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Compartimos un fragmento de Un sicario en cada hijo te dio (Aguilar, 2020), escrito por Saskia Niño de Rivera; Mercedes Castañeda; Fernanda Dorantes y Mercedes Llamas Palomar. Este libro es un desgarrador compendio de testimonios que busca explicar las condiciones que llevan a los jóvenes mexicanos hacia el casi ineludible camino a la delincuencia.


1. Terminé secuestrando… pero empecé levantando y prostituyendo

Al entrar al jardín del centro donde sería nuestra entrevista, mi mirada quiso cruzarse con la suya, pero la joven, con una actitud inquebrantable, ignoró mi presencia.

Sus ojos, profundos, negros y grandes, por fin voltearon hacia mí. Yo, sentada, esperaba una mirada ausente, pero fue tan penetrante que sentí mi alma desnudarse. Su cabello, oscuro y lacio, caía desordenado sobre sus hombros.

Entablamos un diálogo monótono. Al inicio, contaba sus relatos con frialdad, como si todas sus vivencias, los delitos cometidos, las atrocidades experimentadas, se trataran de una receta de cocina, la más sencilla, la más común: una sopa de pasta.

Se deleitaba en su dureza, orgullosa de ser mujer, en varias ocasiones atribuyó sus victorias a su naturaleza femenina. Desprestigiaba a las personas débiles y se refería al llanto como un defecto del humano.

Varias veces gozó del sufrimiento ajeno y al momento de narrarlo su espíritu se hinchaba de energía, asemejándolo al alimento inevitable y necesario para llevar a cabo sus labores dentro del cártel.

Conforme fuimos avanzando, su corazón difícil de penetrar por fin me mostró algo de humanidad. Escondido en lo más profundo de su ser, un arrepentimiento sincero nubló su mirada y sus ojos profundos se convirtieron en una laguna.

Surgieron los recuerdos felices de una infancia gris, vivida entre la mayor impunidad e inseguridad, la preocupación sincera por su familia y la admiración por su padre. Blanca, con escasos años de vida, tan impenetrable, me mostró luces de aquella niña, hija, hermana y pareja de hace cuatro años.

He aquí su historia.

* * *

Me agarraron por el primer secuestro que hice, pero ya traía muchas cosas encima; desde los trece años me uní a un cártel en el que tenía un rol específico por ser mujer, ahí cometí todo tipo de delitos, pero empezaré contando el último.

Éramos seis involucrados en este secuestro: Jorge (mi novio) y yo, una pareja que fingiría vivir en la casa de seguridad y otros dos chavos, uno de ellos en teoría sabía cómo hacer todo, y el otro era su amigo, pero este último fue el eslabón débil en nuestro plan perfecto.

El plan era que Jorge y yo  estaríamos todo el tiempo en  la casa de seguridad sin salir, así lo hicimos los cuatro días que duró el secuestro. La otra pareja fingiría que vivía en la casa de seguridad: entrarían y saldrían de la casa como si se acabaran  de juntar y empezaran a vivir ahí. Así, cara a la sociedad, todo estaría perfecto.

Los otros dos chavos se dedicarían a hablar con los familiares, cuidar a la secuestrada y organizar los detalles de la entrega del rescate. Las primeras horas todo iba como lo planeado, ya estaba la chava en la casa de seguridad: logramos meterla al coche y luego a la casa sin ningún contratiempo. Llegando a la casa, Jorge y yo nos acomodamos porque sabíamos que no saldríamos en algunos días. El amigo de nuestro amigo estaba con la chava todo el tiempo, pero le empezó a dar ciertas libertades que no se le pueden dar  a un secuestrado, estoy segura de que le empezó a gustar y a  dar compasión. Llegado el cuarto día, ellos dos iban a ir por el rescate acordado en dos millones.

Antes de salir, el amigo de nuestro amigo le dejó las ventanas y la puerta abierta a la secuestrada, quien se puso a gritar y las alarmas de los vecinos se encendieron. En ese momento mi novio se estaba bañando. No pude ni quise dejarlo solo, así que corrí porque en el baño no se escuchaba mucho, me metí y le dije: “Esto ya valió madres.” Me preguntó: “¿Por qué?” Y salió tratando de ponerse la playera mientras lo jalaba. Llegó la policía y nos agarró a Jorge, a mí y a la pareja que “vivía en la casa”.

Jorge y yo éramos los autores intelectuales, no había nadie más detrás del plan. Cuando se lo platicamos a nuestro amigo que sabía sobre el tema, nos dijo que sí lo hiciéramos y que él tenía otro compa que nos podía ayudar a cuidar a la secuestrada. Después de platicarlo algunos días, dijeron que mejor no, que no nos metiéramos en problemas, pero la verdad a mí ya se me había metido la idea a la cabeza y soy muy aferrada. Ya llevaba tiempo que no trabajaba en nada porque había dejado el cártel y todos los otros ilícitos que cometía, así que les dije: “¿Qué puede pasar? ¡Vamos a hacerlo!”

¿Qué puede pasar? Pues ahora me lo respondo, esto fue lo que pasó: nos agarraron, perdí a mi bebé en el momento de la aprehensión (llevaba dos meses y medio de embarazo, fue inmediato, empecé a sangrar y lo perdí) y nos encerraron a los cuatro. Me dictaron una medida de casi cinco años (la máxima por ley para adolescentes) en un centro de menores; a Jorge quién sabe cuánto tiempo le falte pues es ocho años mayor que yo, obvio lo juzgaron como adulto y lo metieron a la cárcel.

Los otros dos no están detenidos. Cuando pienso en cómo sucedieron las cosas, llego a la conclusión de que ellos tenían todo planeado porque justo cuando fueron a cobrar el rescate llegó la policía. Creo que todos estaban coludidos porque también se me hace muy raro que la policía haya llegado de inmediato. Estoy segura de que nos sacaron del plan para dividir el rescate entre ellos y le dieron a la policía su parte.

Me llamo Blanca y soy del Estado de México. Nací en el seno de una familia normal con papás y hermanos. Me gusta actuar, hacer ejercicio, leer, pasar tiempo conmigo y escuchar música. Me gusta casi toda la música, menos el reguetón y menos el de ahora porque las letras se me hacen poco coherentes, ponen mal a la mujer y es muy grosero.

En las mañanas iba a la primaria como los demás niños del barrio y en las tardes jugaba con mis amigos y hermanos. En la noche nos teníamos que meter temprano a la casa porque siempre había cartulinas que decían: “El que esté en la calle después de las 12, se le levanta.” Por mi casa era muy común encontrar cabezas, dedos, pies y piernas por la calle. Por ahí hay mucha inseguridad porque luego se alocan y se agarran a balazos en donde quieren, va pasando uno que les cae gordo y lo matan. Entonces sales al otro día de tu casa… y es lo más natural del mundo encontrar como seis cuerpos y dos cabezas.

Un tiempo mi papá se fue a vivir a Estados Unidos. Creo que en esa época se enfrió la relación y valió madres. Mis mejores recuerdos son de cuando era pequeña: mis papás juntos, salíamos a pasear y así… tengo muchos recuerdos bonitos de esa etapa. Mis cumpleaños eran maravillosos: me gustaban mucho mis fiestas, me las hacían como yo quería, estaban mis papás, tíos, hermanitos… todos juntos. También me gustaba mucho ver series con mis hermanos, sobre todo las de narcos, como la de Pablo Escobar, siempre admiré mucho a esos personajes por su forma de trabajar, de planear y de hacer tantas cosas.

Cuando iba en primero de secundaria mis papás se divorciaron. Nunca me tocó ver violencia entre ellos, jamás se pelearon frente a mí, pero sabía que ya no se llevaban bien y si no eran felices juntos, ¿por qué lo hacían? Se amargaban la vida. Aunque todavía estaba chica, me daba cuenta y les dije: “Mejor sepárense, dense un tiempo. Ya después si funcionan regresan, si no ya no. Si ya no se quieren, divórciense.” Uno va creciendo y viendo cómo las cosas no están funcionando como antes…

Mi papá es y siempre ha sido una de las personas más importantes para mí. Aunque mis papás tuvieron hijos con otras parejas antes de cumplir los dieciocho años, mis hermanos y yo siempre fuimos su prioridad. Nunca nos faltó nada. Mi papá y yo tenemos el mismo carácter, siempre se acercó a mí para decirme lo que estaba bien y lo que estaba mal.

Cuando iba a terminar primero de secundaria, un día llamaron y dijeron que a él y a otros dos familiares los acababan de matar. En ese momento mi vida se derrumbó, mi pilar, mi motivación, mi fuerza, lo que me impulsaba a seguir adelante ahora estaba muerto. Me morí en ese momento. Sentí muy feo, pero como estaban mis hermanitos en la casa, me quedé pensando cómo les iba a decir: “¡No mames! Mi papá ahora será uno más de los descabezados que nos encontramos al salir de la casa cuando caminamos a la escuela.” Intenté no llorar, no quería que mi mamá, mis hermanos y sobrinos me vieran mal, ahora debía ser el sostén emocional de todos, no podía darme el lujo de caer en la tristeza, además tendríamos que ir a reconocer el cuerpo y necesitaba estar bien para ese momento. Nadie nos decía nada del cuerpo, sólo quería abrazarlo, aunque estuviera frío, ver sus ojos por última vez, pero tenía miedo de verlo destrozado, no sabía a lo que me iba a enfrentar.

Pasaban las horas y sólo esperábamos una llamada, una noticia, alguien que nos dijera dónde estaba el cuerpo. Así pasó todo el día y la noche… A la mañana siguiente sonó el teléfono, ¡por fin! Hablaban de la cárcel para avisarnos que mi papá y familiares
estaban detenidos. Nunca creí que me daría tanta emoción saber que mi papá estaba encarcelado, no importaba el tiempo que estuviera ahí, podría abrazarlo una vez más y platicar con él. Sentí mucha alegría y pensé: “¡Tengo papá para rato!” Al principio no pudimos visitarlo porque era una cárcel de máxima seguridad y los trámites se tardaron unos meses. En la primera visita, fui con mi tía y mi prima, sentí una felicidad inmensa y me puse a llorar de verlo así. Platicamos como cuatro horas, hasta que llegó la hora de irnos… otra vez la tristeza me empezó a invadir.

Le dieron cinco años de sentencia por portación de armas. Él y mis otros familiares fueron a comprar unos invernaderos y se quedaron a dormir en la casa del amigo de un amigo. Ahí había armas y los agarraron. Prefiero no saber de esas cosas. Lo que sí sé es que no eran sus armas, pero pues si estás ahí es porque algo tienes… aunque no seas culpable de eso. Trato de no juzgar ni pensar en los delitos de mi papá porque no soy Dios ni quién para hacerlo, pero no te meten así nomás porque sí a la cárcel… creo que estaba pagando por los delitos que cometió.

Los días pasaron…

Aunque no le guardo rencor a mi papá porque las cosas pasan por algo, sí tenía cierto resentimiento porque casi se acababan de separar y eran demasiadas cosas. Estuve un tiempo en depresión y fui sacando mi tristeza y mis emociones en puras cosas negativas como portarme mal, tener malas amistades, no ir a la escuela, echar fiesta de jueves a domingo… no lo canalicé en algo positivo. Mi papá era mi motivación para hacer las cosas, y cuando empecé segundo de secundaria dejé la escuela. Él siempre me decía: “Si vas a hacer algo, hazlo bien, si no, déjalo, no lo comiences para dejarlo a medias.” En ese momento no tenía ganas de seguir estudiando, así que lo dejé. Mi papá siempre me ayudaba en las tareas y en todo, tenía mucho dominio sobre mí, era mi impulso para hacer las cosas, y cuando ya no estuvo, pensé: “¿Quién me va a ayudar? ¿Quién va a hacer conmigo esto? Nada es igual sin él”.

 

 

Saskia Niño de Rivera, Mercedes Castañeda, Fernanda Dorantes y Mercedes Llamas Palomar

 

Un comentario en “Un sicario en cada hijo te dio

  1. Felicidades por tu trabajo Saskia. El conocimiento de los problemas es esencial para su resolución. Aún así, no hay sociedad segura o aceptablemente segura que no haya tenido un modo de disuasión efectivo. Hay muchas aristas del problema. Pero ¿cómo lograr resolverlo sin abatir la impunidad?

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