“Las instituciones no son necesariamente creadas
con miras a ser socialmente eficientes, más bien son creadas […]
con la finalidad de servir a los intereses de quienes detentan
el poder de negociación al momento de crear nuevas reglas”.1
—Douglass North

El recorte de 9.7 millones de barriles diarios (mbd) a la oferta mundial de petróleo anunciado el domingo 12 de abril por 23 países productores es el más grande de que se tenga registro. Durante el mes de marzo hubo un acuerdo fallido que desató la “guerra de precios” que acaba de terminar, en el cual se pretendía una reducción de apenas 1.5 mbd.

Dicho acuerdo fue retrasado durante el fin de semana principalmente por la postura de México, al que se le solicitaba una reducción de 400 mil barriles diarios (mbd), que representaba un porcentaje igual al que los demás países se comprometieron, pero fue rechazada por conducto de la secretaria de Energía, Rocío Nahle, con una contrapropuesta de reducir solamente 100 mbd. El Reino de Arabia Saudita fue el principal opositor de esta postura, afirmando que todos debían participar por igual. Posiblemente presionado por el apoyo norteamericano a México o por la urgencia de cerrar un acuerdo antes de la apertura de los mercados, el príncipe Abdulaziz bin Salman, ministro de energía saudí, aparece en un video difundido respondiendo a la secretaria Nahle, con una sonrisa, “I go with the consensus, so I agree”.

El recorte inicial acordado será vigente para los meses de mayo y junio, tras los que el compromiso será de 7.7 mbd por lo que resta de 2020 y luego otro de 5.8 mbd por dieciséis meses, hasta abril de 2022. La línea base de producción será la de octubre de 2018 para todos los países, excepto Rusia y Arabia Saudita, para los que será de 11 mbd.

Tal vez lo primero que se deba notar es la enorme atención que atrajeron las negociaciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y sus socios, conocida como OPEP+. Parece evidente que se buscaba la mayor exposición posible del acuerdo para enviar señales potentes a los mercados internacionales y estabilizar o incrementar los precios del crudo. El comportamiento de los precios de referencia West Texas Intermedia (WTI) y Brent durante las primeras 36 horas fueron erráticos pero modestos, subiendo alrededor 1.5 % y 1.3 %, respectivamente. Las predicciones en el sector petrolero son casi siempre muy inciertas y el contexto actual complica todo, así que hay que esperar, pero por lo visto, el anuncio no se recibió con entusiasmo entre los traders ni disparó un aumento sostenido de precios.

Si bien la situación del mercado petrolero apunta a que la mayoría de los involucrados van a perder, me permito enseguida hacer una breve aproximación a cómo podrían quedar algunos de los principales agentes del acuerdo y México, con miras a las próximas semanas y meses.

De llevarse a cabo los recortes como fueron anunciados, Rusia terminaría en una producción que no tenía desde 2003. Tomando en cuenta que el derrumbe en los precios obedeció en buena medida a la negativa de Rusia a recortar la producción, sus planes y proyectos actuales deberán ser revisados y probablemente deban mejorar los precios que ofrecen a Europa, donde la demanda está colapsada y tras los descuentos que Arabia Saudita ofreció en las últimas cinco semanas, para recuperar la cuota de mercado perdida.

Ilustración: Adrián Pérez

Arabia Saudita ha mostrado una vez más su liderazgo en el sector; en esta ocasión, mostró también su capacidad para imponerse en una guerra de precios que no podía durar mucho tiempo. Sin embargo, la posición financiera del reino ha visto mejores tiempos: sus reservas de divisas se han reducido en aproximadamente una tercera parte desde 2013 y sus ingresos petroleros podrían ser la mitad que los de 2019. Con un crecimiento económico de 0.3 % el año pasado, no queda claro que una estrategia tan costosa haya sido la mejor en el corto plazo, cuando se vuelve cada vez más apremiante que su economía se diversifique.

El país cuyo rol más ha cambiado en los últimos veinte años en el mercado petrolero internacional es Estados Unidos. Con el dominio de la tecnología necesaria para producir aceite en lutitas o shale oil —donde las estimaciones indican que, para subsistir, la mayoría de las empresas petroleras requieren precios Brent de 35 dólares por barril—, se ha colocado a la cabeza de la oferta mundial desde 2018 y, en noviembre de 2019, pasó a ser un exportador neto de petróleo. Además, es conocido el interés estratégico que tiene el presidente Donald Trump por esta industria, así que no extraña su intervención para acercar a Rusia y Arabia Saudita. Dicha mediación tuvo como primer —tal vez sea preciso decir único— objetivo evitar el derrumbe del sector petrolero norteamericano, pues el shale es muy intensivo en perforación de pozos y por lo tanto es susceptible de apoyarse demasiado en deuda, lo cual ha pasado desde hace varios años, bajo la premisa de que hay que sostener la producción. En las próximas semanas seguramente se verán más declaraciones de quiebra de productores independientes en ese país, contribuyendo a la contracción económica mundial.

Con el mismo objetivo de sostener la producción fue México a las negociaciones con la OPEP+. La promesa del presidente Andrés Manuel López Obrador de volver a colocar a Pemex como motor del desarrollo nacional se impuso una vez más sobre las consideraciones económicas y geopolíticas. Lo sabemos porque él lo ha dicho de diferentes formas: lo que importa es darle valor agregado a nuestra materia prima. De ahí la apuesta al negocio de utilidades marginales que representa la refinación contra la exportación de crudo, un negocio que en condiciones típicas ha sido de elevadas rentas. En esa apuesta por una “soberanía energética” entendida al parecer como una “soberanía gasolinera”, en lugar de incrementar los esfuerzos por mejorar la seguridad energética, se basa el proyecto de la onerosa rehabilitación y construcción de refinerías.

Profundizando un poco en el caso mexicano, encuentro al menos tres criterios que podrían utilizarse combinados para determinar si es conveniente recortar la producción de Pemex. Los primeros dos son de corte técnico y económico. El primero tiene que ver con el costo de producir, el costo de vender y el precio. Para una evaluación adecuada esto debe hacerse campo por campo, puesto que la mezcla mexicana de exportación (MME) existe solo como un indicador, pero el petróleo que se produce tiene diferente costo de producción, calidad y precio. Hay especialistas indicando que aún con precios Brent de 35 dólares por barril, casi el 80 % de la producción de Pemex no es rentable.

Un segundo criterio técnico y económico tiene que ver con algo más incierto: el costo potencial de recuperar la producción. Cerrar un pozo y volverlo a abrir no es como cerrar y abrir un grifo de agua en la cocina de nuestra casa. En ocasiones se requiere un mantenimiento mayor, operaciones de diversa complejidad y potencialmente equipo muy costoso. También es posible que, al cerrarse un pozo, las características dinámicas del yacimiento cambien y por lo tanto el nivel de producción no vuelva a ser igual.

El tercer criterio es de índole financiera. Se ha dicho que el as bajo la manga del gobierno mexicano para sostener su producción es la cobertura comprada para proteger al petróleo de caídas en el precio como la que nos ocupa. El primer problema con esto es que no sabemos cuánto de la producción cubren, pero no será toda. Aclaremos de entrada que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público tiene una por sus ingresos y Pemex otra; hay reportes de que Pemex solo cubre unos 230 mbd, lo cual le deja parcialmente descubierto; si Hacienda cubriera todas las exportaciones (situación poco probable), aún habría otro problema: si dos terceras partes de las coberturas fueron indexadas al Brent, entonces el pago de éstas será por la diferencia entre el precio cubierto y el precio real de ese indicador, no de la MME, y si la diferencia entre el Brent y la MME se amplía, entonces la cobertura simplemente no funciona adecuadamente. Es decir, este seguro solo funcionará si el precio de la MME se mueve en paralelo al Brent, o se le acerca más.

Estos criterios nos llevan entonces a un argumento contra la posición mexicana de no recortar producción y también de no colaborar con la OPEP+, de modo particular contra las tensiones innecesarias con Arabia Saudita. En la mañana del 13 de abril, Saudi Aramco reveló sus descuentos por región en el mundo para el mes de mayo. En resumen, lo que hará es reducir los descuentos en Europa y Norteamérica y aumentarlos en Asia. Cumple con sus contrapartes más importantes en materia petrolera (Rusia y EUA) permitiendo al primero recuperarse y al segundo maniobrar para proteger a sus empresas petroleras y cadenas de suministro, pero va a competir más agresivamente en un mercado de creciente importancia para México (China e India son, junto con EUA, las principales fuentes de demanda por hidrocarburos). Afirmar que son descuentos dirigidos explícitamente contra México es todavía muy apresurado, pero tal vez no una sospecha sin fundamentos. Esta acción podría provocar lo que comentaba en el párrafo anterior: una reducción en el precio de la MME y por lo tanto una ampliación en su brecha con el Brent, con lo que México perdería tanto por mantener una producción con pérdidas cuanto por la pérdida del valor de sus coberturas. Queda por verse, además, cuánto costarán las coberturas los próximos años, si las hay.

Debería quedar claro que recortar la producción petrolera tiene sentido en general -incluso si no hubiese acuerdo o si éste no se llevara completo a los hechos- y en particular lo tiene si es colaborando a mejorar el precio con las potencias petroleras. La decisión debería ser por minimizar pérdidas. En cambio, se solicitó un apoyo para hacer un recorte cosmético y que probablemente se observaría de cualquier forma. El apoyo se pidió nada menos que al presidente de los Estados Unidos, quien tiene interés en que los precios del crudo suban y por lo tanto en que el acuerdo tuviera lugar, pero también en tener más control sobre el vecino del sur, objetivo predilecto de sus majaderías. Dicho apoyo, que se presumió tanto en Washington cuanto en Ciudad de México, nunca se contará en barriles de petróleo, por las leyes de competencia norteamericanas. La producción estadunidense declinará por el quiebre de numerosos pequeños productores, como comenté arriba, y no por una decisión política.

Con decenas de miles de muertes a causa de un nuevo virus, alrededor del 40 % de la población mundial viviendo con la recomendación de no salir de casa y una crisis económica de proporciones todavía inconmensurables que se gesta rápidamente y en la que la demanda por petróleo podría estar ya purgada entre 16 y 35 %, el panorama mundial y nacional es complicado y sombrío. Es comprensible la postura de cualquier gobierno que mantiene su agenda y se le dificulta hacer mudanza; también se entiende que un gobernante se aferre a sus discursos: de las personas con poder debemos esperar poco más que eso. Pero que un presidente mexicano, de izquierda y nacionalista le haya pedido ayuda a Donald Trump para no cooperar en un acuerdo petrolero con sus aliados más naturales es un signo más de que vivimos en tiempos, por lo menos, confusos.

 

Jesús Carrillo
Ingeniero por el Instituto Tecnológico de Chihuahua y economista por El Colegio de México.


1 NORTH, D. (1993). Economic Performance through Time. Prize Lecture. Lecture to the memory of Alfred Nobel, December 9.

 

Un comentario en “Espejos de petróleo y la casa en llamas