parte de sus textos toman la forma de manuales para activistas que buscan derrocar a regímenes dictatoriales. De la dictadura a la democracia, en particular, ha servido de guía a movimientos tan diversos como las “revoluciones de color” de las antiguas repúblicas soviéticas, Occupy Wall Street y la primavera árabe. Su estrategia, a grandes rasgos, consiste en atacar las fuentes de legitimidad del gobierno con protestas y manifestaciones para provocar una reacción violenta por parte del régimen, exponiendo así que su poder es coercitivo y dependiente de la obediencia pasiva de los gobernados.

Al momento de su muerte en 2018, Sharp había logrado ganarse el respeto de un sector importante de la comunidad intelectual norteamericana. Sus críticos de izquierda, sin embargo, señalan que su pensamiento tiene raíces en el anticomunismo estadunidense de la Guerra Fría: el objetivo de sus métodos de protesta era la destrucción de la Unión Soviética. Sharp insistía en que sus recomendaciones eran en cierto sentido apolíticas: podían servirle a movimientos sociales tanto de derecha como de izquierda, siempre y cuando estos movimientos fueran democráticos y antidictatoriales. Su teoría del poder descentralizado, sin embargo, se traduce con frecuencia en una crítica del Estado como tal. Para Sharp, el punto de la desobediencia civil no es la captura del aparato estatal, sino su disolución: una sociedad libre es aquella en la que los gobernantes son débiles. El resultado es que sus seguidores se arriesgan a derrocar a un régimen sin tener las herramientas para construir uno nuevo y mejor. Un caso paradigmático de este peligro es el de las protestas de la Plaza Tahrir en Egipto, las cuales lograron deshacerse del gobierno dictatorial de Hosni Mubarak pero terminaron por abrirle la puerta a un régimen militar igual de opresivo.

La atracción de las ideas de Sharp para los miembros del FRENA no es difícil de ver: entre las tácticas que el filósofo recomienda en sus manuales destaca la ocupación semipermanente de plazas públicas. El esquema de Sharp, no obstante, asume que los activistas “demócratas” se enfrentan a una dictadura militar en la que no hay espacio para la negociación y en la que la vía democrática está cerrada. Lozano al parecer cree sinceramente que México está en esta situación. Esto es discutible: si bien es innegable que la administración morenista tiene tintes autoritarios y antidemocráticos, López Obrador no es un colega de Miloševic o Mubarak, al menos no todavía. La admiración de Lozano por Sharp traiciona su falta de fe en la vía electoral: el regiomontano, quien no tiene y nunca ha tenido credencial de elector, acusa a otros sectores de la oposición de apostarle “todos los huevos a la canasta de las elecciones del 21”, cuando en realidad México avanza a pasos agigantados hacía una tiranía parecida a la de Chávez en Venezuela.

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La estructura de comunicación del FRENA parece inspirada en los principios descentralizadores de Sharp, pero también en la famosa estafa de Ponzi. En la página web de la organización leemos que los simpatizantes que quieran afiliarse deben enviar un mensaje de texto a uno de varios números telefónicos para comenzar a recibir los “comunicados” del Frente, la mayoría de los cuales son de la autoría de Lozano. Después, deben crear un grupo de WhatsApp con diez “personas anti-AMLO” y reenviarles los comunicados. Cada una de estas diez personas debe, a su vez, crear su propio grupo, asegurando así que los mensajes del Frente se distribuyan a través de una red que crece exponencialmente. Lozano se refiere a esta estructura como una “pirámide multinivel”, un término que hace pensar menos en una estrategia de comunicación política que en la mercadotecnia engañosa de Herbalife. Lo cierto, sin embargo, es que existen precedentes muy claros para los usos políticos de las cadenas de WhatsApp. La campaña de Jair Bolsonaro (de quien Lozano me dijo que “se le puede ubicar en la ultraderecha, con pensamientos muy fascistas”, pero también que cree que “le cayó bien a Brasil mover el péndulo a ese lado, porque Lula y Dilma le dieron en la madre al país”) se benefició enormemente de la distribución de contenidos de derechas a través de la aplicación.

El problema es que WhatsApp, con su ausencia de moderadores o verificadores, se presta a la viralización de noticias falsas. El propio Lozano, por lo que valga, tiene una tendencia a la exageración y una cierta debilidad por las teorías de conspiración. En uno de sus videos, compara al “encapsulamiento” de la primera marcha del Frente, cuando la policía les impidió llegar al Zócalo y los forzó a establecer su campamento sobre la Avenida Juárez, con “el Gueto de Varsovia” y con un “campo de concentración”. Cuando elementos de la Guardia Nacional cerraron la Catedral en preparación de los festejos del 15 de septiembre, Lozano reaccionó diciendo que la “Guardia Bolivariana” había ocupado el recinto sagrado y le recordó a su audiencia que López Obrador “se dio a Satanás el primero de diciembre de 2018 en un acto satánico-masón en el Zócalo”. En otro video, afirma que la misma “Guardia Bolivariana” podría estar infiltrada por “elementos centroamericanos y venezolanos” que buscan desestabilizar al país para imponer la agenda “comunista” del Foro de Sao Pãulo, una organización de partidos latinoamericanos de izquierda. A veces, sus especulaciones toman un feo cariz personal: según dice Lozano en uno de sus videos, “Claudia Sheinbaum tiene un hijo del hijo de López; es mamá de un nieto de López”, una falsedad que el líder del FRENA considera evidencia de que el gobierno de nuestro país tiene en su centro “un triángulo amoroso de concubinato y amasiato” que representa “lo más oscuro, lo más impuro que puede estar ocurriendo hoy en México”.

La pregunta que surge entonces es si Lozano de verdad cree todo lo que dice. La respuesta, a mi ver, se encuentra en un detalle en apariencia insignificante de su biografía. Después de su salida de la administración de Fox, Lozano decidió darse un año sabático, durante el cual tomó un curso de teatro en la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Allí, además de interpretar a Agamenón en las obras de Esquilo —Lozano dice ser un gran amante de la tragedia griega—, el regiomontano pasó seis meses estudiando el método de Stanislavsky. Estos estudios le resultarían útiles años después, cuando tomó la decisión consciente de convertirse en un “personaje” para alcanzar sus fines políticos.

Los orígenes de esta decisión se encuentran en su entrevista con Gene Sharp. El teórico estadunidense le preguntó a Lozano qué buscaba lograr. Cuando Lozano le contestó que quería “hacer una pinche revolución en México, porque tenemos puro político ratero”, Sharp fue franco con él.

“Y que me dice: ‘Para empezar, usted tiene que buscarse otra persona que le ayude a ser el pionero de un movimiento. Usted no es la persona’”, me contó Lozano. “Y entonces yo le dije a Sharp: ‘¿Y por qué doctor?’. Y me dice: ‘Porque, viendo el mosaico de México, usted es muy educadito, muy refinadito. Usted no va a servir para nada. El que va a poder iniciar un cambio en México debe ser un cabrón irreverente, radical’. Casi me estaba describiendo a un pinche López, pero talentoso, no pendejo, y con una buena intención. Pues lo busqué, a este líder espartaco, pero nunca lo encontré. Y pues al final terminé siendo yo el irreverente, radical, mentador de madres. Es un pinche personaje para buscar a la gente bragada, insatisfecha, los que empiezan a moverse y les vale madre. Porque el educadito, el refinadito, el intelectual no va a empezar este pedo. Había que ponerse la camiseta del pinche loco. A lo mejor se me ha pasado un poco la mano”.

El hombre que grita, entonces, es un personaje de teatro. Como suele sucederle a los actores que siguen el método de Stanislavsky, sin embargo, la línea entre el personaje de Lozano y su verdadera personalidad a veces se torna difusa. Cuando le pregunté acerca de sus comentarios sobre el supuesto satanismo de AMLO, Lozano admitió que había “dramatizado”, pero reviró diciendo que, en efecto, López Obrador es un masón del grado 33, y que la presencia de ritos “chamánicos” en la ceremonia de inauguración de su mandato presidencial era profundamente preocupante. Sobre la infiltración de la “Guardia Bolivariana” por parte de elementos extranjeros, me dijo que tenía información de primera mano: varios miembros del Frente habían hablado con elementos de la Guardia cuyos acentos traicionaban que no eran mexicanos. Además, Lozano me dijo que está en contacto constante con catorce generales, tres retirados y once en servicio activo, que están descontentos con AMLO por haber convertido al ejército en un cuerpo “de albañiles” para construir el aeropuerto; y que estos generales le habían confirmado que la Guardia Nacional está, en efecto, infiltrada por extranjeros que buscan acelerar la llegada del comunismo a México. 

“Han querido invitarme esos generales a carnes asadas, pero yo les digo que no conviene”, me dijo Lozano. “Porque podrían acusarme a mí de sedición y a ellos de traición”.

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Lozano insiste en que no quiere ser presidente de México, incluso si la gente se lo pidiera.

“Se lo pidieron a Gandhi”, me dijo. “Pero Gandhi dijo que no, que el que se quedaba era Nehru”.

¿Y quién sería su Nehru ideal? Ricardo Anaya y Margarita Zavala le parecen “cartuchos quemados”. En el PRI no hay nadie, según dice. Su candidato perfecto sería un empresario sin experiencia política, alguien “que tenga un enfoque social, que haya mamado lo que es el proceso de movilidad social, que tenga idea de generación de riqueza, que tenga interacción internacional, que sea un cabrón que no necesite dinero, que no le interese un peso más o un peso menos”.

Oyéndolo, es imposible no darse cuenta de que Lozano parece estar describiéndose a sí mismo. El regiomontano no sería la primera persona en cambiar de opinión sobre la posibilidad de buscar un cargo público. Hoy en día, con la aprobación de López Obrador oscilando en torno al 50 %, la posible candidatura del antiguo presidente de los Rayados de Monterrey se antoja digna de risa. Las cosas, sin embargo, podrían cambiar en los próximos cuatro años. Es posible que López Obrador se vuelva cada vez más impopular, sobre todo si la crisis económica del coronavirus se recrudece y prolonga, como parece que va a suceder. Si una proporción importante de los votantes de Morena queda desilusionada de su gobierno, ¿sería descabellado pensar que muchos de ellos gravitarían hacia su doble de derechas? Existen precedentes tanto al norte como al sur: del mismo modo que Trump es una reacción a Obama, Bolsonaro es una reacción a Lula. Si el desorden interno de Morena y la bancarrota política de los partidos tradicionales continúan, no es imposible que en el 2024 nos enfrentemos a un populismo de derechas con la capacidad de capturar el descontento y la desilusión de muchos sectores de mexicanos.

* * *

Terminado mi recorrido por el campamento del Zócalo, me despedí de Sandoval y salí caminando del plantón. Pese a ser otoño, hacía un calor infernal: no había una sola nube en el cielo y el sol caía como plomo. Me detuve un momento a limpiarme el sudor y a revisar mis notas del día. En eso sopló una ráfaga de viento y un murmullo de sorpresa se extendió por la multitud. Me di la vuelta para ver qué pasaba y descubrí que el vendaval se había llevado a varias casas de campaña vacías, levantándolas por el aire y elevándolas hasta la altura de la bandera. Por un momento flotaron en el aire, ingrávidas como papalotes o mariposas, haciendo piruetas sobre la catedral y el palacio. Entonces el viento pasó y las carpas cayeron al suelo.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.

 

10 comentarios en “Gilberto Lozano, el hombre que grita

  1. El pasado, el presente son momentos de análisis. Por un México en beneficio de todos los mexicanos.

  2. Te faltó hablar del Congreso Nacional Ciudadano, ahí está mucha de la ideología del movimiento que es anti partidos políticos con liderazgo ciudadano.

  3. Muy buen reportaje!, el discurso completo es correcto; ojalá que verdaderamente el pueblo pueda quitar a un mal gobernante!,

    Me gustaría que al final pudiéramos contar con este colegio de certificación de servidores públicos!

    • Por desgracia en el mexico de hoy para la mayoría es el un hombre loco lleno de rabia de rencor clasista egolatra misogeno y para muchos se esta burlando dela religión muchos que no creen ya en los padres están en contra de este movimiento absurdo no sienta la realidad con la falsedad ami ver este movimiento va a desaparecer está ahorita por qué está siendo patrocinado por millones de pesos pero cuando se cansen y vean que no llega a nada se lo retirarán es más yo creo que ya se lo retiraron pobre individuo me da lastima en vez de coraje

  4. Sea como sea,. Pero hasta ahora es el único que le pone enfrente a López y le dice verdades

  5. Que bárbaro es toda la verdad que vivimos en ese tiempo soy del 55 trabaje con Fletera del Norte Divicion Norte y Sur fui estibador y repartidor en Chihuahua Capital no había internet pocos con radio banda civil también con los Fundadores de Fletes Astro todas las noticias de de México eran verbales y veo esto esta largo pero muy interesante en lo que a la verdad se apega a lo mejor es un poco Tarde y ya hubo cambios Gracias por compartir tanta memoria.

  6. Los medios de comunicación realizan entrevistas y vuelven al campamento del Zócalo, se les cuestiona el porqué no sale en los medios la entrevista informan que ellos las pasan pero hay un Dpto. que cancela por la consigna que existe. contra Frena. Ejemplo no informan que en la protesta de Antorcha, cuando empezó apoyar a Frena en su manifestación, les aplaudimos y los invitamos a unirse y los mandaron callar cuando daban datos de los millones con los que el Gobierno sobornaba a sus líderes de Antorcha, por lo cual ellos vivían sin solucionar el problema. Al Gobierno no le agrado que los invitamos a unirse a Frena, por eso recibió a una Comisión de Antorcha y les comentamos no permitan que les den ATOLE con el dedo. Porque esto no salió?

  7. El FRACASO TOTAL de López Obrador es muy evidente. No sabe ni puede gobernar. Gilberto Lozano es más inteligente de lo que muchos creen. Es necesario que López renuncie pronto. Gracias.

  8. Muy bien artículo, sin embargo, aún se nota el sesgo. Otro reportero que no cree que vaya a ocurrir un cambio de régimen a pesar de que el pseudo ya lo dijo.