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Este texto fue publicado originalmente en la Revista Común y se reproduce con su autorización.


La coyuntura de la pandemia de COVID-19 ha agudizado la polarización de la clase media ilustrada en torno a la gestión de Andrés Manuel López Obrador. De acuerdo con las estadísticas más actuales, la aprobación de AMLO se encuentra dividida prácticamente a partes iguales. No existe aún un ejercicio estadístico para medir tal aprobación dentro del sector ilustrado, pero si las reacciones en redes sociales de algunos de sus miembros fuesen un termómetro de ellas, podríamos percibir un ligero incremento en los niveles de desencanto, frustración, confusión y enojo con el gobierno y una baja en las muestras de incondicionalidad y confianza. Por clase media ilustrada me refiero específicamente a las comunidades académica, científica, intelectual y artística del país. Si bien sus integrantes pueden presentar variaciones significativas de nivel socioeconómico, lo que los une es su pertenencia o un grado significativo de dependencia a las instituciones educativas y culturales de Estado. Se sobreentiende que hay actores de este sector que son independientes del presupuesto público, aunque también se ven afectados por los recortes a la esfera cultural.

Durante la larga era del PRI y las primeras administraciones de la alternancia democrática, los gobiernos oscilaron entre complacer a la clase media ilustrada o brindarle lo mínimo necesario para evitar su insubordinación. Así, el campo cultural mexicano se construyó a partir de la dependencia cuasi total hacia el Estado, misma que en el peor de los casos garantizó el silencio de la intelectualidad ante los abusos del poder y en el mejor, la existencia de “críticos permitidos”. Quienes optaban por un choque frontal con el Estado debían hacerlo al margen de las instituciones públicas y los circuitos paraestatales. AMLO probablemente sea el primer presidente que no busca complacer ni acallar a la clase media ilustrada; pese a descalificar a sus críticos y aplicarles etiquetas homogeneizadoras, la actual administración no ejerce una censura directa como la que se vivió durante el PRIato. De forma recurrente, AMLO se ha mostrado desinteresado en cumplir con las expectativas del sector ilustrado y ha impulsado recortes presupuestales contra instituciones artísticas, de educación superior e investigación científica, los cuales se han agravado durante la actual crisis sanitaria. El aparente desdén presidencial por estos ramos ha dado lugar a dos interpretaciones antagónicas: por un lado, la de quienes argumentan que AMLO es un neoliberal y, por el otro, la de quienes advierten un izquierdismo cuasi totalitario en su afán por controlar al sector cultural, ahorcándolo económicamente. A la luz de la trayectoria ideológica y política de AMLO, ambas interpretaciones resultan ajenas a la realidad. El propósito de este texto es contextualizar la trayectoria y formación de AMLO dentro del nacionalismo revolucionario y la “opción preferencial por los pobres” para comprender las intenciones del presidente y la manera en que él concibe su relación con el sector ilustrado.

Ilustración: Víctor Solís

AMLO (1953) cursó la preparatoria en Villahermosa a principios de la década de los 1970, en un momento en que la izquierda socialista, a pesar de estar fragmentada hasta el infinito, aún era fuerte e influyente en el medio estudiantil. El movimiento estudiantil tabasqueño de 1968 se había conectado con el de la capital del país y había tenido una trayectoria semejante, caracterizada por la violencia porril, la persecución contra la disidencia y la radicalización de un sector del estudiantado. En este contexto emergieron algunos estudiantes-guerrilleros que se sumaron a organizaciones como las Fuerzas de Liberación Nacional (matriz del Ejército Zapatista de Liberación Nacional) entre 1969 y 1972. El maestro al que AMLO atribuye el haber fomentado su interés por la política, Rodolfo Lara Lagunas, fue también activista del ’68 y preso político de coyuntura. En 1972, AMLO se trasladó a la Ciudad de México para estudiar Ciencias Políticas en la UNAM, sin embargo, en medio del clima de efervescencia en el que frecuentemente chocaban la izquierda democrática y la armada, el tabasqueño se decantó por la vía institucional, precisamente durante los años en que el terror estatal llegó a su cúspide, en la etapa conocida como “guerra sucia.” AMLO inició su vida política de la mano del poeta Carlos Pellicer, quien lo invitó a participar en su campaña para senador por el PRI en 1976. En tiempo récord, AMLO pasó de ser un militante de base del PRI a un cuadro medio y de ahí a la administración pública en su estado natal, ocupando diversos cargos entre 1977 y 1983 (principalmente en el Instituto Nacional Indigenista). Durante ese periodo también impartió clases de sociología en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT).

AMLO empezó a coincidir ideológicamente con un grupo de políticos de mediana edad que le debían su ascenso político a los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, entre quienes destacaban Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. La ideología que cohesionaba a este grupo era la del nacionalismo revolucionario, que no era otra cosa sino una versión actualizada del cardenismo. Mientras que AMLO se encontraba en una región periférica a la guerra sucia, tanto Muñoz Ledo como Cárdenas ocuparon puestos públicos importantes durante los peores años del conflicto entre el Estado y la izquierda armada. Los personajes mencionados guardan en común no haberse pronunciado nunca sobre la guerra sucia ni sobre la guerra contra el narcotráfico que también se libró soterradamente en los años setenta. Las nuevas investigaciones que llevamos a cabo algunos historiadores sobre el periodo sacarán a la luz hechos que hasta ahora han pasado desapercibidos, pero que sin duda ayudarán a comprender por qué el grupo de los nacionalistas revolucionarios era orgánica, intelectual e ideológicamente ajeno a lo que en aquellos años se entendía por izquierda. Por el contrario, estuvieron del lado de los enemigos más feroces de esa izquierda. Paradójicamente, debido al peso de su apellido y a su brevísimo paso por el Movimiento de Liberación Nacional (1961-67), Cárdenas mantuvo relaciones diplomáticas con algunos líderes de la izquierda democrática (v. gr. Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Gilberto Rincón Gallardo, Raúl Álvarez Garín, etc.).

Otra característica de aquellos priístas “aficionados de la izquierda,” por llamarlos de algún modo, es que al sentirse herederos de una revolución mostraron una gran fascinación por la cultura de la izquierda comunista, cuyas expresiones vanguardistas y espectaculares nunca pudieron producir sus propias filas. De ahí la mancuerna entre los mecenas priístas y el campo cultural comunista. Esto no es un dato menor sino la fuente misma de la confusión, pues debido a sus conexiones personales y a su promoción de la cultura izquierdista, los nacionalistas revolucionarios fueron paulatinamente legitimados por lo que sobrevivió de la izquierda setentera. En un acto de indulgencia inusitado, muchos de esos sobrevivientes pasaron por alto el que Cárdenas y Muñoz Ledo hubieran estado del lado de aquellos que hicieron todo para acabar con la izquierda, desde la cooptación hasta el exterminio. La misma fórmula de perdón y olvido aplicarían con AMLO años después. AMLO, a su vez, también ha manifestado su agrado por artistas icónicos de la izquierda —el caso más reciente ha sido el del fallecido cantautor Óscar Chávez— con los cuales, sin embargo, nunca compartió trinchera.

En 1988 los nacionalistas revolucionarios rompieron con el PRI, formaron el Frente Nacional Democrático (FND) para contender en las elecciones presidenciales y, después de que Manuel Barlett saboteó el sistema de cómputo electoral para anular la posibilidad del triunfo de Cárdenas, siguieron apostando por la vía institucional, fundando el Partido de la Revolución Democrática en 1989. AMLO fue candidato del FND a la gubernatura de Tabasco y participó en la fundación del PRD. A partir de ese momento se abocó a construir una oposición democrática en Tabasco. En su activismo contra los fraudes electorales, AMLO evidenció su cercanía con otro grupo de actores que lo marcaron ideológicamente: los cristianos que enarbolaban la llamada “opción preferencial por los pobres”. AMLO entabló una estrecha relación con su coetáneo Rafael Landerreche Gómez Morín (1953-2018), quien a pesar de ser nieto del fundador del PAN, Manuel Gómez Morín, tuvo una carrera de servicio social opuesta al panismo empresarial. En 1987, Landerreche participó junto con Pietro Ameglio en la fundación de la sección mexicana de la organización latinoamericana Servicio Paz y Justicia (Serpaj), una ONG que promovía el ideario pacifista de Gandhi en combinación con una interpretación del cristianismo propia de la teología de la liberación. Como ideólogo de la resistencia civil pacífica y del empoderamiento a través de la acción directa no violenta, Landerreche fue una de las figuras que contribuyeron decisivamente a pavimentar el camino de AMLO hacia la toma del poder (al margen de si esa fue su intención o no). En las referencias religiosas en el discurso de AMLO se puede percibir la influencia de los socialcristianos. Estas también son notorias en la actitud de rechazo a la acumulación de riqueza, la austeridad y la inmersión genuina en el pueblo, de los que Landerreche fue un ejemplo excelso.

Landerreche fue el estratega del “éxodo por la democracia” que protagonizó AMLO con un puñado de seguidores en 1991, cuando recorrió 1100 km a pie de Villahermosa al Zócalo de la Ciudad de México para protestar por el fraude electoral en Tabasco. AMLO volvió a emplear la misma estrategia de resistencia civil pacífica en 1994, 1996 y 2006, aunque enfocado a la esfera electoral y a la lucha contra el mal manejo de PEMEX (una de las mayores obsesiones de su vida). Nadie podría haber anticipado que este personaje que bloqueaba pozos petroleros en Tabasco en 1996 llegaría a ser presidente, mientras que Cárdenas y Muñoz Ledo vieron frustradas sus aspiraciones presidenciales una y otra vez.

En un giro asombroso, AMLO rompió con la pesada tradición de centralismo político que marcaba al país. No logró ser gobernador de Tabasco, pero en el 2000 se convirtió en jefe de gobierno de la capital nacional. A partir de ahí construyó la plataforma que finalmente lo llevó a la presidencia en 2018. Como jefe de gobierno y candidato presidencial en 2006, AMLO puso en primer plano a los “pobres,” un término que no debe leerse como herencia del populismo sino en alusión a la “opción preferencial por los pobres.” El problema con esta vertiente religiosa fue que, en los hechos, reproducía relaciones verticales y de patronazgo, en las que el sujeto privilegiado debía llevar a cabo sacrificios personales para ayudar a los pobres a superar su condición. Mientras que la caridad es vertical y reproduce las relaciones de poder, la solidaridad es horizontal y empodera al que la da y al que la recibe; esta también es una de las líneas divisorias entre tener o no una ética de izquierda. Los programas sociales de AMLO como jefe de gobierno tenían un aire innegable de caridad cristiana. No es que el Estado no sea responsable de proteger a los más vulnerables, pero debe hacerlo apelando no a un mínimo necesario para su sobrevivencia sino al máximo posible para garantizar su vida digna. Si bien discursivamente AMLO ha sido fiel hasta el anacronismo al nacionalismo revolucionario y al liberalismo republicano, ha sido su visión social con tintes religiosos la que lo ha posicionado como el político más popular del país. Quienes desconocen la historia de la izquierda mexicana, no han vacilado en atribuir dicha venia social a la pertenencia de AMLO a la izquierda, pese a que él mismo nunca se ha colocado en esa categoría.

Como presidente, AMLO ha llevado a cabo medidas menos progresistas y más draconianas que cuando fue jefe de gobierno de la CDMX. Entre las más sorpresivas destacan sus políticas en detrimento de la clase media ilustrada. AMLO no se percibe como ajeno a la clase media ni a los intelectuales, por el contrario, se considera uno de ellos basado en su experiencia como profesor universitario y en la publicación de 18 libros. AMLO aspira a que el sector ilustrado siga su ejemplo de reducir salarios y beneficios laborales, trabajar tiempo extra sin paga y hacer todo género de sacrificios por la patria y por los pobres. Lo que dice sin decir en su discurso es: “si yo que soy el máximo líder puedo, ustedes tienen que poder.” AMLO le está pidiendo a una comunidad que ya ha sufrido demasiado por los embates del neoliberalismo que sea mesiánica y heroica. Si bien el sector ilustrado fue hasta cierto punto corrompido por el tipo de relación que construyó con el partido de Estado, también es cierto que ha sido uno de los más afectados por las políticas de adelgazamiento del Estado que iniciaron en 1985. No es de extrañarse que la convocatoria de AMLO a aceptar los sacrificios con resignación haya sido recibida con protestas, sin negar tampoco que dentro del sector ilustrado hay elementos fuertemente comprometidos con la 4.ª Transformación. AMLO da muestras de una cortedad de perspectiva al asumirse como líder moral del sector ilustrado en su conjunto, pero al mismo tiempo, éste último comete un craso error interpretativo al asumir que AMLO desprecia la ciencia y la cultura porque es neoliberal o un totalitario de izquierda. AMLO haría bien en analizar por qué sus antecesores buscaron complacer a la clase media ilustrada, o al menos averiguar la importancia que ésta tiene en la construcción de la hegemonía de un régimen. Por supuesto, la invitación no es a que AMLO intente cooptar a este sector, sino a que uno y otro imaginen un nuevo tipo de relación, ajena a los errores y excesos del pasado y basada en la escucha, el entendimiento y el respeto mutuos, tal y como lo hubiera aconsejado Landerreche.

 

Adela Cedillo