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Vivo en el ojo del huracán, en el centro de la pandemia. Me rodean todo el día, toda la noche, las sirenas de las ambulancias que transportan a los caídos. Desde mediados de marzo, la ciudad de Nueva York se ha convertido en el epicentro mundial del coronavirus. De 20 000 contagiados, las cifras se triplicaron en una semana. El alcalde Bill de Blasio estimó que es posible que la mitad de los ocho millones de residentes de los cinco municipios contraiga la enfermedad. Bajo esa posibilidad, bajo la desgarradora realidad de conocer contagiados a quienes no se puede visitar, o amigos que han perdido familiares sin poder abrazarlos, el virus ha pasmado a la ciudad que supuestamente nunca dormía. Así, las docenas de películas que han prefigurado el Apocalipsis del mundo desde Nueva York se han impuesto como profecías.

Ilustración: Kathia Recio

No es casualidad que tantas obras centren el fin de la civilización en Nueva York, también el epicentro del capitalismo mundial. Las fantasías de destrucción del sistema económico basado en la explotación de las masas, la acumulación de recursos y la degradación de la naturaleza han sido un componente tan esencial de la ciudad como el capitalismo mismo. La saga fílmica de El planeta de los simios, en que humanos luchan por liberarse de una brutal autocracia obsesionada con las jerarquías y el control social, representa un ejemplo refinado del Apocalipsis y del anhelo de fundar un nuevo pacto social. La escena final del filme original, de 1968, captura la conmoción de descubrir que la civilización ha sido destruida. Solo queda, solitaria, la Estatua de la Libertad, ofreciendo la remota esperanza de que quizá sea posible renacer. Esas fantasías se han apoderado en las últimas semanas de Nueva York: la sensación de que nada nunca volverá a ser lo mismo una vez que sea controlada la pandemia. Ha cundido también el anhelo distante de que el mundo, de que las tensiones generadas por el capitalismo, puedan quizá transformarse por el bien de la colectividad.

Como ningún otro evento en las últimas décadas, el coronavirus ha exhibido las serias limitaciones del proyecto capitalista neoliberal, basado en la desregulación, la privatización y la contracción de los servicios sociales del estado. El Covid-19 ha invadido un país industrializado incapaz de hacer frente a una amenaza sanitaria de esta magnitud, imposible de enfrentar con las solas fuerzas del mercado o la propaganda. Más de 87 millones de estadunidenses carecen de seguro médico o cuentan con pólizas insuficientes, que sólo cubren las catástrofes.1 Una infección viral, según estas pólizas, no constituye una catástrofe. El Covid-19 arrasa un país rico en las cifras macro, pero con un creciente número de personas sufriendo inseguridad económica, hambre e indigencia. Desde la Gran recesión de la década pasada, la economía de Estados Unidos gozó de la más prolongada expansión económica en su historia. Al mismo tiempo, el sufrimiento causado por un crecimiento desigual generó consecuencias apabullantes.

Para el año 2018, la brecha entre las familias de mayores ingresos y las de menores ingresos en Estados Unidos era más amplia que nunca en la historia del país. Diez años después de la Gran Recesión, la riqueza promedio de las familias de menores ingresos era 42 % menos abultada que en 2007, la de ingresos medios era 33 % más baja. Sus recursos materiales, en términos reales, eran comprables a los de 1989.2 La diferencia de ingresos entre las familias blancas y las de color (afroamericanas y latinas) se extendió aún más desde la recuperación económica. La mayor parte de la expansión que el Covid-19 interrumpió de tajo benefició a un minúsculo porcentaje de familias acaudaladas.

Los economistas de la Universidad de Princeton, Anne Case y Angus Deaton (galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2015) acuñaron el término “muertes por desesperación”. Precisado en su libro Deaths of Despair and the Future of Capitalism (2020), el término alude a que la expectativa de vida promedio disminuyó en Estados Unidos por tres años consecutivos. Esta inusitada tendencia para un país industrializado se explica por el aumento tanto en el número de suicidios como de muertes por sobredosis. Esta desesperación fatal redujo de 2015 a 2017 la vida promedio de los estadunidenses, de 78.6 a 78.3 años, lo que sólo tiene parangón con lo sucedido entre 1915 y 1918, cuando la Primera Guerra Mundial y justamente una epidemia de influenza devastaron a la población. En 2018, último año del que se disponen cifras oficiales, la tendencia se revirtió debido a una baja marginal en las muertes por sobredosis. Las condiciones materiales, sin embargo, no han cambiado. En una conferencia de marzo de 2019 en la Universidad de Berkeley, Case afirmó que “si no lo controlamos, el capitalismo va a matar a la gallina de los huevos de oro”. La actual etapa del capitalismo, señaló, ha sido caracterizada por la eliminación de derechos de los trabajadores y el auge de multimillonarias corporaciones con una enorme capacidad de cabildeo e influencia política.3

No hace falta ser un economista para notar la desesperación en las calles de Nueva York, más evidente aún en medio de la pandemia. El último viernes de marzo, un día soleado de primavera, Times Square lucía desolado como probablemente jamás se hubiera encontrado. En la llamada “encrucijada del mundo”, anuncios en pantallas luminosas adosadas a cada centímetro de fachada fulguraban ante calles prácticamente desiertas. Solo rondaban los indigentes. Un hombre afroamericano me siguió durante media cuadra rogando por mi ayuda. Me dijo que no se había bañado en días, que el hambre lo estaba aniquilando. Nunca había visto yo a un indigente neoyorquino tan insistente, tan hambriento. Otro hombre, también afroamericano, alejaba con aspavientos a los fantasmas que sólo el percibía en esa plaza yerma. También había gente blanca desesperada, como el muchacho con tatuajes en la cara y una guitarra con dos cuerdas rotas, que me pidió una tarjeta usada para emplear como plumilla.

Esas personas, sin un hogar en el cual aislarse, protegerse, pululan en Times Square, aunque ahora, en esas calles sin turistas y escasos curiosos, sobresalían, visibilizaban su abandono. Las otras presencias en esas calles eran de individuos que, como yo, habían acudido a atestiguar la imagen cataclísmica de un Times Square desierto. Tomaban fotos en sus celulares, incrédulos, como quien atestigua uno de esos eventos celestes que no se repetirán en generaciones. En nuestro entorno, la publicidad refulgía furiosa su promesa de saciedad, del placer particular que otorga el consumo. En ese mismo espacio, los contenedores de basura y reciclables habían sido intervenidos, antes de la pandemia, por un trío de artistas: la compositora Laurie Anderson, la escritora A.M. Homes y la artista plástica cubana Tania Bruguera. En el afiche principal se leía: “Embrace the Absurd” (acepta el absurdo). En otro: “Don’t be Afraid of Anyone” (no temas a nadie). El más sombrío de todos revelaba una incertidumbre multiplicada por la pandemia, una ominosa advertencia: “When the Rights of Immigrants are Denied, the Rights of Citizens are at Risk” (cuando se niegan los derechos de los inmigrantes, los derechos de los ciudadanos están en riesgo). 

Golpe corporativo

Desde marzo, alcaldes y gobernadores en Estados Unidos comenzaron a tomar restrictivas medidas para controlar la pandemia. En Nueva York, cuyo cosmopolitismo la convirtió en el epicentro nacional de la pandemia, los bares y restaurantes, los teatros y universidades, fueron forzados a cerrar desde principios de mes. Después de San Francisco, en Nueva York se ordenó a la gente permanecer en sus casas salvo en casos de emergencia, o para comprar víveres y medicamentos. El cierre parcial de la “economía real”, de los comercios, presagiaba una crisis profundísima, con dimensiones aún imposibles de precisar. Los signos iniciales sugieren una recesión más grave que la de la década anterior y, en ciertos aspectos, más honda que la Gran Depresión comenzada en 1929.

El viernes 27 de marzo, el gobierno federal reveló que 3.28 millones de estadunidenses habían solicitado beneficios de desempleo en la última semana, una cifra sin precedentes, casi cinco veces mayor que la registrada en la semana más crítica de la crisis financiera de la década anterior. Era probable, además, que millones de personas adicionales hubieran engrosado las filas del desempleo debido a que los sistemas digitales y telefónicos de registro estaban desbordados. La economía podría sufrir una recesión de 24 % en el segundo trimestre del año respecto del mismo periodo del año anterior.4 Esa contracción podría provocar tasas de desempleo cercanas al 30 %, mayores a las registradas en la década de los 30.5

La reacción del gobierno estadunidense ha sido insólita en muchos aspectos. El Congreso aprobó el mayor paquete de estímulo económico en la historia, de 2.2 billones de dólares (2.2 trillions en inglés), casi el doble del PIB de México. Grupos civiles señalan que el valor total del paquete de rescate es por lo menos de 4.5 billones de dólares, (aunque podría ser de entre seis y 10 billones de dólares), considerando los recursos a los que corporaciones accederían mediante la Fed.6 Quinientos millones de dólares serán destinados a los ciudadanos, aunque de manera directa los contribuyentes recibirán un solo cheque de mil doscientos dólares. Mientras tanto, cuatro billones de dólares por lo menos serán destinados a “rescatar” corporaciones. El presidente Donald Trump y su secretario del Tesoro, el exfinanciero Steven Mnuchin, serán los encargados de supervisar cómo se entregarán tales fondos. El economista Zach Carter escribió en el diario electrónico HuffPost que el rescate representa “la mayor transferencia de riqueza y poder a los súper ricos de parte del resto de nosotros, con el apoyo de ambos partidos políticos, lo que es una prueba condenatoria de la condición en que está la democracia estadunidense”.7

En cambio, otros países industrializados se han propuesto evitar a toda costa la pérdida de empleos. Dinamarca subsidiará el 90 % de los salarios de trabajadores, lo mismo que, en muchos casos, Holanda. El Reino Unido pagaría hasta 80 % de los sueldos de toda empresa que solicite ayuda, sin límite de recursos. Matt Stoller, director de American Economic Liberties Project, calificó el rescate como “un golpe de estado corporativo”.8 Más tarde, señaló que el rescate es “la entrega del poder a Wall Street, lo que está sucediendo bajo la cínica excusa de que se va a ayudar a las personas afectadas por la pandemia”.9 Industrias desde la aviación y la hotelería, hasta las petroleras y las de extracción de gas, serán favorecidas.

Una vez aprobado el rescate, arreciaron las voces para “reabrir la economía” de Estados Unidos. El llamado fue encabezado por comentaristas de la extrema derecha. Su argumento: había que sacrificar la vida de algunos a fin de mantener a la economía funcionando. Según el locutor Glenn Beck, él “preferiría morir antes que matar al país”. Comentaristas conservadores del diario The New York Times ofrecieron argumentos similares. Thomas Friedman señaló que la alternativa a la muerte de algunos sería “tratar de salvar a todo el mundo” y “matar nuestra economía y quizás matar nuestro futuro”.

La idea de que la economía podía recuperarse con miles o docenas de miles o quizá millones10 de muertes en Estados Unidos era insostenible. Eso no impidió al presidente Donald Trump adoptar tal noción. En Twitter, explicó: “no podemos dejar que el remedio sea peor que el problema”. Indicó que le gustaría ver las iglesias llenas de feligreses para las celebraciones de Pascua, aunque el domingo último de marzo decidió extender la distancia social al menos hasta el 30 de abril. El reportero de la revista The Atlantic, Adam Serwer, expresó: “cuando dicen que están listos para morir por la economía, lo que están diciendo en realidad es que están listos para dejarte a ti morir por la economía”.11

Bastaba recorrer los puntos neurálgicos de Nueva York para comprender a Serwer. En la zona de teatros de Broadway, las marquesinas sin luces revelaban la aflicción de la ciudad: una de sus atracciones centrales permanecería cerrada probablemente durante meses. Solo transitaban los vecinos en busca de víveres, medicinas, papel higiénico. Sobresalía también un grupo notable, incansable: los repartidores. Como casi todos los sectores económicos de Nueva York, el de la distribución de mercancías está también racializado. Migrantes africanos, en sus bicicletas eléctricas, laboran para las aplicaciones digitales de entregas. Lo revelan las cajas aislantes que cuelgan de sus espaldas, en que se lee: GrubHub, UberEATS, Delivery.com, Caviar. Para los restaurantes, trabajan los migrantes mexicanos y centroamericanos, en bicicletas a veces eléctricas y, más a menudo, de puros pedales. A falta de tapabocas, se cubren con bufandas, con paliacates. Como pagos y propinas, reciben billetes y monedas, ubicuas vías de contagio. De contraer el virus, de enfermarse de gravedad, estos trabajadores pagarían ellos mismos su tratamiento o morirían en sus casas.

Reabrir prematuramente la economía significaba mandar a los millones más necesitados al frente de batalla: cocineros, meseros, cajeros de bancos, dependientes de comercios. Reabrir la economía era enviar a la clase trabajadora completa a las fauces del capitalismo. Amigos banqueros de Wall Street me dijeron que laboraban desde sus casas desde mucho antes de que se ordenara en la ciudad la cuarentena. Seguirán laborando desde casa, conectados a su terminal del servicio financiero Bloomberg, hasta que todo riesgo se esfumara. El presidente Trump, así como comentaristas como Beck y Friedman, laborarían igualmente protegidos. Si enfermaran, recibirían excepcional atención médica mediante seguros que sus empleadores financian. Ellos evitarían los hospitales de los condados de Bronx y Queens, donde médicos, que trabajan con bolsas de plástico para aislarse del virus, carecen de máscaras y guantes, donde enfermeras mueren víctimas de la pandemia.12 El capitalismo, la reactivación del consumo, aparentemente bien valía una vida, o miles o quizá millones.

El botín del rescate había sido repartido. Una nota de The New York Times del 27 de marzo indicó: “Una bonanza para inversionistas inmobiliarios ricos se esconde en el paquete de estímulo”. Los más acaudalados empresarios de los bienes raíces estadunidenses podrían obtener beneficios fiscales potenciales por 170 000 millones de dólares como parte del alivio para la pandemia. Entre los posibles beneficiarios se encontraban el presidente Trump y su yerno, Jared Kushner, heredero de otro imperio de los bienes raíces de Nueva York.

¿Una revolución?

La pandemia en Nueva York se reflejaba también en el metro, en cuyos vagones raramente se encuentran asientos disponibles durante las horas de trabajo. El último viernes de marzo, en cambio, las pasajeros se afanaban en dispersarse en los vagones semi-vacíos. Varios usaban cubrebocas; otros, guantes de látex. Todos nos mirábamos con desconfianza. En mi trayecto, de unos 20 minutos, dos sujetos recorrieron el vagón rogando por dinero, por comida. Uno de ellos, cubierto el torso con solo una camiseta raída, mostraba un temblor incontrolable en los brazos. Hablaba con dificultad. En su vaso de papel, coloqué el último billete del que disponía. Minutos más tarde, un joven afroamericano solicitaba también ayuda. Lo ignoramos todos. En la pandemia, con la mayor parte de la gente recluida, las miserias individuales competían entre sí. Uno podía ayudar, si acaso, solo en las instancias más dramáticas. En la ciudad con el mayor número de multimillonarios en el mundo, la solidaridad también estaba en cuarentena. Esos hombres necesitados quizá pernoctarían en un albergue, donde la distancia social era por definición inexistente, inoperable.

En la estación de Grand Central, además de los indigentes pululaban quienes no podían darse el lujo de permanecer en casa. Abundaban los trabajadores de la construcción, cuyos patrones al parecer habían decidido en conjunto ignorar las alertas. Ajenos a la emergencia, los cimientos de los edificios seguían erigiéndose, los rascacielos en ciernes de la zona media de Manhattan mantenían su competencia fálica. Los constructores eran evidenciados por sus cascos y sus botas industriales pringadas de yeso y cemento. Esa industria, parecía, era variada como pocas: los blancos convivían con los chinos, los afroamericanos y caribeños, con los latinos. Ellos mantenían la ciudad funcionando; eran también quienes probablemente seguían esparciendo el contagio por todos los condados. Eran ellos contra quienes el virus se ensañaría, a quienes terminaría por diezmar o utilizaría para perpetuarse. Esos hombres no tenían más alternativa que arriesgarse.

A diferencia de otras naciones industrializadas, los empleadores en Estados Unidos no están obligados a pagar días por enfermedad. Esas políticas varían por estado, industria y empresa. Los empleados de menor rango en Nueva York, los meseros y garroteros, por ejemplo, sufrían la cuarentena como pocos. Hasta finales de marzo, ni a nivel federal ni local se habían lanzado programas para condonar o prorrogar los alquileres, deudas estudiantiles, tarjetas de crédito o hipotecas. Ese abandono, que contrastaba con la generosidad hacia las corporaciones, podía ser interpretado como parte del “capitalismo del desastre”, que la periodista y activista Naomi Klein describió en su libro The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism (2007). Tras una crisis, explicó Klein, los gobiernos explotan la desorientación social para restringir derechos y transferir más recursos públicos a sus propios miembros, a las elites, en detrimento del resto de la población.

El gobierno de Trump en efecto aprovechaba la pandemia para redoblar sus políticas xenofóbicas. China era el enemigo, el origen de una invasión virulenta; mientras que las medidas contra la migración, incluyendo la expansión del muro, proseguían incluso con más celo, con más dureza. El cierre de fronteras era ahora más que una metáfora de las posturas estadunidenses sobre el transnacionalismo; era un acto concreto, alentado por el miedo al otro. En un mensaje emitido al inicio de la pandemia, Klein advirtió que con la excusa de la crisis no sería descabellado pensar que el presidente Trump “incluso podría intentar cancelar las elecciones”.13 Añadió no obstante que hay también numerosas señales de una resistencia cada vez más vigorosa ante este capitalismo despótico y cleptocrático.

Esas ideas habían sido sembradas en la opinión pública de Estados Unidos por el senador Bernie Sanders desde su campaña del 2016 por la nominación a la presidencia por el Partido demócrata. Sanders normalizó el concepto de “socialismo” y logró que propuestas que antes de su campaña parecían descabelladas fueran debatidas con seriedad. La creación de un sistema de salud público y de una red de universidades gratuitas, así como la duplicación del valor del salario mínimo y la instauración de un régimen fiscal progresivo, eran propuestas contempladas en 2020 por todo el Partido demócrata. Sanders, junto con la legisladora socialista de Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez, impulsó además The Green New Deal (el nuevo pacto verde), inspirado en las políticas implementadas para superar la Gran Depresión de los treinta. El plan contempla inversiones masivas en infraestructura y servicios que generen empleos y que, al mismo tiempo, promuevan la sustentabilidad ambiental. El plan aspira a abatir tanto la desigualdad y pobreza como los efectos del cambio climático.

Las probabilidades de Sanders de convertirse en el candidato demócrata para la presidencia son, en este momento, mínimas. Las ideas que ha impulsado en sus dos intentos por obtener la nominación presidencial son, no obstante, apoyadas por la mayoría de los estadunidenses, según encuestas.14 En un discurso del 11 de marzo tras una serie de derrotas que parecían definitivas, Sanders señaló que, pese a los reveses, su campaña ganaba “la batalla ideológica y generacional”, que son “dos áreas de enorme importancia que determinarán el futuro de nuestro país”. Sanders contaba con apoyo mayoritario a sus políticas para reducir la desigualdad de la riqueza y ofrecer alternativas públicas de salud. Asimismo, gozaba del respaldo de la inmensa mayoría de los votantes jóvenes, en sus veintes, treintas y cuarentas. El futuro de Estados Unidos, de sostenerse estas tendencias, sería probablemente socialista.

Al mismo tiempo, la crisis generada por la pandemia ha catapultado el nivel de aprobación de Trump, hasta 49 % a finales de marzo, el máximo durante su presidencia. Según la encuestadora Gallup, la pandemia podría explicar el repunte en su popularidad. El 60 % de los estadunidenses aprueba su respuesta a la crisis en tanto que sólo 38 % la desaprueba.15 Analistas han señalado que en periodos de angustia nacional, los estadunidenses se alinean tras sus líderes, tal como sucedió con el presidente George W. Bush tras los ataques terroristas del 2001.

Es muy posible la reelección de Trump, quien podría ganar una vez más los comicios de noviembre sin el voto mayoritario debido al anticuado sistema electoral estadunidense. Su triunfo generará seguramente multitud de fantasías distópicas, apocalípticas y, en el fondo, revolucionarias. El tercer filme de la franquicia de los monos, titulado La conquista del planeta de los simios, parece ahora oscuramente pertinente. En la cinta, la Tierra se recupera de una pandemia que provocó que los monos, que desarrollaron inteligencia y lenguaje, fueran esclavizados. En una escena, un hombre afroamericano (MacDonald) se comunica con el personaje principal, un simio llamado César, quien eventualmente librará la guerra contra el régimen de explotación basado en castas, en una desigualdad abyecta.

“¿Cómo propones lograr la libertad?”, pregunta MacDonald.

“Por el único medio que nos queda”, responde César. “La revolución”.

“¡Pero está condenada al fracaso!”

“Quizás esta vez”.

“Y la siguiente”.

“Quizás”.

“Pero lo vas a seguir intentando…”.

 

Maurizio Guerrero


1 Sara Collins, Herman Bhupal y Michelle M. Doty, “Health Insurance Coverage Eight Years After the ACA”. The Commonwealth Fund, 7 de febrero 2019

2 Rakesh Kochhar y Anthony Cillufo, “How wealth inequality has changed in the U.S. since the Great Recession, by race, ethnicity and income”. The Pew Research Center, 1 de noviembre de 2017

3 Anne Case, “Deaths of Despair and the Future of Capitalism”, The Haas Institute, 1 marzo 2019.

4 Corey Goldman, “Economy to Contract by Record 24% in Second Quarter – Goldman Sachs”. The Street, 20 de marzo 2020.

5 Andrew Soergel, “Fed Official Warns of 30% Unemployment”, U.S News, 23 de marzo 2020.

6 Amy Goodman, “’Total System Failure’: Congress Pushes $2 Trillion Pandemic Bill. Will Dems Allow “Corporate Coup?”, Democracy Now!, 27 de marzo de 2020.

7 Zach Carter, “Democrats Are Handing Donald Trump The Keys To The Country”. HuffPost, 25 de marzo de 2020.

8 Matt Stoller, “The coronavirus relief bill could turn into a corporate coup if we aren’t careful”. The Guardian, 22 de marzo de 2020.

9 Goodman, ibid.

10 Jake Johnson, “Terrifying’ New Research Warns 2.2 Million Could Die From Coronavirus in US Without Drastic Action”. Common Dreams, 17 de marzo 2020.

11 Mehdi Hasan, “Is the Trump Cult a Death Cult?”, Deconstructed podcast en The Intercept, 28 de marzo 2020.

12  Sarah Al-Arshani, “Nurse dies in New York hospital where workers are reduced to using trash bags as protective medical gear”. Business Insider, 26 de marzo de 2020.

13 Naomi Klein, “Coronavirus Capitalism – And How to Beat It”. The Intercept. 16 de marzo de 2020.

14 Lunna Lopes, Liz Hamel, Audrey Kearney y Mollyann Brodie, “Medicare-for-all, Public Option, Health Care Legislation And Court Actions”. KFF Health Tracking Poll , 30 de enero de 2020.

15 Jeffrey Jones, “President Trump’s Job Approval Rating Up to 49%”. Gallup, 24 de marzo 2020.

 

5 comentarios en “Crónica desde el epicentro mundial del Apocalipsis

  1. Como diría alguien muy amigo, en este artículo no hay desperdicio, es profundo, oportuno, inteligente y escrito con una gran sensibilidad. Buenos fundamentos. Lo recomiendo.

  2. Excelente artículo, la verdad me gustó mucho y espero que más gente lo lea. Me gustó la manera en que lo expresó usted, es maravilloso y cautivador.

  3. Excelente redacción … me gustaría leer una en la que te respaldas a otra película