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Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las cosas, ¿no hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado. El botero, sastre del vino que le hace de vestir. El mozo de mulas, gentilhombre del camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El verdugo se llama miembro de la justicia y el corchete, criado. El caballero, diestro; el ventero, huésped; la taberna, ermita; la putería, casa; las putas, damas; las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados. Amistad llaman al amancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia a la mentira, donaire a la malicia, descuido a la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo; al negro moreno, señor maestro al albardero y señor doctor al platicante. Así que, ni son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el hecho.

¡Pues unos nombres que hay generales! A toda pícara, señora hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero, señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo fraile motilón, o lo que fuere: reverencia y aun paternidad; a todo escribano, secretario.

Fuente: Francisco de Quevedo, “El mundo por dentro” (1627) en Obras completas. Tomo I. Prosa. Editorial Aguilar, Madrid, 1958.