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El próximo 4 de noviembre tendrá lugar la elección presidencial en Estados Unidos. El presidente Trump busca quedarse en la Casa Blanca otros cuatro años y derrotar al demócrata Joe Biden, un contrincante que se ha fortalecido con la pandemia. En cambio, la mezquindad y la irresponsabilidad con la que Donald Trump ha actuado frente a la contingencia muy probablemente le cueste la reelección.

Hasta hace pocas semanas parecía que Trump sería reelegido con un margen de votos considerable, pues había mantenido sus tasas de popularidad alrededor del 40 %. Sin embargo, la pandemia se nos vino encima como un típico accidente maquiavélico, una contingencia que llegó inopinadamente a alterar nuestras rutinas y nuestros planes para el futuro. A Trump y al Partido Republicano les ha descompuesto el optimismo. Las calificaciones en las encuestas de opinión colapsaron y la posibilidad de perder la elección ha cobrado peso y forma.

Ilustración: David Peón

Sin embargo, ni el presidente ni su partido están dispuestos a perder; están decididos a ganar, pero su estrategia no consiste en obtener más votos —que sería lo normal—, más bien quieren ganar con menos votos. Es decir, quieren limitar el número de ciudadanos que van a votar porque se ha demostrado que el abstencionismo favorece a los republicanos.

Como si no fuera suficiente todo lo que ha hecho para socavar los principios de la democracia en Estados Unidos, ahora Donald Trump ha lanzado una agresiva batalla contra el proceso electoral, al que denuncia como la organización de un gigantesco fraude cuyo objetivo es arrebatarle el triunfo. Nosotros conocemos bien esa táctica que es un recurso muy socorrido de candidatos perdedores. En este caso, sin embargo, los republicanos y Trump pretenden deslegitimar mecanismos de voto que han sido bien probados y que no han sido utilizados —como ellos lo afirman— para manipular el voto.

La táctica de Trump corresponde a la intención de los republicanos de obstaculizar la participación del electorado negro. Nada hay de nuevo en ello. Desde el fin de la Guerra de Secesión, los racistas han buscado todo tipo de restricciones para excluir del electorado a los afroamericanos; por ejemplo, el primero y más obvio de estos obstáculos consistió en introducir la condición de alfabetizado para poder votar. Este requisito expulsaba del electorado a más del  80 % de los ciudadanos afroamericanos. En algunos estados se introdujo el criterio de propiedad o la obligación de mostrar una licencia de manejar. Cualquiera de estas condiciones excluía primeramente a los pobres, de los cuales un porcentaje muy alto era afroamericano. Estos intentos son la actualización de una vieja historia de despojo de la comunidad afroamericana de sus derechos civiles.

La Ley de los Derechos Civiles que firmó el presidente Lyndon Johnson en 1965 puso fin a los abusos contra la población negra que sancionaban las llamadas leyes Jim Crow, que habían hecho de la segregación una institución bien establecida en el sistema estadunidense en buena parte del siglo XX, aun cuando fuera la negación de los derechos constitucionales de un importante porcentaje de la población. Después de la firma de esta ley, los enemigos  del sufragio universal —los hay en todas partes— optaron por obstáculos en apariencia banales, pero en realidad muy efectivos, por ejemplo, establecer horarios imposibles para registrarse en el censo ciudadano o instalar las oficinas de inscripción en direcciones inencontrables.

Ahora Trump quiere de nuevo excluir al electorado afroamericano, pero lo hace mediante la denuncia del Servicio Postal y del voto por correo. Según el presidente estadunidense, esa categoría de participación ha sido más que propicia a fraudes electorales “gigantescos”; por consiguiente, se ha dedicado a desacreditar el voto por correo, sabedor de que es la forma de participación más favorecida por la población de menos recursos que representa una importante proporción de votos por el Partido Demócrata.

La táctica obstruccionista de Trump se ha traducido en una política de reducción del presupuesto del Servicio Postal; se ha negado a concederle el incremento solicitado en previsión del aumento de votos por correo que se emitirán en el contexto de la pandemia.

Como dije antes, para nosotros la denuncia prematura del fraude electoral nada tiene de extraordinario, y mucho sí de perversión de la democracia. Luis Napoleón, luego Napoleón III, llegó a fundar un imperio autoritario a partir de una elección en la que se restableció el sufragio universal; y, gracias a su nombre, ganó la presidencia de una República de papel de estraza que luego, gracias a los plebiscitos se convirtió en un imperio de papier maché. Esta experiencia, como la de los afroamericanos, no habla mal del sufragio universal, sino que destaca su fragilidad y la ingente necesidad de protegerlo.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

Un comentario en “Donald Trump contra el sufragio universal