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Una de las delicias del Congreso de la Lengua celebrado en Cartagena de Indias en el año 2007 eran las invitaciones de Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez a beber y conversar en su casa frente al mar, sobre la muralla de la ciudad. Recogí ahí tres historias contadas por Mercedes y las publiqué después en el diario Milenio los días 3, 4 y 5 de abril de ese año. Son una muestra de la otra fiesta de la palabra que había en la casa de los García Márquez, la fiesta de Mercedes Barcha.

Héctor Aguilar Camín

Los fantasmas de Giovanna

La actriz Giovanna Mezzogiorno es la belleza mediterránea que encarna a Fermina Daza en la película de El amor en los tiempos del cólera. Durante la filmación en Cartagena, le fue ofrecida una casa remodelada del centro histórico de la ciudad, con su encanto intacto de muebles viejos, muros encalados y balcones de madera.

Al placer diurno de hospedarse en un recinto con sabor a historia recobrada, siguió un desaguisado nocturno de casa vieja llena de fantasmas. No sabemos si Giovanna durmió tarde, sola, sobria o alborozada esa primera noche de su estancia en Cartagena.

Sabemos que a medio dormir la despertaron unos ruidos de alas pendencieras, y luego unos gorgoreos de reunión secreta. Más tarde unos chillidos turbadores. Aguzó el oído entonces, y los oyó: rumiaban en la sombra cosas guturales e ininteligibles.

No es difícil imaginar la mirada azul de Giovanna Mezzogiorno, hipnótica y radiante, hay que decirlo, como el mar al mediodía, fija de horror en la noche de los ruidos cartageneros.

A la mañana siguiente agradeció la hospitalidad recibida y se mudó a un hotel, diciendo que en la casa había ruidos y algo más. La casa, conocida y habitada de sus dueños por largas temporadas, no había dado nunca que decir respecto del silencio apacible de sus muros.

Y aunque era verdad que llevaba unos meses deshabitada, para entregarla a Giovanna había sido sometida a una minuciosa reparación de muescas, barnices y decoloramientos. Rechinaba de nueva en su soberbia vejez.

A los anfitriones les entró el gusano y fueron a rebuscar. Nada raro encontraron en una primera búsqueda ni en una segunda, y se disponían a pasar la noche ahí para que nada faltara en sus investigaciones, cuando al abrir un armario sin uso en el altillo decorativo, oyeron un ruido, y luego otro y un gorgorito.

Voltearon el armario para descubrir que cubría un ventanillo roto, olvidado de años, y que tenía también rota la espalda a la altura de una cajonera. Al acercarse a mirar por el hoyo les salió a mirar un búho desmañanado, con todas las trazas de mal humor que pueden caber en el cabecear y el aletear de un búho.

Pudieron mirar suficiente para saber que el búho cuidaba a su búha en la cajonera donde la búha criaba a dos buhítos. Y eran este búho responsable que salía por la noche a traer comida y esta búha con sus crías que la comían en alegre cónclave, los que habían espantado la noche de la mágica Giovanna, en la medianoche mágica de Cartagena.

Ilustración: Patricio Betteo

Entre pirañas

Conviven extravagantemente en Colombia ilegalidad y legalismo, reverencia por la ley y violación sistemática de ella. La veneración de las normas, o al menos su invocación continua en argumentos y conversaciones, es un rasgo constitutivo de esa cosa sociable, discursiva y campechana que llamaremos colombianidad.

Durante un viaje familiar por la amazonia colombiana, en uno de los pobres fondeaderos de la ruta turística, el joven editor del primer diario de Colombia y un ex ministro de defensa, tan joven como él, trabaron alegre charla con los principales de una etnia nativa. Los apremiaban a seguir el viaje en el lanchón sus suegros, mujeres e hijos, pero ellos habían empezado a hablar por los codos con sus inesperados interlocutores y decidieron quedarse en aquel muelle las dos horas que tardarían los demás en completar el itinerario previsto y regresar por el río.

Bajaron unas botellas de wisquie para compartirlas con sus anfitriones, que les proveerían en cambio de una codiciada chicha local. Suegros, mujeres y niños siguieron la travesía hasta el lugar de las pirañas a donde iban, animales inofensivos y pacíficos entre los cuales se puede nadar, siempre y cuando el que nada no tenga una herida, pues las pirañas, explicaron los guías, atacan lo que sangra.

Para demostrarlo uno de los guías se echó al río, dio unas vueltas  nadando por el lanchón, lo cruzó bajo el agua, y subió indemne por el otro lado. La cosa es muy distinta si lo que cae al agua tiene alguna herida, explicaron los guías, porque entonces, las pirañas son tan feroces como predica su fama. Para demostrarlo, sin consulta alguna, los guías echaron al agua un cabrito vivo, al que le habían hecho una herida para que sangrara. Los peces lo devoraron en una instantánea sanguaza.

Dos horas después, transidos todavía de la horrenda voracidad de las pirañas, más horrenda cuanto más inolvidable, suegros, mujeres y niños volvieron al fondeadero donde los maridos esperaban. Tuvieron ahí la segunda experiencia imborrable de aquella travesía. Sentados en un círculo de atentos escuchas, sus maridos y los principales del lugar leían, alternadamente, la Constitución colombiana en español y la Constitución colombiana en la lengua de la etnia hospitalaria.

Lectores y escuchas habían dado cuenta del wisquie y de la chicha y estaban todos hasta la bandera, patriótica e inolvidablemente borrachos.

El amor en los tiempos del sida

Hay una bella casa en Cartagena, mira al mar abierto por sobre la muralla que cierra el centro histórico de la ciudad. El salitre y la intemperie han devorado los vanos de sus puertas y los marcos de sus ventanas, pero no ha sido posible reponerlos porque el carpintero se ha esfumado y nadie sabe dónde encontrarlo.

Lo busca mucha gente, en realidad, desde su pleito a muerte con su hija por causa de los celos y del sida. Sucede que la hija tenía un novio a quien el padre miraba mal por el sólo hecho de mirarlo del brazo de su hija. La animadversión por el yerno se volvió odio cuando el carpintero supo que el yerno vivía con otro. Es decir, que no sólo tenía tratos conyugales con su hija sino que vivía en federación conyugal con un reconocido amante de su propio sexo.

El odio del carpintero se tornó furia homicida al propagarse por el vecindario la noticia de que el amasio de su yerno binario había contraído un sida como un barco, y por tanto el yerno estaba en riesgo de tenerlo también, y por tanto quizá lo tuviera también la hija venerada por el carpintero con pasión que iba más allá de la paternidad.

Para salir de dudas, la hija, de sólo dieciocho años pero de condición serena y decidida ante la adversidad, acudió a la clínica a practicarse un examen de sida. Salió de la clínica absuelta del mal, pues no lo había contraído. Corrió a decirlo al padre, para absolverlo de su furia, y al novio, para llevarlo a la clínica a que se practicara el mismo examen, pues había la posibilidad de que tampoco hubiera sido contagiado, como sucede a veces entre amantes con sida.

Pero los dados se habían jugado ya. El carpintero agraviado, loco de celos y ahogado por la deshonra, había cortado y muerto a su yerno ambidiestro con un cuchillo de partir cebollas. Lo había muerto en secreto, sin testigos ni descuidos, y así lo había confiado a la hija en busca de su amorosa complicidad. Pero la hija había mirado de frente a su corazón, había decidido que su amor por el novio ambidiestro era mayor que su infidencia de género y que  el amor de su padre, y había procedido de acuerdo con su temple radical.

Es decir, había denunciado al padre, que se había dado a la fuga, probablemente hacia las islas despobladas de donde era originario, y por eso era imposible encontrarlo ahora, para que arreglara los vanos y los marcos que él mismo había puesto, con mano recta y firme sin igual, en la bella casa frente al mar acerado de Cartagena, donde lo echaban tanto de menos.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor e historiador. Su libro más reciente: Historias conversadas.

 

4 comentarios en “La fiesta de la palabra de Mercedes Barcha

  1. Excelentes anécdotas con la misma imaginación colombiana de García Márquez. Gracias por transcribirlas.

  2. Me encanta la literatura de Aguilar Camin, lo leo desde hace muchos años y quise llevar a cortometraje una de sus novelas pero no conseguí suficiente apoyo y se quedó en proyecto.

  3. Me encanta escuchar los comentarios de Aguilar Camin con Puige en Tv y en radio con Joaquin Lopez D. siempre son tan centrados , mesurados y apegados a verdad q ayudan a normar criterio . Si de algo sirve reciba mi apoyo en esta arbitrariedad cometida contra Nexos

  4. Historias conversadas la leí el enero pasado en un hotel de constituyentes a pocos pasos de su casa, me gustó tanto como estas historias.
    Mi apoyo solidario en estos momentos aciagos. Nexos no se lo merece. Son las arbitrariedades de un anticuario intolerante.