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No lo sé, Rick, parece falso…

Es difícil pronunciar el término griego, pero es fácil entender su significado: epicaricacia. La felicidad maligna de encontrar placer con las desgracias de alguien más. Eso, tal vez, fue lo que muchos sintieron cuando vieron el tuit en donde el Presidente Trump anunciaba que su prueba había resultado positiva y que iniciaría su proceso de recuperación de la enfermedad de coronavirus. En sociedades tan polarizadas, poco lugar queda para la compasión, especialmente hacia los políticos que se han encargado de exacerbar la animosidad. Donald Trump es un ejemplo de este fenómeno y, con una aprobación nacional de 44 % en medio de una campaña de reelección competida (con desventaja tanto en encuestas nacionales como en estados clave para perder la mayoría del Colegio Electoral), ahora que ha contraído el virus ha sido un singular receptor de epicaricacia.

Ilustración: Belén García Monroy

Posiblemente el regodeo tenga origen en la ironía por el mismo desdén con el que el mandatario se ha expresado de la crisis del coronavirus. Algo dice el que los más de 200 000 decesos por la enfermedad en Estados Unidos representen el 21 % de los casos de muerte confirmados en el mundo, mientras su población total constituya el 4 %. Desde el inicio de la pandemia, Trump se ha caracterizado por hacer declaraciones imprecisas en donde ha minimizado tanto la gravedad de la enfermedad como los riesgos de contagio. Más aún, ha admitido que deliberadamente le restó importancia a la amenaza del virus, sabiendo su verdadero peligro. Además del menosprecio que ha hecho del uso de cubre bocas y la escasa preocupación por respetar la distancia social en sus mítines políticos.

Así, ad infinitum, las teorías de la conspiración han llenado las mentes de muchos que ven en la sincronización del contagio la sospecha de una planeación. Entre otros argumentos están los temas de coyuntura pues parece que hay cierta conveniencia al liberarse de futuros debates (la mayoría de las encuestas y los grupos de enfoque coincidió en que Trump tuvo un pobre desempeño en el primer debate); la cobertura desfavorable por la reticencia a repudiar a los grupos supremacistas y su precaria participación como contribuyente fiscal; el efecto de “rally around the flag” que en este caso sería un llamado al patriotismo alrededor del jefe de Estado, dejando a un lado las críticas a sus políticas; además, es difícil publicar notas negativas cuando un ser humano se encuentra, en el menor de los casos, convaleciente, entonces la campaña de reelección tendrá un buen respiro en la narrativa adversa que iba atrayendo.1

Más allá de alguna estrategia electoral, cabe mencionar que, en el caso de los pocos jefes de Estado que se han contagiado del virus, en lugar de haber sido perjudicados públicamente, se han visto beneficiados. Por ejemplo, haber desarrollado COVID-19 se tradujo en un pequeño impulso en los índices de aprobación tanto de Boris Johnson (46 % a 66 %), de Reino Unido, como de Jair Bolsonaro (32 % a 37 %), de Brasil.2 Y, ese porcentaje que en periodos ordinarios puede caer muy bien, en el último trecho de una campaña política puede ser vital.

No obstante, y fuera de especulaciones, los escenarios del porvenir electoral estadounidense son un poco más certeros. Por ejemplo, es probable que los siguientes debates presidenciales sean suspendidos; aunque es una práctica bastante aceptada dentro del sistema electoral, el uso de los debates ha sido un recurso prescindible. Al contrario, la fecha de la elección difícilmente podría cambiar ya que está dictada en la ley (el primer martes después del primer lunes de noviembre) y, además de que esto nunca ha sucedido, para modificar los plazos tendría que existir un consentimiento del Congreso y, con una Cámara de Representantes con mayoría demócrata, ese escenario parece poco factible. También es importante tomar en cuenta que, a un mes de la elección, ya han sido emitidos más de dos millones de votos. 

La edad y las condiciones físicas del presidente lo colocan dentro de la población de riesgo de morir por agravamiento de covid-19. Así, aunque es muy poco probable, es válido este recelo sobre las consecuencias electorales. Para empezar, si el presidente en funciones muere, está prevista la sucesión del vicepresidente hasta el tiempo que dure el mandato establecido (en este caso, el 20 de enero de 2021). Sin embargo, si el candidato Trump fallece antes de las elecciones, éstas continúan y es labor del partido Republicano determinar si Pence continúa en la fórmula y nominar a su acompañante. En caso de que Trump hubiera ganado las elecciones y muriera entre el 3 de noviembre (día de las elecciones) y el 14 de diciembre (el día en el que los electores del Colegio Electoral emiten el voto), el Congreso, que se reúne el 6 de enero para certificar los votos del Colegio Electoral, podría no considerarlo presidente electo y la Cámara de Representantes, dividida en 50 delegaciones estatales, elegiría al siguiente presidente (en este caso, a pesar de que los demócratas tienen una mayoría, los republicanos controlan 26 de las 50 delegaciones, por lo que serían ellos quienes decidirían). Y, seguramente, habría impugnaciones judiciales.

Si bien una decena de gente cercana al presidente Trump ha resultado positiva al coronavirus, es incierto cómo se tratará la pandemia desde la Casa Blanca después de este brote en sus instalaciones. Covid-19 es el principal tema de esta elección para los posibles votantes, muy por encima de la economía y de los temas raciales, así que todos los reflectores estarán en este manejo. De igual forma, el diagnóstico de Trump ha dejado en suspenso a muchos en este año que lo menos que ha necesitado han sido más sorpresas; aunque quizá algún seguidor informal de los Simpson y otros conspirativos daban por hecho que un escenario como el actual terminaría por suceder. Lo que es indudable es que la falta de confianza de la ciudadanía en sus líderes políticos no es buena noticia ni para la gobernabilidad, ni para la democracia. Y eso no es excepcionalidad de Estados Unidos ni epicaricacia de México.

 

Ana Lucía Guerrero
Licenciada en Relaciones Internacionales y maestra en Ciencia Política.


1 Incluso, antes del anuncio del contagio presidencial, Michael Cohen, el exabogado del presidente, contribuyó con su propia historia de intriga: en caso de perder las elecciones, Trump renunciaría para que el vicepresidente Pence pudiera otorgarle un perdón preventivo y, de esta forma, quedaría absuelto de cualquier acusación federal. En la situación actual, esta confabulación podría darse si se invocara la 25.ª enmienda constitucional en donde se le entregan las funciones presidenciales al vicepresidente.

2 Para el caso del Reino Unido, “Boris Johnson approval rating” en YouGov; para el de Brasil, “Aprovação a Bolsonaro cresce e é a mais alta desde início de mandato”, en Datafolha.

 

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