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¿Quién de joven no colgó en la cabecera de su cama un póster del Che? ¿Quién no tuvo en sus manos El Diario del Che en Bolivia en la edición de 1968 de Siglo XXI editores? ¿Quién no escuchó hasta el cansancio “Fusil contra fusil”?

El Che es la imagen de la revuelta libertaria de los años 60, el rostro de la lucha contra el imperialismo y el símbolo de una renovada izquierda posestalinista. Sus luchas, heroicas según sus devotos, se han contado en canciones, poemas, libros, documentales y películas, las más recientes, “Diarios de Motocicleta” y “Che”, protagonizadas por Gael García Bernal y Benicio del Toro, respectivamente. Incluso Santana tiene una versión de “Hasta siempre, comandante”.

Hay, sin embargo, otras leyendas y anécdotas que nos hablan de un guerrillero desalmado y un luchador social que glorificó la inquina. “El odio es el elemento central de nuestra lucha”, afirmó en alguna ocasión. Fue además un funcionario cruel, embelesado con los juicios sumarios. En los años primeros de la Revolución Cubana se le conoció como el Carnicero de San Carlos de La Cabaña, la fortaleza militar del siglo XVIII situada a la entrada de la bahía de La Habana en donde estableció su comandancia al triunfo de la gesta rebelde y fungió como Juez Supremo de los Tribunales Revolucionarios. Allí condujo incontables juicios simulados y supervisó el fusilamiento de decenas de partidarios de Batista acusados de crímenes de guerra y disidentes que, decepcionados con el curso que había tomado la revolución, optaron por bajarse del tren de los barbudos. Con frecuencia las ejecuciones se filmaban y se transmitían después por televisión o en los cines, antes de la proyección de las películas, con el propósito de enardecer a los partidarios de la revolución y aterrorizar al pueblo.

Ilustración: Patricio Betteo

Ahora que el presidente López Obrador trajo a colación la figura del Che como ejemplo para los médicos mexicanos y que Morena anunció la puesta en operación de la versión mexicana de los Comités de Defensa de la Revolución, vale la pena recordar uno de los episodios más lamentables de la Revolución Cubana en cuya implantación participaron este controvertido personaje y sus dos principales socios, los hermanos Castro: las Unidades Militares de Ayuda a la Producción o UMAP. En años recientes se publicaron en Letras Libres dos extraordinarias notas sobre este asunto, una, “Fidel y los momentos gay”, escrita por Guillermo Sheridan, y la otra, “Academias para producir machos en Cuba”, escrita por Abel Sierra Madero. No está de más insistir en el tema porque, a juzgar por la popularidad de los próceres de la Revolución Cubana entre los fieles de la 4T, parece que ésta es una historia que no se ha contado lo suficiente. Va de nuez.

Se calcula que en los primeros 10 años de la Revolución Cubana se ejecutaron entre 7000 y 10 000 disidentes, y más de 40 000 fueron enviados a prisión o a las 250 UMAP que operaron en la provincia de Camagüey entre 1965 y 1968. En esas unidades agrícolas se encerró sobre todo a jóvenes de entre 18 y 27 años de edad que eran opositores políticos del régimen, libres pensadores, Testigos de Jehová, Adventistas del Séptimo Día, líderes religiosos, abakúes, santeros, campesinos que se resistieron a la colectivización, jipis y homosexuales; los blancos de la llamada “depuración moral”. De acuerdo con un informe sobre derechos humanos en Cuba publicado en 1967, el objetivo de las UMAP era sobre todo disponer de trabajo gratuito para el Estado, pero también reeducar a los jóvenes que se rehusaban a colaborar con las tareas revolucionarias.

A principios de los años 60, la economía cubana dependía casi por completo del azúcar, que se explotaba, en su mayor parte, de forma manual. En esa época Fidel Castro tenía la intención de llevar a la isla a “una etapa superior del socialismo” y contaba para eso con producir millones de toneladas de azúcar. Para cumplir con ese ambicioso objetivo necesitaba movilizar fuerza de trabajo hacia las zonas en donde operaban las grandes plantaciones de caña. El sur de la provincia de Camagüey, con enormes extensiones aisladas de tierra desierta, resultó el sitio ideal para la instalación de las nuevas unidades.

La mano de obra se reclutó en dos grandes “recogidas” de jóvenes que se dieron en noviembre de 1965 y junio de 1966 mediante una falsa convocatoria al Servicio Militar Obligatorio. A muchos otros se les aprehendió en plena calle o incluso en sus domicilios. Los Comités de Defensa de la Revolución eran los encargados de identificar y facilitar a los candidatos y cualquiera joven que fuese considerado “antisocial” o “contrarrevolucionario” o simplemente tuviera un comportamiento pintoresco corría peligro de terminar trabajando en alguna de estas unidades.

Una UMAP típica tenía unos cientos de metros de largo y unos 150 metros de ancho. Estaba rodeado por una cerca de alambre de púas de tres metros de alto y no disponía ni de agua corriente ni de electricidad. Contaba con comedor y dormitorios para 120 internos, que se distribuían en compañías de 40 y escuadrones de 10. Los campamentos ostentaban nombres grandilocuentes: “Vietnam Heroico”, “Mártires de Girón”, “Héroes del Granma”.

Los internos trabajaban entre 10 y 12 horas diarias en las plantaciones, de lunes a sábado, bajo un estricto régimen militar. En ocasiones hacían trabajo “voluntario” los domingos. Un agente político, además, se ocupaba diariamente de su reeducación. Cuando los internos no mostraban el comportamiento esperado o no cumplían con las cuotas de producción, se les imponían terribles castigos: se les restringían el agua y la comida; se les cancelaban las visitas y la correspondencia; se les ataba desnudos a un poste con alambres de púas; se les sometía a falsos fusilamientos; se les enterraba hasta el cuello por días, o se les hundía en la mierda de las letrinas. Estos escarmientos solían quedar en manos de guardias iletrados, arbitrarios y abusivos. Los Testigos de Jehová eran posiblemente quienes peor trato recibían por el vínculo de su credo con Estados Unidos y su abierta postura apolítica, que incluía, entre cosas, el rechazo a usar el uniforme militar de las UMAP y su negación a portar armas.

Uno de los jóvenes que estuvo encerrado en las UMAP fue Pablo Milanés, quien en 2015 se atrevió finalmente a denunciar, en una entrevista a El País, su confinamiento en unas de esas unidades:

Allí estuvimos, entre 1965 y finales de 1967 […] en campos de concentración, con trabajos forzados desde las cinco de la madrugada hasta el anochecer, sin ninguna justificación ni explicaciones, y mucho menos el perdón que estoy esperando que pida el Gobierno cubano. Yo tenía 23 años y me fugué […]  El resultado fue que me enviaron preso durante dos meses a la fortaleza de La Cabaña y luego estuve en un campamento de castigo peor que las UMAP.

Pero como reza el dicho anglosajón: “Too little, too late”. Él mismo tendría que haber pedido disculpas por haber servido tan diligentemente durante décadas a un régimen tan despiadado.

Según Joseph Tahbaz, las UMAP podrían entenderse como campos de concentración donde se impuso un régimen de trabajo forzado —como el del  Gulag— y como centros de reeducación política —como los que montó Mao durante la Revolución Cultural—, pero también como campos de experimentación en donde se buscó la rehabilitación de los homosexuales o pájaros, como se les llamaba en La Habana. De hecho, había unidades especiales para los jóvenes de “espíritu blandengue”. “Castro no tiene judíos”, decía Sartre, “pero tiene homosexuales”.

En su libro The Gay Cuban Nation, Emilio Bejel menciona que para la dirigencia cubana la homosexualidad era una peligrosa herencia capitalista que corrompía a niños y jóvenes e impedía el surgimiento de ese ‘hombre nuevo’ del que tanto hablaron en sus canciones los sumisos compositores de la Trova Cubana. Solo las duras labores agrícolas podrían acabar con ese mal. De hecho, el título de la novela de Lorenz Diefenbach que el Tercer Reich utilizó como lema en Auschwitz y otros campos de concentración (“El trabajo os hará libres”) coronaba, modificado, las rejas de entrada de algunas UMAP: “El trabajo os hará hombres”.

El origen de las UMAP para homosexuales es verdaderamente siniestro. Se cuenta que en busca de una “solución” para el “problema de los homosexuales”, Raúl Castro, jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y Ramiro Valdés, jefe del Ministerio del Interior, hicieron sendos viajes a Bulgaria y China comunistas. Castro visitó Sofía y Valdés se fue a Shanghái.

En Sofía, Castró se entrevistó con los máximos líderes del gobierno búlgaro, quienes le aseguraron que en las calles de su capital ya no había homosexuales porque se habían enviado a campos de trabajo forzado para “convertirlos en hombres”. De regreso a Cuba, Castro se reunió con Ramiro Valdés, quien le explicó que en China el “problema de los homosexuales” se había resuelto matándolos en redadas. Durante las fiestas tradicionales, diversos grupos de militantes comunistas muy bien entrenados les caían a estacazos en la confusión de las celebraciones y lanzaban después sus cuerpos a los ríos.1 “La fórmula de Bulgaria me parece la mejor” dicen que Castro le comentó a Valdés. “Los convertiremos en militares a las buenas o las malas. Entrarán al Servicio Militar Obligatorio y de allí saldrán hombres”, sentenció.

Las UMAP constituyeron, no cabe duda, un componente central de una política de erradicación de la homosexualidad, entendida ésta como enfermedad prevenible con un riguroso entrenamiento militar, diagnosticable con innovadores procedimientos psicológicos y curable con técnicas pavlovianas. Abel Sierra Madero cuenta como los psicólogos cubanos que trabajaron en las UMAP echaron mano, para describir el comportamiento homosexual, de la noción de “afocancia”, un gracioso cubanismo que hace referencia a ciertas extravagancias en la manera de vestir. Con ese término distribuyeron a los homosexuales de las UMAP en cuatro categorías clínicas: A1, A2, A3 y A4. El afocante tipo 1 era aquel que no hacía ostentación de su ‘problema’, era revolucionario –es decir, no quería salir del país– y estaba más o menos integrado a la sociedad. El afocante tipo 4, en cambio, era “el que soltaba las plumas” y no tenía ninguna intención de integración revolucionaria.

Y ese absurdo proceso diagnóstico se acompañó de feroces terapias. Tahbaz cita el siguiente testimonio del dramaturgo Héctor Santiago:

Te producían choques insulínicos o te aplicaban electrochoques mientras te mostraban fotografías de hombres desnudos. Ya recuperado, te daban comida y puros, y te pasaban películas de sexo heterosexual […] En ocasiones te dejaban sin agua y sin comida durante tres días mientras te mostraban fotografías de hombres desnudos, y ya después te daban de comer y te enseñaban imágenes de mujeres.

Las terapias resultaron un fracaso absoluto y se abandonaron a los pocos meses. Un exinterno, probablemente un afocante tipo 4, comentó: “Probaron todo conmigo, pero no pudieron quitarme mi femineidad”.

En 1964, sin embargo, Fidel Castro se jactaba de los efectos que las UMAP y el Servicio Militar Obligatorio habían tenido en la juventud cubana:

Lo que no pudieron enseñarles en la casa, lo que no pudieron enseñarles en la escuela, lo que no pudieron enseñarles en el instituto, lo aprendieron en el ejército, lo aprendieron en una unidad militar.

Cuarenta y seis años después, en una entrevista que le hizo el periódico La Jornada, se le preguntó sobre la persecución de homosexuales en Cuba. Tras pedir un respiro para recordar, contestó con gravedad:

Sí, fueron momentos de una gran injusticia, una gran injusticia, la haya hecho quien sea, si la hicimos nosotros, nosotros […] Estoy tratando de delimitar mi responsabilidad en todo eso porque, desde luego, personalmente, yo no tengo ese tipo de prejuicios.

Pero la verdad siempre fue otra. En “Los laberintos del fracaso”, un texto publicado en La Jornada Semanal en 1996, Regis Debray, el escritor francés y excompañero de ruta de los cubanos, señaló: “Pureza de los ángeles exterminadores: el Che, como Fidel, nunca toleró a su alrededor a homosexuales, desviados o ‘corruptos’”.

El escandaloso proyecto de las UMAP, denunciado por Nestor Almendros y Orlando Jiménez Leal en el documental Conducta Impropia, disponible en la internet, llegó a su fin formal en 1968. Las autoridades cubanas no pudieron con la valiente crítica local, encabezada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y con la presión internacional, que encabezaron Jean Paul Sartre y el editor italiano Gian Giacomo Feltrinelli. Sin embargo, esta experiencia se retomó en los años ochenta en respuesta al surgimiento de los primeros casos de sida en la isla. Sin embargo, no fueron en esta otra ocasión los cuerpos de seguridad de la dictadura los directamente encargados de reimplantarla para segregar ahora a las personas con VIH/sida, sino las autoridades de salud en su papel de policía sanitaria. Pero esa es otra lastimosa historia de la Revolución Cubana en la que nada tuvo que ver el Che porque ya había muerto. La contaré en algún otro momento, tal vez cuando el coordinador de Opinión de La Jornada ensalce el trabajo que hace Cuba para controlar el sida o algún funcionario de la 4T se queje de la extrema independencia de las organizaciones de la sociedad civil que defienden en México los derechos de las personas que viven con VIH.

 

Octavio Gómez Dantés


1 La versión que cuenta Mario Vargas Llosa es ligeramente diferente. En el libro de Rubén Gallo Mario Vargas Llosa. Conversación en Princeton, el escritor narra lo siguiente: “Carlos Franqui […] cuenta que en las primeras reuniones del Consejo de Ministros los revolucionarios se preguntaban: ‘¿Qué hacemos con los homosexuales? ¿Cuál debe ser la actitud de la Revolución hacia la homosexualidad?’ Se discutió mucho el asunto hasta que la dirección cubana consultó a los otros países socialistas, a la Unión Soviética, a China, a las repúblicas del Europa del Este. De entre todas las respuestas la más escalofriante fue la de los chinos, que aseguraban que habían solucionado ese problema fusilando a los homosexuales”.