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En el libro XII de su Gesta Danorum, el historiador Saxo Grammaticus nos cuenta cómo, un buen día en que Erik I, rey de Dinamarca apodado Ejegod (“siempre bueno”, en danés), se disponía a disfrutar del talento del que presumía un músico recién llegado a su corte, la nota discordante la dio el propio monarca al dejar de hacer honor a su apelativo y matar al presuntuoso artista. Saxo apunta a la música como única responsable de este arrebato de locura real y precisa que el cambio del modo Erik-(casi)-siempre-bueno al modo Erik-Yolanda-Saldívar fue activado por el modo frigio (una de las escalas musicales) elegido por la víctima al tocar sus acordes. Si hemos de creer a Saxo, hay personas para quienes la musicoterapia es una pésima opción.

Historiadores medievales, como Erik Christiansen, ven con bastante escepticismo la mayoría de lo escrito por Saxo Grammaticus y opinan que su registro sobre el poder demencial de la música pudo estar inspirado en ficciones mucho más antiguas, como la del músico que, según un relato pedagógico de Quintiliano (qué quería enseñarnos con éste, siglos antes de la educación basada en competencias y de la entrega de productos finales, está abierto a discusión), tocó una nota errónea (que no falsa; aunque, viéndolo bien, también) durante un ritual y con ello enloqueció a un sacerdote… al extremo de un acantilado, desde el que saltó.

Ilustración: Oldemar González

Como sea que haya ocurrido —o no—, lo cierto es que la idea de que la música puede afectarnos negativamente no nos es ajena y va mucho más allá del simple desagrado —que no por simple significa que no pueda ser mayúsculo— que nos provocan estilos y géneros que no son de nuestra preferencia, en especial si no tenemos de otra que oírlos durante un viaje en familia en carretera, o por la melomanía insomne de los vecinos que no conocen o no respetan límites (escenarios meramente hipotéticos). Además, ya Homero nos había advertido sobre los riesgos de escuchar el canto de las sirenas y El flautista de Hamelin nos alerta de la capacidad zombificadora de ciertas melodías que despojan a niños y ratas de su propia voluntad y los hacen marchar al compás de la del ejecutante.

Pero una cosa es hablar de música que nos desagrada al punto de que, tocando ligeramente la metáfora, hiera nuestros oídos —sin que sea, por el momento, responsabilidad de la letra o de los decibeles— o, en el contrapunto, hablar de música que nos encanta al grado de seducirnos —de nuevo en el límite de la metáfora—, y otra muy distinta considerar que, estricta y médicamente hablando, existan composiciones musicales que, por su armonía, melodía, métrica y ritmo —en conjunto o por separado—, sirvan como agentes patógenos que nos infecten con su mala vibra (dicho esto con el significado de vibración,1 y no en un sentido místico), provocándonos enfermedades físicas y mentales. En dos palabras: música patogénica o, como aparece en la literatura científica, música patológica.

Excluyamos de nuestro repertorio el estrés psicológico y los daños en la audición que podemos sufrir al escuchar a Mahler, Pepe Aguilar, Daddy Yankee o la música que sea a un volumen demasiado alto, con lo que dejamos de percibirla como música (si es que alguna vez, en algunos casos, la habíamos percibido como tal) para experimentarla como ruido, y dirijamos nuestra obertura médico-musical  a los efectos fisiológicos que, desde el siglo XIX, la ciencia ha observado en el cuerpo humano como consecuencia de las vibraciones generadas por tambores, arpas y demás instrumentos. Entre los efectos más palpables tenemos cambios en la respiración, en la presión sanguínea y en la frecuencia cardiaca, y hay una condición poco común, conocida como síndrome de muerte súbita arrítmica, en la que música repentina puede generar ritmos anormales en el corazón por cambios en su actividad eléctrica —al provocar con ello un paro cardiaco—, y de la que el caso más reciente, de 2009 (así de poco común es), corresponde a Tom Reid, un joven de 19 años que falleció en una fiesta cuando pasó al lado de una bocina para bajos.2

Tenemos también a la epilepsia musicogénica, que tampoco es común y que se trata de ataques epilépticos inducidos por muy diversos tipos de música. Hay, por ejemplo, el reporte clínico de una paciente con sesenta años que en la década de los sesenta sufría ataques y, en ocasiones, llegaba a perder la conciencia cada que escuchaba grabaciones del repique de campanas de una iglesia por la radio o por televisión (al parecer, para su suerte no vivía cerca de una, y supongo que no asistía a ninguna).3 Y, más reciente, hay también el reporte de un bebé de seis meses cuyos ataques eran provocados por la música de los Beatles (sólo por ciertas canciones, que el artículo no menciona).4

Ninguno de los extraños padecimientos enlistados se compara con los supuestos riesgos y daños psicológicos —la gran mayoría, más imaginarios que reales— que la exposición a la música podría acarrearnos. Entre las auténticas aflicciones está la hiperculturemia (cuya etimología significa que tenemos un exceso de cultura en la sangre), más popularmente conocida como síndrome estético, o síndrome de Stendhal, como lo bautizó en 1989 la psiquiatra Graziella Magherini (quien, además, lo propuso en 1977) en rememoración a la experiencia que tuvo este escritor al visitar la Basílica de la Santa Cruz, en Florencia. Al contemplar o, en lo que aquí nos compete, escuchar obras de arte de gran belleza, los hiperculturémicos exhiben —entre los síntomas principales— taquicardia, diaforesis (sudoración abundante), dolores en el pecho y hasta pérdida del conocimiento. Estudios recientes muestran que este estado de éxtasis podría tener una base neurológica, al ocasionar la música la activación de redes neuronales que intervienen en la introspección, el procesamiento de las emociones y la memoria.5

Por el lado de los peligros imaginarios, la historia de la música ha seguido un arreglo, tan improvisado como predecible, en el que tarda más en aparecer un nuevo movimiento o género musical que en ser señalado como una amenaza a la moralidad y al statu quo (lo que los nazis llamarían música degenerada). Es a partir del siglo XVIII que, sin abandonar el terreno moral, la ciencia empieza a etiquetar a la música como patológica con base en hipótesis médicas que, en ese entonces y la mayor parte de las veces, señalan que detrás de las enfermedades provocadas por la ejecución de una pieza musical está la sobrexcitación de los nervios que sobreviene al escucharla.

Mención especial en el concierto de instrumentos con efectos tan devastadores como fantasiosos en la audiencia merece la armónica de cristal, inventada por Benjamin Franklin hacia 1760. Autores de libros de musicoterapia de esa época concordaban en que escuchar el sonido cristalino de esta automatización del principio de los vasos musicales alteraba los —en su opinión— débiles nervios de las mujeres, causándoles serias aflicciones y hasta la muerte.6 En 1786 Karl Leopold Röllig, afamado compositor de música de armónica de cristal, se quejaba del sufrimiento físico y mental que esta invención demoniaca le había traído (que, posiblemente y dado que no dejó de tocarla, debió compensarse con sus goces en otras áreas) y añadía que ésta “hace que las mujeres desfallezcan, provoca convulsiones a los perros, ocasiona que una joven durmiente se despierte gritando”. Según el fisiólogo Joseph-Louis Roger (contemporáneo de Röllig), “incluso el hombre más robusto no puede oírla por una hora sin sentirse mal”.

En los siglos venideros la afectación nerviosa seguiría siendo la parte medular de las acusaciones contra la música patológica, con el añadido hacia finales del siglo XIX de una condición nerviosa introducida por el médico Fernand Levillain: la neurastenia. Levillain estaba convencido de que la música moderna (para esos años), como todo lo compuesto por Richard Wagner, era una fuente de fatiga, ansiedad, depresión y agotamiento de las reservas energéticas de nuestro sistema nervioso (lo que es tan cierto como la medicina cuántica de Deepak Chopra). De acuerdo con George Miller Beard (médico que popularizó el término), la causa inmediata de la neurastenia era la excitación sexual femenina fuera del matrimonio; la causa última, los nervios alterados por la música, lo que podía llevar a un increíble (por inexistente) “orgasmo ovárico”.

La que es posiblemente la más enfermiza de las variaciones sobre el tema de la música patológica es su uso como instrumento de tortura. El historiador de la música James Kennaway advierte que, con el auge del conductismo y de la visión neopavloviana de lo humano como susceptible de ser (re)programado, la música fue considerada como una posibilidad, digna de estudio científico, para lavar el cerebro, destruir la fuerza de voluntad y, en definitiva, dañar psicológicamente a una persona. En Guantánamo, por ejemplo y de acuerdo con Kennaway, canciones de Britney Spears y Cristina Aguilera han sido usadas para humillar sexualmente a los prisioneros.

Para terminar este breve recital de música patológica y una vez silenciado el ruido que provoca cada acusación a ésta como patogénica, inmoral, degenerada o satánica, entre otros adjetivos, es posible que lo que escuchemos sea una sinfonía discorde de los miedos y ansiedades que marcan a cada época.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción


1 Dado que lo que nuestro cerebro interpreta como música llega a nuestros oídos como ondas sonoras, oscilaciones que se forman y propagan en un medio elástico —que es capaz de vibrar—, como el constituido por las moléculas del aire.

2 Johnson, B. “‘Lend me your ears’: Social policy and the hearing body”, Int. J. Cul. Pol., 19(3), 2013, pp. 353-365.

3 Poskanzer, D. C.; Brown, A. E., y Miller, H. “Musicogenic epilepsy caused only by a discrete frequency band of church bells”, Brain, 1962, pp. 77-92.

4 Kin, K. L.; Wang, H. S., y Kao, P. F. “A young infant with musicogenic epilepsy”, Pediatric Neurol., 28(5), 2003, pp. 379-381.

5 Arias, M. “Neurología del éxtasis y fenómenos aledaños: epilepsia extática, orgásmica y musicogénica. Síndrome de Stendhal. Fenómenos autoscópicos”, Neurología, 34(1), 2019, pp. 55-61.

6 Las anéctodas subsecuentes son citadas por James Kennaway, autor de varios artículos y un libro sobre medicina patológica: Bad Vibrations. The History of the Idea of Music as a Cause of Disease.