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A diferencia de otros países, Japón está acostumbrado al uso del cubrebocas. En el nuevo milenio, los cubrebocas se volvieron ubicuos. La epidemia de SARS del 2003 y la gripe aviar del 2004 fueron el catalizador. Extrapolando los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud y con un énfasis en la responsabilidad individual, el gobierno japonés instó a usar cubrebocas a ciudadanos con síntomas y no a quienes no los tuvieran. Pero la gente saludable decidió usarlos también. El H1N1 en 2009 y el desastre nuclear de Fukushima incrementaron significativamente el uso del cubrebocas, sin que el gobierno lo recomendara. Con el tiempo, el cubrebocas se volvió una prenda común de uso invernal.

Algo fácil de ver en el mar de cubrebocas durante un día de invierno en Tokio es que la mayor cantidad de quienes los usan son mujeres. Podría acogerse la sospecha de que para estas mujeres el cubrebocas funcionaba como una especie de velo, ocultándolas a la mirada de otros, más que como una protección sanitaria. Una variedad de publicaciones japonesas confirman esto. Un artículo que apareció en el periódico digital Aeradot en 2016 informa sobre un sondeo en el que 53.1 por ciento de mujeres veinteañeras dijeron que habían utilizado cubrebocas por motivos distintos a la higiene: el 30.2 por ciento de ellas dijo que los utilizaban para sentirse seguras, mientras que el 51.7 por ciento dijo que lo hacía para ocultar el hecho de que no estaban usando maquillaje. Algunas japonesas incluso consideraban al cubrebocas un accesorio parte de la moda, y el término japonés para el fenómeno refleja esto: date-masuku, que significa “cubrebocas de estilo” o “cubrebocas chic”. Esto no significa, claro, que el uso del cubrebocas no sea también una protección espontánea en materia de salud.

Fuente: TLS, 4 de mayo, 2020.