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Una de las carencias más lamentables del canon cultural que prevalece en México es la casi total indiferencia, por no decir desprecio, por la tradición intelectual y política del Caribe. Con la notable excepción de Cuba, prácticamente no se leen, no se enseñan y apenas se traducen obras clásicas de escritores —ni hablar de escritoras— de Haití, Martinica, Trinidad, Jamaica o Barbados.

Pero lo que realmente ha atrofiado de manera profunda nuestro sentido histórico y político es que no se enseñe en las escuelas la Revolución Haitiana de 1791. No sé si las cosas hayan cambiado, pero yo me pasé de la primaria a la licenciatura repitiendo la genealogía libertadora que va de la Independencia de Estados Unidos, a la Revolución francesa y de ahí a la Independencia mexicana. Como si en medio de todo aquello no hubiera ocurrido lo realmente impensable: los miles de esclavos que hacían funcionar las plantaciones de azúcar de lo que entonces era Saint-Domingue, una de las colonias más valiosas de Francia, no sólo se rebelaron y abolieron la esclavitud, sino que después de enfrentarse contra Inglaterra, España y Francia constituyeron el Estado soberano de Haití, independiente desde 1804. No se trata de un detalle erudito, al oscurecer un acontecimiento de esa magnitud, los siglos de racismo eurocéntrico también atrofiaron nuestra imaginación política, nuestro sentido de lo posible.

Ilustración: Raquel Moreno

En los últimos meses me ha parecido importante volver a la lectura de C. L. R. James (1901-1989), por la manera en que vinculaba la cuestión racial con la lucha de clases, por su convicción de que la batalla contra el capitalismo sólo puede ser a escala mundial y, sobre todo, por su agudo análisis de la práctica y las estrategias políticas. Me parece que en su obra, extensa y variada, hay una pregunta constante: ¿cómo se vinculan los movimientos revolucionarios de las metrópolis y las periferias? ¿Cómo triunfa una revolución?

James nació en Trinidad cuando todavía era una colonia inglesa. En 1932, se fue a Inglaterra, donde se ganaba la vida escribiendo para el Manchester Guardian sobre críquet, una pasión que nunca abandonó. En Inglaterra se encontró con toda una generación de intelectuales panafricanistas provenientes de África y el Caribe, empezó a militar a favor de las independencias, en contra de la invasión italiana de Etiopía, y sobre todo en las filas del trotskismo. En menos de tres años escribió dos libros monumentales: uno sobre el éxito de la Revolución haitiana y otro sobre el declive de la internacional comunista.

Los jacobinos negros (1938) no sólo es una historia magníficamente narrada del levantamiento de los esclavos y los primeros años de la revolución, es sobre todo un análisis incisivo de la personalidad y los dilemas del líder Toussaint —un esclavo doméstico que aprendió a leer, convirtió a las masas de sublevados en un ejército y mantuvo una prolífica correspondencia diplomática con varias potencias—. Para James, hay una encrucijada trágica en la historia de Toussaint, la virtud que le permitió ver la posibilidad de que una revolución se convertiría en la fuente de su error fatídico: su creencia ferviente en los principios de la Revolución francesa le impidió ver que Napoleón lo traicionaría y que para Francia era más importante mantener el statu quo en la colonia. En un momento clave del relato, dice Toussaint: ¿quién conoce mejor el significado de la libertad, Toussaint, esclavo de Breda, o Napoleón Bonaparte?

Tan sólo un año antes, C. L. R. James escribió La Revolución Mundial, 1917-1936: Ascenso y caída de la Internacional Comunista (1937), un tratado sobre la historia de las internacionales y las causas de su fracaso. Creo que en el fondo hay una idea similar a la elaborada en Los jacobinos negros:en el momento en que se abandona la vocación internacional del comunismo se pierde enteramente su sentido original. No es que Francia o la Unión Soviética tuvieran una misión tutelar que traicionaron, al contrario, para James el sentido de sus doctrinas políticas sólo podía realizarse plenamente en “las periferias”. Excluirlas acarreó el deterioro y empobrecimiento de la revolución en la metrópolis misma.

En 1939, C. L. R. James pasó un mes con Trotsky en Coyoacán. Sólo he podido leer fragmentos de sus conversaciones, en las que repasan la situación de los movimientos obreros en Europa. En un momento discuten si el partido debe apoyar un movimiento por la autodeterminación de la población negra de Estados Unidos —como lo hacía en África y el Caribe— o promover lo que para ambos parecía ser la opción más poderosa: una alianza de la clase trabajadora de Estados Unidos por encima de las diferencias raciales. Los biógrafos de James hablan de un desacuerdo que no he podido ubicar en las transcripciones: mientras Trotsky sugería incorporar la lucha negra al partido, James decía que el partido se beneficiaría de la autonomía y fuerza de la lucha negra. Y aunque el lenguaje de estos debates nos resulte ya muy lejano, hay algo muy potente en la conversación entre un soviético y un trinitense que se plantearon seriamente la posibilidad de una revolución mundial.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.