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“Aquí está, el más grande y más importante
de nuestros contemporáneos…
De tamaño completo se impone sobre
Europa y Asia, sobre el pasado y el presente.
Es el más famoso y sin embargo
el hombre menos conocido del mundo”.
Henri Barbuse, Stalin, 1935

Iósif Stalin era un ser humano. Coleccionaba relojes. Jugaba bolos y billar. Amaba la jardinería y los baños de vapor rusos. Tenía trajes y corbatas pero nunca los utilizaba; a diferencia de Lenin y, a diferencia de Bujárin, no le gustaban las camisas campesinas tradicionales o las chamarras negras de cuero. Se vestía con una túnica semimilitar gris o caqui, abrochada hasta arriba, junto con pantalones caqui que metía dentro de sus altas botas de cuero. No utilizaba portafolio, pero a veces llevaba documentos dentro de carpetas o envueltos en periódico. Le gustaban los lápices de colores —azul, rojo, verde— que producía la fábrica de Moscú de Sacco y Vanzetti (construida originalmente por la compañía estadunidense Armand Hammer). Tomaba agua mineral Borjomi, vino rojo Jvanchkará y vino blanco Tsinandali, todos provenientes de su país de origen, Georgia. Fumaba pipa y utilizaba el tabaco de los cigarrillos Flor de Herzegovina, los cuales desliaba e introducía en la pipa; normalmente eran dos. Mantenía su escritorio en orden. Sus dachas tenían tapetes encima de las alfombras, e intentaba caminar sólo sobre ellos. “Recuerdo que una vez tiró un poco de ceniza de su pipa sobre la alfombra”, recordó Artiom Serguéiev, quien durante un tiempo vivió en la casa de Stalin tras la muerte de su padre, “y él mismo con un cepillo y una navaja la recogió”.

Stalin era un apasionado de los libros, anotaba en ellos y los llenaba con papeles para encontrar pasajes. (Su biblioteca personal terminaría siendo de 20 000 volúmenes.) Hizo anotaciones en textos de Marx y Lenin, pero también en textos de Platón y del estratega alemán Clausewitz, así como en textos de Aleksandr Svechin, un exfuncionario zarista en quien Stalin nunca confió pero que demostró que la única constante en la guerra es la ausencia de constantes. “Stalin leía muchísimo”, apuntó Artiom. “Y siempre, cuando lo veíamos, preguntaba qué estaba leyendo y qué pensaba de lo que leía. En la entrada de su estudio, recuerdo, había una montaña de libros en el suelo”. Stalin recomendaba los clásicos —Gógol, Tolstói— y le decía a Artiom y Vasili que “durante la guerra habría muchas situaciones a las que nunca se habían enfrentado antes. Tendrían que tomar decisiones. Pero si leían mucho, encontrarían en su memoria las respuestas para conducirse a sí mismos y saber qué hacer. La literatura se los diría”. Entre los autores rusos, el favorito de Stalin probablemente era Chéjov, quien según él redondeaba a los villanos, no sólo a los héroes. Aunque, a juzgar por las referencias esparcidas entre sus escritos y sus discursos, Stalin pasaba más tiempo leyendo las belles-lettres de la época soviética. Sus notas al margen en lo que fuese que estuviera leyendo casi siempre eran irreverentes: “Basura”, “Tonto”, “Escoria”, “Vete a la mierda”, “¡Ja ja!”.

Su trato era tosco. Cuando, en abril de 1930, un alto funcionario económico dibujó una caricatura en tinta negra en la que el comisario de finanzas Nikolái Briujánov colgaba de su escroto, Stalin escribió junto a ella: “A los miembros del Politburó, por todos sus pecados actuales y futuros, Briujánov será colgado de los huevos, si los huevos aguantan, la corte lo declarará inocente; si los huevos no aguantan deberá ser ahogado en el río”. Pero Stalin cultivó una imagen de estadista, editaba sus chistes y lenguaje obsceno de las transcripciones de las reuniones oficiales que circulaban internamente. A veces gesticulaba en el aire con el dedo índice para hacer énfasis en sus discursos, pero normalmente evitaba el histrionismo. “Todos los gestos de Stalin eran calculados”, recordó Artiom. “Nunca gesticulaba de forma marcada”. Artiom también encontró que su padre adoptivo era reservado en cuanto a cumplidos se refiere. “Stalin nunca utilizó expresiones superlativas: maravilloso [chudesño], elegante [shikarno]. Decía ‘bien’ [joroshó]. Nunca pasaba de ahí. También podía decir ‘aceptable’ [goditsia]. ‘Bien’ era el mayor cumplido que podía salir de su boca”.

Stalin invocaba a Dios cotidianamente (“Dios no lo quiera”, “Que Dios nos perdone”), y se refería a los fariseos y otros personajes de la Biblia. En su ciudad natal de Gori había vivido frente a una catedral, ido a la escuela parroquial, cantado beatíficamente en el coro y pensado en convertirse en cura o monje; incluso consiguió entrar al seminario de Tiflis, donde rezaba entre nueve y diez veces al día y donde completó toda la carga académica salvo los exámenes del último año. Para entonces se había versado en la literatura prohibida, empezando por Victor Hugo, y evolucionando hacia Karl Marx, al grado de terminar detestando la religión organizada y de abandonar su religiosidad. Los rumores de que Stalin acudía a las misas durante la década de los treinta nunca se han podido comprobar. En sus notas en libros de Dostoyevski y Anatole France se mantuvo interesado en los temas de Dios, la Iglesia, la religión y la inmortalidad, pero la profundidad y naturaleza de su interés siguen siendo difíciles de medir. Sea como fuere, ya había abandonado las nociones cristianas del bien y el mal mucho tiempo atrás. Su brújula moral era el marxismo-leninismo.

Parece que tuvo pocas amantes, y nunca un harem. Su vida familiar no era particularmente feliz o infeliz. Su padre, Beso, se murió relativamente joven, algo común a principios del siglo XX; su madre, Keke, vivía sola en Tiflis. Su primera esposa, Ketevan “Kato” Svanidze, georgiana con la que se casó en 1906, murió en agonía de una enfermedad al año siguiente en Bakú. Se casó, por segunda vez, con Nadezhda Alliluyeva, una rusa mejor conocida como Nadia que nació en Tiflis en 1901 y también vivía en Bakú. Stalin la conocía desde que era una bebé. Se habían casado en 1918, cuando él oficialmente tenía 39 años (en realidad tenía 40). Ella trabajaba como su secretaria, después como una de las secretarias de Lenin, pero tenía mayores ambiciones. La pareja tenía dos niños saludables, Vasili (nacido en 1921) y Svetlana (nacida en 1926). También tuvo un hijo de su primer matrimonio, Yákov (nacido en 1907), a quien abandonó durante los primeros 14 años de su vida. Stalin evitó contacto alguno con sus familiares consanguíneos. Sí vivió entre sus parientes políticos —los múltiples hermanos y hermanas de Kato y Nadia, así como sus esposas y esposos— pero su interés en ellos disminuyó con el paso del tiempo. Su vida personal se subsumía a la política.

Ilustraciones: Izak Peón

 

Stalin era un comunista y un revolucionario. No era ningún Danton, el agitador francés que podía treparse a una tribuna y encender a la multitud (hasta que lo guillotinaron en 1794). Stalin hablaba suavemente, a veces era incluso difícil de escuchar por un defecto en sus cuerdas vocales. Tampoco era un tipo apuesto, como el aviador Italo Balbo (nacido en 1896), un squadrista de los camisas negras que llevaba un cigarrillo colgando de los labios y representaba el ideal fascista del “hombre nuevo” al liderar flotas de aviones en formación a través del Mediterráneo y después del Atlántico; al grado de que obtuvo reconocimiento internacional (hasta que murió en un choque causado por las armas antiaéreas de su propio país). Stalin palidecía cuando volaba y lo evitaba a toda costa. Le encantaba que le llamaran Koba, como el héroe de las leyendas georgianas y como el benefactor que financió toda su educación, pero un amigo de la niñez le puso Geza, una palabra del dialecto de Gori que describía la manera diferente de caminar que había desarrollado Stalin después de un accidente. Tenía que dar toda la vuelta con la cadera para poder dar un paso. Éste y otros defectos físicos le afectaban. Una vez, cerca de los baños medicinales de Matsesta, en el Cáucaso que tanto amaba, según su guardaespaldas Stalin encontró a un niño de alrededor de seis años, “le extendió la mano y le dijo ‘¿Cómo te llamas?’, ‘Valka’, respondió el niño con firmeza. ‘Bueno, mi nombre es Cicatrices de Viruela’, dijo Stalin. ‘Ahora ya nos conocemos’”.

Como la torcida columna del Ricardo III de Shakespeare, es tentador encontrar deformidades similares en las fuentes de la tiranía sangrienta: tormento, desprecio por uno mismo, furia interna, soberbia, una manía por la adulación. El niño de Matsesta era más o menos de la misma edad que tenía Stalin cuando contrajo la enfermedad cuyas cicatrices perpetuas portaba en su nariz, labio inferior, barbilla y mejillas. Sus cicatrices eran eliminadas de las fotografías públicas, y su torpe caminar escondido de la vista del público. (Filmarlo mientras caminaba estaba prohibido.) Quienes lo veían por primera vez observaban el desfiguramiento facial y el movimiento extraño, así como las señales de inseguridad. Le encantaban los chistes y las caricaturas, pero nunca sobre sí mismo. (Claro que Lenin, el supuestamente ultraconfiado, tampoco permitió que se imprimieran caricaturas, incluso amigables, sobre sí.) El sentido del humor de Stalin era perverso. Quienes se reunían con él se daban cuenta de que tenía un saludo débil y que no era tan alto como se veía en fotografías. (Medía 1.70, más o menos lo mismo que Napoleón, y tres centímetros menos que Hitler, quien medía 1.73.) A pesar de su sorpresa inicial —¿a poco éste es Stalin?—, quienes recién lo conocían no podían quitarle los ojos de encima, en especial de sus ojos tan expresivos. Más que eso, veían cómo cargaba una loza inmensa bajo una enorme presión. Stalin poseía las habilidades y el temple para gobernar un gran país, a diferencia de Ricardo III. Irradiaba carisma, el carisma del poder dictatorial.

La dictadura, después de la Gran Guerra, era entendida como la oferta de la trascendencia a lo mundano, un “estado de excepción”, en las palabras del futuro teólogo nazi Carl Schmitt. Para los teóricos soviéticos, también, la dictadura prometía un dinamismo político y la redención de la humanidad. En abril de 1929, Vladimir Maksimovski (nacido en 1887), quien conocía a Lenin y en alguna ocasión se había opuesto a él (respecto al tratado de Brest-Litovsk firmado con la Alemania imperial), y que había apoyado el derecho de Trotski a ser escuchado, dictó una conferencia sobre Nicolás Maquiavelo que publicó ese mismo año en la principal revista histórica marxista de la Unión Soviética. Maksimovski convirtió al florentino renacentista en el teórico de la “dictadura revolucionaria burguesa”, la cual el autor había definido como progresista en sus tiempos, en contraste con la dictadura reaccionaria de Mussolini. La interpretación recaía en la lucha de clases. Por lo tanto, la dictadura obrera de la Unión Soviética era progresista también. Maksimovski, siguiendo a Maquiavelo, concedía que la dictadura podía convertirse en tiranía, con un líder que persigue intereses puramente personales. Pero Maksimovski nunca se enfocó explícitamente en la cuestión sobre la personalidad de los dictadores, o en cómo el proceso de ejercer poder ilimitado afecta el carácter del gobernante. Algunos académicos posteriores han apuntado con razón que sólo un estado cuasipermanente de emergencia —habilitado por la ideología y práctica comunista— permitió que Stalin diera rienda suelta a su salvajismo. Pero lo que no se ha dicho es que la sociopatología de Stalin es, hasta cierto punto, una consecuencia de su experiencia como dictador.

La infancia de Stalin, con todo y sus enfermedades, fue más o menos normal; sus años como secretario general fueron todo lo contrario. Emergió de la década de los 20 como un gobernante de contradicciones aparentemente irreconciliables. Podía mostrar un rostro encendido de ira, visible en sus ojos amarillos; podía brillar con una sonrisa suave y amplia. Podía ser totalmente atento y encantador; podía ser capaz de nunca olvidar un desaire inconsecuente y buscar oportunidades de venganza a como diera lugar. Era inquebrantable y melancólico, de voz suave, y grosero. Estaba orgulloso de su capacidad lectora y de su habilidad para citar la sabiduría de Marx y Lenin; tenía resentimiento hacia los intelectuales sofisticados que según él se daban sus aires. Poseía una memoria fenomenal y una mente profunda; sus horizontes intelectuales estaban circunscritos severamente por teorías primitivas de lucha de clases y de imperialismo. Desarrolló un talento para interpretar las aspiraciones de las masas y las élites incipientes; casi nunca visitó fábricas o granjas, o incluso agencias del Estado; prefería leer sobre el país que gobernaba a través de los periódicos. Era cínico sobre lo que consideraba los motivos más básicos de la gente; respiraba y vivía ideales. Más que nada, su identidad principal era la de pupilo de Lenin, pero el presunto testamento de Lenin pedía que lo removieran del puesto, y la primera vez que apareció, en la primavera y el verano de 1923, el documento lo persiguió al grado de que provocó seis renuncias, ninguna aceptada, pero que lo dejaron sintiéndose asediado, resentido y vengativo.

La laboriosa creación de una dictadura personal dentro de la dictadura leninista combinó la fortuna —la inesperada y temprana muerte de Lenin— y la habilidad: había sido el quinto secretario del Partido, después de Yakóv Sverdlov (quien también murió prematuramente), Elena Stásova, Nikolai Krestinski, y Viacheslav Mólotov. Su autoconstrucción como el salvador de la causa y el país que era amenazado desde todos los lugares encajaba con los miedos de la Revolución Socialista y el renacimiento de Rusia como un gran poder amenazado en todos los frentes. El partido de Lenin, que se había hecho con el poder en el extinto Imperio ruso, se había envuelto en un “cerco capitalista”, una paranoia estructural alimentada por Stalin que al mismo tiempo alimentaba su paranoia personal. Pero esos sentimientos, cualesquiera que fuesen sus orígenes, se habían disparado en la acumulación y uso del poder sobre la vida y muerte de cientos de millones. Tales eran las paradojas del poder: mientras más cerca estaba el país de llegar al socialismo, más se notaba la desigualdad entre clases; mientras más poder detentaba Stalin, más poder necesitaba. El triunfo opacado por la traición se convirtió en la dinámica principal tanto de la revolución como de la vida de Stalin. Desde 1929, conforme crecía y crecía el poderío del Estado soviético y de la dictadura personal de Stalin, también aumentaba lo que estaba en juego. Su impulso para construir el socialismo sería exitoso y destructor, y reforzaría profundamente su talante hipersospechosista y vengativo. “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, escribió un historiador inglés en una carta privada, refiriéndose a la Inquisición y al papado. El poder absoluto también transforma absolutamente.

El comunismo era una idea, un palacio de ensueño cuya atracción derivaba de la aparente fusión entre la ciencia y la utopía. En la interpretación marxista, el capitalismo había generado una riqueza enorme al reemplazar al feudalismo, pero posteriormente se convirtió en un “grillete” que sólo promovía los intereses de la clase explotadora a expensas del resto de la humanidad. Pero una vez que se venciera al capitalismo, las “fuerzas de producción” se liberarían como nunca antes. No sólo eso, la explotación, el colonialismo, y la guerra imperialista darían pie a la solidaridad, la emancipación y la paz y también a la abundancia. El socialismo había sido difícil de imaginar de una manera concreta. Pero cualquier cosa que fuese, no sería capitalismo. En esa lógica, el socialismo se construiría erradicando la propiedad privada, el mercado y los parlamentos “burgueses”; en su lugar se establecerían la propiedad colectiva, la planeación socialista y el poder del pueblo (o sóviets). Obviamente los capitalistas no permitirían ser enterrados así como así. Darían una lucha hasta el último aliento en contra del socialismo y utilizarían cualquier medio —la destrucción, el espionaje, las mentiras— porque ésta era una guerra en la que sólo una clase saldría victoriosa. Los crímenes más terribles se convirtieron en un imperativo moral con el propósito de crear el paraíso terrenal.

La violencia en masa reclutó a legiones listas para luchar contra los enemigos implacables que se ubicaban del lado incorrecto de la historia. La supuesta ciencia del marxismo-leninismo y la construcción del socialismo en el mundo real, en el tránsito hacia el comunismo, ofrecía respuestas aparentes a las preguntas más importantes: por qué el mundo tenía tantos problemas (clase) y cómo podía mejorar (lucha de clases) con un papel para todos. Las vidas por demás insignificantes de las personas se habían vinculado para construir un mundo totalmente nuevo. Recolectar cereales a la fuerza u operar un torno era darle un golpe duro al imperialismo. En nada hacía daño que quienes participaban en esas acciones pudiesen obtener un beneficio personal: el idealismo y el oportunismo siempre se refuerzan mutuamente. La acumulación de resentimientos también ayudó a que esas aspiraciones se volviesen importantes. Poco menos de la mitad de la población de la Unión Soviética era menor a los 29 años, lo que le otorgaba al país uno de los perfiles demográficos más jóvenes del mundo, y la juventud tenía una atracción particular por la idea de convertirse en el centro de la lucha para construir el mañana hoy, para servir a una verdad superior. El uso del capitalismo como el antimundo ideal también ayuda a explicar por qué, a pesar de la improvisación, el socialismo construido bajo Stalin se incorporó en un “sistema” que podía ser fácilmente explicado con el marco de la Revolución de Octubre.

Stalin era la personificación de las altas miras del comunismo. Se podía construir un culto alrededor de él, ensalzándolo como vozhd, una palabra antigua que describía a alguien que había obtenido el liderazgo de un grupo de hombres a través de la habilidad de conseguir y repartir recompensas, pero que se había convertido en sinónimo de “líder supremo”, el equivalente ruso de duce o Führer. Al aclamar a Stalin, la gente también aclamaba a la causa y se consagraba como devota de él y de ella. Él se resistía al culto. Stalin se refería a sí mismo como mierda en comparación con Lenin. En la crónica en Pravda de su reunión con la delegación de una granja colectiva de la provincia de Odesa en noviembre de 1933, Stalin incluyó los nombres de Mijaíl Kalinin, Mólotov y Lázar Kaganóvich para simular un liderazgo colectivo. De manera similar, según Anastas Mikoyan, Stalin censuró a Kaganóvich al decirle “¿Qué es esto? ¿Por qué me elogias sólo a mí como si un hombre decidiera todo por sí solo?”. Es difícil decir si las objeciones de Stalin reflejaban una falsa modestia, una vergüenza genuina o su personalidad inescrutable, pero disfrutaba las ovaciones prolongadas. Mólotov recordaría que “al principio se resistía al culto a la personalidad, pero después le gustó un poco”.

 

Stalin también personificaba a la Unión multinacional. La Unión Soviética, como la Rusia imperial, era una extensión euroasiática que abarcaba dos continentes y no se sentía en casa en ninguno de ellos. Stalin era escéptico de que las nacionalidades se marchitasen en un futuro, a diferencia de muchos izquierdistas que adoraban la división de clases. La Nación, para él, era un hecho terco y una oportunidad, una manera de sobreponerse al retraso tan ampliamente percibido. Le preocupaba implantar un régimen de partido en Ucrania o Georgia, pero no tanto como la historia o la geopolítica de Rusia. Rusia se veía a sí misma como una potencia providencial decretada por Dios, con una misión especial en el mundo. El esplendor de sus cortes sobrepasaba al de cualquier otra monarquía, pero a pesar de toda su industrialización seguía siendo un imperio agrario montado en las espaldas de sus campesinos. Sus recursos nunca fueron tan grandes como sus ambiciones, una discrepancia junto con el hecho de que Rusia no tenía fronteras naturales. Esto había estimulado la conquista de tierras vecinas, antes de que pudiesen ser usadas como trampolín para una invasión. Con ello se creó una dinámica de expansionismo “defensivo”. Ésa era la Rusia que el georgiano había heredado, y a la que se encomendó por completo para crear la patria socialista.

Un ser humano, un comunista, un revolucionario, un dictador rodeado de enemigos en una dictadura rodeada de enemigos, el temible autor de una guerra de clases, la personificación de la causa comunista mundial y del Estado euroasiático multinacional, el feroz paladín del renacimiento ruso, Stalin hizo lo que los líderes más aclamados hacían: articulaba y perseguía un objetivo consistente, en este caso un Estado poderoso apoyado por una sociedad unificada que erradicaría al capitalismo y construiría el socialismo industrial. “Asesino” y “mendaz” son palabras que se quedan muy cortas para describir a esta persona. Al mismo tiempo, Stalin movilizó a millones. Su autoridad colosal se basaba en una facción dedicada, la cual forjó él mismo, un aparato formidable, que él construyó, y la ideología marxista-leninista, que ayudó a sintetizar. Pero su poder fue magnificado mucho más por la gente común y corriente, que proyectaba en él sus enormes ambiciones de justicia, paz y abundancia, así como de una grandeza nacional. Los dictadores que se hacen de un enorme poder a veces se obsesionan con proyectos muy particulares, y los persiguen de forma interminable, al grado de paralizar al Estado. Pero la fijación de Stalin era el gran poder socialista. Entre 1929 y 1936, construiría ese gran poder junto con un ejército de primer nivel. Stalin era un mito.

 

Stephen Kotkin
Historiador estadunidense. Profesor de la cátedra de historia John P. Birkelund Clase del 52 de la Universidad de Princeton.

Traducción de Esteban Illades.

Este texto es una traducción del prefacio del libro Stalin: Waiting for Hitler, 1929-1941, publicado por Penguin Books en 2018.

 

3 comentarios en “Stalin: a la altura del mito

  1. No está de más señalar que la izquierda mexicana es al día de hoy en buena medida stalinista y así seguirá; los tabajadores, administrativos y docentes, de las universidades públicas votaron masivamente por Obrador, y acaso hicieron lo mismo los estudiantes; no se olvide que el marxismo se volvió académico

  2. La izquierda mexicana es bàsicamente stalinista y voto masivamente por López Obrador; es una izquierda universitaria que sogue siendo mesiànica.