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En el día más importante del año, la sede de la ONU en Nueva York luce desierta. Los pasillos vacíos evocan una hecatombe: la desintegración de un orden global que ha evitado una tercera guerra mundial, una confrontación nuclear que, probablemente, sería terminal. Un virus ha impedido que se congreguen este septiembre los más de cien jefes de estado que han asistido desde hace 75 años a la Asamblea General de la ONU, el foro multilateral más democrático del mundo, con 193 estados miembros. Todo es distante, remoto. Los líderes pregrabaron sus mensajes en video. Casi yermo, el plenario de la Asamblea ilustra la crisis profunda del multilateralismo y la solidaridad internacional.

Nacionalismos y populismos han socavado en el último lustro la noción de que la humanidad tiene una misión común, aspiraciones compartidas. La vida organizada está más cerca que nunca de la extinción. El cambio climático está alterando de manera fundamental el planeta. El reloj atómico, creado por un panel de 13 científicos galardonados con el premio Nobel, se encuentra más cerca que nunca de la medianoche (del Apocalipsis). “Ahora nos enfrentamos a una verdadera emergencia”, afirmó el comité. Son tiempos oscuros. La noche se cierne sobre nosotros.

El final es desolación. En años anteriores, ingresar a la ONU podía tomar más de media hora; ahora el acceso al debate inaugural del 22 de septiembre fue inmediato. Ya no hay cientos de periodistas; en la calle, apenas una docena reportan ante las cámaras. Resulta inevitable concebir a la ONU olvidada en su cumpleaños, como una institución cuyas aspiraciones parecen ya demasiado idealistas, ajenas a la barbarie de la realidad.

Esa carencia de ilusiones, esa avaricia pura, la personifica Donald Trump. Criticó que “voces cansadas han propuesto las mismas soluciones fallidas, impulsando ambiciones globales a expensas de sus propios pueblos”. Trump, quien habla hora y media en mítines y conferencias, ofreció siete minutos a la Asamblea. Las aspiraciones comunes son obsoletas, dijo. “Estoy orgulloso de poner a Estados Unidos en primer lugar, así como ustedes deberían poner a sus países en primer lugar”, declaró, desde el foro creado tras el Holocausto, tras dos bombas atómicas lanzadas sobre civiles. Desde el organismo cuya misión principal es mantener la paz mundial, vociferó: “nuestras armas están en el nivel más avanzado en la historia, en un nivel en que, francamente, nunca pensamos encontrarnos. Sólo le pido a Dios que nunca tengamos que usarlas”.

Estados Unidos se ha retirado de la Organización Mundial de la Salud, la Organización de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y el Consejo de Derechos Humanos. Renegó también del Acuerdo de París sobre Cambio Climático y el pacto nuclear con Irán. Impuso este septiembre sanciones al personal de la Corte Penal Internacional, que investiga a militares estadunidenses por posible crímenes contra la humanidad en Afganistán. Estados Unidos pretende obtener impunidad para sus criminales, fustigaron docenas de organismos y defensores de derechos humanos. Trump, sin embargo, declaró: “Estados Unidos siempre será un líder en derechos humanos”.

Abundaron las mentiras descaradas en la Asamblea, la negación de verdades evidentes. El presidente brasileño Jair Bolsonaro afirmó, pese a las imágenes satelitales, que los incendios sin precedentes en la Amazonía son sólo una invención, “una campaña internacional” contra Brasil.

Culpar a Trump y sus seguidores de esta degeneración del discurso público sería un error. Líderes estadunidenses han torcido de manera recurrente la realidad, negado la historia tatuada en cuerpos de color y territorios de naciones subyugadas. Barack Obama fustigó en 2015 a líderes que sostenían que “estados fuertes deben imponer su voluntad a los más débiles; que los derechos de las personas no importan; y que en una época de cambios rápidos, el orden debe imponerse por la fuerza”. Estados Unidos, como ahora, bombardeaba entonces siete países musulmanes en África y Asia. Obama, sin embargo, se refería en su discurso a China y Rusia.

Abundaban antes los dobles raseros, la hipocresía. Estados Unidos, no obstante, también promovía en su posicionamiento público valores humanistas y democráticos. Respaldaba financieramente un mayor número de instituciones internacionales. Trump en cambio amenaza sin recato, presume el poderío de su armamento. Advirtió en 2017 que destruiría “por completo” a Norcorea, traicionando la esencia de la Asamblea. Obama reconocía la urgencia del cambio climático. Trump niega la evidencia elemental de la catástrofe ambiental. Sus discursos son violentos. La ONU como foro multilateral ha sido degradado por Trump.

La desesperanza se nota en los pasillos de la ONU, en las oficinas. Hace una década, la ONU y las misiones de los estados ofrecían recepciones al presentar iniciativas. Generaban oportunidades de diálogo, acceso a puntos de vista internacionales. En el café/bar de la ONU, el entonces embajador Sergey Lavrov, poderoso canciller de Rusia, fumaba puros y bebía coñac. Asombraba a los periodistas con su sagacidad y humor. La austeridad canceló las recepciones. Se prohibió fumar dentro de las instalaciones y el bar fue concesionado a un privado que alienta el ingreso de invitados externos. Los embajadores dejaron de interactuar con otros diplomáticos, con periodistas. El espíritu de convivencia se difuminaba dentro de la organización.

Los periodistas independientes comenzaron a extinguirse. Mi amigo Haider Rizvi fue despedido de la agencia de noticias IPS, que dependió desde entonces de becarios sin sueldo. Llamaba a la ONU Dis-United Nations (naciones desunidas). Creyente en la compasión humana, Haider, abandonado, se deslizó al alcoholismo. Perdió su departamento. Citaba al escritor Gore Vidal: “somos los Estados Unidos de la Amnesia, no aprendemos nada porque no recordamos nada”. Empobrecido, pese a que ya era ciudadano estadunidense Haider regresó a Paquistán, un país bombardeado por Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo. Murió en 2015 en Lahore, desangrándose tras un accidente sin nadie quien lo ayudara. Mi amigo, mi camarada, cómo él me llamaba, ya no reportaría cómo su país adoptivo, el imperio de la amnesia, se despeñaba hacia el autoritarismo, como si en 75 años nada hubiera aprendido.

Ilustración: Adrián Pérez

López Obrador se dirige a la ONU

En esta profunda crisis del multilateralismo, México es gobernado por un presidente sin interés por el mundo. Andrés Manual López Obrador ni siquiera preparó su primer discurso ante la Asamblea General. Improvisó. Quizá sólo participó porque pudo pregrabar su alocución. El año pasado, el canciller Marcelo Ebrard habló por México. Sólo los oradores excepcionales improvisan en la Asamblea General, como el líder libio Muamar Gadaffi o el comandante Fidel Castro. Los presidentes mexicanos tampoco habían improvisado un discurso completo. Presumían los logros, a menudo sobresalientes, de la diplomacia mexicana en la ONU. El servicio exterior mexicano ha funcionado pese a las limitaciones de los presidentes y los intereses de corto plazo de sus gobiernos. López Obrador prescindió de ese esfuerzo diplomático. En su discurso no cabía la memoria institucional, un estado mexicano con valores y posiciones transexenales, ajeno a vaivenes políticos.

En un año en que la humanidad se enfila como nunca al abismo, en que la democracia más antigua del mundo vira al autoritarismo, en que el mundo sufre la pandemia más severa en un siglo y la más profunda recesión económica en 90 años, en que el cambio climático nos está aniquilando, López Obrador evitó los temas internacionales. Se entiende la frustración: ¿por qué México tendría que mirar al exterior si padece tantos rezagos internos, tantas deudas centenarias con indígenas y afrodescendientes, y tanta corrupción, violencia de género y desigualdad? Negarse a asumir posiciones es, ahora, optar por la inmovilidad, aceptar el rumbo inviable del planeta. México por principios había condenado el embargo económico estadunidense contra Cuba, llamado al desarme nuclear. Su voz vale. El país pesa por su ubicación geográfica, su composición étnica y el tamaño de su población y economía. México es, quiérase o no, un líder del Sur Global, una potencia entre naciones con poblaciones de color. Su liderazgo es ahora  necesario. Otras grandes potencias del Sur Global: Brasil, India y Egipto están gobernadas por autócratas nacionalistas con escasa autoridad moral. Representó esta Asamblea la oportunidad de López Obrador de proyectar a México como un faro progresista, de izquierda, como referente moral en un planeta devorado por el capitalismo rapaz y las autocracias.

Por primera vez desde 2001, las autocracias, los gobiernos regidos por la voluntad de una sola persona, son mayoría en el mundo. Según el V-Dem Institute, con sede en la Universidad de Gotemburgo, el 54% de la población mundial está hoy regida por gobiernos no democráticos, mientras que 35% vive en países que se están tornando autocráticos. Globalmente, todos los parámetros del progreso social parecen estar en declive, desde los derechos laborales a la justicia racial, al estado del medio ambiente.

Pese a su improvisación, a su desinterés manifiesto en la Asamblea de la ONU, López Obrador sí que buscó la validación internacional. En uno de los más aberrantes momentos de México ante la Asamblea, López Obrador evocó a Benito Mussolini, quien impuso el fascismo en Italia: la antítesis de los valores con que se fundó la ONU. Benito Juárez, afirmó, fue tan importante, “su proceder y su fama”, que el ideólogo del fascismo fue también bautizado Benito. El desliz fue tan vergonzante que la Misión de México ante la ONU distribuyó de manera oficial una transcripción sin la mención a Mussolini. Improvisó López Obrado con el cuello de la camisa descompuesto, con una taza de café en su escritorio. Nadie sugirió al presidente que debería repetir su alocución; eliminar la mención a Mussolini, arreglarse la camisa, retirar del cuadro la taza. Si alguien lo sugirió, al presidente no le interesó grabar nuevamente el mensaje.

México ante la ONU ha sido enfático en promover durante el actual gobierno los derechos de refugiados y migrantes. Constituye la posición natural de un país con poco más de 11 millones de ciudadanos en el extranjero. Es también tema central de nuestro tiempo, con millones de personas desplazadas por guerras y disturbios ambientales, con un creciente número de gobiernos cerrándoles sus puertas. México impulsó desde la ONU el Pacto Mundial para la Migración, el primer acuerdo global del fenómeno trasnacional por excelencia. El acuerdo fue firmado en diciembre de 2018, ya con López Obrador como presidente. Lo omitió, sin embargo, en su discurso. Olvidó su relevancia en un momento en que miles mueren en el Mediterráneo cada año, en que Estados Unidos, en violación al derecho internacional, niega toda petición de asilo desde la frontera sur. López Obrador se refirió a los migrantes sólo por su aportación económica, por los casi 40 mil millones de dólares que enviarán este años como remesas.

López Obrador presentó un estado sin principios de política exterior en un planeta aún dominado por imperios y antiguos imperios, por groseras ambiciones neocolonialistas. Este México es un país en pugna política; el presidente, es sólo el líder de una de las facciones. Sin voluntad de estadista, el presidente tampoco fue capaz de mostrarse como la voz de una socialismo moderno que desde el Sur Global contrarreste el autoritarismo de Trump y Bolsonaro, que ofrezca alternativas al indio Narendra Modi o al egipcio Abdel Fattah Al-Sisi.

Resulta sorprendente que pese a sus fallas, a su tenaz represión de quienes considera opositores, Cuba sea aún un elocuente defensor del Sur Global, de la solidaridad universal. Al margen de su retórica anti-imperialista, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel presentó una propuesta concreta: eliminar la deuda externa a las naciones más pobres a fin de apoyar su recuperación de la doble crisis sanitaria y económica. ¿Qué naciones democráticas promueven esa clase de iniciativas, esos llamados de cooperación? ¿Dónde están los líderes que ofrezcan esperanza desde el humanismo y la compasión? El faro del Sur Global que pudo haber sido México, el sitio que pudo haber ocupado por simple inercia, sigue vacante.

El avance de China

Las transformaciones en la ONU, en el país sede, en la ciudad de Nueva York, se notan desde dentro y fuera de las instalaciones del organismo. Desde hace cuatro o cinco años se redujeron al mínimo las ocasiones para intercambiar puntos de vista, para conversar off-the-record. Los diplomáticos evitan a los periodistas, temerosos de que sus fotos bebiendo coñac sean publicadas en Twitter, que se divulguen sus opiniones casuales. Se contrajo el espacio de diálogo.

Aumentaba al mismo tiempo la seguridad en torno al plenario de la Asamblea. Detectores de metales regulaban el ingreso hacia el salón; periodistas debíamos ser escoltados por personal del organismo. Desde 2013, por lo menos, las calles aledañas a la ONU se tornaron zonas militarizadas durante la sesión de alto nivel de la Asamblea. Las medidas sugerían ataques terroristas inminentes. La creciente militarización urbana, según el geógrafo Stephen Graham, genera la sensación de una guerra perpetua.1 Nos convierte a todos en potenciales objetivos de ataques y, al mismo tiempo, en sospechosos. Se crea una sensación de constante peligro, de permanente recelo, de hostilidad.

Ese ambiente se refleja en la plaza Ralph Bunche, frente a la ONU, donde las bancas ocupadas de manera recurrente por indigentes fueron removidas hace unos meses. “La sociología de la venganza”, según el criminólogo Jock Young, implica la eliminación del mobiliario urbano a fin de inhibir concesiones a los considerados irresponsables e indignos en el capitalismo.2 En la ciudad, se notaba, el sentido de solidaridad institucional también retrocedía.

Esa carencia de espíritu solidario es acentuada por Trump. Las contribuciones de Estados Unidos a la ONU se han retrasado cada vez más. Trump así castiga a un organismo al que no ve utilidad alguna. Hacia finales de 2019, la ONU suspendió el funcionamiento de escaleras eléctricas y limitó el uso de elevadores en su edificio sede. Congeló además contrataciones, lo que según funcionarios limitó severamente el funcionamiento del organismo en naciones de bajos ingresos. Estados Unidos ha anunciado también un recorte del presupuesto para las operaciones de mantenimiento de la paz. El multilateralismo importa cada vez menos en Washington DC.

Esos vacíos han sido ocupados por otros. Arabia Saudita y China gozan de una creciente influencia dentro de la ONU. China es ya el segundo mayor contribuyente. Una nueva potencia global resulta en teoría positiva para el equilibrio de poderes. El sistema político chino es no obstante incompatible con los derechos humanos. El país conduce una “represión sistemática de la disidencia”, según Amnistía Internacional. En las regiones de Sinkiang y el Tíbet, las autoridades someten a los ciudadanos a vigilancia invasiva, detenciones arbitrarias y adoctrinamientos obligatorios. Ante las violaciones plenamente documentadas contra la población musulmana uigur de Sinkiang, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha guardado silencio.

El mundo tiene ahora dos polos, dos modelos. Estados Unidos, cuya guerra contra el terrorismo ha provocado el desplazamiento de 37 millones de personas en los últimos 20 años, cuyas bombas y ofensivas han matado en una década a decenas de miles de civiles y menores inocentes. Un país que ahora mismo ataca militarmente a naciones empobrecidas en aras de una supuesta seguridad nacional. O China, con una campaña masiva de genocidio cultural contra sus minorías. Así el mundo en 2020. El próximo año, durante la próxima Asamblea General, ¿nos encontraremos en mejores circunstancias? Resulta terrorífico imaginarnos más desesperanzados, aunque es enteramente posible. Nos debatimos entre dos extremos: la guerra eterna o la represión permanente de la disidencia. Sin alternativas, sin liderazgos morales entre las naciones democráticas del Sur Global, las naciones de ingresos medios y bajos deberán tomar partido.

En su alocución de este septiembre ante la Asamblea General, el secretario general Guterres indicó que la pandemia no era sólo una llamada de atención sino “un ensayo general” para los desafíos del futuro. “Es hora de reconocer una simple verdad: la solidaridad es también interés propio”, dijo Guterres. “Si no entendemos este hecho, todos pierden”. Se dirigía a un recinto de la Asamblea General casi vacío, fantasmal, como nunca antes en los 75 años de vida de un organismo creado justamente para evitar la desolación: la extinción de la humanidad.

 

Maurizio Guerrero
Autor de Avísenle que sigo en Tenochtitlan (Nitro Press).


1 Graham, Stephen, Cities Under Siege: The New Military Urbanism. Verso Books, 2011.

2 Young, Jock, The Vertigo of Late Modernity. SAGE Publications, 2007.

 

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