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Vientos de cambio soplan en la industria energética global. Tal y como el carbón sustentó la revolución industrial en el siglo XIX y el petróleo facilitó la globalización durante buena parte del siglo XX, las renovables se perfilan como la principal fuente de energía del mundo para los próximos 100 años. A partir de avances tecnológicos notables, reducciones de costo pronunciadas y una creciente conciencia ambiental, se ha formado un consenso sólido en torno al ascenso de las energías renovables. Hoy en día la pregunta no es si efectivamente dependeremos menos de los hidrocarburos, o si abriremos paso a una era dorada de las energías renovables; la pregunta es si dicha transición será lo suficientemente rápida para evitar —o en su caso limitar— las devastadoras consecuencias del cambio climático. Bajo esta premisa, los países con un vasto potencial renovable se encuentran bien posicionados para cosechar los beneficios de la descarbonización, y así aventajar a las naciones que insistan en apostar por un modelo de desarrollo basado en los combustibles fósiles. Ante este panorama, México haría bien en sustituir su actual política prohidrocarburos por una estrategia de largo plazo que privilegie el desarrollo acelerado de las energías limpias. Entre más tardemos en aceptar la nueva realidad energética internacional, más costoso y dañino resultará para la población.

Ilustración: Ilustración: Raquel Moreno

Una pieza clave en el rompecabezas climático es la descarbonización de la industria eléctrica, la cual es responsable de emitir una cuarta parte de los gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (AIE), para descarbonizar el sector eléctrico de manera eficiente en las próximas décadas, se requerirá de un amplio portafolio de proyectos que incluya tanto tecnologías maduras y en la etapa de adopción temprana, como innovaciones aún en fase de demostración o de prototipo. Una tecnología de generación que ha comenzado a cobrar auge en el mapa energético internacional es la energía eólica marina (o costa afuera). Siguiendo los pasos de la eólica terrestre, la eólica marina se consolida día con día como una fuente de electricidad limpia, confiable y eficiente. Este tipo de energía se genera al instalar y poner en marcha un conjunto de aerogeneradores, los cuales transforman el movimiento de las corrientes de aire en electricidad. La principal diferencia entre los parques terrestres y marinos es que estos últimos se erigen costa afuera, por lo que requieren de estructuras de cimentación más complejas, que anclen los aerogeneradores al lecho marino y garanticen su operación óptima.

En principio suena un poco descabellado. ¿Por qué habría alguien de levantar un parque eólico sobre el agua, cuando hacerlo en tierra firme resultaría más sencillo? La respuesta es simple: en alta mar el viento sopla más fuerte y de manera más constante. En todos los continentes existen áreas marinas y costeras que promedian vientos de al menos siete metros por segundo, la velocidad mínima requerida para que un proyecto eólico sea técnicamente viable. Asimismo, las corrientes de aire costa afuera son más estables y predecibles que en tierra, ya que enfrentan menos obstáculos en su recorrido. Esto hace más eficiente la operación de la infraestructura y se traduce en una mayor producción de electricidad por turbina instalada; o visto de otro modo, para generar la misma cantidad de energía eléctrica se necesitan menos aerogeneradores en el mar que en tierra. De igual manera, las corrientes de aire constantes permiten operar la red eléctrica de forma segura, aun cuando se integran altos porcentajes de energía renovable variable.

A diferencia de los puertos comerciales, los buques e incluso las plataformas petroleras, los aerogeneradores todavía no forman parte del paisaje marítimo al cual nos hemos acostumbrado como sociedad; sin embargo, la energía eólica marina no es nueva. El primer parque eólico costa afuera se construyó en Dinamarca y entró en operación en 1991. El proyecto Vindeby, que constaba de 11 aerogeneradores que juntos sumaban una capacidad de cinco megawatts (MW), operó exitosamente por más de 25 años. Para ponerlo en perspectiva, el parque más grande del mundo en la actualidad —el proyecto Hornsea One, ubicado en la costa este del Reino Unido— cuenta con una capacidad instalada de 1200 MW; es decir, 240 veces la capacidad del parque danés. Puesto en términos de electricidad generada, Hornsea One puede producir en apenas 17 días la misma cantidad de electricidad que Vindeby generó a lo largo de su vida útil durante un cuarto de siglo.

Tal y como ocurrió en décadas pasadas con las energías eólica terrestre y solar fotovoltaica, Europa se ha consolidado como una región líder, pionera en el desarrollo de la energía eólica marina. Países europeos, particularmente aquellos situados en las costas del Mar del Norte, han establecido andamiajes institucionales y marcos regulatorios propicios para el crecimiento de esta industria. Ello ha creado un entorno favorable para la inversión y la proliferación de proyectos de pequeña, mediana y gran escala. No sorprende, entonces, que actualmente 77 % de la capacidad total a nivel global se ubica en ese continente, con Reino Unido y Alemania a la cabeza del ranking por países. Si bien los europeos conservarán su primacía en el corto y mediano plazo, se prevé que hacia mediados de siglo la región Asia-Pacífico se convertirá en el epicentro de la industria eólica costa afuera, a partir del impulso de China, India y Corea del Sur.  

La tecnología eólica marina ha evolucionado de manera considerable, al tiempo que se ha logrado optimizar el ciclo de vida de los proyectos. Esto ha incluido eficiencias en los procesos logísticos, de cimentación, de instalación e incluso de desmantelamiento de la infraestructura. De igual manera se ha desarrollado software de operación y mantenimiento, protocolos de seguridad industrial, así como cadenas de suministro y modelos de financiamiento específicos para los parques eólicos marinos. Hacia delante se tienen planeados proyectos cada vez más ambiciosos y mejor calibrados, con aerogeneradores más potentes y sofisticados, algunos de los cuales son más altos que cualquier edificio erigido sobre el Paseo de la Reforma (una altura superior a los 250 metros). Asimismo, conforme se han identificado nuevas áreas prospectivas a mayor distancia de la costa y en aguas más profundas, han comenzado a utilizarse cimientos flotantes en lugar de los cimientos fijos tradicionales. Esta innovación, que ha facilitado la instalación de turbinas en aguas que hasta hace poco se consideraban inaccesibles, abrirá la puerta a 10 veces el potencial eólico marino identificado actualmente en aguas más someras. Finalmente, otra innovación que ha captado la atención de la industria es el desarrollo de proyectos híbridos que, además de contemplar la instalación de aerogeneradores costa afuera, incorporan elementos adicionales tales como paneles solares flotantes, baterías de ion de litio y tecnologías de hidrógeno.

Los avances tecnológicos y una mayor competencia en la industria han dado pie a una reducción de costo pronunciada. No hace tanto tiempo que la energía eólica costa afuera era considerada económicamente prohibitiva, sobre todo al ser comparada con su contraparte terrestre. Se argumentaba que el proceso de cimentación, el empleo de embarcaciones de instalación y buques de servicio, requerimientos de mantenimiento más complejos y requisitos mínimos de infraestructura portuaria, nunca permitirían que la energía eólica marina fuera asequible. Sin embargo, gracias a la innovación y madurez alcanzada por este sector, de 2014 a la fecha el costo de la energía eólica costa afuera ha disminuido 37 %. Esto ha resultado en que la electricidad generada por los proyectos más eficientes en alta mar sea competitiva en precio (50 dólares por megawatt-hora) frente a aquella producida por centrales de ciclo combinado a base de gas natural (entre USD 40/MWh y 70/MWh), así como plantas eléctricas de carbón (entre USD 60/MWh y 150/MWh). Si bien es cierto que la industria eólica marina se ha beneficiado de apoyos financieros gubernamentales en el pasado, resulta asombroso que los precios más bajos al día de hoy se hayan alcanzado sin la ayuda de subsidios, a través de subastas eléctricas en las que se ha competido por ofertar la energía al menor precio. En la próxima década se prevén disminuciones adicionales que apuntalen la competitividad de este tipo de energía y detonen el despliegue masivo de aerogeneradores en alta mar.

A pesar de que la energía eólica marina aún representa un porcentaje pequeño del total de la electricidad generada a nivel global (apenas 0.3 %), se trata de una tecnología que en la última década ha crecido a tasas anuales de casi 30%. Ni siquiera la crisis del COVID-19 ha frenado las inversiones costa afuera, las cuales tuvieron el semestre más exitoso de su historia en plena pandemia. Entre enero y junio de 2020 se formalizaron 28 nuevos parques eólicos en alta mar, cuya inversión total asciende a 35,000 millones de dólares (mmdd), monto únicamente superado por los sectores eólico terrestre (37.5 mmdd) y solar fotovoltaico (54.7 mmdd). La gran resiliencia que la industria eólica costa afuera ha demostrado en tiempos de crisis la ha perfilado como un pilar fundamental de la transición energética y la recuperación económica sostenible.

Algunas empresas eléctricas transnacionales —tales como RWE, Vattenfall e Iberdrola— han observado el alentador desempeño de la energía eólica marina y han apostado fuerte por su crecimiento sostenido. Sin embargo, ninguna experiencia ilustra mejor la consolidación de este sector que el caso de Ørsted, la compañía estatal danesa que se ha posicionado como líder mundial en capacidad eólica costa afuera. Lo que hace que este logro sea realmente sobresaliente es que Ørsted no existía hace 10 años; al menos no como se le conoce hoy en día. En aquel entonces se llamaba Danish Oil & Natural Gas (DONG en inglés) y era una empresa dedicada a la extracción de petróleo y gas, así como a la generación de electricidad a base de carbón. En algún momento DONG llegó a representar un tercio de las emisiones de dióxido de carbono de Dinamarca. No obstante, en 2009, tras enfrentar oposición social a un proyecto de generación fósil en Alemania, el cuerpo directivo de la empresa dimensionó el creciente consenso internacional en torno a la crisis climática y decidió emprender una refundación de la compañía. En el transcurso de la siguiente década DONG se volcó al desarrollo de las energías renovables (en particular la eólica marina), vendió todos sus activos petroleros, salió a bolsa, amplió su presencia en distintos países y renovó su filosofía e identidad corporativa. A juzgar por los resultados, y a pesar de haber enfrentado resistencia interna y renuencia política, la decisión de modernizarse fue la correcta. Ørsted no sólo ha rebasado sus metas de descarbonización, sino que lo ha logrado bajo estándares de rentabilidad y aumentando su capitalización de mercado. Al día de hoy, la transformación de DONG a Ørsted se ha convertido en un estudio de caso y una hoja de ruta para empresas en busca de una redefinición estratégica.

Cabe señalar que Ørsted no es un caso aislado. En los últimos años, grandes empresas petroleras como Shell, Total y Equinor (antes Statoil) han entrado a la industria eólica marina como parte de una estrategia de descarbonización más ambiciosa. Lo que en principio parecería una idea contraintuitiva, es en realidad una oportunidad sumamente atractiva para el sector hidrocarburos. Por un lado, las compañías han comenzado a diversificar su portafolio de inversiones, cubriéndose así de la volatilidad del mercado petrolero y adaptando su modelo de negocios a la nueva realidad energética internacional (una tendencia intensificada por la crisis del covid-19). Por otro lado, el sector petrolero ha demostrado contar con amplios conocimientos y experiencia a la hora de instalar y operar infraestructura en alta mar, lo que se ha traducido en sinergias técnicas y ventajas logísticas al incursionar en el sector eólico marino.

Si bien la industria eólica costa afuera ha avanzado a pasos agigantados en la última década, todavía enfrenta algunos retos de carácter operativo, ambiental y social. Un primer desafío es la interconexión al resto del sistema eléctrico. No todas las regiones marinas con alto potencial eólico están situadas cerca de la red eléctrica, lo que impone una barrera de acceso y un costo adicional al desarrollo de proyectos. Más aún, si la red de transmisión se encuentra congestionada, es necesario expandirla y modernizarla a efecto de que la energía generada en alta mar se pueda integrar al sistema de manera confiable. Estos potenciales cuellos de botella en la red pueden prevenirse a través de una planeación proactiva y de largo plazo que priorice la descarbonización del sistema eléctrico. También pueden contribuir a esta labor herramientas que aumenten la flexibilidad del sistema, tales como la demanda controlable y las tecnologías de almacenamiento.

Con el fin de fomentar una convivencia ordenada costa afuera, todo proyecto eólico debe considerar el impacto potencial que pueda tener sobre otras actividades marítimas. Por ejemplo, el sector pesquero podría verse afectado en una región determinada si se redujeran la rutas de navegación, y esto a su vez generara un aumento del tráfico marítimo y/o mayores restricciones a la pesca de arrastre. O bien, desde una perspectiva de seguridad nacional, es importante que la infraestructura eólica no interfiera con la realización de ejercicios navales ni la operación de instalaciones y sistemas estratégicos. En todo caso, para que haya un aprovechamiento racional y armónico del mar se requiere de un modelo de gobernanza bien definido que recoja las necesidades de las partes interesadas y establezca reglas claras y protocolos comunes.

No menos importante es garantizar la sostenibilidad ambiental de los parques eólicos marinos a lo largo de su ciclo de vida. Como todo proyecto de infraestructura, la instalación, puesta en marcha y desmantelamiento de aerogeneradores en alta mar conlleva impactos ambientales. Entre los principales retos en esta materia, se encuentran la preservación de los hábitats y el medio físico natural, la reducción del ruido de construcción en favor de la fauna marina, así como la minimización de los efectos adversos sobre las rutas de migración de las aves. En la última década se ha avanzado en el diseño y aplicación de medidas de mitigación que contrarrestan estas afectaciones; no obstante, aún hay camino por recorrer a fin de que la industria eólica costa afuera optimice su beneficio ambiental neto.

Otro aspecto fundamental que no debe subestimarse es la aceptación social de los proyectos. Al ubicarse costa afuera, los parques marinos corren menos riesgo de suscitar oposición comunitaria que los parques terrestres. Empero, algunas localidades costeras se han resistido a la instalación de turbinas en el horizonte marino, sobre todo en la costa este de Estados Unidos. El ejemplo más representativo de este fenómeno es el caso del proyecto Cape Wind, el cual —de haberse construido frente a la costa de Massachusetts— hubiera sido el primer parque marino en América del Norte. Tras el anuncio del proyecto en 2001, se formó una coalición opositora altamente organizada y bien financiada en la que confluyeron intereses políticos y económicos, así como residentes de la península de Cape Cod. El grupo detractor argumentaba que la construcción del proyecto arruinaría el paisaje, devaluaría las propiedades frente al mar, perjudicaría al turismo local, vulneraría al sector pesquero y dificultaría la navegación en la zona. En última instancia, una estrategia de vinculación social deficiente por parte de los promotores del proyecto contribuyó a que los opositores ganaran la batalla; después de 16 años de ardua confrontación mediática, judicial y regulatoria, los desarrolladores del parque perdieron la confianza de sus clientes y terminaron por asumir una pérdida aproximada de 100 millones de dólares. A pesar de no haberse construido, el proyecto Cape Wind es reconocido por haber sentado un precedente que abrió la puerta a la industria eólica costa afuera en Estados Unidos. En México no se tiene registro de algún caso análogo en alta mar; sin embargo, existen antecedentes de proyectos terrestres que han enfrentado rechazo comunitario y en los cuales se ha cuestionado el respeto al derecho humano a la consulta y el consentimiento previo, libre e informado de las comunidades afectadas. Por tal motivo, no es una exageración afirmar que el éxito de la industria costa afuera en México dependerá del establecimiento de mecanismos de participación y concertación social efectiva, oportuna e incluyente.

Pese a que la industria eólica terrestre ha alcanzado un alto grado de madurez en México, la energía eólica marina todavía se encuentra en una etapa incipiente en nuestro país. Podría suponerse que, al haber un amplio potencial costa afuera —así como recursos humanos especializados y cadenas de suministro locales— esta industria estaría en vías de consolidación. Sin embargo, actualmente no hay proyectos en construcción ni en operación; la Comisión Federal de Electricidad (CFE), Petróleos Mexicanos (Pemex) y el sector privado no han mostrado un interés real por incursionar en este sector. Tampoco existe un entramado regulatorio exhaustivo, ni un marco de coordinación institucional que facilite el desarrollo de parques eólicos costa afuera. En términos prácticos, la energía eólica marina simplemente no figura en los instrumentos de planeación ni en los programas sectoriales del gobierno. De seguir por este camino, en el largo plazo se complicará el cumplimiento de las metas nacionales de generación limpia y de nuestros compromisos internacionales de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Aunado a lo anterior, la administración actual no ha ocultado su preferencia por los combustibles fósiles como principal fuente de energía. Las autoridades no sólo han justificado públicamente el uso de carbón y combustóleo —ambos reconocidos como los hidrocarburos más nocivos para la salud y el medio ambiente— sino que han emprendido una embestida contra la energía renovable, particularmente aquella generada por el sector privado. El gobierno incluso ha aprovechado la emergencia sanitaria para emitir un acuerdo y una política de confiabilidad que pretenden limitar la incorporación de nuevas centrales eólicas y solares. Ambos casos se han judicializado, pero independientemente de lo que resuelvan los tribunales, el clima de negocios ha empeorado y la certeza jurídica en el sector energético se ha vulnerado. Como resultado de este entorno adverso, México ha caído del lugar 4 a la posición 24 en el ranking mundial de países más atractivos para invertir en energías renovables.

Ahora bien, ¿cuáles son los pilares fundamentales para que eventualmente despegue la industria eólica marina en nuestro país? En primer lugar, se requiere de un criterio coordinado que establezca directrices e interpretaciones básicas sobre el uso y aprovechamiento de los mares y costas, al cual contribuyan la Secretaría de Energía, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, la Secretaría de Marina y los gobiernos estatales. De esta manera, sería posible definir y simplificar los tiempos, requisitos y trámites requeridos para instalar parques eólicos en alta mar. En segundo término, el Estado —a través de la CFE— debería procurar que la expansión de la red eléctrica incorpore una perspectiva de descarbonización, congruente con los objetivos energéticos y ambientales de México. Ello se traduciría en una inversión importante para conectar zonas de alto potencial eólico marino con centros de consumo, por medio de corredores de transmisión robustos y flexibles. Tercero, habría que restablecer el esquema de subastas eléctricas de largo plazo que estuvo vigente en México entre 2015 y 2018. Al arrojar precios cada vez más competitivos, las subastas se han consolidado como el mecanismo estándar para impulsar el despliegue de las energías renovables a nivel global. Estos tres pilares no son exhaustivos ni garantizarían resultados específicos, pero al menos sentarían bases técnicas sólidas para el florecimiento de la industria eólica costa afuera.

Vientos de cambio soplan en la industria energética global. Las fuentes renovables están llamadas a desempeñar un papel decisivo en la transición energética y la lucha contra el cambio climático. El reto que implica la descarbonización del sector eléctrico requerirá de múltiples tecnologías, entre las cuales destaca la energía eólica marina. Por su vasto potencial mar adentro, su perfil de generación constante y sus costos cada vez más competitivos, la energía eólica marina despunta como un componente esencial de un modelo de desarrollo económico sostenible y equitativo. Gobiernos, empresas, academia y organizaciones de la sociedad civil alrededor del mundo han tomado nota de estos extraordinarios avances y han actuado en consecuencia. Gracias a este impulso, la industria eólica costa afuera ha dejado de ser sueño lejano y se ha convertido en una realidad; se trata de un sector pujante y resiliente que ha sido capaz atraer inversiones millonarias a pesar del entorno de crisis, y cuyo crecimiento creará cerca de un millón de empleos en el transcurso de la próxima década. En este sentido, es tiempo de que México replantee su estrategia y apueste por la energía del siglo XXI, en lugar de anclar sus esperanzas en los combustibles del pasado. El aprovechamiento de nuestro potencial eólico en alta mar fortalecería la seguridad energética de México y abriría el paso a un suministro eléctrico renovable, asequible y confiable.

 

Alejandro Chanona Robles
Internacionalista y analista en temas energéticos.