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En años recientes la brujería, vista durante mucho tiempo con sospecha e incluso hostilidad, se ha vuelto un fenómeno extendido. El aquelarre tiene nueva plantilla: brujas de mar, brujas urbanas, brujas cabañeras, brujas de cocina y hasta brujas influenciadoras que dan recetas para agua de luna o imaginativas fotos de altares bañados en luz de velas. Hay brujas que viven en Winnipeg y en Indiana, San Francisco y Dubái; llevan a cabo rituales en los parques públicos de Manhattan y venden curas contra la cruda en 11.99 dólares que “ajustan la vibración del alcohol de modo que no le añada ni densidad ni ‘peso’ enérgético extra a tu aura”. Los conjuros y los montajes de altares se han vuelto muy lucrativos. Quien quiera puede asistir a un ritual del equinoccio de otoño organizado por Airbnb, suscribirse para recibir cajas de bruja equivalentes del Blue Apron para hacer magia, y comprar limpiadores de aura en Etsy. La bruja influenciadora que reina en Instagram, Bri Luna, tiene más de 450 000 seguidores y ha colaborado con Coach, Refinery29 y Smashbox, para la cual hace poco elaboró una línea de cosméticos “inspirada en la cualidad transformadora de los cristales”.

Cada vez que hay eventos que sacuden las bases de la sociedad —la Guerra Civil estadunidense, las agitaciones en la Rusia prerrevolucionaria, el ascenso de la República de Weimar, la reconstrucción inglesa de la posguerra— la gente se vuelca absolutamente al ocultismo. Trump no sólo debe enfrentarse con #Resistance sino con #MagicResistance, que da manuales para causar mal de ojo a las corporaciones, conjuros para los derechos reproductivos y oportunidades para sumarse a 4900 personas que integran el grupo de Facebook #BindTrump, lanzador de conjuros para frenar el poder de Trump. Una autora de nombre Gabriela Herstik, bruja también, declaró a la revista Sabat: “El brujerismo es un feminismo; es político por naturaleza. Se trata siempre de la outsider, de la que no hace lo que la iglesia o el patriarcado quieren que haga”. Sin embargo, que una persona se diga bruja a sí misma sigue siendo peligroso.

Y porque mientras tanto, en otras partes del mundo, según un informe de las Naciones Unidas del 2009 que no habrá cambiado mucho al 2020, ser etiquetada como bruja equivale a una pena de muerte. Durante una crecida de abusos contra la brujería —incluido el caso de alguien de ocho años de edad que sufrió tortura hasta la muerte en el 2000— Londres formó un equipo policiaco para reducir la violencia contra las acusadas de brujería; en contraste, los funcionarios en Arabia Saudita crearon una unidad antibrujas que adiestra a los cuerpos policiacos a “luchar científicamente contra la brujería”. El castigo es la decapitación.

 

Fuente: The Atlantic, marzo, 2020.