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Su vida ha transcurrido enclaustrada en una mansión. Recogido desde recién nacido por un millonario, porque su madre murió en el parto, su labor ha sido arreglar el jardín y ver televisión. Para él “las calles no existían”. Sólo tenía una relación esporádica con el anciano dueño de la residencia y la sirvienta. Y la interacción con ellos nunca dejó de ser superficial. No sabía ni leer ni escribir. “Jamás ha visto a un médico o un dentista. Nunca ha salido de la casa y nunca se le permitió a alguien que lo visitara”. Era un hombre obediente y cumplido, ajeno al ruido exterior. Todo lo que sabe proviene de dos fuentes exclusivas: el jardín y la televisión. Se llama Chance.

Cuando muere el anciano es desalojado de la casa. Y con su corta visión del mundo sale a la calle. Luego de un accidente, le da posada la señora Rand y su marido Benjamín, hombre rico e influyente en el mundo de los negocios y la política. Es tan importante que el presidente de Estados Unidos lo va a visitar, y cuando éste le pregunta a Chance cómo ve la mala época por la que atraviesa la economía, Chance contesta lo único que sabe: lo que sucede en el jardín. Lo que es la síntesis de su escaso conocimiento es tomado como una metáfora que seduce al presidente que lo cita en un discurso. A partir de ahí, las televisoras y los periódicos se preguntan quién es la persona a la que mencionó el presidente. Entrevistado en televisión, el equívoco crece. En una recepción en la sede de las Naciones Unidas entra en contacto con distintos embajadores (incluyendo al soviético), y sus frases escuetas, sus silencios reiterados, son tomados como signos de inteligencia, sensibilidad profunda y conocimiento sofisticado. Hasta que el comité del partido encargado de armar la fórmula presidencial ve en él al perfecto vicepresidente.

Ilustración: Alberto Caudillo

En 1971 Jerzy Kosinski publicó Being there (Desde el jardín, traducción de Nelly Cacici, Pomaire, 1973). Una comedia, una fábula, una breve historia graciosa. Se alimenta de dos verdades de a kilo: la idea que tenemos del mundo es producto de nuestra experiencia y de los “insumos” que la nutren, y los otros ven lo que quieren (o pueden) ver.

Chance es un pobre hombre. Su visión del mundo es reducida, centrada en un solo tema (el cuidado de un jardín) y alimentada por los usos y costumbres que reproduce la televisión. No miente ni finge ser lo que no es. Tiene un buen porte, viste con las ropas que heredó del anciano que son no sólo caras sino de un gusto tradicional. Su presencia, su carácter imperturbable, su parquedad y sus dichos generan la imagen de un hombre templado y sabio.

No lo es. Pero los otros le atribuyen cualidades inexistentes que van robusteciendo su fama inmerecida. Tiene una visión empequeñecida del mundo, es más, todo lo que lo rodea le resulta incomprensible; pero los otros ven lo que quieren ver y unos a otros se retroalimentan, creando una figura majestuosa que sólo existe en su imaginación. Si el presidente lo citó… si el embajador ruso se interesa en él… si apareció en un importante programa de televisión… algo debe tener, y ese algo no puede ser poca cosa. Él no engaña, por el contrario, es transparente, sencillo y directo, dice lo que dice, pero los otros escuchan de manera distorsionada. Chance es una proyección de sus deseos, el receptáculo de sus esperanzas y ambiciones. Su simplismo es confundido con sencillez y sus frases elementales con alegorías ingeniosas.

Su experiencia de vida es pobre y sus referentes intelectuales nulos. Al salir de la mansión donde ha vivido es sorprendido por “la calle, los coches, los edificios, la gente, los débiles sonidos”, pero carece del código necesario para asimilarlos. Son novedades incapaces de alterar su visión estrecha. Pese a ello, cuando asiste a la televisión, su entrevistador en un rapto de locuacidad le dice: “Usted está inspirado por el espíritu que tanta falta hace en este país”. La gente deposita en él sus anhelos, le aplaude porque siempre resulta reconfortante tener en quien confiar.

Y si vox populi vox dei entonces su popularidad y gloria tienen que ir al alza. Su capacidad de seducción se encuentra más en las necesidades del auditorio que en sus talentos (inexistentes). Nadie puede ofrecer más de lo que tiene, pero se puede desatar una mecánica de fantasías en la que muchos vean algo que no existe, como en aquel cuento infantil en el que el rey iba desnudo, pensando que portaba un lujoso ropaje. Una serie de equívocos engarzados acaban de hacer de Chance un prócer. El tsunami de la fama parece alimentarse solo. Incluso cuando el presidente y el embajador soviético mandan, cada quien por su lado, a investigar a Chance y sus rastreadores no encuentran nada (nada de nada), no lo pueden creer. La imagen construida es ya más fuerte que la escuálida realidad.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.