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Vashti se encuentra autoaislada. Su nombre aparece en el Antiguo Testamento —una reina persa— pero aquí ella está reducida a “un bulto de carne envuelta” en su sillón mientras recibe una llamada de su hijo, Kuno, cuya cara aparece en una pantalla que ella sostiene en la mano. Esta pantalla es el portal de Vashti al mundo. A través de ella habla con amistades; da conferencias. “Desde tiempo atrás las reuniones públicas se habían abandonado; ni Vashti ni su público salían de sus cuartos. Sentada en su sillón ella hablaba, mientras los otros en sus sillones la oían, bastante bien, y la veían, bastante bien”. Vashti le reza a la máquina. Se ha criado en ella y le aterra dejar su aparato hexagonal. Cuando su hijo la convence de que tome una aeronave para que se vean en persona, mirar las nubes y el cielo le causa un espasmo de terror. Cuando tienen que viajar en estas naves, los pasajeros cierran los postigos de las ventanas para evitarse la vista inquietante del paisaje abierto. “La Máquina nos alimenta, nos da vestido y casa; mediante ella nos hablamos, nos vemos; en ella radica nuestro ser. La Máquina es la amiga de las ideas y la enemiga de la superstición; la Máquina es omnipotente, eterna; bendita sea la Máquina”, dice la alocución en la primera página del sagrado Libro de la Máquina. El peor castigo que puede infligírsele a alguien es la Ausencia de Hogar: estar desconectado de la Máquina.

Todo esto viene en el cuento “La Máquina se detiene” que E. M. Forster, en algo atípico de sus temas y estilo, escribió en 1909.

Fuente: TLS, 25 de mayo, 2020.