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El intenso y ambicioso libro de Charles King, Gods of the Upper Air, plantea esta amplia afirmación: el eminente antropólogo Franz Boas (1858-1942) inspiró una “revolución intelectual” en la primera mitad del siglo XX. Los boasianos lanzaron un ataque científico contra el “chovinismo y el fanatismo”, escribe King, el cual produjo “uno de los mayores cambios de opinión en la historia de la ciencia”. Gracias a ellos los racistas ahora se pueden avergonzar de ellos mismos, las mujeres tienen abiertas todas las profesiones y los homosexuales se besan al despedirse en los andenes. Un relato emotivo. Pero ¿es historia o mito?

El profesor King nos recuerda que, aun en los novecientos treinta, numerosos estadunidenses y europeos con educación e influencia daban por hecho que biología era destino. La historia era un registro del conflicto racial. La política pública se debía basar en la eugenesia. Pero Boas habría de demostrar que la raza no determina la inteligencia, el talento, la personalidad, la moral o las costumbres. Que los hombres y las mujeres no están programados por la naturaleza para cumplir los papeles predeterminados de madre y padre. Nuestra propia cultura es la que nos hace quienes somos.

Ése es el relato de King y el cuento es familiar, es el mismo que se enseña de cajón a los estudiantes de primer año de antropología en las universidades de Estados Unidos. Sólo que es demasiado simple. Boas no inventó toda una nueva teoría sobre la raza y la cultura. Él se había formado en la escuela antropológica de Berlín y transmitió a sus estudiantes en la Universidad de Columbia la doctrina de Berlín. Todas las poblaciones son híbridas, todas las culturas son una mescolanza. Un temprano discípulo de Boas, Robert Lowie, sintetizó la idea de la cultura de Berlín en dos frases. Las culturas “se desarrollan principalmente por los préstamos debidos a los contactos azarosos”. En consecuencia, una civilización es un “revoltijo sin plan… una cosa de jirones y parches”.

La misión del antropólogo era la meticulosa reconstrucción de historias locales. El tiempo no estaba preparado para grandes teorías sobre la naturaleza humana, la raza y la evolución cultural. Los hallazgos de quienes trabajaban en campo debían darse a conocer para destrozar generalizaciones prematuras. La propia investigación de largo aliento de Boas entre los indios kwakiutl de Columbia Británica produjo más de cinco mil páginas de mitos, costumbres y rituales documentados, pero apenas añadió un solo comentario. Cuando un gran antropólogo de Columbia Británica, A. R. Radcliffe-Brown, picó a Boas para que al menos ofreciera una sola generalización, al cabo de toda una vida de investigación antropológica, Boas contestó, luego de pensarlo: “La gente no usa nada que no tenga”.

Pero algunos de sus discípulos estaban preocupados en cuanto a que no era suficiente separar todas las grandes ideas. “¡La gente quiere saber por qué!”, advirtió Alfred Kroeber. El austero mensaje de Boas era difícil de vender. Y Boas, un inmigrante alemán con un fuerte acento, con la cara marcada de cicatrices de sable de sus días de duelista en Heidelberg, formal, irascible y pedante, no era un mensajero carismático. La tarea de la generalización y la popularización cayó en un dúo de mujeres formidables, Ruth Benedict, la segunda de a bordo con Boas en Columbia, y Margaret Mead, a quien King describe como “una de las mayores científicas públicas de Estados Unidos”. Estas dos mujeres brillantes y creativas resultaron excelentes propagandistas, pero en breve modificaron el mensaje de Boas.

El primer libro de Mead, Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, apareció en 1928, cuando ella cumplió 27 años, y fue una obra maestra de divulgación. Como principiante, Mead trabajó su estudio de campo en la Samoa estadunidense a manera de manual para profesores y padres estadunidenses. En Estados Unidos, escribió Mead, los adolescentes eran culposos y vivían frustrados sexualmente, y estaban infestados por una crisis de identidad. Enfrentados a una enorme cantidad de opciones, no tenían la menor idea de quién o qué les gustaría ser al llegar a la adultez. De ahí que les gritaran a sus padres, azotaran las puertas de sus cuartos y se derrumbaran en llanto. Las adolescentes en Samoa eran mucho más felices. Gozaban de libertad sexual. También estaban seguras, porque podían tener la esperanza de vivir la misma vida de sus madres. Y así transitaban sin ningún trauma de la niñez a la edad adulta. La moraleja del relato era obvia. Las crisis de la adolescencia no era obra de cambios hormonales. Los niños infelices lo eran en función de una cultura disfuncional.

El editor puso en la portada la imagen de una mujer con los senos descubiertos y Adolescencia, sexo y cultura en Samoa se convirtió en un superventas. Patrones de cultura, de Ruth Benedict, publicado en 1934, fue otro fenómeno editorial. King escribe que este libro “se convertiría sin discusión alguna en la obra de teoría antropológica mayor más citada y más enseñada”. Este, sin embargo, fue un distanciamiento radical del paradigma de Boas. Boas, desde luego, no era un gran creyente de la gran teoría. Y desconfiaba de las románticas ideas sobre culturas folclóricas unificadas. Sin embargo esta era precisamente la idea de la cultura que defendía Benedict. Ella asimismo sostenía que cada cultura cultivaba supropio tipo de gente y que moldeaba sus personalidades para que encajaran en sus propios fines. Y Benedict dio un paso más, aun más atrevido. Una cultura era en sí misma como una personalidad —podía ser puritana o permisiva, paranoide o confiada, racional o mística.

En un prefacio encendido a Patrones de cultura, Mead hizo un encomio de la visión de Benedict de las “culturas humanas como ‘personalidad ostensible’” (aunque en privado escribió a un amante: “El libro de Ruth está concluido y no es muy bueno”). En 1935, Mead publicó su propia versión sobre la cultura y la personalidad, Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas. Ofreció un relato sobre los papeles de género entres comunidades, unidas por el río Sepik en Nueva Guinea, que ella estudiara en campo con su segundo esposo, Reo Fortune.

En la primera comunidad, los arapesh de las montañas, hombres y mujeres por igual se dedicaban a la crianza y no eran agresivos, eran “femeninos” a ojos de un estadunidense. (Fortune no soportaba a los hombres; a Mead le parecían muy aburridos.) La pareja se mudó a una comunidad muy diferente, los mundugumor. Aquí hombres y mujeres eran sumamente agresivos, absolutamente egoístas y brutales con los niños. (A Fortune la gente le pareció desagradable, pero muy natural; a Mead le pareció interesante, y tuvo una crisis nerviosa.) En una tercera comunidad, los tchambuli, los hombres eran artistoides, narcisistas, malintencionados. A Mead le recordaron a las amas de casa suburbanas de Estados Unidos y les contó a los amigos que nunca había conocido a un grupo de hombres tan neurótico. Las mujeres le cayeron mejor: cooperativas, prácticas, gente sin recovecos. En sus danzas, las mujeres cortejaban a los hombres que vestían como mujeres. Aunque nominalmente los hombres tenían el control, Mead escribió, “la iniciativa y el poder reales están en manos de las mujeres”. (Mead quedó encantada con todo esto, aunque a Fortune le costó mucho trabajo.)

He aquí un fabuloso experimento natural. Demostraba que los papeles masculinos y femeninos estaban determinados por la cultura, no por la biología. Sólo que Mead se había convencido de que ni la cultura ni la biología eran la verdadera cuna de la naturaleza humana. Tampoco era que la cultura moldeara a la personalidad, tal y como lo supuso Benedict. Más bien, la personalidad, o lo que entonces Mead llamó temperamento, era el gran rasgo invariable de la naturaleza humana. Sólo existía un número limitado de temperamentos y ella sospechaba que los fijaba la biología. Surgían en todas las sociedades y si, por suerte, la personalidad de uno encajaba con el patrón cultural, uno sería un miembro feliz y seguro de la sociedad. Pero una persona cuya naturaleza no encajara con la cultura se convertiría en un rebelde, en un artista o en un chamán —o acaso sucumbiera a una enfermedad mental.

Esto ya estaba muy lejos de la ortodoxia boasiana, sin embargo, Mead se mostró renuente a admitir que tanto ella como Benedict se habían alejado de “Papá Franz”.Su blando y evasivo libro de memorias, Invierno de mora, publicado en 1972, atenuó el grado de su propia rebelión, y me parece que ella habría recibido muy bien el supuesto de King según el cual Mead y Benedict llevaron adelante el ortodoxo programa boasiano. En el verano de 1976, pasé una semana en la ciudad de Nueva York entrevistando a Mead para un documental de la BBC sobre su obra y su vida. Mead descartó todas mis preguntas y prefirió citar al pie de la letra Invierno de mora y recitar, por centésima vez, la historia de origen de su bautismo intelectual de parte de Boas y la épica de sus dos trabajos de campo más famosos.

Para entonces, sin embargo, se preparaba un contragolpe. Unos cuantos años después de su muerte, en 1978, Derek Freeman, profesor de antropología en Camberra, Australia, publicó una crítica salvaje sobre el estudio samoano de Mead. Él sostenía que ella había manipulado sus hallazgos para que embonaran con la teoría de Boas de que la cultura supera a la biología. Aún peor, Freeman insinuó que las jóvenes informantes de Mead la engañaron deliberadamente, ufanándose de su vida sexual, cuando en realidad estas adolescentes estaban bajo la firme tutela de sus padres y tenían que permanecer vírgenes hasta el matrimonio. Para colmo, Freeman festinó que, al acabar con el primer libro de Mead, propinaba el golpe decisivo en contra de toda la estructura del relativismo cultural.

Freeman era un obsesivo estrafalario y su ataque a la investigación de Mead fue exageradísimo, pero sus asertos los recibieron bien algunos intelectuales conservadores. En 1987, en un popularísimo libro polémico, El cierre de la mente moderna, Allan Bloom se fue contra los relativistas culturales. La propia Mead fue uno de los blancos. “Los osados sexuales como Margaret Mead”, escribió Bloom, “nos dijeron que no sólo debíamos conocer otras culturas y aprender a respetarlas, sino que también podíamos sacar provecho de ellas”. Esto, tronó Bloom, no era propio de un estadunidense. “Todos estos maestros de la apertura no tenían interés en o eran abiertamente hostiles hacia la Declaración de Independencia y la Constitución”.

Bloom aquí está siendo hipócrita. Él mismo era homosexual y alguien osado sexualmente. Pero estaba en lo cierto al afirmar que la propia Mead era bisexual y osada. En los novecientos ochenta empezaron a salir una serie de biografías, con relatos sensacionalistas sobre sus tres matrimonios y una variedad de relaciones heterosexuales y lésbicas. King ofrece una imagen sorprendente de Mead rumbo a Samoa para iniciar su estudio de campo: “Atrás dejaba un marido en Nueva York y un novio en Chicago y había gastado el trayecto en el tren transcontinental en los brazos de una mujer”. Esa mujer era Ruth Benedict. Estas revelaciones, curiosamente, sirvieron para devolver el interés en Mead y Benedict. Espíritus libres y pioneras académicas, fueron refundidas como íconos para una nueva generación de feministas.

Ellas dos no fueron las únicas mujeres poderosas en el círculo de Boas y King ofrece un perfil particularmente notable de Zora Neale Hurston. Hija de un ministro bautista que era alcalde de Eatonville, un pueblo de negros en Florida, Hurston recogió cuentos folclóricos en el sur de Estados Unidos y en el Caribe animada por Boas. Publicó colecciones de relatos folclóricos y también varias novelas en las que metió zombis y vudú, pero murió en la oscuridad en 1960. La poeta y novelista Alice Walker rastreó su archivo y promovió su obra y hoy Hurston es una figura relevante en el Renacimiento de Harlem. Se puede decir, sin embargo, que lo más importante que aprendió de Boas no fue una gran idea sino más bien un método. Hurston lo sintetizó en términos que muchos antropólogos reconocerán de inmediato: “Quédate un rato de cuclillas y empezarán a pasar cosas”. O de manera aun más memorable, en palabras de uno de sus personajes de ficción: “Es un hecho que tú sabes, tienes que ir allá para saber lo que sucede allá”.

Así, ¿historia o mito en el libro de King? Tiene un poco de ambos, como las narraciones kwakiutl que Boas reunió en Columbia Británica.

 

Adam Kuper
Antropólogo social. Autor de: Cultura. La versión de los antropólogos, entre otros.

Traducción de Antonio Saborit