En el microuniverso de una embajada de México en el extranjero también existe la discriminación de género que prevalece en otros centros de trabajo. Una exempleada de una de esas legiones relata aquí cómo, desde su papel de “enemiga interna”, pudo observar las dinámicas estructurales del sexismo institucional.

No habían pasado ni tres horas de mi primer día de trabajo cuando me di cuenta de que en ese lugar no estaba segura. Después del recorrido de bienvenida, una joven mexicana que hacía sus prácticas profesionales se acercó a mi oficina para decirme en voz baja, de esa forma tan singular que tenemos las mujeres para protegernos entre nosotras, que me anduviera con cuidado porque dos de los jefes que teníamos seguramente intentarían tocarme. Un par de días después me enteré de que en el último año habían renunciado siete personas y que todas ellas habían sido mujeres. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que estos dos detalles estaban relacionados.

En los últimos diez meses trabajé en una embajada de México en Europa.  No dejo constancia escrita de la localidad exacta de esta oficina por razones de seguridad. Esta pieza es un registro personal que no pretende ser una denuncia factual; aquí señalo ciertas prácticas sociales y laborales inadmisibles de las que fui testigo, lo cual tiene el potencial de herir susceptibilidades y de ponerme en perjuicio. Estoy consciente de que mi experiencia no es una realidad para todas las oficinas de la cancillería y que, en su gran mayoría, estos espacios están compuestos por funcionarios profesionales y comprometidos con el apoyo a la comunidad mexicana en el exterior. Sin embargo, yo llegué a una oficina que tiene mala reputación ignorándolo yesta experiencia permanecerá en mi memoria como una de las decepciones más grandes de mi incipiente trayectoria profesional.

Las embajadas de México son oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) ubicadas en el exterior que funcionan como representaciones del gobierno y de la población mexicana. Tienen tres funciones principales: atender la relación bilateral de México en el país donde se encuentran, dar protección y asistencia consular a mexicanos en el extranjero, y defender los intereses del país en la arena global. Actualmente nuestro gobierno cuenta con ochenta embajadas y con sesenta y siete consulados. Estos últimos son diferentes de las embajadas en tanto que su función principal es la protección, documentación y atención a mexicanos, así como el desarrollo de vínculos con autoridades locales para este fin. De forma interna, la fuerza laboral tanto de embajadas como consulados se divide en dos categorías: el personal de Servicio Exterior Mexicano (los jefes) y personal local (los empleados). El personal del SEM está compuesto por lo que comúnmente conocemos como diplomáticos, mientras que el personal local son personas (tanto nacionales como extranjeras) que llegan a las embajadas y a los consulados buscando un trabajo estable, estimulante y (para qué decir que no) prestigioso.

Ilustración: Kathia Recio

Llegué a la embajada de México en cuestión a pedir trabajo como personal local una vez que terminé un programa de maestría en Europa. Mi intención era quedarme un año más en el extranjero, disfrutar a mis amigos y de la ciudad, y ahorrar un poco de dinero para mis planes futuros. ¿Qué podía salir mal? El día de mi entrevista fui clara y honesta: solicité trabajo por un año, o menos. Me pareció que sería inútil y contraproducente actuar como si quisiera trabajar ahí por más tiempo. Yo no lo sabía, pero esta acción me daría una ventaja importante sobre las estrategias internas de coerción, ya que cuando inevitablemente se develaron los abusos internos de poder yo, a diferencia del resto de los empleados locales, no temía perder el trabajo. Al contrario, anhelaba el momento de dejarlo, pues eso indicaría el comienzo de mi siguiente etapa profesional. Ahora bien, es inútil conducirnos como si este razonamiento no tuviera origen en mi privilegio de clase. Quiero dejar claro que estoy consciente de que esta postura es un lujo y que yo, como cualquier persona, también estoy determinada y actúo conforme a la intersección de las categorías de la diferencia que me definen y me posicionan en la sociedad. En este caso las coordenadas más relevantes son que soy una mujer (desventaja) blanca (privilegio) de clase media (privilegio).

En México, y particularmente en el tema que compete a esta pieza, las diferencias, así como los privilegios son primordiales para comprender las directivas que guían a quienes señalan, sentencian y denuncian los abusos y las injusticias en nuestra sociedad. De ahí que el hecho de que yo no temiera perder el trabajo sea un indicador indiscutible de mi posición social. Sin embargo, es justamente esta postura privilegiada la que me exhorta a alzar la voz sobre el funcionamiento institucional de la SRE, privilegio del que gozamos pocos. Durante los meses que trabajé en la embajada escuché una infinidad de veces que la razón por la cual nadie decía nada era por miedo a perder el trabajo ya que a pesar de que dentro de la SRE existen sistemas de denuncia, estos son recientes y aún no sabemos si son del todo confiables. Desafortunadamente, nada ni nadie garantiza al denunciante su anonimato. Revelar las condiciones precarias de trabajo lo puede perjudicar seriamente y empeorar los abusos internos hasta que se resuelvan las denuncias o incluso pueden despedirlo. Alzar la voz no es poca cosa y en esta economía es mejor tener un mal trabajo a no tener trabajo.

Retomo el hilo, la suma de un trabajo solicitado por menos de un año y mi posicionamiento interseccional me configuró dentro de la institución como lo que yo denomino una “enemiga interna”. (Es fundamental recalcar que la categorización de mis coordenadas personales no es la única forma por medio de la cual se configuran enemigas internas, ni tampoco debería serlo). Una enemiga interna es una figura social y política. Como tal, puede replicarse en cualquier institución, pública, privada o comunitaria. Caracterizada por su desventaja como mujer en la sociedad, es capaz de percibir con gran facilidad la reproducción de los mecanismos de poder que excluyen a su género. Su llegada a un nuevo espacio revuelve las aguas ya que su cuestionamiento sobre las prácticas sexistas y excluyentes levantan sospechas y generan ansiedad.

¿No sabes qué es una enemiga interna ni cómo detectarla? Estas cinco preguntas que pueden guiarte:

1. ¿Es una mujer?
2. ¿Dirías que ella piensa que es “fuerte”?
3. ¿Te genera ansiedad su presencia?
4. ¿Cambiaste tu comportamiento con otras mujeres cuando ella llegó porque éste dejó de sentirse apropiado?
5. ¿Parece ser feminista?

Si respondiste que sí al menos a dos de estas preguntas, tus sospechas son ciertas: tu territorio ha sido infiltrado.

Me di cuenta de que era la enemiga interna cuando empezaron a tratarme como tal. Las primeras señales tenían que ver con la mirada. Uno de mis jefes dejó de verme a los ojos y otro hacía todo lo posible para no cruzarse conmigo. Si evitaban verme, evitaban ver también sus propios reflejos. Al mismo tiempo, casi como si estuvieran coordinadas, comencé a escuchar historias que me inquietaron, similares a la que escuché en mis primeros días. Fue entonces cuando decidí encarnar al máximo la figura de la enemiga interna y comencé a llevar un diario de campo donde pude registrar las cosas que sucedían a mi alrededor, así como mis impresiones personales. Para no levantar sospechas, mi diario de campo era el mismo donde tenía anotados los pendientes y otras cosas normales del trabajo. Mi cuaderno tamaño carta de cuadrícula pequeña se convirtió en mi arma. De este proceso de observación participativa surgieron dos temas principales, brevemente explicados a continuación.

Primero: el sexismo institucional. El mundo de la diplomacia mexicana, como el mundo en general, está regido por hombres. Es común que las oficinas tengan un número variable de miembros del SEM de género masculino y que el personal local, que funciona como personal de asistencia, sea mayoritariamente femenino. Cada mañana, al abrir la puerta para entrar a la embajada de México, en realidad abría la puerta al pasado. Todo a mi alrededor, mis años de entrenamiento feminista, así como mis posturas políticas se veían inmediatamente camufladas por una puesta en escena tan bien hecha como la serie de televisión Mad Men. Mis cuatro superiores, todos ellos miembros del SEM y cada uno con más poder que el anterior, eran hombres y la única mujer diplomática en la oficina continuamente era objeto de humillaciones graves y de acusaciones no fundamentadas. Un día, en eso que en el lenguaje de una oficina se denomina como Radio Pasillo escuché que en la embajada prevalecía una regla no escrita: “aquí sólo se contratan niñas bonitas”. Además, al menos dos practicantes mujeres me contaron que fueron invitadas a eventos no oficiales a los cuales se les solicitaba explícitamente que asistieran sin acompañante masculino y en donde el consumo de alcohol y el traje de baño eran altamente recomendados. (No olvidemos que, para las jerarquías arcaicas de nuestro sistema, las invitaciones son obligatorias). Eso sí, el 25 de cada mes se hacía de lado la misoginia y el sexismo para subir a redes una foto conmemorando el Día Naranja, una iniciativa de la ONU para poner fin a la violencia contra las mujeres. En ese lugar en el cual vivía a diario la discriminación por mi género me obligaban cada mes a posar para un retrato que demostraba lo contrario dientes para afuera. Es difícil pensar en un ejemplo más burdo e insultante.

Segundo: la cultura laboral mexicana. Los mecanismos que ponen en funcionamiento esta despiadada maquinaria no desaparecen sólo porque estas oficinas de gobierno están en el extranjero. Cualquier persona que trabaje en México sabe que en los empleos continuamente se busca manipular la temporalidad a beneficio del empleo mismo. Es decir, se busca romper los límites físicos (24 horas) y sociales (8 horas) de trabajo que puede y debe realizar una persona. No es por nada que más veces que no las redes sociales y los medios de comunicación se inunden de estadísticas y gráficas que comparan las horas trabajadas en México con Finlandia o Alemania. Sabemos que nuestra cultura laboral está mal, pero no parece que podamos hacer nada para detener el monstruo que alimentamos y nos alimenta. Al contrario, cuando quienes fueron abusados llegan a posiciones de poder, reproducen lo aprendido: “Si yo sufrí, que ellos sufran también” y las embajadas, por supuesto, no son la excepción. Quienes tienen el poder en ellas son los funcionarios SEM: burócratas glorificados y no supervisados acostumbrados a los malos tratos y a las largas jornadas laborales, y que una vez en posiciones de poder reproducen lo aprendido.

Cada día mis compañeros y yo nos encaminábamos al trabajo pensando: “A ver qué se les ocurre ahora”. Las pláticas en la ruta de camión eran siempre las mismas, una mezcla de pensamientos entre “¿cómo pueden hacer esto?”, “¿a cancillería no le importa?” y “nada es para siempre”. En tiempos difíciles, todos necesitamos un poco de esperanza. Hablábamos tanto de lo mismo que ya era aburrido, pero las estrategias de coerción nunca decepcionaron y cada una de ellas era más estrafalaria y absurda que la anterior. Lo más atemorizante de todo es que éstas sí cumplían su cometido y lograban silenciar(nos). Recuerdo que los lunes eran particularmente desagradables y no porque fueran lunes en sí, sino porque siempre pasaba algo malo los lunes. Nunca entendí bien por qué, pero me imagino que era porque si nos arruinaban el lunes, el resto de la semana quedaba arruinada también. Así se echaban dos pájaros de un tiro. Uno de tantos inicios de semana fuimos convocados a una junta general donde estaríamos los locales y los funcionarios SEM. Esto no era normal, ya que al titular no le gustaba hablar con los locales y sus juntas solían ser solamente con los funcionarios hombres del SEM. (Al menos una vez por semana cuatro hombres se sentaban por horas a hablar, entre otras cosas, del rendimiento laboral de seis mujeres). De camino a la junta el aire se volvió muy denso. Nos sentamos en un círculo, así como si se tratara de un espacio horizontal y participativo, y nos hablaron de todas las razones por las cuales la oficina no funcionaba bien. Su respuesta fue que los locales no estaban bien supervisados y obviaron el verdadero problema: el mal liderazgo. Por lo tanto, todos seríamos reubicados a la sala principal de la embajada, justo afuera de la oficina del jefe. Afortunadamente, al final esto no sucedió, pero Foucault se queda corto frente a la imaginación producto de la inseguridad de un burócrata mexicano.

En mi caso, todo se deterioró cuando la cuadrilla se dio cuenta de que no encontraría en mí una cómplice, así que sufrí las consecuencias. Supongo que es normal que esto suceda cuando retas a tu jefe y a su secuaz por ser hombres silvestres. Mi reticencia a aceptar sus actitudes, así como mi señalamiento de las prácticas sexistas y de hostigamiento laboral que ahí sucedían me costaron unos buenos regaños, así como un acta oficial enviada a cancillería sobre mi insubordinación. Sobre la última, tampoco puedo decir que me sorprendí demasiado. Sin embargo, cuando la redactaron no pensaron que en realidad me estaban haciendo un cumplido. Con esta acta dejaron prueba de mi labor como enemiga interna. Es verdad, yo nunca me subordiné ya que esa nunca fue mi intención. Para ellos ése fue mi error, para mí ése fue mi triunfo.

Renuncié dos meses antes de lo que originalmente tenía pensado: ya era insoportable tener que ir a trabajar. Me daba vergüenza pisar ese lugar y, como mexicana, esto me rompió el corazón. La situación decayó tanto que sospecho que, de quedarme más tiempo, mi estado emocional, ya muy descompuesto para entonces, se hubiera deteriorado aún más y probablemente me hubieran despedido, comprobando así los miedos que guían a quienes deciden no levantar la voz. Yo fui testigo en calidad de enemiga interna de las prácticas depravadas y despóticas que se llevaban a cabo en la embajada. Como tal, confirmé mis temores sobre por qué todas esas mujeres habían dejado sus trabajos en la embajada y por qué, quienes ahí permanecen, preferían quedarse callados y evitaban denunciar.

Cada espacio laboral está infiltrado. Mujeres habemos en todos lados y cada vez tenemos menos paciencia y más fuerza para hablar en contra de los abusos y de sus perpetradores. Así como en los rangos de la SRE hay acosadores sexuales experimentados que hostigan laboralmente a sus equipos y que además están protegidos por el propio sistema, en ellos también hay espías, enemigas internas, que todo lo ven y todo lo documentan. El cambio es gradual y tomará tiempo deshacernos del sexismo que lamentablemente permea en nuestra cultura, pero esto no significa que debemos aceptarlo, sobre todo si quienes las perpetúan son funcionarios públicos.

 

Camila Ordorica
Historiadora.

 

15 comentarios en “Impresiones de una enemiga interna en una embajada de México

  1. Resulta ser una radiografía por no decir una ecografía muy precisa de lo que significa trabajar en cualquier dependencia del gobierno mexicano y destaco tres aspectos: los cotos de poder (incluyendo cualquier tipo de discriminación, la percepción equivocada de que a más horas en la oficina mejor es el trabajo y la productividad laboral, y finalmente la cultura laboral no me queda claro si solamente de los mexicanos, los latinos o una herencia cultural generacional que todas luces no aplica en estos tiempos.
    Felicidades por tu aportación, me parece muy elocuente tu relato y en especial, muy valiente y honesto de tu parte plantearlo de esta forma.
    Mucho éxito en tu futuro, has aprendido lo que no se indica en los libros de texto ni en cátedras de sesión plenaria, pero sobre todo, lo que con certeza implantarás en tus próximos retos como profesional ya sea en el sector público o en el privado.
    Enhorabuena.

  2. Que triste realidad, pensar que en la mayoría de las embajadas y consulados con titulares varones, es exactamente tal y como lo describe camila, reuniones de coordinación semanales donde primero entran los hombres y después las mujeres, comidas donde solo se aceptan hombres ah !! Pero que tal, como niegan ser misóginos y haber tomado un curso de genero!!

  3. Como dice Alejandro, las representaciones de México en el exterior, y en el interior, léase Cancillería, Delegaciones, Organismos relacionados, son cotos de poder.
    Como abogado me dedico, entre otras cosas, a defender a servidores públicos contra las arbitrariedades del personal de la Cancillería.
    Ojalá me buscara.

  4. Hay que marcar agenda hasta que se consiga la igualdad. Todos los cargos deben estar ocupados en un 50% por mujeres . Se debe terminar con la cultura del patriarcado

  5. Camila te admiro, tu testimonio es la realidad de lo que aún está presente, me pasó lo mismo que a ti y también le levantaron un acta.
    Enero 2000-Junio 2020,
    Yo trabajé por 20 años en una Delegación en Estados Unidos siempre lo vi y escuche y callé por necesidad, amor a mi trabajo y mi país.
    Ahora después de 20 años me ponen a prueba por 3 meses, por el covi/19 me dan otros 3 meses, al final me informan que mi contrato se terminó sin una justificación de despido.
    Por favor necesito ayuda estoy desesperada no es justo, necesito de un experto que me pueda ayudar a parar el acoso laboral los locales somos lo que sacamos el trabajo para los Diplomáticos y al final no lo reconocen, solo te dan la patada por detrás.

  6. Describes al titular y el entorno que crea de cuerpo completo.
    Siendo funcionaria del SEM en China viví y observé todo lo que aptamente describes.
    A los y las miembros del SEM se nos intimida, coerciona y castiga mediante el mecanismo de “evaluaciones anuales del desempeño” y la aplicación de las omniosas “necesidades del servicio”, de las cuales somos rehenes y muchas veces víctimas de vendettas a través de éstas.
    Sin embargo, a esta cultura SEM se le premia con ascensos y titularidades y sin consecuencia alguna y total impunidad por su actuar.
    El acoso, hostigamiento laboral, insultos, humillación, presión, actas administrativas y falsas acusaciones es el ambiente que permea en muchas de las Representacionesde México en el Exterior donde titulares como éste se encuentran ejerciendo su poder al amparo de su nombramiento y el apoyo cómplice de la SRE.
    Quizá la “Política Exterior Feminista” deba iniciar con una reflexión interior para intentar avanzar hacia una política y cultura de igualdad y respeto en nuestras oficinas tanto en el exterior como en territorio nacional.

  7. Yo fui empleado local y luego funcionario SEM. Total verdad: Puedes estar en Europa y seguir siendo humillado por la cultura laboral mexicana, sufrir discriminación homofobica solapada, y cuando te revelas, “las necesidades del servicio” justifican cualquier castigo arbitrario.

    Pero no vayas a insinuar que vas a renunciar, porque te ruegan de rodillas que no te vayas (hasta que acabe el dinero, eso es).

    Sol oespero que las nuevas generaciones cambiemos, poco a poco, este sistema descompuesto

  8. Yo fui empleado local del 29 de octubre del 2012 al 29 de febrero del 2019 en la embajada de méxico en Budapest, Hungría, lo que he leido es exactamente lo que yo vi que hacen 3 diplomáticos mexicanos, por favor contactenme, tengo mucha informacion sobre lo que pasa en esa embajda

  9. Muy buen artículo, trabajé en una Embajada en Europa como empleada local en la que afortunadamente no sufrí como en tu caso, de hecho la mayoría del personal local y del SEM eran mujeres. Sin embargo, la manera de trabajar implementando la microgestión y la cultura laboral latinoamericana de “calentar la silla” son prácticas que se siguen llevando a cabo que son ineficientes y no muestran liderazgo. Agregando que no tengo pensión por los años trabajados en la Embajada (siendo mi derecho), que no existen aumentos de salario para el personal local y que el salario es humillante para el costo de vida en ese país. Amo ser mexicana y a mi país, pero me fui decepcionada de esa experiencia laboral.

  10. Los empleados locales de los consulados de Mexico en EUA vivimos en un limbo legal, no tenemos derechos laborales, el gobierno mexicano nos tiene en indefensión laboral y el personal SEM nos tratan mal, son déspotas, abusan de su autoridad y poder, nos amedrentan y amenazan pasivamente con despedirnos y por miedo a perder el trabajo hemos permitido que se pisoteen nuestros derechos y hasta la dignidad. El gobierno de Mexico es hipócrita, dice velar por sus ciudadanos más allá de sus fronteras pero tiene en pésimas condiciones a sus empleados, quienes han mantenido a flote a las representaciones. Para el 2021 habrá un ‘despido’ masivo de empleados locales, liquidarán a aquellos que les han servido por haberse osado a pedir derechos laborales en 2016. Esos empleados perderán sus empleaos después de años de servicio consular, sin ninguna prestación, sin trabajo, sin nada a empezar de nuevo en Mexico y la SRE no quiere ayudarlos a conservar sus empleos. Cancilleres han pasado sin dar solución. El SEM es una mafia. Discriminación, hostigamiento, acoso, hostilidad, nepotismo, pésima administración y liderazgo de los titulares y del personal SEM en general. Los llamados ‘artículos siete’ es una práctica priistas que han conservado en beneficio de los ‘amigos’, como es posible que haya ‘cónsules’ sin preparación mínima de licenciatura o con nula experiencia. El Concurso de ingreso al SEM es una simulación. En campaña AMLO y Ebrard prometieron apoyar a los empleados locales pero no han hecho nada, como los otros funcionarios del pasado. En tiempos de COVID a la SRE no le importan sus empleados, no aíslan a quienes se hacen las pruebas, no avisan cuando hay un contagio, solo les importa recaudar dinero sin pensar que sus empleados están en riesgo. Nos obligan a participar en eventos que nos ponen en riesgo como lo son los consulados móviles. Nos obligan a poner likes, tuits, usar playeras, tomarnos fotos y participar de ‘paleros’ en sus eventos como parte de nuestras funciones de trabajo. Los empleados locales ya no nos quedaremos callados, ya no.

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