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En México experimentamos un síndrome parlamentario. Como se sabe, un síndrome es un conjunto de síntomas. A mi juicio, estos son tan obvios y cercanos a nuestra experiencia que en realidad no los percibimos; nos obnubila su cotidianidad y nos adormece la sintaxis de lo Mismo. Actuamos como si no estuvieran frente a nosotros, a la manera del paciente neurótico que repite un comportamiento, pensando cada vez que es algo nuevo. Es sin duda la figura del Presidente (la mítica, no la histórica) la que inhibe y desgañita a tiros y troyanos. Es la imagen del padre, ese que supuestamente dictó la ley, la que lanza nuestros actos reflejos a una desesperada y patética repetición. En términos prácticos, sin presidente no imaginamos la política, al menos no la que importa; desdeñosamente solemos llamar grilla a todo lo demás.

Pero algunos síntomas apuntan a otra cosa, o sería mejor decir hablan de otra cosa. Y si nadie se cura por completo, el paciente sabe cuál es su cura, o al menos la entrevé en las fisuras del alma. La nuestra es reconvertir el sistema político presidencialista en un régimen parlamentario, por lo pronto con las modulaciones del caso, pero siempre dirigido a un nuevo estadio de la vida pública. Esa intuición nos ha rondado al menos desde la década de 1990. Tengo para mí que algunos de los comportamientos de los actores y escenario de la política pública en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador señalan la intensificación de los síntomas y su dispersión. Se está generando una estructura de oportunidades en la cual los antaño fervientes defensores del régimen presidencialista (creo que una mayoría abrumadora de los que tienen voz pública, incluyendo los partidos políticos) estarían en condiciones de analizar el asunto y volver a pensarlo. 

Ilustración: Víctor Solís

Un doble fenómeno, novedoso: las pulsiones del presidente por comparecer, informar, defender, alegar, censurar, descalificar y un largo etcétera; y al mismo tiempo una aclimatación instantánea de las conferencias de prensa mañaneras en los modos informativos y en el debate público, como si tales conferencias fueran, en realidad, una institución. Solo tengo una conclusión (habrá muchas, sin duda): la sociedad mexicana está preparada para gobiernos en formatos en los cuales el argumento y el contraargumento sean insumos, piezas en el arte de persuadir, convencer y rectificar. Las palabras y los discursos importan, lo cual es una mala noticia para las manías gerenciales de las tecnocracias. Pero las palabras sirven no de la misma forma y con la misma eficacia. El contexto institucional es esencial. Se habla de una manera ante los medios; de otra ante los adversarios constituidos. En este plano López Obrador tiene muchos hábitos de primer ministro; el asunto es que no tiene parlamento. Los interlocutores del presidente son los medios. Por una serie de razones vinculadas a su economía política, los medios mexicanos están especialmente mal preparados para un cara a cara diario con el presidente; de todos modos, doctrinalmente, es una sinrazón. Los medios son intermediarios, formadores y gestores de la opinión pública, pero no actores políticos legítimos (aunque algunos se han convertido vicariamente en el estado mayor de la oposición, otro rasgo perturbador de los tiempos que corren). 

La oposición ha resentido profundamente la dinámica de la comparecencia sistemática y del soliloquio presidencial. Cuando la oposición habla no tiene a nadie enfrente o, en el mejor de los casos, tiene a sus iguales, a otros diputados y senadores, a otros líderes partidarios. La ilusión que ha edificado el presidente, esto es, que en sus comparecencias informa a la sociedad, al pueblo en su léxico, supone una ventaja extraordinaria sobre aquellos que deberían ser sus interlocutores. Con nombres distintos y reglamentadas de diversa manera, en los regímenes parlamentario existen lo que en resumen se llama sesiones de control, las que, dada la importancia de un tema, puede convertirse en un voto de  confianza. El jefe de gobierno comparece cada tanto tiempo (o en sesiones urgentes si la circunstancia lo amerita) ante los representantes populares, la nación constituida, e informa y debate sus políticas. Habrá, obviamente, una suerte de rutinización de ese acto, sobre todo cuando el partido en el gobierno tiene una cómoda mayoría. Pero mi punto es que el gobernante ha de encarar a sus opositores y ha de plantear asuntos y responder críticas e improperios. Es un gobernante activo, dicente, en la promoción y defensa de su programa y sus adversarios deben contar con los elementos de información y retóricos para dejar una marca en el diario de debates y en los medios. Ni siquiera los informes presenciales mexicanos de la época de la 3T se equipararon nunca a ese ejercicio, pues el presidente leía y se ausentaba de inmediato, al grado que las pocas interpelaciones al presidente (Porfirio Muñoz Ledo a Miguel de la Madrid en 1988) hicieron época.  

Si tenemos un presidente compareciente y una oposición que se consume en su afonía alguien debería empujar el carro de la historia para reunir todos los elementos disponibles y avanzar hacia una agenda que reconvierta el régimen presidencialista en uno parlamentario. Dicho así suena desmesurado, pero si reunimos los síntomas quizá surja lo que en realidad deseamos y no hemos querido nombrar. La ilusión de que el sistema es bueno pero el presidente no subyace en el llamamiento de 30 intelectuales públicos a formar una mayoría opositora. Es un acto ajustado al ejercicio de libertad política y, al mismo tiempo, una invocación a lo Mismo. No hay de otra con las reglas del juego actuales. Pero en un régimen parlamentario otra mayoría significaría otro gobierno; en el régimen vigente, un aquelarre intenso, pero quién sabe si un debilitamiento del presidente. Ya veremos, pero esa es otra historia, con ser la misma.

No sería una de las ironías menores de la historia mexicana que lo que se percibe como un renacimiento del presidente fuerte pudiera propiciar una reflexión en aras de modificar el régimen político. De seguro no todos los actores convergentes tendrían las mismas razones, pero lo que importa es iniciar la reflexión. Para los que creen que el sistema es bueno pero el presidente no debe ser atendible que un factor en principio imposible de controlar, el estilo personal, sea tan eficaz para suscitar tal alarma; como debe ser tema de preocupación que algunos controles en el ejercicio del gobierno se hayan transferido en los organismo autónomos, que con todos los méritos que se les atribuyen, no son una soberanía, generan sus clientelas y sus brokers, y son difícilmente atacables en sus resoluciones. Para el partido del presidente y sus seguidores más jóvenes ya debiera ser tema de reflexión los peligros implícitos en una conducción en la cual el gabinete presenta claroscuros y asimetrías, y el jefe de Estado se queda con los méritos, pero sobre todo con los errores y gazapos. La idea de que hay presidente pero no gobierno es perniciosa para cualquier continuidad imaginada.

La imagen del presidente de la República como garante de la libertad, la democracia y la seguridad de los mexicanos y sus bienes es compatible (y yo diría, complementaria) con la separación constitucional de sus tareas cotidianas, regulares de gobierno. Necesitamos un jefe de Estado y un jefe de gobierno. Necesitamos dos liderazgos con distinto ritmo y sensibilidad. De una parte, necesitamos al garante de la soberanía y la constitucionalidad, pero desafanado del gobierno. De la otra, necesitamos que el gobierno rinda cuentas directas, de corto plazo, ante la representación política, ante la nación constituida en el congreso; requerimos de gobiernos surgidos del ánimo público (gobiernos de opinión, como decía Víctor Hugo), tal como lo representa un congreso luego de una elección equitativa. De hecho, ya lo sabemos, el presidente perfecto no llegará; esa petición de principio va contra la definición misma de democracia. Lo dable, lo alcanzable, la suma de nuestra madurez es escindir la figura del presidente (esa que un día añoramos y otro nos aterroriza) para poder imaginar nuestra ciudadanía política en otros términos. Escuchemos, observemos los síntomas; la cura nos acecha.     

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.