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De Ignacio Joseph Anastasio Carrillo y Pérez se conocen ahora unos cuantos datos. Nació en 1745 en la Villa de Guadalupe, donde se crio, muy cerca de los cerros del Tepeyac y del Chiquihuite, zona predilecta de José Antonio Alzate, un letrado al que Carrillo y Pérez profesó un enorme respeto. En esa zona de vez en vez aparecían fósiles marinos, se sabía de yacimientos de ojo de gato o mica, de un granito carmín claro y de un aceite con el que toparía Ignacio Castera al echar los cimientos del convento de capuchinas en Guadalupe, y ahí mismo hasta se llegaron a recoger “osamentas de elefantes”, según el editor de La Gazeta de Literatura de México y el colaborador de la Gazeta de México que firmaba sus notas Æ.

Durante los setecientos sesenta, Carrillo y Pérez residió en Guanajuato, donde realizó estudios de humanidades y se familiarizó por vía del trabajo con las actividades mineras. Volvió a México en 1772 e ingresó a la Real Casa de Moneda, en donde hizo su vida y desempeñó diversas tareas hasta terminar como marcador de barras y talegas. La Casa de Moneda era parte del Real Palacio, la sede de vitales espacios de gobierno, como la Secretaría de Cámara y la Real Audiencia, el Juzgado de Bienes, la sala de la Contaduría Mayor y Audiencia de Cuentas, la Real Cancillería, la sala del Tribunal del Consulado o Comercio, las salas del Superior Gobierno, las de las cámaras para lo civil y para lo militar, los doce bancos de procuradores, la Cárcel de Corte y otras oficinas. Con dificultad se podrá desear mejor ubicación en la burocracia virreinal, no obstante el deterioro del propio palacio según quedó registrado en el diario del alabardero José Gómez. Ahí dentro, Carrillo y Pérez vivió los pequeños y grandes terremotos que sacudieron a la capital en los setenta, ochenta y noventa, los cuales quedaron grabados en su memoria junto con una frase de Séneca que hizo suya: “No debe causar admiración que la tierra tiemble sino que subsista”. Desde los altos de la Casa de Moneda contempló el ascenso de los primeros globos aerostáticos que intentaron ganar el cielo, como el que confeccionaron los alumnos de la Escuela de Geometría de la Academia Real de San Carlos para volarlo ante el virrey la noche del 17 de septiembre de 1785.

Ilustración: Ricardo Figueroa

El tiempo de Carrillo y Pérez en la Casa de Moneda coincidió con el de José Ignacio Bartolache, quien tras abandonar la práctica y el estudio de la medicina se empleó ahí dentro como ensayador de número y apartador general de oro y plata, y en cuyos ratos libres trabajó el opúsculo guadalupano, Manifiesto satisfactorio (1790). Si Bartolache pudo alentar a Carrillo y Pérez a hacer público su culto —expresado inicialmente en un impreso como Pensil americano florido en el rigor del invierno: La imagen de María Santísima de Guadalupe—, es factible que se encargara también de ligarlo a los papeles, imprenta y autores de los Zúñiga y Ontiveros. ¿Quién que era, no era moderno y leía la Gazeta de México y la Gazeta de Literatura?

Hacia el final del siglo XVIII la novohispana República de las Letras, a la cual alude en estos términos José Antonio Alzate en una de sus cartas al virrey Revillagigedo, era menos numerosa que habitable y sólida para sus ciudadanos, a quienes a primera vista más los ataban las públicas diferencias que las ineludibles semejanzas provenientes de una misma y única cuna americana.

Gran parte del tiempo fue una república bruna y cauta, habitada por comunidades letradas en paz, aisladas, comunicativas, de piel sumamente delgada, mucho más proclives a los debates que a los desafíos, siempre en alerta y en perpetua busca de nuevos infundios sobre las cosas americanas y hasta de novedades. Sus temas eran los mismos que en las metrópolis del otro lado del Atlántico, a saber: ciencias naturales, historia, física, astronomía, y en términos generales devoraban memorias y gacetas, así como planos, manuscritos y libros impresos. Los miembros de esta república gastaron incluso sus propios gabinetes, unos más sofisticados que otros, aunque a la postre sus colecciones se dispersaron en otras colecciones y gabinetes de trabajo, como sucedió con una punta de flecha que atesoraba en su gabinete de trabajo Ignacio Carrillo y Pérez. El sentido común y la lectura comparada de fuentes y textos, antes que la filología, avituallaron y agudizaron su hermenéutica. La portentosa vida de las capitales modernas, al igual que en Europa, atrapó la atención de sus estudios y teatros, pues en el caso de la Nueva España la ciudad de México funcionó simultáneamente como origen y destino, cuna y campo de batalla por sus antigüedades, escaparate de la nombradía del reino, depósito de promesas más allá de la hora presente. Esto animó la paulatina formación y corrección de una de las obras manuscritas más buscadas y menos conocidas del siglo XVIII, México gentil, católico y político, por Carrillo y Pérez.

En su tiempo, acuciado por la certeza de tener entre las manos una obra ambiciosa sobre un tema tan complejo como el de la historia y la cronología de la capital de la Nueva España, Carrillo y Pérez se encargó de informar a un puñado de pares sobre la existencia de este manuscrito de 650 fojas, y es más que probable que permitiera la realización de alguna copia parcial del mismo. No de otra manera se explica el hecho de que esta obra tenga su ficha en la Biblioteca hispanoamericana de José Mariano Beristáin y Souza. Ahora, gracias a las lecturas de Baltazar Brito y al rescate del Fideicomiso Teixidor, se abre un nuevo capítulo en la vida de esta gran empresa. Se ha de reconstruir la trayectoria del México gentil, católico y político a la muerte de Carrillo y Pérez en 1815, mas no por conocer los anaqueles en los que reposó —pues Brito cuenta que el manuscrito transitó hacia la biblioteca de Vicente de Paul Andrade y después a la de Federico Gómez de Orozco— sino por dar con los autores que lo leyeron y glosaron durante los últimos doscientos años, como lo hizo José Ma. Marroqui en La ciudad de México. Gracias a este último título, Antonio Alatorre se enteró del aprecio de Carrillo y Pérez por sor Juana Inés de la Cruz y destacó el interés de este letrado como un caso extraordinario en el siglo XVIII. Alatorre escribió que Carrillo y Pérez “merecería salir del pozo del olvido”, como se lee en Sor Juana Inés a través de los siglos y, por lo que se puede apreciar en las páginas de esta antología esencial, Alatorre no sólo conoció que el encomio de Carrillo y Pérez a sor Juana era parte del México católico, sino que también se quedó con la idea de que el manuscrito original se perdió irremediablemente durante el incendio que sufrió La Europea, la tipografía en la que se preparaba la primera edición de México católico.

México gentil, católico y político es una caja de cristal. Sus páginas son la mejor manifestación de la sed de conocimientos de Ignacio Carrillo y Pérez y ofrecen un minucioso compendio de cuanto material de lectura cayó en sus manos en la Real Casa de Moneda, en forma impresa o manuscrita. Es factible que en el Real Palacio tuviera acceso a los 24 tomos en folio manuscritos de los mapas y papeles de Lorenzo Boturini, de cuya Idea de una nueva historia general de la América septentrional habría tomado la división en tres de sus Méxicos.

Su norte delata un amplio elenco de autoridades, como José Antonio de Villaseñor, Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, Francisco Xavier Clavijero, así como los diarios de sucesos notables de letrados como Martín de Guijo, Antonio Robles y José Manuel de Castro Santa-Anna, entre otras. En varios pasajes llama la atención la buena memoria de Carrillo y Pérez. Cita así los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, por ejemplo, pues aún cuando es un título que tiene bien leído en realidad no está en sus manos. Los tres tomos de la obra ofrecen un dilatado encomio de América, primero, y de la Nueva España, después. El tercero de ellos, dedicado a los sucesos notables del reino entre 1492 y 1810, no obstante que es el más esbelto, ofrece un giro en el que Carrillo y Pérez aparece en toda su fragilidad, como sucedió con todos y cada uno de los letrados que pensaron indispensable sacrificar su nombradía por dejar un registro o testimonio escrito del tiempo novohispano, el cual veían resbalar como el agua sobre una roca.

En un principio el plan de Carrillo y Pérez era otro, de hecho era algo muy distinto y mucho más acotado, y no una obra con la amplitud modulada sobre las bandas de lo gentil, lo católico y lo político. El propósito original era construir un manuscrito dedicado exclusivamente a la herbolaria mexicana, tal y como se desprende de lo que él mismo apuntó para hablar “De otros árboles singulares” en una nota que terminó entre las páginas del tomo de México gentil. En esta nota Carrillo y Pérez cuenta que al leer “el diario del 15 de marzo” en sus páginas se topó con un deseo que hizo propio: contar con un manual para el mejor aprovechamiento de las plantas americanas. ¿A cuál diario se refiere? No es muy complicado. Como Carrillo y Pérez empezó a trabajar en este manuscrito en el siglo XVIII, mucho antes de la aparición del Diario de México (1805), el diario al que alude no es otro que la indispensable Gazeta de México, en cuya entrega del 15 de marzo de 1786 encontré un apunte sobre el uso del polvo de tlalpopolotl escrito por Alzate, en el que termina con esta pregunta: “¿A qué usos no podrá aplicarse en beneficio de la humanidad?”, esto es, si la humanidad contara con una obra en que reuniera y detallara los beneficios de las plantas americanas. La aplicación y el tiempo transformaron la intención original de Carrillo y Pérez, la llevaron por nuevos rumbos impulsada por el ejemplo de los impresos de los Zúñiga y Ontiveros, o bien por el disciplinado compromiso de letrados como Boturini, Bartolache o Alzate, en cuyos materiales abrevó —materiales tocados por la gracia de la utilidad pública y la pasión por las antigüedades—.

Y con disciplina y seriedad Carrillo y Pérez acabó por levantar este portentoso monumento casi accidental al encuentro con las cosas de la Nueva España.

 

Antonio Saborit
Historiador, ensayista, editor y traductor. Actualmente dirige el Museo Nacional de Antropología.