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Según Linda Egan, la siguiente es una frase de Carlos Monsiváis: “En la batalla entre tú y el mundo, ponte del lado del mundo”. La propuesta es exactamente opuesta a la de Gandhi: “Si el mundo no responde a tu llamada, camina, camina solo”.

¿A cuál de ellas obedecer? La respuesta a esta pregunta se ha convertido, en los tiempos que corren, en crucial.

Porque como van las cosas, todo indica que ya no se podrá caminar solo, ni ser uno contra el mundo. Hacerlo está por convertirse ya no en señal de valentía y convicciones firmes, sino de estupidez y hasta de traición. Hoy día hay que sumarse a la bola o arriesgarse a que lo anatematicen, en el sentido más literal de esta palabra medieval.

Y es que en México apenas estamos por descubrir el sabor y los sinsabores de la unanimidad obligatoria en aras de alguna causa, pero el mundo ya ha pasado por momentos así.

 Por ejemplo, el que se dio después de la revolución rusa de 1917, cuando se impuso la idea de que no hay más ruta que la nuestra y quien no la siga es traidor. Se estaba con éstos o con aquéllos y punto, no había ni terceras posibilidades ni neutralidad posible.

Por aquel entonces, vivió György Lukács, filósofo nacido en Hungría, estudioso de la literatura y participante en la vida política de su tiempo, que ocupó una y otra vez puestos importantes en el Partido Comunista y en los gobiernos de su país y que una y otra vez fue expulsado de ellos, cuando escribía algún texto que no decía lo que en aquel momento era aceptado por el poder político o por la moda intelectual. Así, vivió la paradoja de que a principios de los años 20 Lenin lo acusara de izquierdista radical, y a fines de la misma década se le acusara de lo contrario, de desviacionismo de derecha.

Pero una y otra vez Lukács aceptó los regaños, se retractó y pronunció autocríticas. Y esto no lo hizo porque fuera timorato, miedoso o de opinión voluble, sino precisamente al contrario, por su valentía y su profunda fe en la revolución soviética. Tenía una concepción tan elevada de lo que significaba el comunismo, que colocaba su defensa por encima de cualquier consideración, incluso de sus propias convicciones e ideas. Así se lo dijo a Fritz Raddatz: “Aún entonces estaba totalmente convencido de la justeza de mi punto de vista, pero también sabía que una expulsión del Partido representaba la imposiblidad de participar activamente en la lucha contra el fascismo que se avecinaba y redacté esa autocrítica como billete de entrada a una actividad de ese género”.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Lukács vivió en circunstancias históricas que lo obligaron a llevar hasta el extremo esa actitud. Cuando los nazis tomaron el poder, decidió que lo más importante era aglutinar la lucha en torno a una figura fuerte a fin de evitar que se repitiera el caso de Napoleón, aún si esa figura era nada menos que Stalin, de cuyos errores y horrores se daba perfecta cuenta, pero justificó su elección con las palabras de Goethe: “¿Qué acaso no se puede pactar con el diablo y tomar el camino del cielo?” Así se lo dijo a Victor Serge: “No vale la pena arriesgarse por rechazar una pequeña humillación, por el placer de actuar de un modo retador. Las calumnias no tienen importancia para nosotros. Necesitamos tener paciencia y valentía, el amor propio está de sobra. La época es difícil, nos hallamos ante una transformación oscura, ahorremos nuestras fuerzas”. Solamente alguien tan convencido de su causa pudo pasar por encima de sí mismo y apoyar lo que le indicaban.

La historia de Lukács pone sobre la mesa una situación con la que podemos sentirnos identificados en el México de hoy: se trata de un pensador que se percata perfectamente de que las cosas no pueden ser entendidas ni decididas ni resueltas de la manera como se lo está haciendo, pero está dispuesto a sacrificar esas convicciones a las necesidades de la estrategia y la táctica decididas por el liderazgo político.

Y sin embargo, pasado el tiempo, sabemos que ese sacrificio fue inútil y más todavía, que quizá eso que alguien llamó “histeria ultraizquierdista” fue la que ayudó a Hitler a subir al poder “sobre la ruina del liberalismo, la socialdemocracia y el comunismo” según escribió George Lichtheim.

¿Aprendemos de la historia? No parece, pues después de la Revolución rusa pasó lo mismo en la China de Mao y la Cuba de Fidel, en la España de Franco, la Nicaragua de Somoza y el Chile de Pinochet, en la Uganda de Idi Amin, el Irak de Sadam, la Libia de Gadafi, la Turquía de Erdogan e incluso la Rusia de Putin. En todas esas situaciones, el intelectual no podía ser crítico porque el momento, decían, no era adecuado para disensiones y desviaciones “peligrosas” y había que dejar de lado todo lo que no apuntara de manera unívoca, directa e inmediata a sostener “los supremos intereses de la lucha política y social”, la cual, aseguraban, se hacía en aras de “los supremos intereses del pueblo”.

Por eso se conminó a quienes no estaban de acuerdo con el líder supremo, a guardar para mejores tiempos el recuento de los errores y la crítica a las decisiones y los métodos. Y, ¡ay de aquel que no obedeciera porque entonces sufría el anatema, la maldición, el enojo, el insulto, la acusación de traición, la conversión automática en enemigo, el castigo!

¿Cuánto tiempo falta para que nos digan sobre qué debemos escribir, pintar y componer, investigar en la ciencia, cantar y bailar? ¿Cuánto tiempo para que nos digan con qué herramientas lingüísticas, pictóricas, musicales, científicas y discursivas debemos hacerlo? ¿Cuánto tiempo para que se determine que quien no siga las consignas es enemigo y es traidor y debe ser castigado? ¿Cuánto tiempo para que haya que quitarse un pedazo de cerebro y aceptar cualquier acción, cualquier declaración y cualquier decisión como si fuera la verdad divina y revelada de quienes se sienten encarnando “el lado correcto de la historia”?

Me dirán (ya me lo han dicho) que exagero. Que nada de lo que está sucediendo en nuestro país es indicio de algo terrible, sino solo excesos lógicos derivados de la circunstancia. Pero la historia no miente. Y ella ya nos enseñó cómo son las cosas. No una, sino muchas veces.

No tengo idea de si Lukács sabía que México existía. Tal vez sí por el caso Trotski, pero no creo que le haya dedicado siquiera un pensamiento. Y sin embargo, sus actitudes frente al poder nos llevan hoy a los mexicanos a darnos cuenta de tristes verdades. La principal de ellas: que todo parece indicar que igual que como le sucedió a él, también nosotros tendremos que ponernos del lado del mundo, ese sobre el que habló Monsiváis, y nos veremos obligados a dejar de ser críticos, a dejar de cuestionar y quizá hasta a dejar de opinar, para convertirnos en mudos que aceptan (y aplauden) el discurso oficial.

 

Sara Sefchovich
Investigadora en la UNAM. Su libro más reciente: Del silencio al estruendo: cambios en la escritura de las mujeres a través del tiempo.

 

9 comentarios en “¿Una advertencia de Lukács sobre México?

  1. Lukács vivió hasta el final de sus días la paradoja de lo que yo llamo su ‘autocrítica adscrita’ en lo que no me detendré aquí pero que me parece que conecta con lo que la maestra Sara plantea cuando dice que el filósofo húngaro trató de justificar su apego a ‘la causa’. En aquel librito de sus conversaciones con los marxistas alemanes, a finales de los sesenta, dice que lo único que queda es plantearse la posibilidad de volver a comenzarlo todo, refiréndose obviamente a la lucha por el comunismo. Pero lo más interesante de su reconsideración vendría más bien en su libro póstumo Marx, Ontología Del Ser Social y de hecho para contrapuntearlo con la referencia que hace Habermas en el capítulo final de su primer tomo de la Teoría de la Acción Comunicativa, en donde saca a relucir la aportación filósofica de Lukács en la discusión sobre la racionalidad weberiana y la pertinencia aunque limitada de la categoría de cosificación que el alemán ve desarrollada por otras vías en Horkheimer y Adorno y que culmina en ellos con un abandono cuasi nihilista, sobre todo en el pimero, de la posibilidad de un cambio social de fondo. Magnífico texto de Sefchovich, y sí la lectura de Lukács como marxista de cepa podría ayudarnos a evitar en nuestro país las tentaciones de una normatividad político-estética y estético-política como lo advertía Sánchez Vásquez hace mucho tiempo respecto a las posturas del filósofo húngaro.

  2. Nunca, al poder se le critica y mas en estos tiempos donde solo los imbeciles no ven la hecatombe que esta por suceder

  3. Bueno, le historia no se repite,los desastres no son los mismos; es cierto, la izquierda mexicana vive en el pasado con la variante de que es oportunista, el dinero se ha vuelto muy importante y la política es una escalera al cielo. La izquierda “idealista” ha muerto, las relaciones
    sociales se han monetarizado, el dinero está en todas las mentes. No hay lugar para el optimismo.

  4. Excelente articulo Sara, felicidades ademas estoy de acuerdo contigo se avecina una situación horrible que quizá nunca nos imaginamos menos en el siglo XXI, pero sin duda nos lo merecemos por apáticos, nunca actuamos quienes teníamos la responsabilidad de que esto no pasara, permitimos que esclavizaran a nuestro pueblo con las cadenas de la ignorancia y hoy parece demasiado tarde para empezar actuar. Pero no! de ninguna manera es tarde al contrario tenemos mucho tiempo para evitar que este desastre acabe con nuestro país y con nuestras vidas como las conocemos, debemos quitarle la mayoría a MORENA en la cámara de diputados en el 2021, eso es todo, y yo sostengo que no es una empresa difícil para los mexicanos mejor preparados que no estamos de acuerdo con el nuevo régimen que propone Andrés Manuel para nuestro país. ¿pero que hacemos? NADA, me impresiona como se repite la historia una y otra vez y no lo vemos venir oportunamente, de tu mensaje tan importante y urgente lo único que perciben los mexicanos mejor preparados es que la cita con la que iniciaste es de kafka y no de Monsiváis, ponganse las pilas y utilicen su inteligencia y preparación para salvar a México