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La muerte tiene algunas ventajas. Los muertos, a diferencia de los vivos, no envejecen. La muerte empieza y termina el mismo día. Ese día finalizan las preocupaciones, las deudas, los agobios, los desamores, las intrigas, los compromisos. Lo mismo sucede con el dolor físico y anímico: el último suspiro termina con todo. Finalizar, cuando no tiene sentido seguir, ni luchar, es una opción válida. Los enfermos de enfermedad y los enfermos por insuficiencias vitales, i. e., la vida, lo saben, lo respiran, lo desean. El problema es decidir. Decidir plantea la posibilidad de recurrir a galenos que practiquen el suicidio médicamente asistido, o tomar las riendas de la vida y suicidarse. Decidir implica escuchar al cuerpo y al alma y contrastar los significados de la vida cuando primaba la salud contra los agobios y la desesperanza propios de la vida sin vida. Menudo embrollo tener conciencia de la muerte. Sin esa conciencia la existencia sería más sencilla pero más insípida.

Ilustración: Sergio Bordón

El afán de luchar, crear y trascender proviene precisamente de sabernos mortales; la sabiduría nutre y amenaza. Las dualidades son características de nuestra especie, gracias a ellas crecemos y preguntamos. ¿Tiene sentido operar al paciente o basta el tratamiento médico?; ¿es mejor optar por la insurgencia armada o vale más iluminar por medio de cursos y encuentros?; ¿debo apoyar a mi alumna acosada por un profesor conocido o serle “fiel”? Y así: somos duales. La dualidad es parte de la bendita conciencia. Ese entramado depara conflictos: luchar y continuar pese a la certidumbre del final u optar por autoamarse y permitirles al cuerpo y al alma expresar sus razones para seguir o finiquitar. Elias Canetti pregunta: “¿Cuántas personas pensarían que merece la pena vivir sabiendo que no van a morir?”. Pocas, muy pocas: las no personas, i. e., enfermos de Alzheimer, niños pequeños. Asumir el fin de la existencia es gran acicate para decir sí después de decir no (y viceversa), u optar, como sucede infinidad de veces, entre un camino y otro cuya meta es la misma.

Recorrer años, reproducirse, trabajar, esforzarse y dedicar tiempos largos a diversas actividades proviene de la certeza de la mortandad. Las ideas previas son parte de la conciencia, de la conciencia como lucha diaria para continuar, cuando valga la pena, hasta donde sea factible. En Mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de vida (Sequitur, Madrid, 2014), Zygmunt Bauman explica: “Hay razones más que suficientes para que la conciencia de la mortalidad resulte traumática. En primer lugar, y sobre todo, porque pensar en la muerte es un desafío contra el mismo hecho de pensar”. No pensar borra a la persona, elimina su libido y lo margina.  De ahí la dificultad de pensar en el final: hacerlo significa morir, no pensar es una forma de terminar.

El ser humano “promedio” ocupa muchas horas quejándose. La querella principal es la vida. Las preguntas que atraviesan y dan forma a la existencia son infinitas, muchas veces duales, siempre vitales y necesarias:

“Y si sí…”
  “Y si no…”
    “Y si acaso…”
      “¿Y por qué?”
        “¿Y por qué no?”
          “¿Y si mejor sí?”
            “¿Y si mejor no?”
              “¿Y si no hubiese?”
                “¿Y si sí hubiese?”
                  “¿Y si sí vale la pena seguir?”
                    “¿Y si es mejor abandonar?”

Hay quienes suman cuitas toda la vida. Hay quienes en vez de sumar restan. Es la condición humana y es la dualidad como realidad y destino. Algunos viajan sin sufrir y otros siempre sufren. Y de otros/otros, cuando fenecen, sus allegados exclaman: “Por fin ha muerto, sufría demasiado”.

La Rochefoucauld afirmaba, con razón, que “… no se puede mirar directamente ni al sol ni a la muerte”. Esa imposibilidad obliga a buscar otros caminos. Adueñarse de la vida y comprender los límites de ella y la necesidad de la muerte es buena pócima. Esas gafas no distorsionan la mirada, al contrario, permiten mirarse de frente y mirar los días.

Morir tiene ventajas. Terminan las querellas. Finaliza el agobio del vivo. Acaba el sufrimiento de los seres queridos. Todos descansan.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

2 comentarios en “Morir: algunas ventajas