Como en época de guerra, y como en tiempos de antaño, la hora importante es fija. El internet funciona a todas horas pero la información oficial sólo fluye en una. En 2020 son las siete de la tarde, cuando la secretaría de Salud despacha a subsecretarios y especialistas a dar el parte del día: número de infectados, número de muertos, número de casos sospechosos, distribución del virus.

De inmediato se ajustan las gráficas: ya sabemos que la línea fatal es la del 33 % de aumento diario en contagio. Es la línea que separa a China, España e Italia del resto del mundo, aunque China ya hizo lo que tenía que hacer: el famoso aplastamiento de curva que se ha vuelto parte de nuestro léxico cotidiano.

Ilustración: Pablo García

Estados Unidos va camino a obliterar el número de casos y frecuencia de los demás países. ¿Quién lo hubiera pensado? El hegemón mundial resultó el país más frágil de todos. Día con día leemos sus historias de terror: el técnico en Nueva Orléans que narra con extremo detalle lo que sucede con los pulmones de un enfermo de coronavirus; la falta de tapabocas en hospitales; la terrible decisión a enfrentar en los próximos días: quién recibe asistencia por ventilador y quién muere porque hay que priorizar los insumos tan escasos. La especie que garantiza la supervivencia del más fuerte para continuar existiendo en el futuro.

Los rumores se esparcen por las redes, Donald Trump los amplifica. Que si la medicina con la que se trata el lupus es la indicada, que si la terapia experimental que llevan a cabo los cubanos o los indios es la solución. Mientras tanto en nuestro país escasean esos medicamentos; los pacientes de enfermedades crónicas sufren por la mentalidad de masa: hay que acaparar medicinas por si resulta que el tratamiento que se rumora es el indicado.

No se piensa en la especie, se piensa en el individuo. En el mejor de los casos se piensa en las relaciones familiares cercanas, en no contaminar a la población en riesgo que conocemos: padres, abuelos, enfermos crónicos y ya está. En el peor hay quien dice que si le da le da y se acabó. Le tocará sufrir los efectos del virus y regresará a su vida normal en una quincena. Sin pensar, claro está, en cuánta gente se contagió por su culpa.

La gente sigue saliendo a reunirse, sigue actuando como si se tratara de una gripa. Los jefes, siguen exigiendo resultados.

Las estimaciones del Producto Interno Bruto dictan la catástrofe: se reajustan a veces por hora, y siempre para peor. La pregunta es: ¿salud o economía, qué nos importa más? El corto, el mediano o el largo plazo. Hay que elegir uno, no se pueden los tres.

Pero México tiene una particularidad. No somos inmunes ni tenemos genes especiales, como pregonan algunos charlatanes en internet. No. La particularidad es la economía y su informalidad. La mitad del país vive día con día y la ventana no se puede cerrar. No es posible permitir que decenas de millones de mexicanos se queden sin sustento.

Es un acto de malabarismo el que hay que hacer en el gobierno: esperar a que llegue la enfermedad y mantener lo que se pueda abierto para evitar que el daño sea irreversible.

Porque están pensando en números, porque ése es su papel. Velar por la mayoría, tomar la decisión menos mala.

Y por eso la estrategia, sin duda temeraria y de gran dificultad, es jugársela hasta el último segundo. Cuando se tenga que tomar la medida indispensable se tomará. O eso parece ser lo que escuchamos de los especialistas en Salud y de algunos niveles de gobierno. Y se entiende aunque quizás no se justifique. Son las cartas que tiene el país. No son las de Corea del Sur, no son las de China. No puede hacerle pruebas a todos y cada uno de los 125 millones de habitantes del territorio, no puede cerrar regiones completas. Sus cartas distan de ser las mejores; las está jugando en la medida de sus posibilidades. Pero quien se las juega es la administración, no el presidente.

Él se cuece aparte.

Sigue refugiándose en las masas porque es lo que sabe hacer. Sigue siendo político de campaña porque así se ha forjado toda la vida. No conoce otra respuesta a los problemas —sea éste u otro— más que los mítines. Se burla de quien le pide recato, se graba tentando al destino. Tiene el morro de presumir como logro la catástrofe: hoy la gasolina es la más barata en años; no por decreto nacional, sino por el desplome mundial causado a miles de kilómetros de aquí. Pero fue él quien lo hizo. Y es una noticia buena, nos dice. Todos tranquilos.

Y hasta cierto punto, se entiende. No la mentira, no que tiente al destino. Que diga que las cosas van bien. ¿Quién querría tener en estos momentos a un presidente que fuera agorero del desastre, como le gusta decir a sus partidarios?

Pero eso no justifica su actuar. También se necesita un líder responsable, no uno que contravenga a sus especialistas. Uno que informe y que pida calma, que ponga el ejemplo. Uno muy distinto al que tenemos.

El mundo lo alcanzó. Prometió no salir del país porque México y sus problemas iban primero. Habló de una economía autosustentable como un logro a futuro. Pensó en México como una isla, cosa que es imposible hoy en día. El mundo se encargó de demostrarle que es imposible estar afuera. Lo arrolló cual estampida de toros, con todo y que las advertencias habían llegado desde un inicio: la economía nacional no podía funcionar en un vacío, sus decisiones no se tomaban conforme al panorama externo. No por nada el crecimiento económico el año pasado fue negativo, no por nada este año la tendencia se mantenía igual pero ahora va en picada: los analistas económicos coinciden que quien se llevará la peor parte en Latinoamérica –excepto Venezuela, siempre excepto Venezuela–, seremos nosotros.

Su reacción, no obstante, ha sido la misma. Como mago con tres trucos, se ha refugiado en el guion que ha memorizado durante tanto tiempo. No es tan grave. Exageran. Lo dicen porque nos quieren ver fallar.

Porque para él todo se reduce a política. Y a política local, incluso. El mundo no importa porque el mundo es él. La geopolítica es un mito.

Pero no gastemos más palabras y tiempo hablando de lo que es y lo que no va a cambiar. Regresemos al mundo y a la humanidad, donde a la crisis se le hace frente y no se le esquiva.

Sin embargo, ese frente es relativo, porque del coronavirus no conocemos lo suficiente.

En el continente americano, según leemos, los jóvenes sufren estragos similares a los viejos, mientras que en Europa, en particular Italia, son los viejos quienes llevan la peor parte. ¿Nos puede volver a dar si ya nos infectamos? Tampoco lo sabemos a cierta. Los expertos no pueden concluirlo con certidumbre porque todo análisis es en tiempo real. No es con beneficio de retrospectiva, es al vuelo. Porque así tiene que ser.

En 2015 Bill Gates advirtió que la crisis epidemiológica sería uno de los grandes retos en el futuro cercano. La interconectividad mundial —el virus ha llegado tan lejos como Alaska— hizo que la pandemia se multiplicara. No es éste un argumento en contra de la globalización, sólo un recordatorio de que se nos avisó. Incluso Hollywood lo dijo: la película de moda en estos tiempos, Contagio, es de principios de la década. El principal asesor de los guionistas fue Larry Brilliant, uno de los líderes del programa de la Organización Mundial de Salud que ayudó a disminuir el sarampión en el mundo.

(Enfermedad que, por cierto, ha aparecido de nuevo en la Ciudad de México, y que ha pasado a un segundo plano muy lejano en la conversación nacional. Enfermedad que, por cierto, se contagia a ritmo mucho mayor que el coronavirus.)

El aislamiento quizás se vuelva permanente. Susana Distancia, como ahora le llamamos aquí, será una medida de temporadas: cuando brote de nuevo el coronavirus, pues los expertos apuntan a estacionalidad permanente, tendremos que aplicarla. Nuestras relaciones interpersonales cambiarán, el contacto físico también. Tendremos que ser, y probablemente sí lo seamos, más conscientes de cómo lidiamos con el mundo. Habrá quienes no puedan hacerlo y con enorme razón: el aislamiento y la sana distancia son privilegio de algunos no sólo en México sino en el planeta entero. El espacio personal sólo es para algunos cuantos; la salud, si algo ha expuesto este virus, también. Quien pueda pagar el tratamiento lo hará, quien se pueda hacer la prueba también. Hay, vaya, quien sube a sus redes sociales los resultados negativos de la prueba como trofeo. Porque puede y porque, otra vez, es un privilegio. A fin de cuentas no distingue que no es un juego: su sociedad y su mundo terminan, literalmente, en su nariz.

* * *

He aquí tres cosas. Una lección: la humanidad es más débil de lo que parece. Una confirmación: los políticos tienden a reaccionar mal cuando se les exige liderazgo en la crisis.

Y un descubrimiento (para muchos, lamentablemente): los engranes de la sociedad siguen funcionando porque su población más marginada es la que los mantiene en movimiento.

Y esto último es crucial. La solidaridad con los más jodidos siempre es temporal. La indignación dura lo que dura la crisis, el apoyo también. Ojalá que si algo pueda salir de esto es que quienes por primera vez miran los engranes y a sus operadores —trabajadoras domésticas, basureros, empleados de supermercados, por poner sólo unos cuantos ejemplos—, no dejen de mirar nunca.

 

Esteban Illades

 

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