El presidente, ante la caída de sus niveles de aprobación diaria en marzo y los primeros días de abril, que lo llevaron a una valoración positiva entre el 46 % y 48 %, la más baja en sus primeros 16 meses de gobierno, optó por cambiar su discurso y estrategia de comunicación entre el 10 y 12 de abril.

A partir de entonces se vuelve a refugiar en su discurso de campaña, el que ha sostenido a largo de los últimos 20 años, que ya en el gobierno había dejado paulatinamente y solo volvía a él de vez en vez motivado por distintas circunstancias. De momento el cambio le ha permitido detener la caída e incluso tener una recuperación marginal.

A partir del inicio de la segunda quincena de abril los tres grandes problemas presentes en la agenda nacional; la pandemia del COVID-19, la inseguridad que ha crecido, y la crisis económica que se ha profundizado, los empezó a tratar “envueltos” en los temas de campaña.

Este discurso se articula a partir de cuatro grandes ejes: la polarización social; la distinción entre el pueblo bueno y la burguesía, entre pobre y ricos; la descalificación de todos los que no piensan como él a quienes califica de conservadores o neoliberales y la lucha contra la corrupción el origen de todos los males nacionales.

Ilustración: Sergio Bordón

Para posicionar su texto y lograr que se difunda a través de los medios y las redes, el presidente, es parte de la estrategia, inventa pleitos con base en evidentes mentiras o medias verdades, en contra de ocho “enemigos”. En sus comparecencias mañaneras ataca a por lo menos uno de estos que son:

1. El pasado. Para el presidente el pasado arranca con el gobierno de Miguel de la Madrid (1982-1988). Con él inicia el neoliberalismo, la causa de todos los problemas económicos y sociales del país. Es la explicación de la desigualdad social y la pobreza. En su visión las  gestiones de Luis Echeverría (1970-1976), José López Portillo (1976-1982) e incluso Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) fueron buenas. Y la peor la de Carlos Salinas de Gortari (188-1994) al que se refiere en repetidas ocasiones.

2. Los medios. Todos los medios que no están de su lado y alaban su gestión son sus enemigos. Los ataques los  concentran en los periódicos Reforma y El Universal a quienes califica de parciales y conservadores. Los acusa de “no reconocen nada bueno del gobierno” y de no ser profesionales. Nunca critica a las grandes televisoras y cadenas de radio que asume como sus aliadas.

3. Los periodistas. Lo que sucede con los medios ocurre también con los periodistas en lo particular. Todos los que no aplauden lo que dice y hace son sus enemigos. El buen periodismo, para él pasa necesariamente por reconocer y apoyar su gestión. Quien no lo hace es conservador y parcial. En su ataque trata de no personalizar, para no crear víctimas de la persecución del gobierno, pero en ocasiones no resiste y da nombres en lo particular.

4. Los empresarios. Hace distinciones entre los que son aliados del gobierno, a los que trata bien y obtienen grandes contratos, y los que no lo son. El punto central es, una vez más, si aplauden o no su gestión. Cada vez que se agravan los problemas o que quiere llevar la discusión a otro lado acusa a los empresarios de conservadores, de que se enriquecen, de que tratan mal a sus trabajadores y de que no pagan impuestos.

5. La oposición. El presidente a los partidos y los políticos que están en la oposición los ha decretado sus enemigos jurados. La crítica la concentra sobre el PRI, del que por 14 años fue militante, y el PAN. Son el PRIAN. En su discurso los identifica como uno solo. Ellos, a partir del presidente De la Madrid, son los responsables del proyecto neoliberal y conservador que se implementó hasta que él llego, para ponerle fin. Para el presidente ser de la oposición es sinónimo de corrupción, pero no critica a los corruptos confesos que militan en Morena.

6. Las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC). Para el presidente las OSC autónomas e independientes que defienden causas o prestan servicios complementarios a los que ofrece el gobierno no deberían existir. Son inventos del neoliberalismo, para socavar el poder del Ejecutivo. En la comparecencia mañanera con frecuencia las ataca y descalifica. No resiste el real liderazgo social de las OSC y las ve como competencia.

7. Los que quieren le vaya mal. Hay un enemigo que no identifica con algún sector en lo particular, que califica como los que siempre “quieren que me vaya mal”. Cuando tiene problemas, es otro de sus recursos, hace referencia a éste grupo genérico integrado por conservadores que quieren regresar al pasado que él, esa es su misión en la vida, va impedir vuelvan al poder y con ellos regrese el neoliberalismo que ya quedó eliminado, para siempre, porque ya lo decretó.

8. Los que traman un complot. El presidente en ocasiones hace referencia, sin identificar, a quienes asegura, sin dar ningún dato, se propone organizar un complot en su contra, para quitarlo del poder. No existe la mínima posibilidad de que eso pueda ocurrir, entre otras cosas porque tiene todo el apoyo de las Fueras Armadas, pero también es un recurso que utiliza, de vez en vez, para plantearse como un mártir que es atacado por las fuerzas más oscuras y reaccionarias. No hay tales.

La estrategia de comunicación del presidente se articula a partir de un discurso centrado en la polarización social y en el ataque a enemigos que construye, pero que no existen en la realidad. En todo caso son opositores, pero no más. Él sabe que su base social quiere oír eso y que también lo quieren ver como un “guerrero justiciero” que combate a quienes se le oponen. Ese escenario épico, construido cuidadosamente por el presidente, les entusiasma y convoca.

Al presidente esa estrategia le ha funcionado, para hacerse de la presidencia. Está por ver si en el ejercicio del poder le servirá para mantener sus niveles de aceptación. Lo que hasta ahora se ve es que cada vez le resulta menos rentable y empieza a verse desgastada. Esta le garantiza seguir con una gran presencia en los medios, pero no conservar la imagen muy positiva que tuvo al arrancar su gobierno. Ya veremos. 

 

Rubén Aguilar Valenzuela