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El propósito central del ensayo histórico de la connotada historiadora Solange Alberro, Movilidad social y sociedades indígenas de Nueva España: las elites, siglos XVI-XVIII (El Colegio de México, 2019), es rescatar la enorme diversidad social que caracterizó a los indios de la Nueva España y de Chiapas durante los tres siglos de dominio español. Se trata de un esfuerzo meritorio y necesario ya que, fuera del círculo de los especialistas, se mantiene la idea de que los indios constituían —y, para algunos, siguen constituyendo— una población económica y socialmente homogénea, en la que todos sus miembros eran pobres y explotados.

Ciertamente, en las últimas décadas, gracias a los estudios de destacados antropólogos, se conocen con detalle y precisión las grandes desigualdades que existen hoy en las comunidades y municipios indígenas del país. Así, por dar un ejemplo entre muchos, desde principios de la década de 1960, Frank Cancian asestó un duro golpe a la teoría de que los cargos religiosos constituían un mecanismo eficaz para redistribuir la riqueza en el interior de las comunidades indígenas y mantener su cohesión social. Este antropólogo demostró que, en Zinacantán (Chiapas), a pesar de las importantes sumas de dinero que los mayordomos debían aportar para financiar las fiestas, dichos gastos no llegaban a menguar en forma significativa su riqueza y, en cambio, su participación en el sistema de cargos religiosos, gracias al prestigio que esto conlleva, les permitía legitimar su fortuna.1 Más demoledor, incluso, resultó el ya clásico y multicitado artículo de Jan Rus, “La Comunidad Revolucionaria Institucional: La subversión del gobierno indígena en Los Altos de Chiapas, 1936-1968”.2 Combinando trabajo de campo e investigación de archivo, Jan Rus narró el ascenso de un grupo de jóvenes indígenas de Chamula, mismos que contaron con el apoyo de los gobiernos federal y estatal, hasta llegar a controlar por completo y despóticamente la vida política del municipio y hacerse de grandes fortunas.

Ilustración: Belén García Monroy

A pesar de ello, muchas personas están convencidas de que las actuales e innegables desigualdades que existen en el interior de las comunidades indígenas son un fenómeno reciente, resultado de su progresiva desintegración ante los embates del neoliberalismo. Es por ello que el libro de Solange Alberro resulta de gran utilidad al mostrar que dichas diferencias sociales existen desde hace siglos, aunque se hayan manifestado de distintas formas.

Sin duda alguna, como lo muestra claramente la autora, la conquista y colonización españolas supusieron una profunda y trágica desestructuración del mundo mesoamericano: las guerras de conquista y las enfermedades llegadas del Viejo Mundo provocaron una brutal disminución de la población nativa; muchas tradiciones culturales se perdieron; los nuevos señores impusieron su religión, sus prácticas matrimoniales y sus sistemas de gobierno; el dinero y la propiedad privada absoluta hicieron su aparición y alteraron profundamente las formas de producción y subsistencia. Aunque en un primer momento los conquistadores y los gobernantes recurrieron a los servicios de los indios nobles (los llamados “señores naturales”) para cobrar el tributo a los indios y para mantener a éstos sujetos a su dominio, a lo largo del siglo XVI, la aristocracia de origen prehispánico se vio paulatinamente despojada de sus privilegios.

A pesar de ello, de los escombros de las sociedades mesoamericanas no surgieron poblaciones homogéneas, traumatizadas en forma duradera por el choque de la Conquista y aferradas a los restos de su herencia cultural. Como bien lo argumenta Solange Alberro, esta visión, que despoja de toda su dignidad a los indios, reduciéndolos a una eterna condición de víctimas pasivas, es notoriamente falsa. En efecto, la autora nos muestra cómo, ante esas dramáticas circunstancias, los indios supieron innovar para poder sobrevivir: se apropiaron de las técnicas y productos europeos para mejorar sus condiciones de vida, y lucharon, en forma individual o colectiva, por abrirse camino en una sociedad que tenía sus propias e injustas reglas de funcionamiento. En este proceso de reinvención social, surgieron nuevas élites indias que desem-peñaron un doble y contradictorio papel: por un lado, encabezaron los esfuerzos de adaptación de los naturales del común y, por el otro, medraron, a menudo a costa de los indios, a causa de su papel de intermediarios con las autoridades y los comerciantes españoles.

La negación de la diversidad económica y social de los indios no es un resultado exclusivamente de los prejuicios actuales, alimentados por el sentimiento de culpa ante las actuales condiciones de pobreza y desamparo de gran parte de los indígenas mexicanos, sino que fue propiciada por diversos sectores de la misma sociedad novohispana. Así, los franciscanos (y algunos prelados como Juan de Palafox) idealizaron la pobreza de los indios, que les parecía ajustarse a los principios evangélicos que ellos proclamaban, olvidando que para los frailes la frugalidad era una elección, mientras que para los indios era sencillamente una necesidad. Los religiosos mendicantes llegaron, incluso, a afirmar que los caciques indios disimulaban su riqueza, llevando una vida austera, del tal forma que no se les podía distinguir de los naturales del común. Una afirmación que no se sostiene ante los muchos ejemplos de ostentación de miembros de las élites indias, algunos del siglo XVI, que la autora nos describe en detalle.

Más adelante, a partir del siglo XVII, entre autoridades, comerciantes y propietarios españoles cobró fuerza el estereotipo —que aún perdura entre algunos sectores sociales— del indio perezoso que se rehúsa a producir más de lo estrictamente necesario para sobrevivir si no se le obliga a trabajar. Obviamente estos españoles no estaban dispuestos a reconocer que los indios procuraban mantenerse al margen del sistema económico sólo cuando los dados estaban cargados en su contra mediante los llamados repartimientos a los que recurrían los grandes comerciantes españoles para adquirir y distribuir bienes en los pueblos de indios a través de los alcaldes mayores, cuyo poder político y coercitivo distorsionaba el funcionamiento del mercado, siempre en provecho propio. Sólo de vez en cuando, algunos españoles tenían la lucidez de comprender la situación real, como fue el caso, por ejemplo, de un alcalde ordinario de Ciudad Real (Chiapas), José de Solar, quien en un carta al obispo Marco Bravo de la Serna, le explicó claramente que “este obispado, sólo con los frutos que en él se dan, pudiera ser de los descansados que tienen las Indias; pero los naturales no los quieren sembrar ni beneficiar porque dicen que, si en su pueblo tienen frutos que apetezcan a los alcaldes mayores, todo lo demás del año le tienen sobre sí y que, no teniendo dichos frutos, no”.3

Las nuevas élites indias que surgieron de los escombros de las sociedades prehispánicas destacaron en ámbitos muy diversos. El libro de Solange Alberro, con base en una rica bibliografía y en algunos documentos de archivo, nos proporciona innumerables ejemplos de estos indios que brillaron en la sociedad colonial. Algunos, como recompensa de los servicios que prestaron a la Corona española, recibieron mercedes de tierras e incursionaron en el floreciente negocio de la ganadería. Otros, que, desde tiempos anteriores a la llegada de los españoles, se habían especializado en el comercio en largas distancias, supieron adecuarse a las nuevas circunstancias y mantener con renovado éxito su modo de vida. Muchos de los que servían de intermediarios entre los indios del común y las autoridades españolas —gracias a su dominio del castellano, a su conocimiento de los mecanismos jurídicos y a sus relaciones personales— labraron paso a paso sus fortunas a costa de sus vecinos.

Aunque algunos llevaron una vida sobria, muchos otros —como nos detalla la autora— hicieron ostentación de sus riquezas: vestían a la moda española y sus mujeres lucían joyas de gran valor. Sus casas contaban con muebles y vajillas elegantes, y montaban en éstas lujosos altares con imágenes religiosas de excelente factura. A la fastuosa boda del cacique de Tilantongo con la cacica de Yanhuitlán acudieron más de dos mil invitados, que disfrutaron —nos dice la autora— de “fiestas, banquetes, saraos, mitotes con teponaxtlis” y que hicieron gala de sus “joyas de oro y piedras preciosas”. Algunos de los entierros de estos indios ricos no se quedaron atrás. El de Juan Antonio de León y Mendoza, cacique y en varias ocasiones gobernador de Cholula, costó 6554 pesos, una verdadera fortuna en aquel entonces.

Los cargos de gobernador —en un primer momento desempeñados por herederos de la nobleza prehispánica, pero luego ocupados por indios del común— permitían a sus titulares ejercer un gran poder político en los pueblos y, muy a menudo, acrecentar su riqueza. Con menos suerte corrían los alcaldes y regidores de las repúblicas indias, que sólo permanecían en sus cargos durante un año, de tal forma que en los pueblos pequeños a la mayoría de los varones adultos les tocaba desempeñarlos al menos una vez en su vida. Aunque les correspondía administrar justicia en pleitos de poca monta, también recaía sobre ellos la ingrata tarea de recabar los tributos. Si no lograban juntar el monto tasado, tenían que poner el faltante de sus propios recursos, aunque en ocasiones también hubo algunos que se embolsaron parte del sobrante del tributo, que en principio debía destinarse a las cajas de comunidad.

Acertadamente, la autora nos muestra también otro tipo de élites indias: las artísticas y culturales. En efecto, no faltaron los naturales que descollaron como albañiles y carpinteros e, incluso, como arquitectos, dejándonos muestra de sus obras en multitud de iglesias y retablos. Otros se especializaron en fabricar imágenes religiosas de gran belleza. Los hubo que se desempeñaron exitosamente como pintores, como es el caso muy conocido de Juan Gerson, pero éste no fue en modo alguno el único. Aunque las ordenanzas de los gremios lo prohibían, no faltaron indios que llegaron a ser maestros artesanos. Más sorprendentes son los casos de indios adinerados que conformaron importantes bibliotecas y que adquirieron diversos instrumentos de música, entre ellos clavecines y pequeños órganos, para su disfrute.

Algunos indios llegaron incluso a destacar en ámbitos que en principio les estaban negados como fue el de la religión. Después de un tímido intento de los franciscanos por formar un clero nativo en el Colegio de Tlatelolco, las puertas de la jerarquía religiosa parecieron quedar vetadas para los indios. Sin embargo, Solange Alberro logra rescatar del olvido a varios naturales que lograron consagrarse como clérigos en el siglo XVII, antes de que se levantara la prohibición de que pudiesen ordenarse en el siglo XVIII. Muchos de éstos legaron a la posteridad diversas obras de carácter religioso, algunas de ellas escritas en sus lenguas maternas. Los hubo incluso que llegaron a desempeñarse como obispos fuera de la Nueva España.

Las indias no se quedaron atrás. Antes de que se creara el primer convento de monjas para naturales, el de Corpus Christi en 1724, varias de ellas ya habían logrado tomar los hábitos y muchas murieron en olor a santidad, sirviendo de ejemplo a sus compañeras de orden.

Sin duda alguna, se trata de situaciones excepcionales que no son representativas de la condición social en la que vivían la mayoría de los indios, hecho del que la autora es claramente consciente. Pero ¿no son acaso los casos extremos la mejor manera de esbozar la diversidad de cualquier población humana? A partir de estos documentados ejemplos de indios sobresalientes, el lector puede fácilmente imaginarse todas las situaciones intermedias que pudieron darse entre estos miembros de la élite y los campesinos indios miserables arraigados en regiones montañosas de difícil acceso. De hecho, lo puede lograr aun más fácil en vista de que la autora se detiene a analizar algunos casos de indios poderosos a un nivel exclusivamente local, como lo fueron los auxiliares de los párrocos —fiscales, sacristanes, maestros de coro, músicos y cantores— o los temidos guardianes de las tradiciones religiosas prehispánicas —los, en ocasiones, llamados maestros nagualistas—.

Esta notable obra no se ciñe estrictamente a los cánones más convencionales de la historia académica. La autora no duda en intercalar en su argumentación reflexiones sobre el presente o esbozar comparaciones con otras regiones y otros tiempos, pero ello —lejos de perjudicar al libro—‑ lo vuelve más ameno y accesible a un público no especializado. Seguramente, esta obra levantará polémicas e indignará a algunos lectores aferrados a los estereotipos más comunes sobre los indios, pero ésta es, incluso, una razón más para recomendar su lectura.

 

Juan Pedro Viqueira
Investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.


1 Cancian, F. Economics and Prestige in a Maya Community. The Religious Cargo System in Zinacantan, Stanford (California), Stanford University Press, 1965 [Traducción al español: Economía y prestigio en una comunidad maya: el sistema religioso de cargos en Zinacantán, México, Instituto Nacional Indigenista, 1976].

2 La traducción al español apareció publicada en Chiapas: Los rumbos de otra historia, edición de Viqueira, J. P., y Ruz, M. H, Universidad Nacional Autónoma de México / Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social / Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos / Universidad de Guadalajara, México, 1995, pp. 251-277.

3 AGI, Guatemala, 161, exp. 45, ff. 26-30v. [Carta de José de Solar al obispo Bravo de la Serna]. Chiapas, 20 de marzo de 1676.