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En la festividad de Pentecostés de 1547 se representó en Valenciennes una Vida de Cristo sobre la cual un cronista contemporáneo nos da la siguiente noticia:

En la casa del duque de Arschot, los más respetables vecinos de nuestra ciudad llevaron a escena la Vida, Muerte y Pasión de Nuestro Señor. Durante 25 actos fue dado contemplar las cosas más notables y maravillosas. Los misterios del Paraíso y del Infierno rayaban en lo fabuloso y no me sorprendería que el vulgo los hubiera tomado por obra de encantamiento. Allí se contemplaba cómo descendían desde lo alto la Verdad encarnada, los ángeles y demás personalidades, a veces en forma visible y otras apareciendo repentinamente de la oscuridad. Desde el Infierno, y sin saber cómo, surgía Lucifer caballero sobre un dragón. La vara de Moisés, antes seca y estéril, se engalanaba súbitamente de flores y frutos. Los diablos se llevaban en un vuelo las almas de Herodes y de Judas. Asistimos también a la exorcización de demonios, y a la curación de hidrópicos y otros enfermos: cosas de todo punto maravillosas. Aquí veíamos a un diablo, capaz de trepar unos cuarenta pies hasta lo alto de un muro, que se llevaba a Jesucristo por las alturas; algo más allá se hacía invisible; en otro lugar se veía su transfiguración sobre el monte Tabor. Se le veía transformar el agua en vino, con tal misterio que parecía increíble; y más de cien hombres pretendían gustar de ese vino. Los cinco panes y dos peces se multiplicaban con la más perfecta ilusión, y eran distribuidos entre más de mil huéspedes y alcanzaban todavía para colmar doce canastos. Podía verse cómo se secaba una higuera al ser maldecida por el Señor; y cómo todas sus hojas se marchitaban en un instante. También se representaba el eclipse de sol, el terremoto, las peñas quebrantadas y demás portentos que señalaron la muerte de nuestro Salvador.

 

Fuente: Karl Vossler (1872-1949), Formas poéticas de los pueblos románicos. Traducción de José María Coco Ferraris. Editorial Losada, Buenos Aires, 1960.