A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
Presentamos un fragmento de COVID-19, una crónica personal (Taurus, 2020), libro en el que Marina Castañeda narra de forma ágil y entretenida los primeros días de la pandemia en México.


El tiempo y el espacio

Desde un inicio, se había dado una vertiginosa aceleración del tiempo. No era objetivamente cierto, por supuesto, pero cada día nos llegaba tanta información, que sentíamos que estaban pasando demasiadas cosas a la vez. A final de cuentas, como dijo algún autor, el tiempo es lo que hace que no suceda todo a la vez; pero, en nuestro caso, nos vimos rebasados por todos los acontecimientos simultáneos. Cada vez que leíamos los periódicos o veíamos las noticias, nos enterábamos de cosas inéditas, inconcebibles, que sin embargo estaban ocurriendo a diario. En este sentido, la pandemia invadió nuestra vida cotidiana de una manera muy parecida al 11 de septiembre —todo era increíble, pero cierto, y lo presenciábamos en tiempo real.

Otro paralelo histórico sería el verano —el más bello del cual se tuviera memoria—, durante el cual estalló la Primera Guerra Mundial. A partir del asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria el 28 de junio de 1914, los eventos que conducirían a la guerra se sucedieron con tal rapidez que tomaron a mucha gente por sorpresa, aunque los estados mayores de los países involucrados llevaban años elaborando sus estrategias militares y, de hecho, preparándose para la guerra. En julio, cuando empezaron las movilizaciones de los ejércitos, el Emperador Francisco José del Imperio austrohúngaro estaba de vacaciones en una estación balnearia. La guerra estalló en cuestión de días.

El inicio de la Segunda Guerra Mundial fue igual de repentino. A pesar de que Hitler había anexado Austria en 1938 e invadido Checoslovaquia en marzo 1939, nadie esperaba la invasión de Polonia el 1 de septiembre 1939, dando inicio a la guerra, y menos aún, el blitzkrieg de mayo 1940 que arrasó en unos días a Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos, y luego a Francia en asunto de semanas. Pareciera que la guerra y la paz obedecen a ritmos distintos: la paz transcurre lentamente, y la guerra a una velocidad asombrosa.

Así sucedió con el COVID-19. No estábamos en guerra, aunque el Presidente Macron de Francia hablara en ese sentido, aludiendo al “enemigo invisible” del virus. Pero sí estábamos en tiempos de guerra, con todas sus implicaciones para el desbordamiento del tiempo, los rumores, la incertidumbre, la confusión, el miedo y el repentino cambio en nuestra forma de pensar y vivir. Muy pronto aparecerían, además, los estragos de la propaganda, típica de cualquier conflicto bélico.

Como dijo mucha gente, jamás lo habríamos creído posible ni en una novela. Pero sí habíamos visto películas muy parecidas, con personal médico en trajes hazmat, investigadores incansables y miles de personas cayendo enfermas, de un día a otro, de un virus desconocido, con todo y escenas de pánico en las grandes capitales. Ya nos eran conocidas las alertas urgentes enviadas al CDC, la consternación de los científicos, así como el frenesí mediático, la caída de las bolsas de valores, y los esfuerzos de los gobiernos por ocultar la información. Lo que estaba sucediendo era, ciertamente, real: pero la trama era idéntica a la que habíamos visto, innumerables veces, en el cine.

Por mi parte, desde el inicio seguí el desarrollo de la historia con mi habitual obsesividad. Leía periódicos de México, Estados Unidos y Europa, veía con fascinación las imágenes de las ciudades desiertas en los noticieros. Después de unas semanas, volvió a cambiar mi noción del tiempo, esta vez para volverse más lenta. La situación se estaba prolongando demasiado: ya no era un asunto de días o semanas como inicialmente había parecido, y como sucedía en las películas. Empezamos a entender que esto podría durar meses o incluso años, y poco a poco cambió nuevamente nuestra temporalidad. Comenzó a ralentizarse el paso de los días, sobre todo a partir del confinamiento —otra palabra nacida del coronavirus que jamás habíamos escuchado.

Recordé las reflexiones sobre el tiempo de Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann. Había ido a visitar por tres semanas a su primo enfermo de tuberculosis en una clínica en los Alpes. Los pacientes confinados en el sanatorio permanecían allí durante años enteros, y por ende no se molestaban en contar los días, las semanas, ni siquiera los meses —sólo los años. Su rutina diaria era siempre la misma; sólo se les permitía bajar al comedor y al salón, y salir a caminar un rato. Se tomaban la temperatura tres veces al día, y los únicos eventos dignos de interés eran sus revisiones médicas mensuales, así como los festejos de Pascua, Navidad y fin de año. Fuera de esas fechas, su vida era siempre la misma, año tras año, hasta extinguirse por completo su noción de la temporalidad.

A Hans Castorp, estudiante alemán de ingeniería naval, austero y disciplinado, al principio le asombró esta curiosa forma de concebir el tiempo pero, al paso de los días, le agradó el farniente y dejó de pensar en sus obligaciones académicas y profesionales. Asimismo, en un inicio le escandalizaron las costumbres de los residentes: comían y bebían en exceso, en un ambiente de laxitud moral en el cual proliferaban las pequeñas transgresiones y las aventuras sexuales. Su adaptación fue tan rápida que, cuando se resfrió y tuvo un poco de fiebre, no le molestó el dictamen médico que le sugería seguir una cura y quedarse por unos meses. Acabó permaneciendo en el sanatorio durante siete años, incluso mucho después de su recuperación, habiendo perdido por completo la noción de la temporalidad y abandonado su proyecto de vida, atrapado por la fascinación del confinamiento tanto en el tiempo como el espacio. Durante los primeros años mantuvo cierto contacto con su familia en Frankfurt, por correspondencia; luego dejó de hacerlo porque su mundo se había reducido de tal manera que la vida normal, la de “allá abajo”, dejó de tener sentido para él.

En la época del coronavirus, se dio algo muy similar. Poco a poco, en ciudades y luego países enteros, las autoridades decretaron el confinamiento en casa. La gran mayoría de la gente que podía permitírselo obedeció sin chistar, y trabajó a distancia, por temor al contagio. Otros se resistieron: siguieron saliendo a comer, viajando y viendo a sus amistades, hasta que ya no les fue posible porque los restaurantes y hoteles cerraron, los vuelos fueron cancelados, y sus amigos ya no recibían a nadie. En mi colonia, casi todos mis vecinos se enclaustraron, saliendo sólo una vez por semana para buscar víveres.

La restricción en las salidas también cambió nuestra forma de percibir el tiempo, porque de pronto se volvió necesario planearlo todo meticulosamente: las compras de provisiones, las comidas, los pedidos a domicilio y las tareas domésticas. Ya no era recomendable salir a la tiendita del barrio para ir a buscar un litro de leche o pasar a la farmacia por un medicamento. Se trataba de desplazarse lo menos posible, para evitar el contagio. Incluso la comunicación virtual, espontánea al principio, gradualmente se tuvo que agendar porque todo el mundo se la pasaba hablando con sus colegas de trabajo o familiares, hasta que se volvió necesario hacer citas para platicar con amistades o reunirse a través de Zoom. La flexibilidad del tiempo libre que siempre habíamos tenido en casa se fue perdiendo. Había demasiadas cosas que hacer.

Poco a poco, asistimos también a la cancelación del futuro. Conforme se iba alargando el confinamiento, se volvió imposible hacer planes más allá de una o dos semanas. Al principio, la gente todavía pensaba que la crisis duraría poco, un par de meses como máximo; muy pronto podríamos irnos de vacaciones, retomar el trabajo y los proyectos suspendidos, ponernos al día en las visitas y celebrar los cumpleaños pospuestos. Pero cuando ya habían pasado dos y luego tres meses sin cambio, sin que hubiera cedido la pandemia, dejamos de hacer planes. Para mediados de 2020, cuando se empezó a hablar de una segunda ola del COVID-19, ya nadie pudo predecir en qué situación nos encontraríamos dentro de un año incluso seis meses. Fue así cómo nos acostumbramos a vivir sin futuro, limitándonos al pasar, cada vez más lento, de las semanas.

También cambió nuestra concepción del espacio. Al estar confinados al hogar, saliendo sólo a lugares cercanos, perdimos esa libertad de movimiento tan característica de la era moderna. Recordé cómo, antes de la revolución industrial, la gente nacía, vivía y moría en un área de doce millas a la redonda, y cómo se habían delimitado los condados en Inglaterra según la distancia que se pudiera cubrir a caballo en una jornada. Nuestros abuelos y padres habían descubierto la posibilidad, y luego la atracción, de desplazarse con asombrosa rapidez entre países y continentes. Nuestra generación se había acostumbrado a pasar fines de semana y vacaciones en lugares otrora distantes. Los hermanos de mi pareja viajaban constantemente, en vuelos baratos, desde Inglaterra a España, Italia, Checoslovaquia o Croacia. Incluso hacían la travesía a Francia cada vez que organizaban algún festejo, para comprar alcoholes al mayoreo y a menor precio. Y en México, la gente acomodada viajaba con regularidad a Estados Unidos, a veces sólo por un par de días, para ir de shopping.

Todas esas opciones fueron canceladas durante el confinamiento. La gente rica tuvo que limitarse a los comercios locales, como la vasta mayoría de sus conciudadanos. Incluso los que se negaron a seguir las consignas sanitarias no lograron ir muy lejos, y tuvieron que escaparse a lugares cercanos dentro del territorio nacional. Un amigo mío que acostumbraba volar a Estados Unidos y Europa para sus vacaciones sólo pudo arreglárselas para  ir a Acapulco, Puerto Escondido y Tuxpan. No logró pasar un fin de semana que había planeado en Tepoztlán, porque supo que los habitantes de ese “pueblo mágico” no estaban permitiendo la entrada a los foráneos.

Pero también cambiaron las dimensiones de nuestro hábitat usual, o sea, nuestra casa. La gente rica, al quedarse sin servicio doméstico, se vio forzada a descubrir lo que cuesta mantener limpio y ordenado un hogar; tuvo que aprender a usar el horno, preparar los alimentos, lavar los trastes y planchar la ropa. Había quienes en la vida jamás habían trapeado un piso, picado una cebolla, limpiado un pescado u horneado un pastel. La mayoría de la población de clase media, que siempre había tenido una ayuda doméstica una o dos veces por semana, también tuvo que acostumbrarse a barrer, lavar los escusados, tender y planchar la ropa, sacar la basura… una infinidad de tareas que habían dado por sentadas y que cambiaron radicalmente su estilo de vida.

El encierro también hizo que la gente adaptara su vivienda a las restricciones sanitarias. Los que se vieron obligados a trabajar en casa tuvieron que configurar o inventar un lugar en el cual pudieran laborar: una mesa, un cuarto, algún espacio donde tuvieran cierta privacidad para poder concentrarse, o sencillamente estar solos. Resultó que muchos no tenían esa posibilidad, porque siempre habían tenido un lugar fuera del hogar para su trabajo, al cual podían ir todos los días. Ahora estaban encerrados con los hijos, la pareja, y a veces otros familiares, lo cual también cambió lo que significa vivir en familia, para bien o para mal.

 

Marina Castañeda
Psicoterapeuta y escritora.

 

4 comentarios en “COVID-19, una crónica personal

  1. Nos cambió la vida a todos simple y llanamente como nunca antes en la historia; como alguien dijo somos contemporáneos de todos los hombres. Es entre otras cosas una crisis de la civilización urbana. El universo confinado a una ciudad africana que retrató Camus es ahora mundial, en eso esta crisis no tiene antecedentes.