Desde Nueva York

“Nunca dejaron de trabajar”, dice el cónsul general de México en Nueva York, Jorge Islas. Por eso murieron estos mexicanos, explica, porque no tuvieron otra opción más que seguir trabajando pese a la pandemia. Tenían que mantenerse ellos mismos y a sus familias en México. “Muchos eran señores de 60 años o más”, dice Islas, con una mascarilla cubriéndole medio rostro. Lo rodeamos los periodistas. “Muchos murieron solos en Estados Unidos”, precisa. “Por eso regresan a México”. Lo que ese sábado 11 de julio regresaría a México serían las cenizas de 245 mexicanos muertos en Estados Unidos infectados por covid-19. Muchos murieron como llegaron a este país, solos. Es común, que migrantes sin documentos transcurran años o décadas viviendo en cuartos rentados o hacinados en departamentos, sin familia, sin pareja. Viven para trabajar. Como cenizas, esos mexicanos eran despedidos en la Catedral de San Patricio de Nueva York. El arzobispo Timothy Dolan ofició la ceremonia en que se escuchó una canción de mariachi. ¿Un mensaje para las familias de estos migrantes en México? “Nunca los olvidaron, los migrantes nunca se olvidaron de ustedes”, responde Dolan, en inglés, a las cámaras de los canales hispanos que ese sábado trasmitirán la noticia de la despedida.

Tres días antes, en su visita a Washington DC, el presidente Andrés Manuel López Obrador sí se olvidó de los migrantes. Evitó mencionar a los casi 1000 mexicanos muertos por la pandemia en Estados Unidos, o a los 245 cuyas cenizas serían trasladadas a México. Rechazó también reunirse con representantes de los 11 millones de mexicanos que vivimos en Estados Unidos, que suman 38 millones, según sus cálculos, cuando se consideran aquellos que se identifican por su ascendencia como mexicanos. López Obrador apenas los mencionó en sus dos discursos en la Casa Blanca. El 8 de julio, los describió como “gente buena y trabajadora que vino a ganarse la vida de manera honrada”. Esa breve alusión anuló a los migrantes como sujetos con derechos. Para el presidente, los migrantes eran sólo trabajadores, igual que como siempre han sido para Estados Unidos: mano de obra.

“Desde los tiempos de la esclavitud”, escribió el sociólogo estadunidense Douglas Massey, “nunca tantos residentes en Estados Unidos habían carecido de los derechos sociales, económicos y humanos más básicos” como los migrantes indocumentados.1 Al menos cinco millones de mexicanos viven en Estados Unidos en esas condiciones, sin los derechos más básicos. López Obrador, con su gira, con su breve mención y sus numerosas omisiones, contribuyó a normalizar esta explotación. Expresó a su homólogo: trabajan más los mexicanos y no delinquen. A los migrantes, indirectamente, informó: ningún estado abogará por sus derechos, ningún presidente. Sólo muertos, sólo como cenizas, si acaso, les tocaremos mariachi. Sólo muertos les haremos una ceremonia en San Patricio.

Ilustración: Víctor Solís

“Trump ha cambiado completamente su discurso” respecto de los migrantes mexicanos, declaró López Obrador en una entrevista al canal Telemundo. En efecto, Trump había evitado calificar nuevamente a los migrantes mexicanos como violadores; suprimió esa palabra. En Oklahoma, el 20 de junio, el presidente estadunidense había contado una hipotética anécdota en defensa de las brutales fuerzas policiales de Estados Unidos: imaginen que un “very tough hombre” (un hombre muy duro) se introduce por la ventana de una joven cuyo esposo se ha ido y no hay oficiales armados a quién acudir. López Obrador viajó a Estados Unidos para agradecer a ese individuo, a quien ante sus electores revivió el estereotipo del latino criminal, del inmigrante mexicano violador. “Por eso estoy aquí”, dijo López Obrador en la Casa Blanca, “para expresar al pueblo de Estados Unidos que su presidente se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto”.

Para los mexicanos en Estados Unidos, el horror de la gira de López Obrador no fue su absurda pretensión de que Trump había cambiado su percepción sobre nosotros sino comprobar que ambos mandatarios conciben de forma similar a los migrantes, en especial a los indocumentados: como combustible para la maquinaria. Para López Obrador, los mexicanos en Estados Unidos merecen una mención especial sólo cuando resalta que envían cada año cifras récord de remesas, que en 2019 ascendieron a 36 000 millones de dólares. “Héroes vivientes” los llama entonces; su homenaje a quienes mantiene políticamente invisibles, enmudecidos.

Desde el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, las remesas son el principal ingreso de México, más que petróleo, turismo o inversión extranjera directa. Pese a la pandemia, esos recursos de los mexicanos en el extranjero aumentaron 10.4 % entre enero y mayo respecto del mismo periodo de 2019. Los migrantes han redoblado el compromiso con sus familias en México, pese a que Estados Unidos es el país con el mayor número de decesos por covid-19 en el mundo, pese a que los latinos han sido los más afectados, lo que más han muerto. Desde esa perspectiva, sí, héroes vivientes. Ellos inyectan a México el capital que el gobierno no ha invertido para controlar los contagios por covid-19. Hasta junio, México había incrementado su gasto fiscal para combatir la pandemia en 1.1 % respecto del Producto Interno Bruto (PIB); el promedio para América Latina y el Caribe era de 3.2 %. El gobierno de López Obrador ha impuesto la austeridad como virtud respecto del gasto público.

Por esa austeridad, las cenizas de los migrantes mexicanos estuvieron a punto de no ser trasladadas a México. La Dirección de Bienes Inmuebles y Recursos Materiales de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) informó en junio de un recorte de 75 % al presupuesto de las sedes diplomáticas. No se sufragaría más el traslado de restos de los mexicanos fallecidos en el exterior. Las críticas fueron inmediatas. Ese mismo día, la SRE reculó; autorizó un presupuesto especial de 325 millones de pesos para el traslado de cenizas. Hubiera parecido insensible suspender una práctica consular humanitaria en medio de una pandemia. Hubiera empañado la gira de López Obrador. El plan, no obstante, ha sido eliminar ese gasto.

Dos meses después de iniciado el sexenio, en febrero de 2019, fue celebrada en Nueva York la IX Asamblea de Comités de Morena. El diputado Gerardo Fernández Noroña, del Partido del Trabajo, aunque según sus palabras identificado plenamente con Morena, delineó las directrices del nuevo gobierno respecto de la diáspora mexicana. Recomendó a los migrantes: “si sienten que se andan muriendo, cabrones, pues váyanse a México y allá se mueren”. Añadió: “si quieren regresar a México en cadáver pues dejen su pinche ahorro para que los lleven en cadáver a México”.

Tras la ceremonia de despedida en la Catedral de San Patricio, caminé sobre la Quinta Avenida hacia la Torre Trump. Días antes, mientras López Obrador se despedía de su homólogo en Washington DC, activistas habían demarcado sobre el pavimento una obra de arte frente al edificio de cristales oscuros del presidente: Black Lives Matter (las vidas negras importan) se leía en enormes letras amarillas. Le recordaban a Trump el terrible racismo y discriminación histórica contra los afroamericanos en Estados Unidos. ¿Quién enunciará un eslogan similar por los indocumentados? Al margen de sus cenizas y sus remesas, ¿quién diría que sus vidas importan?

Neoliberalismo

Yo vi a López Obrador cuando estuvo en Nueva York. Percibí la emoción de la gente que abarrotó el auditorio de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en la calle 14 de Manhattan, con un aforo para unas 300 personas. “Ustedes, como muchos otros compatriotas han sido víctimas de las llamadas políticas neoliberales que se vienen imponiendo en nuestro país desde hace más de 30 años”, dijo. “Y que han empobrecido a nuestro pueblo para satisfacer a una pequeña minoría rapaz dedicada al saqueo y la corrupción”. Apenas dos meses antes, el presidente Donald Trump había asumido la presidencia, y ese 13 de marzo de 2017 López Obrador había acudido a Nueva York a ofrecer a los migrantes un mensaje de solidaridad. Y un diagnóstico preciso: “la migración es la prueba más clara y dolorosa del carácter excluyente del modelo neoliberal”.

El entonces candidato no sólo ofreció un discurso de solidaridad. Entregaría una queja ante la Oficina en Nueva York del alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, así como ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington DC, por “la campaña de odio contra mexicanos y por las órdenes para iniciar la construcción del muro en la frontera y endurecer la persecución de migrantes de diversas nacionalidades”. Afirmó en la parroquia: “por encima incluso de las fronteras nacionales están la justicia y la fraternidad universal”.

El acto era mayúsculo. El líder de la izquierda mexicana, un hombre austero que había competido en dos elecciones anteriores contra el estado, que había puesto a los pobres como prioridad en sus campañas, criticaba al líder de un imperio empeñado en destruir el mundo por el beneficio a corto plazo de las elites blancas. López Obrador se erigió en un vector global de moralidad, en el representante de un proyecto en que los marginados, los migrantes indocumentados, serían considerados. Como izquierdista, ¿cómo no votar una tercera vez por ese hombre? ¿Cómo no admirar al estadista que detectaba en las políticas neoliberales (de falsos libres mercados, privatizaciones, contracción del estado y credo de la responsabilidad individual) muchas de las causas del empobrecimiento de los mexicanos, la migración masiva, el enriquecimiento de una elite empresarial que a nadie rendía cuentas?

Tres años más tarde, en julio de 2020, López Obrador fue el reverso de aquel candidato, de aquella promesa, de la esperanza intensísima que generó ante la angustia que supuso, para los migrantes, el triunfo electoral de Trump. En 2020, López Obrador vino a ofrecer a un imperio en declive, posindustrial, las maquilas mexicanas. Vino a reiterar el modelo nacional de desarrollo, que atrae inversión mediante salarios miserables y toleradas violaciones de los derechos laborales. Estados Unidos, una economía en acelerada desindustrialización, no requiere sin embargo de maquilas adicionales. Sólo ocho % de las exportaciones mundiales de productos manufacturados son estadunidenses; los servicios representan el 77 % de su PIB. López Obrador acudió a Estados Unidos para atar a México a ese naufragio. Para las maquilas mexicanas, los años dorados —dicho con ironía— son cosa del pasado. Sólo queda a México el yugo neocolonial del nuevo TLCAN, el T-MEC.

En un libro en que describe cómo el TLCAN alteró de manera fundamental la dieta de los mexicanos, devastando su salud, la antropóloga neoyorquina Alyshia Gálvez calificó el tratado como el más reciente ejemplo de “una relación neocolonial entre Estados Unidos y México”.2 Para ensalzar esa relación acudió López Obrador a Estados Unidos. “Usted no ha pretendido tratarnos como colonia”, dijo López Obrador ante Trump. Él mismo había asumido para México esa posición pública. Por gusto, López Obrador había acudido a Washington DC a lamer la yunta neocolonial.

El mensaje de López Obrador, si se toma su gira completa como un mensaje, no sólo fue de desdén a los marginados sino de alianza con empresarios rapaces, tóxicos. ¿Qué aportaba a su comitiva el financiero Carlos Bremer, coanfitrión del programa de televisión Shark Tank? Media docena de participantes en ese programa me contaron que Bremer los había defraudado. ¿Qué inversión en Estados Unidos anunciaría ese presunto embaucador? ¿En que invertiría otra participante de ese programa, Patricia Armendáriz? López Obrador se rodeó además de dos de los empresarios que crecieron al amparo del corrupto poder neoliberal: Carlos Slim y Ricardo Salinas Pliego. En su influyente informe sobre la desigualdad de ingresos, el ahora subgobernador del Banco de México, el economista Gerardo Esquivel, escribió para el organismo civil Oxfam que Slim y Salinas Pliego (así como los empresarios mineros Germán Larrea y Alberto Bailleres) “han capturado al estado mexicano, sea por falta de regulación o por un exceso de privilegios fiscales”. Añadió: “uno de los grandes problemas reside en que nuestra política fiscal favorece a quien más tiene”. Esa política fiscal no ha cambiado un ápice durante el gobierno de López Obrador.

Aquella visita de López Obrador en 2017 a la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe terminó con sobresaltos. No todos en ese recinto creímos al candidato, no todos lo escuchábamos ilusionados. Ricardo Flores Zapata, un trabajador de la construcción afiliado con el movimiento neozapatista, interrumpió el discurso. Acompañado por una mujer identificada como Erika, mostró una fotografía de López Obrador al lado del alcalde de Iguala, José Luis Abarca, señalado como corresponsable por la desaparición en 2014 de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Mostró además fotografías de López Obrador con el exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, identificado con políticas policiales represivas y, más tarde, abogado de Trump. López Obrador concluyó su discurso para evitar una confrontación.

En México, en julio del 2020 el caso de los estudiantes desaparecidos en Iguala registró un avance importante. Terminó por desplomarse la mentirosa versión sostenida por el gobierno de Peña Nieto. La crítica de Flores Zapata, sin embargo, apuntaba a una más amplia decepción, según me dijo más tarde. López Obrador era “más de lo mismo”, el rostro populista de un sistema que siempre había defraudado a los pobres, a los migrantes, a los indígenas, que siempre había utilizado la esperanza de los desposeídos para ganar elecciones. Para olvidarlos después.

Sin estado

En abril de 2019, el Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME), la dependencia que vincula al estado mexicano con su diáspora, organizó una serie de foros para recoger propuestas de la comunidad migrante a fin de plasmarlas en el Plan Nacional de Desarrollo (PND). Por unos instantes, en el foro de Nueva York, se creó la impresión de que se refundaba en efecto el estado, de que el trato de las instituciones a los migrantes cambiaría de manera fundamental.

El foro se dividió en tres mesas de diálogo. A la mesa que acudí, se concedía a los participantes dos minutos para manifestar sus inquietudes. Los participantes, la mayoría indígenas que acudían incluso desde Albany, a cinco horas de Manhattan, exponían necesidades concretas: capacitación para abrir micronegocios, clases de español para triquis monolingües o ayuda para que hombres sin documentos, desahuciados, pudieran retornar a México. “Pero, ¿cuál es tu propuesta?”, los interrumpía el representante de esa mesa de diálogo. La intención, parecía, era que los migrantes ofrecieran una solución a sus problemas, relacionados con el abandono institucional en dos países, mediante estrategias que no implicaran gastos. La lógica de la austeridad se imponía pese a que uno de los panelistas, Arturo Osorio, académico de la Universidad de Rutgers, ofreció una estadística sorprendente: por cada dólar que se envía de México a los migrantes en Estados Unidos, 16 dólares regresan a México para cubrir necesidades de salud, educación y solventar deudas familiares.

El foro volvió a terminar en escándalo. Durante las conclusiones, la activista cuicateca, también vinculada al neozapatismo, Tadii Nandalii Angeles, se quejó de que el gobierno federal no apoyara a los mexicanos deportados por Trump. Una compañera suya reclamó que no hubiera consultas indígenas para la realización del Tren Maya. Los reclamos, a un gobierno que emprendía un esfuerzo histórico en el exterior, parecían injustos. Hablaban ellas, sin embargo, por aquellos que siempre habían carecido de presencia política y derechos civiles en México y Estados Unidos. En Nueva York, antropólogos y académicos3 han documentado que más de la mitad de los migrantes mexicanos son indígenas, principalmente de la región Mixteca, expulsados por la pobreza y, de manera mas reciente, por la violencia del narcotráfico.4 A ellos, el nuevo gobierno, con su foro, también los decepcionaría.

Presentado el 1 de mayo de 2019, el Plan Nacional de Desarrollo carecía de cualquiera de las propuestas del foro. El ejercicio histórico había sido en vano. El documento exhibía el desinterés del nuevo gobierno por crear alianzas con los “38 millones de mexicanos” que radican en Estados Unidos, pese a que constituyen una población mayor a la de Canadá (37.5 millones).

En su equipo de cortesanos para su gira de 2020, López Obrador siguió reflejando ese desdén; ni siquiera incluyó empresarios mexicoestadunidenses con inversiones en Estados Unidos y experiencia de inversión en México.

A los migrantes los han anulado también como sujetos políticos. Ni López Obrador ni su partido, Morena, han facilitado la representación migrante en el Congreso. A diferencia de México, que luego de India tiene la segunda mayor diáspora en el mundo, 12 países cuentan con legisladores migrantes (Colombia, Panamá, Francia e Italia, entre otros). Una acción afirmativa que obligaría a partidos a postular diputados migrantes está estancada desde hace meses en el Instituto Nacional Electoral (INE). La propuesta implicaría, en el mejor de los casos, 10 migrantes entre 500 diputados, apenas una representación simbólica. Esa mínima concesión ha sido bloqueada pese a que la Constitución otorga a todos los mexicanos, sin importar su lugar de residencia, el derecho de votar y ser votados. Diputados migrantes podrían, al menos, emitir posicionamientos sobre sucesos que afectaran a los mexicanos en el exterior. En el Congreso de la Ciudad de México, mientras tanto, Morena refrendó en junio la decisión de la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, para derogar las diputaciones migrantes.

Tras 18 meses, resulta claro que el gobierno de López Obrador prescindirá de los migrantes como interlocutores legítimos. No siempre había sido así. En un principio, en la efervescencia de un movimiento que culminó con su inobjetable triunfo electoral, estuvieron los anhelos. En la celebración del año nuevo 2017, conocí a Roberto Valdovinos, quien dos años más tarde sería nombrado director del IME (Instituto de los Mexicanos en el Exterior). Me pareció un buen tipo. En sus estudios de doctorado en la Universidad de Columbia, investigaba la historia del tiempo, sustentándose en el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Más tarde, por su labor como promotor del voto en el extranjero, lo entrevisté para la revista Forbes. “Al excluir a los migrantes del sistema político en México, los dejas en la inexistencia total”, dijo. “Aquí en Estados Unidos son perseguidos y allá son invisibles. Entonces, ¿qué son los migrantes? ¿A qué pueden decir que pertenecen?” Años más tarde, Valdovinos sería destituido de la dirección del INE tras ser acusado de acoso laboral. Su destitución sucedió un año después de que organizara los fallidos foros en Estados Unidos. Entonces, para marzo de 2020, los sueños de cambios estructurales en la relación del gobierno con los migrantes parecían extraviados.

Mientras López Obrador partía de regreso a México tras visitar a Trump, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza anunciaba que la cantidad de migrantes arrestados en la frontera sur había aumentado 40 % en junio respecto del mes anterior. El 80 % eran “adultos mexicanos solteros”; la migración masiva se había reanudado desde México. Esos eran los hombres solos de los que habló el cónsul general Islas en la Catedral de San Patricio.

Si suponemos que, tal como revela el monto de las remesas, el mejor producto de exportación de México son sus masas empobrecidas, desesperadas, la noticia no era enteramente negativa. Los migrantes que lograran cruzar la frontera estadunidense implicarían para el estado menos personas con las que lidiar. Significarían recursos adicionales, de individuos a los que México no concede ningún reconocimiento político. Significaría convertir a hijos, padres y hermanos en “héroes vivientes”, en trabajadores que el presidente López Obrador jamás escucharía.

Serán ellos, los hombres solos que ahora huyen de la miseria, que arriesgan sus vidas para cruzar el desierto o saltar muros o vadear el Río Bravo, los insumos de la maquinaria. Serán ellos, nosotros, esos hombres solos, los que regresaremos en el futuro como puras cenizas, quemados, triturados, borrados. La diferencia es que en el futuro, el estado de la austeridad probablemente ni siquiera pagará por trasladar nuestros restos. Es posible que ni siquiera, con una canción de mariachi, nos ofrezcan una despedida.

 

Maurizio Guerrero
Autor de Avísenle que sigo en Tenochtitlan (Nitro Press).


1 Douglas S. Massey, “America’s Immigration Policy Fiasco: Learning from Past Mistakes,” en Dædalus 142, no. 3 (summer 2013).

2 Gálvez, Alyshia, Eating NAFTA Trade, Food Policies, and the Destruction of Mexico. University of California Press. 2018.

3 Smith, Robert, Mexican New York: Transnational Lives of New Immigrants. University of California Press, 2006.

4 Hernández Corchado, Rodolfo Alejandro, “From the Montaña to the City: A History of Proletarianization of Mixteco Indigenous from Guerrero, Mexico in New York City” in Springer Science+Business Media B.V., 2018.

 

2 comentarios en “Crónica desde el abandono, o de cómo AMLO nos entregó a los migrantes ante Trump

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