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El narcisismo se entiende como un trastorno mental por el cual una persona tiene un sentido desmesurado de su propia importancia y capacidades, al tiempo de una necesidad profunda de ser admirado y reconocido por los demás.

La psicología dice que en todo narcisista se esconde alguien con una baja y frágil autoestima, que se manifiesta en ser muy vulnerable a la crítica más leve, en carecer de empatía con los demás y en establecer relaciones conflictivas.

Ilustración: Víctor Solís

Es común que una personalidad narcisista se sienta infeliz y decepcionada cuando no recibe la admiración que está seguro merece. Es también frecuente que esté insatisfecha con sus relaciones y no concibe que otras personas no gocen de su compañía.

El trastorno del narcisismo suele estar presente en ciertas figuras de la vida pública. ¿Cómo se comunican los políticos que adolecen de ese problema? Siempre buscan llamar la atención, no importa la forma en que lo hagan, para lograr que todo mundo hable de ellos. Cumple así su profunda necesidad de ser el centro y provocar la admiración. Gozan al contemplar su imagen en el espejo de los medios.

En “AMLO frente al espejo” (The New York Times, 14/06/20) el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka plantea que “todo narciso necesita de un espejo. Y no le bastan los cristales de los aduladores de turno, de sus voceros militantes, de sus apóstoles devotos y de sus hagiógrafos. Pide más. Necesita engancharse todo el tiempo con quienes no lo quieren para que la tensión con ellos sea permanente. De lado y lado, esta dinámica puede terminar siendo adictiva”.

Para él la semejanza que existe entre el presidente Hugo Chávez y el presidente Andrés Manuel López Obrador es que para estar en el centro de la discusión, necesidad de todo narcisista, los dos utilizan el recurso de la polarización. En su opinión ese paralelismo “encierra mayores peligros que cualquier otra comparación”.

Y sostiene que “más allá de todas las diferencias entre los dos países y los dos líderes, AMLO —al igual que Chávez— siente que no fue elegido para gobernar un país sino para cambiar su historia. Él es el fin y el comienzo de una nueva era. Y necesita sentir y hacer sentir esto a los demás a cada momento. Polariza para mantener la adrenalina de la sociedad en alto, para promover la esperanza pero —sobre todo— para enfatizar una amenaza, un peligro. Para que la 4T nunca deje de ser una emoción”.

La polarización es el instrumento privilegiado de los narcisistas Chávez y López Obrador. El escritor plantea que “la polarización política crea espejos y viven de ellos. Es una fórmula ideal para que la imagen del líder se reproduzca de manera permanente. Su presencia constante y protagónica es una eficaz forma de contagio. Genera procesos inflamables que distribuyen y propagan la irracionalidad. No importa en qué sentido vaya, si se está en contra o a favor. Lo único que importa es que no haya nada más en el debate. Solo el líder”.

En la comunicación de los políticos narcisistas, que siempre se sobrevaloran para cubrir su fragilidad, lo que debe estar presente son “solo sus palabras. Sus amenazas, sus provocaciones, sus chistes, sus confesiones. Lo que importa es que su historia sea lo único que haya que contar. Que su historia sea el relato de todos”.

El venezolano afirma que “Chávez utilizó conscientemente la polarización para comunicar y consolidar la certeza de que él era en el único eje del país. De manera deliberada, a través de un manejo hábil de los medios, logró personalizar el poder, reducir la dimensión de la política a la relación con su liderazgo. Su propio temperamento, su capacidad irritante, incluso su agresividad, fueron recursos útiles para cumplir este objetivo. Quienes lo rechazaban terminaron convirtiéndose en su eco, hablando permanentemente de él, reproduciendo la idea de que no había nada más, de que la vida pública y la historia nacional dependían totalmente de las palabras y de las acciones de Chávez”.

La comunicación del narcisista López Obrador, como la de Chávez, busca de cualquier forma ser el tema central de la discusión. Cada mañana de manera desesperada, no importa el tema, que en sí mismo es irrelevante, lo que busca es estar y verse en el espejo de los medios. Lo que busca es que se le admire en lo que él piensa son sus infinitas cualidades políticas y morales, por lo menos de parte de los suyos que con su reacción alimentan su narcisismo.

Barrera Tyszka añade que “tal vez ahora, más que buscar ansiosamente las similitudes entre AMLO y Hugo Chávez, México podría tratar de aprender de la experiencia de la democracia venezolana a la hora de enfrentar el populismo. Corresponder apasionadamente a las provocaciones polarizantes fue en Venezuela una forma de alimentar el narcisismo. Mucho más útil y eficaz habría sido la recuperación de la política original, el trabajo sobre espacios y relaciones de poder alternativos, la construcción de un movimiento ciudadano distinto, dedicado generar su propio poder a partir de luchas concretas y no del enganche emocional con el presidente”.

En la versión del venezolano el gran error de la oposición de su país fue seguir, sin darse cuenta, el juego de Chávez y yo añado que en ese juego también ha caído la oposición en México que solo reacciona a la agenda de López Obrador que en su narcisismo disfruta, le es una necesidad imperiosa, de ser el eje del debate. Quienes solo rechazan sus planteamientos, quieran o no, reproducen y difunden su ideas. No hay mayor afrenta y pérdida para un narcisista que no ser tomado en cuenta y reconocido por los demás. Entra, entonces, en una profunda depresión. Y es hora de dejar de lado al presidente y centrar la discusión en los verdaderos problemas del país y en la construcción de una gran fuerza nacional alternativa con propuestas concretas, para resolverlos.

 

Rubén Aguilar Valenzuela