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Manuel José Othón compuso su poema el Himno de los bosques a pequeños fragmentos que traía en diferentes pedazos de papel, todos arrugados. Los amigos los leían con delectación y sacaban copias y más copias, y por más que lo hostigaban, no conseguían que le pusiera fin a ese poema, uno de los mejores que, en su género, se han escrito en América y de los que más fielmente dan la sensación profunda y aguda de las cosas. Othón decía que ya haría en cualquier chico rato los nexos que le faltaban para unir entre sí todo lo que llevaba escrito y que le pondría un final sobre la noche que ya tenía pensado y muy bien pensado y hasta almacenados, para el efecto, numerosos versos en la memoria.

Pero ese chico rato no llegaba nunca, porque por ese tiempo andaba Manuel José muy atareado dizque en el descubrimiento de una cierta bebida, especie de coctel, cuya complicada fórmula fue conocida, según lo declaró Oliveretto di Fermo, momentos antes de mandarlo matar César Borgia, por Gudiá, rey de Lagash, en Sumir, anterior a Hamú-rabi (a quien todavía no llamaban “Shar-Kibratim-Arbaim”, esto es: “Señor de las cuatro regiones”) pero se extravió esa fórmula cuando la peste de Florencia, y más tarde fue encontrada por el Camarlengo de Urbano III y después de saborear esa bebida varias generaciones de epicúreos cardenales, se perdió definitivamente en el zafarrancho que en Roma armó Napoleón, ese insaciado devorador de espacios, pero Manuel José Othón afirmaba, con férrea convicción de iluminado, que tendría él que reconstruirla, pues que ya poseía uno de los elementos indispensables para la confección, el tequila, que halló citado a ese propósito con caracteres cúficos en un arratonado cartulario del siglo XVI que se guarda en el cofre de tres llaves del convento de Comendadoras de Santiago Papasquiaro, y que ya con ese elemento vernáculo daría con la embriagante composición final, así como Cuvier, con habilidad deductiva, reconstruyó el esqueleto del antediluviano megaterio con sólo haber tenido en su poder una muela gorda y pesada, como tronco de ahuehuete, y que conservaba en su sala, según el decir del acucioso y desventurado caballero Lorenzo Boturini Benaducci, para que hiciera las adecuadas funciones de banquillo cuando llegara el caso de que se comprase un piano forte al serle finiquitadas las siete mensualidades atrasadas que le debía, en muy buena ley, la Sorbona, en donde enseñaba cristalografía, copto y el modo de elevar cometas.

Todo el día se lo pasaba Manuel José en las cantinas ensayando báquicas alquimias para hacerse con el impenetrable secreto que no habían podido obtener sabios investigadores a pesar de que los Médicis —contaba con muchos pormenores— alquilaron espléndidamente para su servicio a unos ilustres maestros de Minesota, con agudeza de detectives y a otro aún más eminente que ellos, rector que era de la floreciente Universidad de Thamboyoche, rotulado don Alphonsus Herrera que según Goethe, en la segunda parte del Fausto, explica que sólo daba quehacer a los jueces del Registro Civil fabricando, en sus probetas y retortas de cristal de Sajonia, futuros electores, ya saturados del sanguinolento e inútil Sufragio efectivo y no reelección y con los que pronto poblaría los llanos de Chihuahua si no le faltaban probetas y, sobre todo, polvos eficaces para hacer el barro humano.

Esta cáfila de estrambóticos disparates y otros aún más revesados aducía constantemente Manuel José para justificar las tremendas revolturas de fuertes vinos embriagantes que hacía a diario, con perseverante afán, para hallarse pronto en las glorias de Baco.

Fuente: Artemio de Valle-Arizpe, Anecdotario de Manuel José Othón. Editorial Diana, México, 1980.