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CLAVO.- Elemento mágico utilizado por hechiceros y hechiceras para “atar” o “ligar”. Con frecuencia, las tabellae defixionium, o “tablillas de encantamiento”, se fijaban al ataúd o a las paredes de una tumba para aprovechar los poderes mágicos de los difuntos. En Roma, Horacio lo pone en mano de Necessitas, que él representa como acompañante de Fortuna, que en un bello espejo etrusco se ve con la parca Átropo, y tiene en la mano un martillo y en la otra un clavo, que va a marcar la hora inevitable en que Meleagro debe morir (“clavo del destino”). Livio se refiere al clauus annalis, que se fijaba en Roma, con ocasión de los ludi romani, en una pared del templo de Júpiter, siguiendo una costumbre etrusca para señalar los años.

En el islam se practica la adivinación por medio de un clavo: “Se coge un clavo, se escribe sobre cada una de sus cuatro caras algunas de esas letras misteriosas que se encuentran al principio de ciertas surasdel Corán; clavar el clavo en el suelo, en medio de los individuos sospechosos, dándole ocho golpes y recitando la sura ‘El Malik’; luego se les ordenará levantarse, pero el culpable no podrá mientras el clavo quede hundido en la tierra”. Hay ya un lazo entre la inmovilidad del clavo y la del culpable.

Puede incluirse este rito de la “adivinación por el clavo” entre las prácticas en uso entre numerosos pueblos que recurren a la magia para descubrir al culpable de un crimen: la prueba del veneno entre los negros africanos, los malgaches de Madagascar y en la India brahmánica; mediante los alimentos consagrados en África, Birmania y la India, así como en la Inglaterra de otros tiempos por las aguas consagradas, el agua fría o hirviente, el hierro al rojo, los animales feroces o la cruz.

La explicación de estas prácticas no resulta difícil. Es de orden psicológico. El culpable, paralizado por el terror, no puede levantarse, clavado al suelo por la vista del clavo mágico; de resistir el veneno, de tragar el pan, el queso o el arroz; de beber, sin que su vientre se hinche, el agua donde se ha mezclado el polvo del templo; evitar la quemadura del hierro al rojo o del agua hirviente, escapar a los dientes o las garras de las fieras o permanecer mucho tiempo con los brazos en cruz. Un efecto semejante se obtiene con el aspecto del cadáver del judío Hamiel, milagrosamente reanimado por el choque de los miembros de la vaca roja (Corán, sura II, llamada “La vaca”).

Roma utilizó esta magia varias veces en casos de calamidades públicas: en el 493 a. de C., para poner fin a la agitación de la República; en 329-362 a. de C., para calmar la epidemia de la peste. Estas ceremonias tenían un carácter expiatorio por el pasado que el clavo “cerraba”, y un carácter pantacular (de amuleto, talismánico) protector para el porvenir.

En Roma, en tiempos de epidemia, se nombraba un dictador para que clavara un clavo en la pared del templo de Júpiter Capitolino, en la creencia de que así la enfermedad quedaría sujeta a la pared y la ciudad se vería libre de ella. También se clavaba un clavo en el sitio que, al caer, había tocado un epiléptico con su cabeza para que la epilepsia quedara clavada en el suelo.

Actualmente, en Katmandú (Nepal), existe una imagen de un dios, informe, fijado en una pared, en el que las personas con dolor de muelas clavan un clavo, en la creencia de que con esta acción “fijan” su dolor al dios, quedando ellos libres de él.

 

Fuente: Ana María Vázquez Hoys y Óscar Muñoz Martín, Diccionario de magia en el mundo antiguo. Alderabán Ediciones, Madrid, 1997.