Presentamos un adelanto de Crisis (Debate, 2020) del premio Pulitzer Jared Diamond. Crisis, texto que lidia con la reacción de los líderes ante los momentos decisivos en sus mandatos, es más que oportuna lectura para estos tiempos.


Lecciones, preguntas y perspectivas

1. Reconocimiento de encontrarse en una situación de crisis. Reconocer esta situación resulta más sencillo para los individuos que para los países, porque en el primer caso no es necesario que exista un consenso entre muchos ciudadanos: reconocer o no que se está pasando por una crisis es asunto de una sola persona. Pero, aun para una persona individual, puede que la respuesta no sea solo cuestión de sí o no. Por el contrario, hay al menos tres posibilidades que la complican: es posible que, inicialmente, la persona niegue la existencia de una crisis, o puede que reconozca solo una parte del problema o que quiera minimizar su gravedad. Sin embargo, también es probable que, finalmente, la persona se decida a “pedir ayuda”. A efectos prácticos, ese es el momento del reconocimiento de la crisis. Las crisis nacionales también conllevan estas mismas tres complicaciones y, además, se les suma una cuarta: un país lo integran muchas personas que pertenecen a grupos distintos y también unos pocos líderes y numerosos seguidores. Estos grupos, y los líderes y seguidores, suelen tener posturas distintas acerca de este reconocimiento.

Igual que los individuos, los países pueden ignorar, negar o minimizar el problema en un momento inicial, hasta que tiene lugar algún suceso externo que pone fin a la fase de negación. Por ejemplo, ya con anterioridad a 1853, el Japón Meiji tenía conocimiento de la guerra que Occidente había librado contra China entre 1839 y 1842, y sabía de la amenaza creciente que suponía Occidente. Aun así, ni reconoció la existencia de un estado de crisis ni se decidió a abrir un debate sobre posibles reformas hasta la llegada del comodoro Perry el 8 de julio de 1853. De forma similar, Finlandia ya había tenido conocimiento de las exigencias soviéticas a finales de la década de 1930 y sabía lo numerosos que eran la población y el ejército de la Unión Soviética, pero no se tomó en serio la amenaza que esta suponía hasta que fue atacada el 30 de noviembre de 1939. Cuando eso sucedió, los finlandeses llegaron a un consenso prácticamente unánime e instantáneo para responder luchando. En el caso de Japón, por el contrario, aunque a la llegada de Perry sí se produjo enseguida un consenso sobre el hecho de que el país debía hacer frente a un problema inminente, los reformistas contrarios al sogún y su Gobierno no se pusieron de acuerdo sobre la mejor forma de reaccionar. Esta falta de acuerdo no se resolvió hasta quince años después, con el derrocamiento del sogún por parte de los reformistas.

Hemos visto algunos otros ejemplos de crisis nacional en los que ha existido un acuerdo general en torno al hecho de que el país tenía un gran problema, pero en los que no había consenso acerca de cuál era el problema. En Chile,Allende y la izquierda consideraban que el problema eran las instituciones chilenas, necesitadas de una reforma, mientras que la derecha consideraba que el problema eran Allende y sus planes de reforma. De forma similar, en Indonesia los comunistas consideraban que lo que constituía un problema era el Gobierno del país, que necesitaba una reforma, mientras que el ejército indonesio creía que el problema eran los comunistas y sus planes de reforma. En ninguno de estos casos se llegó a la resolución de la crisis por medio del consenso nacional, incluso en el caso de que uno de los bandos (aun habiéndose impuesto por la fuerza) respetase las vidas y los derechos de sus adversarios vencidos. (En Japón, al último sogún Tokugawa se le permitió retirarse después de su derrota y después de la Restauración Meiji vivió treinta y cuatro años más). En Chile e Indonesia, el fin de la crisis lo impuso el bando vencedor, que exterminó a gran parte del bando vencido.

Tanto Australia como la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial constituyen dos ejemplos de negación prolongada de una situación de crisis creciente. Australia se aferró durante mucho tiempo a su identidad británica y a la idea de la Australia blanca.Alemania, por su parte, se negó a ver durante mucho tiempo la responsabilidad generalizada que tenían muchos ciudadanos alemanes en los crímenes nazis, así como la odiosa y persistente realidad de las pérdidas territoriales que había sufrido y la existencia de los gobiernos comunistas de Europa del Este. Tanto en Australia como en Alemania, a estas cuestiones les fue dando solución, lenta y democráticamente, un electorado que alcanzó un consenso nacional para implementar cambios en las políticas del Gobierno.

Por último, en el momento en que escribo estas páginas, en Japón y Estados Unidos se sigue practicando de forma generalizada la negación selectiva de sus principales problemas. Actualmente, Japón sí reconoce algunos, como su enorme deuda pública y el envejecimiento de la población y, solo en parte, la cuestión del papel de las mujeres en su sociedad. Pero sigue negando otros: la falta de alternativas consensuadas en materia de inmigración como solución a sus problemas demográficos; las raíces históricas de su tensa relación con China y Corea; y el hecho de que la política tradicional japonesa de búsqueda de recursos naturales en el extranjero, en lugar de ayudar a su gestión sostenible, está hoy obsoleta. Estados Unidos, en el momento en que escribo esto, sigue negando la mayoría de nuestros problemas principales: la polarización política, la baja participación electoral, las dificultades para la inscripción de los votantes, las desigualdades, la poca movilidad socioeconómica y la reducción de la inversión gubernamental en los bienes públicos.

2. Asumir la responsabilidad: evitar el victimismo y la autocompasión, y no echar la culpa a los demás. Tras ese primer paso de reconocimiento de la crisis, el segundo paso para resolverla es asumir la responsabilidad propia, es decir, no entregarse a la autocompasión ni sentirse una víctima, sino reconocer la necesidad de realizar cambios personales. Esto resulta tan cierto para las personas como para los países, aunque en este segundo caso entraña las mismas complicaciones que acabamos de señalar de cara al reconocimiento nacional de la crisis: a saber, que ni la aceptación de la responsabilidad ni la capacidad de no caer en la autocompasión son una simple cuestión de blanco y negro, ni para los individuos ni para las naciones, y que los países están integrados por grupos diversos, y líderes y seguidores, que a menudo tienen puntos de vista distintos.

Los siete países que hemos visto ilustran de formas diversas, bien la aceptación, o bien la elusión de la responsabilidad. Un ejemplo de dos países que evitaron entregarse a la autocompasión son Finlandia y el Japón Meiji. A partir de 1944, Finlandia podría haberse dejado paralizar por la autocompasión, realzar su papel como víctima y echar la culpa de todo a la Unión Soviética por haber invadido el país y matado a un gran número de sus ciudadanos. En lugar de reaccionar así, Finlandia asumió que estaba obligada a tratar con la Unión Soviética y cambió de actitud: empezó a mantener conversaciones políticas constantes con la Unión Soviética y se esforzó por ganarse su confianza. Este hecho tuvo muchas consecuencias beneficiosas: la Unión Soviética evacuó su base naval en Porkkala, cerca de Helsinki, redujo la cantidad que Finlandia debía pagar en calidad de reparaciones de guerra y le concedió una prórroga para hacerlo. Y también permitió la vinculación de Finlandia con la Comunidad Económica Europea y su integración en la Asociación Europea de Libre Comercio. Aun hoy, mucho después de la caída de la Unión Soviética, Finlandia no ha hecho esfuerzo alguno por recobrar su provincia perdida de Karelia. De forma similar, el Japón de la era Meiji estuvo durante décadas expuesto a la amenaza de Occidente y a la imposición de tratados injustos. Pero tampoco asumió un papel de víctima; por el contrario, se concentró en su propia responsabilidad de desarrollar el poder suficiente para resistir.

El ejemplo contrario, el de un país que hace responsable de sus problemas a terceros en vez de asumir esa responsabilidad, es el de Australia cuando culpó a la “traición” británica de la caída de Singapur, en vez de reconocer que como país había eludido sus responsabilidades en la construcción de su propia defensa antes de la Segunda Guerra Mundial. Australia también tachó en un principio a Reino Unido de traidor cuando este solicitó el ingreso en la Comunidad Económica Europea, pero finalmente llegó al doloroso reconocimiento de que Reino Unido debía perseguir sus propios intereses. Es posible que ese mecanismo de eximirse de la culpa haya sido un freno en el desarrollo de las relaciones económicas y políticas entre Australia y los países asiáticos.

Un ejemplo extremo, y catastrófico, de elusión de la responsabilidad propia nos lo ofrece la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial. Una gran parte de la opinión pública alemana aceptó la afirmación falsa, hecha por los nazis y por muchos otros alemanes, de que el país había perdido aquella guerra porque había sido “apuñalado por la espalda” por los socialistas alemanes, en vez de asumir la realidad de que el país estaba siendo derrotado militarmente por unas fuerzas aliadas que mostraban una abrumadora superioridad. Los nazis, y otros ciudadanos alemanes, se concentraron en la gran injusticia que suponía para ellos el Tratado de Versalles y no reconocieron la larga serie de errores políticos anteriores a la guerra, cometidos por el emperador Guillermo II y su Gobierno, que llevaron a la entrada de Alemania en la guerra en unas condiciones militares desfavorables y, después, al desastre de la derrota y a la imposición del mencionado tratado. Una consecuencia de que los alemanes se negaran a ver su propia responsabilidad y se refugiaran en la autocompasión y el victimismo fue el posterior apoyo a los nazis, lo que, a su vez, resultó en el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que fue aún más desastrosa para el país.

El comportamiento de Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo significativo de dos formas contrarias de enfocar la aceptación de la responsabilidad. Los gobiernos de ambos países fueron responsables de iniciar la guerra totalmente por decisión propia; no se daba la circunstancia de que esa responsabilidad fuera compartida con sus adversarios, como sí ocurrió, en el caso de Alemania, en la Primera Guerra Mundial. Durante la Segunda Guerra Mundial, tanto Alemania como Japón cometieron atrocidades con otros pueblos y sus propias poblaciones padecieron un sufrimiento terrible. Alemania y Japón han mantenido dos enfoques contrarios ante estos hechos. La reacción de Alemania podría haber estado dominada por un sentimiento de autocompasión y por una postura victimista ante los millones de alemanes fallecidos durante la guerra (entre ellos, las víctimas de los bombardeos aliados sobre ciudades alemanas, cuyas muertes se habrían considerado crímenes de guerra si los aliados no hubieran ganado la contienda), ante el millón de mujeres alemanas violadas por el ejército soviético durante su avance desde el este y ante la pérdida de territorios extensos tras la guerra. Sin embargo, en Alemania existe un amplio reconocimiento de los crímenes nazis (es algo que se enseña en las escuelas) y se habla de la responsabilidad alemana, de ahí que se hayan podido mejorar las relaciones con Polonia y con otros países que, durante la guerra, fueron víctimas de Alemania. Japón, por el contrario, sigue negando en gran medida su responsabilidad como parte iniciadora de la guerra; entre los japoneses existe la opinión generalizada de que, de alguna manera, Estados Unidos engañó a Japón para que bombardeara Pearl Harbor y diera así comienzo a la guerra, ignorando el hecho de que Japón ya había empezado a librar una importante guerra no declarada contra China cuatro años antes. También sigue negando su responsabilidad en los crímenes cometidos contra los civiles chinos y coreanos y los prisioneros de guerra aliados. Japón se refugia, en cambio, en la autocompasión y en su calidad de víctima de los bombardeos atómicos, y evita mantener una conversación franca sobre las cosas aún peores que habrían sucedido si aquellas bombas no hubieran caído. Esta actitud de refugiarse en la negación, el victimismo y la autocompasión sigue envenenando las relaciones del país con sus poderosos vecinos chinos y coreanos y, por tanto, supone un gran riesgo para Japón.

3. Construcción de un cercado: el cambio selectivo. Los seis países que se analizan entre los capítulos 2 y 7 gestionaron sus crisis mediante la adopción de cambios selectivos. He hablado de otros dos países, Estados Unidos y Japón, que los están aplicando ahora, más en el caso de Japón que en el de Estados Unidos. Los cambios que todos estos países han realizado —o que están debatiendo— afectaban solo a ciertas políticas específicas; otras políticas nacionales quedaban fuera de la discusión. Especialmente instructivos, por el contraste entre las cosas que cambiaron y las que no, son, de nuevo, los casos del Japón Meiji y de Finlandia. El Japón Meiji se sometió a una occidentalización en muchos ámbitos: político, legal, social, cultural y de otros tipos. Pero en ninguno de ellos se limitó a calcar literalmente a Occidente; por el contrario, buscó entre los numerosos modelos occidentales el que fuera más adecuado para sí y lo adaptó a las circunstancias japonesas.Al mismo tiempo, otros aspectos básicos de la sociedad japonesa se mantuvieron inalterados, entre ellos el culto al emperador, la escritura kanji y muchos rasgos de la cultura japonesa. De forma similar, Finlandia emprendió un cambio al mantener conversaciones constantes con la Unión Soviética comunista, sacrificando algo de su libertad de acción y transformándose de un país predominantemente rural en un país industrial moderno.Al mismo tiempo, en otros aspectos ha seguido siendo una democracia liberal y ha conservado una libertad de acción mucho mayor que otros países europeos vecinos de la antigua Unión Soviética (ahora Rusia). Las incoherencias que se hacían evidentes en el comportamiento de Finlandia despertaron numerosas críticas entre los no finlandeses, que no reconocían la cruel realidad que imponía a Finlandia su ubicación geográfica.

4. Ayuda de otros países. La cuestión de la ayuda ajena, que es muy importante en las crisis personales, ha desempeñado también un papel, bien positivo, o bien negativo, en la resolución de la mayor parte de las crisis nacionales que hemos analizado. Para el Japón Meiji, en su proceso de occidentalización selectiva, fue clave la ayuda occidental de diverso tipo que recibió: desde los asesores occidentales que llegaron a Japón y la acogida de las misiones japonesas en los países occidentales hasta la construcción de un prototipo de crucero de batalla. Para los gobiernos militares de Chile e Indonesia, la ayuda económica de Estados Unidos desempeñó un papel importante en el fortalecimiento de sus economías tras los golpes de 1973 y 1965, respectivamente, y también lo fue para la reconstrucción de Japón y de Alemania tras la destrucción ocasionada por la Segunda Guerra Mundial. Australia buscó protección militar primero en Reino Unido y después en Estados Unidos. En sentido negativo, el Gobierno chileno de Allende quedó desestabilizado por la retirada de la ayuda estadounidense y por la imposición de barreras a la economía chilena, mientras que la alemana República de Weimar se vio desestabilizada, tras la Primera Guerra Mundial, por las exigencias británica y francesa de reparaciones de guerra. En el caso de Australia, lo que impulsó su búsqueda de una nueva identidad nacional fue la conmoción que supuso, primero, la ausencia de protección militar británica tras la caída de Singapur y, después, el fin de su relación económica preferente con Reino Unido como resultado de las negociaciones de este con la Comunidad Económica Europea. El principal ejemplo de esta falta de ayuda por parte de los aliados es la situación en la que se vio Finlandia durante su guerra de Invierno contra la Unión Soviética, cuando todos sus posibles aliados o bien no pudieron, o bien no quisieron, prestarle el apoyo militar que esperaba. Aquella dura experiencia cimentó la política exterior finlandesa a partir de 1945: Finlandia adquirió conciencia de que no podía esperar ninguna ayuda en caso de un nuevo conflicto con la Unión Soviética y de que, en cambio, debía establecer una relación funcional con ella a fin de mantener el mayor grado de independencia posible.

5. Adopción de otros países como modelo. Así como los modelos suelen ser elementos valiosos en la resolución de las crisis personales, también han revestido una gran importancia, por su influencia positiva o negativa, para la mayoría de los países de los que hemos hablado aquí. La adopción y la adaptación de modelos occidentales fue especialmente importante en la transformación del Japón Meiji y también, en menor medida, en el Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando volvió a adaptar (o se le impusieron) algunos elementos del modelo de gobierno democrático estadounidense. Las dictaduras militares de Chile y de Indonesia tomaron prestados los modelos estadounidenses (o lo que ellos imaginaban que eran modelos estadounidenses) de economías de libre mercado. Australia, durante la mayor parte de su historia anterior a la Segunda Guerra Mundial, adoptó numerosos modelos británicos y después los fue rechazando progresivamente.

A la inversa, entre los países que hemos analizado también tenemos dos ejemplos de la ausencia, real o aparente, de modelos. En el caso de Finlandia, no existen modelos de ningún otro país que fuera vecino de la Unión Soviética y lograra mantener su independencia y satisfacer, al mismo tiempo, las exigencias soviéticas; esa era la esencia de la política de finlandización que desarrolló el país. Detrás de la frase del presidente Kekkonen, “La finlandización no puede exportarse”, está el reconocimiento de los finlandeses de la singularidad de su situación. Un ejemplo de supuesta falta de modelos nos lo ofrece hoy Estados Unidos. Su certeza sobre la excepcionalidad estadounidense se traduce en la convicción general de que como país no tiene nada que aprender de las democracias de Canadá y de Europa occidental, ni siquiera de las soluciones que estas han dado a problemas que aquejan a todos los países, como la atención sanitaria, la educación, la inmigración, la gestión de las prisiones y la seguridad durante la vejez. La mayoría de los estadounidenses se muestran insatisfechos con las soluciones que ha dado nuestro país a estas cuestiones y, aun así, siguen negándose a aprender de las soluciones ensayadas en Canadá o Europa occidental.

6. Identidad nacional. De los doce indicadores relacionados con las crisis personales, algunos tienen una fácil traducción en las crisis nacionales. Un indicador cuya traducción no es automática es la característica personal de la “fortaleza del ego”, que, en cambio, nos sirve como metáfora de una característica nacional: el sentido de la identidad nacional.

¿Qué es la identidad nacional? Se trata del orgullo colectivo por las cosas admirables que caracterizan a un país y lo hacen único. Existen muchas fuentes distintas de las que emana la identidad nacional, entre ellas la lengua, las victorias militares, la cultura y la historia. Estas fuentes varían de un país a otro. Por ejemplo, Finlandia y Japón tienen lenguas únicas que no se hablan en ningún otro país y que se contemplan como un orgullo. Los chilenos, por el contrario, hablan la misma lengua que la mayoría de los países de América Central y del Sur, pero, paradójicamente, convierten ese hecho en una identidad única:

“Los chilenos somos distintos de los demás países latinoamericanos de habla hispana, por nuestra estabilidad política y por nuestra tradición democrática. ¡Nos parecemos más a los europeos que a los latinoamericanos!”. Las victorias militares tienen un enorme peso en la identidad nacional de algunos países: Finlandia (la guerra de Invierno), Australia (Gallipoli), Estados Unidos (la Segunda Guerra Mundial) y Reino Unido (muchas guerras, entre las más recientes la Segunda Guerra Mundial y la guerra de las Malvinas). En muchos países, el orgullo y la identidad nacionales están más volcados en la cultura: por ejemplo, el predominio histórico de Italia en el campo de las artes y actualmente en los de la cocina y la moda, la literatura en Reino Unido y la música en Alemania. Muchos países están orgullosos de sus selecciones deportivas. Reino Unido e Italia son ejemplos de países que sienten orgullo de su memoria histórica y de su importancia internacional. En el caso de Italia, destaca la memoria del Imperio romano, hace dos mil años.

De los siete países que hemos visto, seis mantienen un fuerte sentido compartido de la identidad nacional. La excepción es Indonesia, donde esta identidad es más débil. Esto no supone una crítica hacia los indonesios: es simplemente reflejo del hecho evidente de que Indonesia no existió como país independiente hasta 1949 y no se unificó efectivamente como colonia hasta en torno a 1910. Por tanto, no es sorprendente que Indonesia haya experimentado movimientos de secesión y revueltas. Sin embargo, desde hace poco se ha extendido con rapidez por el país un sentimiento de identidad nacional, impulsado por la difusión de una lengua indonesia unificada y por el crecimiento de la democracia y de la participación ciudadana.

En los países más antiguos que Indonesia, la identidad nacional ha sido un factor con un peso importante en la resolución de las crisis. Su sentido de identidad nacional mantuvo unidos a los japoneses de la era Meiji y a los finlandeses, les infundió el coraje necesario para resistir contra poderosas amenazas externas, sirvió a sus ciudadanos como factor de motivación en la superación de las privaciones y las humillaciones nacionales y fue un estímulo para realizar sacrificios personales por la causa nacional. Los ciudadanos finlandeses llegaron a entregar sus anillos de oro para contribuir al pago de las reparaciones de guerra a la Unión Soviética. Después de 1945, la identidad nacional fue lo que permitió a Alemania y a Japón sobrevivir a la aplastante derrota militar y a la subsiguiente ocupación. En Australia, la identidad nacional ha sido objeto de reevaluación y de cambios selectivos en torno a la pregunta “¿Quiénes somos?”. El sentido de identidad nacional contribuyó a que los izquierdistas chilenos actuaran con moderación cuando volvieron al poder después de la caída de Pinochet. Incluso cuando el miedo al ejército chileno se fue disipando, los izquierdistas chilenos, ya en el poder, aunque no dejaran de odiar a los partidarios de Pinochet, adoptaron una política conciliatoria, la construcción de “un Chile para todos los chilenos”, incluidos los admiradores de derechas de Pinochet y los admiradores de izquierdas de Allende. Esto supone un logro notable. En Estados Unidos, por el contrario, hoy se percibe mucha insistencia en las identidades de subgrupo y menos en una identidad nacional amplia.

Los pueblos y los gobiernos de todos los países tratan habitualmente de consolidar la identidad nacional armando un relato de su historia que fomente el orgullo de país. Tales narraciones de la historia forman los “mitos nacionales”. No estoy empleando aquí la palabra “mito” en su sentido peyorativo de “mentira”, sino en su sentido neutro de “historia tradicional, con aparente base histórica, pero que se emplea para explicar algún fenómeno o en pos de algún propósito”. En realidad, los mitos nacionales, repetidos una y otra vez con intenciones políticas, abarcan todo un espectro que va desde el relato verídico hasta la mentira.

En un extremo están las descripciones del pasado que narran los hechos exactos y que se centran en las cosas más importantes que ocurrieron en un país determinado en un momento concreto, si bien el relato sigue teniendo una agenda política.Algunos ejemplos serían el intento de reforzar el orgullo nacional británico durante el verano de 1940 mediante un relato de su historia, exclusivamente centrado en la batalla de Inglaterra, o el de reforzar el orgullo nacional finlandés con una narración del período que va de diciembre de 1939 a marzo de 1940 centrada únicamente en la guerra de Invierno. Sí, en realidad, se puede decir que estas fueron las cosas más trascendentes que ocurrieron en Reino Unido y en Finlandia en aquellos momentos, pero eso no es óbice para que el modo en que esos sucesos se siguen contando hoy, una y otra vez, persiga unos fines políticos.

En un punto intermedio estarían ese tipo de narraciones del pasado que describen correctamente los hechos, dentro de lo que cabe, pero que se centran solo en uno de los múltiples hechos que tienen lugar en un mismo momento en la historia de un país, y omiten otros que guardan la misma importancia. Entre los ejemplos de esto están los relatos históricos sobre los Estados Unidos de principios del siglo XIX, que destacan la expedición transcontinental de Lewis y Clark y otros momentos del proceso de exploración y conquista del Oeste por parte de los europeos blancos, pero omiten los hechos sobre el asesinato y el desplazamiento de los nativos americanos y la esclavitud de los afroamericanos. También son ejemplo de ello los relatos sobre la lucha por la independencia de Indonesia que narran las batallas de la República contra los holandeses, pero no hacen mención de los numerosos grupos de indonesios que luchaban contra la república, o los relatos históricos de la Australia de principios del siglo XX que se acuerdan solo de Gallipoli, y omiten el asesinato y desplazamiento de los aborígenes australianos.

En el extremo opuesto de este espectro de mitos nacionales se encuentran los relatos del pasado que se apoyan sobre todo en falsedades. Algunos ejemplos de esto son las historias de Alemania que atribuyen su derrota en la Primera Guerra Mundial a una traición civil o los relatos sobre Japón que minimizan o niegan la masacre de Nankín.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si es posible llegar a conocer el pasado con exactitud o si la historia implica, inevitablemente, una pluralidad de interpretaciones y, en ese caso, si todas las interpretaciones merecen recibir la misma atención. Independientemente de la respuesta que se dé a estas preguntas, el hecho es que las identidades nacionales siguen reforzándose con propósitos políticos a través de los mitos nacionales, que las identidades nacionales son importantes para los países y que la solidez histórica de los mitos que las sostienen varía de un caso a otro.

7. Autoevaluación honesta. Un visitante completamente racional del espacio exterior que no supiera nada de los seres humanos ni de nuestras sociedades podría, ingenuamente, dar por supuesto que, cualquiera que sea el factor que provoca que individuos y países fracasen cuando intentan resolver una crisis, la falta de una autoevaluación honesta no es uno de ellos. ¿Por qué, pensaría nuestro extraterrestre, querría cualquier individuo o cualquier país de estos —sin duda, extraños— humanos caminar hacia la catástrofe negándose a ser honesto consigo mismo?

De hecho, realizar una autoevaluación honesta requiere dos pasos. Primero, el individuo o el país debe estar en posesión de una información correcta y precisa. Pero puede que esta sea difícil de obtener; el fracaso en la respuesta a una crisis puede deberse a la falta de información y no al vicio moral de la falta de honestidad. El segundo paso es evaluar esa información también con honestidad. Por desgracia, cualquier humano que este familiarizado con la conducta habitual de los países o de los individuos sabe que el autoengaño es moneda común en los asuntos humanos.

Los casos que mejor se entienden en relación con este tema de la autoevaluación honesta —o de la falta de ella— por parte de un país son aquellos en los que existen líderes o dictadores fuertes. En esos casos, el hecho de que el país emprenda o no ese proceso de autoevaluación honesta depende de que lo haga o no su líder. Los ejemplos, en sentido contrario, de dos líderes alemanes contemporáneos son mundialmente conocidos. Bismarck, un notable realista, logró el difícil objetivo de unificar Alemania. El emperador Guillermo II, nada realista y emocionalmente inestable, granjeó enemigos a Alemania innecesariamente y se metió con torpeza en la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que Alemania fue derrotada. Hitler, mucho más inteligente y mucho más malvado, echó por tierra las victorias iniciales que había logrado demostrando una gran falta de realismo al atacar a la Unión Soviética y declarar innecesariamente la guerra a Estados Unidos cuando ya estaba en guerra con la Unión Soviética y Reino Unido. En fechas más recientes,Alemania tuvo la suerte de que durante varios años la dirigió otro realista,Willy Brandt, que tuvo el coraje de reconocer la necesidad de desarrollar una política dolorosa, pero honesta, en Europa oriental (reconociendo a Alemania Oriental y asumiendo la pérdida de los territorios alemanes más allá de sus fronteras) y de ese modo cumplió los prerrequisitos para la reunificación alemana conseguida veinte años después.

El caso de Indonesia es menos conocido en Occidente, pero igualmente notable en lo distintos que fueron sus dirigentes sucesivos. El presidente fundador, Sukarno, se engañó a sí mismo al atribuirse la excepcional capacidad de interpretar incluso los deseos inconscientes del pueblo de Indonesia. Al tiempo que descuidaba los problemas del propio país, se involucró en el movimiento anticolonial internacional y ordenó al ejército indonesio que intentara tomar el Borneo malayo, en contra de los deseos de su población y haciendo oídos sordos al escepticismo de sus propios oficiales. Por desgracia para Sukarno, había un general de su ejército, Suharto, que llegaría a ser el segundo presidente de Indonesia y que era (y lo fue hasta muy avanzada su carrera política) un acendrado realista: su estilo era proceder con cautela y actuar solo cuando estuviera seguro de su éxito. De esta manera, Suharto consiguió hacer progresivamente a un lado a Sukarno, abandonó las ínfulas internacionales de este y la campaña de Malasia, y se concentró en los asuntos indonesios (aunque a menudo de forma aviesa).

En los tres casos siguientes hemos visto países que no se encontraban bajo el dominio de un líder poderoso y que alcanzaron un consenso nacional basado en la autoevaluación honesta. El Japón Meiji hizo frente a la dolorosa realidad de que aquellos odiados bárbaros occidentales eran más fuertes que él y que el país solo podría fortalecerse si aprendía de Occidente. Japón adquirió entonces un conocimiento preciso de Occidente, enviando a muchos funcionarios del Gobierno y a ciudadanos particulares japoneses a Europa y a Estados Unidos. Por el contrario, la desastrosa entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial se debió en parte a la falta de conocimiento sobre Occidente y su poder que tenían los oficiales del ejército japonés, jóvenes y poderosos, en la década de 1930. Los finlandeses también hicieron frente a la dolorosa realidad de que Finlandia no iba a recibir apenas ayuda de sus potenciales aliados y de que la política de Finlandia hacia la Unión Soviética tenía que ir en la dirección de ganarse la confianza soviética y entender su punto de vista. Por último,Australia alcanzó un consenso nacional haciéndose cargo de que la antigua importancia económica y militar que Reino Unido había tenido para ella se había desvanecido y que Asia y Estados Unidos habían cobrado importancia.

Nuestros dos últimos casos ejemplifican la actual ausencia de un proceso de autoevaluación honesta en dos países. Como ya hemos dicho, hoy Japón reconoce algunos de sus problemas, pero no está mostrando ningún realismo con respecto a otros. Estados Unidos también es deficitario en lo que respecta a la autoevaluación honesta, especialmente porque no hay suficientes ciudadanos y políticos que se tomen en serio nuestros principales problemas. Muchos estadounidenses también se engañan echando la culpa a otros países en vez de asumir la responsabilidad de nuestros actuales problemas. En Estados Unidos está cada vez más extendido el escepticismo ante la ciencia, lo que es un mal presagio, porque la ciencia es básicamente la descripción y comprensión precisa del mundo real.

8. Experiencia histórica de crisis nacionales anteriores. En el caso de los individuos, la confianza resultante de haber superado otras crisis previas es un factor importante a la hora de hacer frente a una nueva crisis personal. El equivalente de este factor en el ámbito nacional también ha sido clave en el caso de varios de los países que hemos abordado en este libro, así como de algunos otros. Un ejemplo es el Japón actual, cuya confianza deriva del extraordinario logro del Japón Meiji, que supo emprender una serie de cambios con rapidez y fortalecerse lo suficiente como para ahuyentar la amenaza de acabar desmembrado por Occidente e incluso pudo derrotar a dos potencias occidentales (a Rusia en 1904-1905 y a las tropas coloniales alemanas en 1914). El éxito del Japón Meiji resulta aún más impresionante si se considera el fracaso paralelo del Imperio chino, en apariencia mucho más grande y fuerte, en su resistencia a la presión occidental.

Finlandia nos ofrece otro ejemplo de confianza nacional derivada de logros anteriores en la gestión de las crisis. Para los finlandeses, el orgullo de haberse enfrentado con éxito a los ataques soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial tiene tal centralidad que la celebración del centenario de la independencia del país, en 2017, estuvo centrada no solo en la propia independencia, sino también en la guerra de Invierno. Entre los países de los que no hemos hablado en este libro, otro ejemplo sería Reino Unido, con un historial de éxitos marcados por su victoria final sobre Hitler en la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos y la Unión Soviética como aliados; por su lucha completamente en solitario contra Hitler durante el año que va desde la caída de Francia, en junio de 1940, hasta la invasión de la Unión Soviética por parte de Hitler, en junio de 1941; y, especialmente, por la batalla de Inglaterra, en la que la fuerza aérea británica (RAF) derrotó a la fuerza aérea alemana (Luftwaffe) en combate aéreo en cielo británico durante la segunda mitad de 1940, lo que frustró los planes alemanes para la invasión de Gran Bretaña. A pesar de las dificultades a las que Reino Unido ha tenido que hacer frente desde 1945 hasta nuestros días, hay algo que los británicos piensan a menudo: nada podría ponerse más crudo que la batalla de Inglaterra; si entonces vencimos, hoy podemos salir de cualquier otro aprieto. Los éxitos pasados contribuyen también a la confianza que Estados Unidos tiene en sí mismo. Entre los logros que rememoramos los estadounidenses se encuentran el desenlace de la Revolución de las Trece Colonias; nuestra adquisición, exploración y conquista de toda la extensión del continente norteamericano; el hecho de haber conseguido mantener el país unido tras una larga guerra civil, que hoy sigue siendo el enfrentamiento más sangriento y con el mayor número de bajas de toda la historia de Estados Unidos; y las victorias militares simultáneas contra Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial.

Finalmente, Indonesia, el más joven de los países que se analizan en este libro, cuenta con la historia más breve en éxitos de gestión sobre los que asentar la confianza. Pero, tal como pude observar en el mural del vestíbulo de aquel hotel en 1979, los indonesios siguen rememorando sus victorias en la lucha de independencia contra los holandeses entre 1945 y 1949, y en la adquisición de la Nueva Guinea holandesa en 1961. Estos logros desempeñan un importante papel en la confianza nacional indonesia.

9. Paciencia ante los fracasos nacionales. Los problemas nacionales, aún más que los problemas personales, no admiten soluciones rápidas ni ofrecen ninguna garantía de éxito al primer intento de resolución. Ya se trate de casos nacionales o individuales, las crisis tienden a ser complejas y suelen requerir que ensayemos diversas soluciones antes de dar con la que funciona; exigen, por tanto, paciencia y tolerancia ante las ambigüedades, los fracasos y las situaciones frustrantes. Incluso en el caso de que todas las decisiones nacionales las tomara un único dictador absoluto, estas requerirían de una dosis de paciencia. Pero la mayoría de las decisiones nacionales implican negociaciones entre grupos diversos con intereses divergentes. Por tanto, la resolución de una crisis nacional exige, sin remedio, una dosis extra de paciencia.

La mayoría de los países cuyo análisis hemos abordado aquí han hecho acopio de paciencia a través de una experiencia de fracasos y derrotas. Esto es especialmente cierto en los casos del Japón Meiji, Alemania, Finlandia y el Japón actual. Hasta que Japón pudo librar su primera guerra contra una potencia occidental y salir victorioso tuvieron que pasar más de cincuenta años desde que la aparición de Perry en 1853 pusiera fin a su política de aislamiento. Desde la división de facto de Alemania, en 1945, tuvieron que pasar 45 años para que el país lograra su reunificación. Tras la guerra de Continuación, en 1944, Finlandia pasó décadas calibrando constantemente su política hacia la Unión Soviética para determinar cuáles de las presiones soviéticas podía rechazar sin ponerse en peligro y qué acciones independientes podría adoptar con seguridad sin provocar otra invasión soviética. Desde la Segunda Guerra Mundial, Japón ha tenido que superar la ocupación estadounidense, pasar décadas dedicado a su reconstrucción económica y material, y hacer frente a unos problemas económicos y sociales crónicos, así como a desastres naturales, por ejemplo, como terremotos, tifones y tsunamis. Los cuatro países (si contamos dos veces a Japón) sintieron una gran frustración, pero no cayeron en la tentación de actuar irref lexivamente. La paciencia fue un ingrediente esencial en su éxito final.

La excepción a estas historias de paciencia nacional es la que presenta actualmente Estados Unidos. Podría objetarse, sin duda, que los estadounidenses sí hemos tenido que soportar casos de fracasos iniciales, hemos demostrado paciencia en muchos momentos de nuestra historia y hemos persistido a pesar de los contratiempos; en particular, durante los cuatro años de la Guerra Civil, los doce años de la Gran Depresión y los cuatro años de la Segunda Guerra Mundial. Pero Estados Unidos no se ha visto abocado a soportar ninguna ocupación ni una aplastante derrota, como sí ha sido el caso de Alemania, Japón, Francia y muchos otros países. Después de las victorias del país en las cuatro guerras libradas en el extranjero, desde la guerra de Estados Unidos con México, entre 1846 y 1848, hasta la Segunda Guerra Mundial, a los estadounidenses se les hizo difícil aceptar el estancamiento que puso fin a la guerra de Corea, tragarse la derrota en la guerra de Vietnam y tolerar el prolongado anquilosamiento militar en Afganistán. En estas primeras décadas del siglo xxi, Estados Unidos ha tenido que enfrentarse a complejos problemas sociales, económicos y políticos internos que no se prestan a soluciones rápidas. Requieren, por el contrario, paciencia y una capacidad de negociación y de acuerdo que aún no hemos demostrado.

10. Flexibilidad nacional ante situaciones específicas. Al caracterizar a las personas, los psicólogos emplean una dicotomía entre la flexibilidad y la rigidez. La flexibilidad personal supone que una persona está dispuesta a considerar enfoques nuevos y distintos para un problema. La rigidez implica que dicha persona cree que solo existe un único enfoque para un problema. Esta dicotomía ha demostrado tener importancia para entender por qué algunos individuos consiguen dar soluciones a las crisis ideando nuevos enfoques y otros no. Si bien cualquier persona puede mostrarse flexible en un ámbito y rígida en otro, los psicólogos señalan también que la flexibilidad o la rigidez son características que impregnan todo el carácter de una persona, que varían de un individuo a otro y que están especialmente influenciadas por la educación recibida en la infancia y por las experiencias vitales.

Cuando pasamos de los individuos a los países, hay, a mi juicio, pocos ejemplos sólidos de la existencia de una forma de flexibilidad o de rigidez nacional generalizada. El único ejemplo con el que yo estoy familiarizado, y que incorpora razones comprensibles por las que el país llegó a ser como fue, atañe a un país que no se ha analizado en este libro: la Islandia histórica. Durante los siglos en los que Islandia estuvo gobernada por Dinamarca, los islandeses con frecuencia les generaban frustración a los gobernadores daneses por su aparente rigidez y por su resistencia a los cambios que les proponían. Por bienintencionada que fuera cualquier sugerencia de mejora que hiciera el Gobierno danés, la respuesta de los islandeses era habitualmente: “No, no queremos probar cosas distintas; queremos seguir haciendo las cosas del modo tradicional en el que las hacemos”. Los islandeses rechazaron las sugerencias danesas sobre la mejora de sus embarcaciones, las exportaciones de pesca, las redes de pesca, el cultivo del cereal, la minería y la fabricación de cuerdas.

Esta rigidez nacional se entiende mejor cuando se toma en consideración la fragilidad ambiental de Islandia, que se encuentra en latitudes altas y tiene un clima frío y una corta estación para el cultivo. Los suelos islandeses son frágiles, leves, están formados por cenizas volcánicas, son muy susceptibles a la erosión y se regeneran con lentitud. La vegetación queda fácilmente agostada por la acción del pastoreo o por la erosión del viento y el agua, y después tarda en volver a crecer. Durante los primeros siglos de la colonización vikinga, los islandeses ensayaron diversas estrategias de subsistencia, todas ellas con resultados desastrosos, hasta que finalmente idearon un conjunto de técnicas de agricultura sostenible. Una vez establecida esa fórmula, no tenían ningún deseo de considerar cambio alguno en sus métodos de subsistencia, ni en otros aspectos de la vida, debido a su dura experiencia: una vez que habían conseguido idear una estrategia que funcionaba, cualquier otra cosa que intentaran no haría sino empeorar las cosas.

Quizá haya otros países, además de Islandia, que puedan caracterizarse como flexibles o rígidos en muchos aspectos. Pero parece que es mucho más común que la flexibilidad nacional dependa de situaciones específicas, es decir, que un país se muestre flexible en algunas cuestiones y rígido en otras. Los finlandeses se negaron rotundamente a ceder a la ocupación de su país, pero se han mostrado extraordinariamente flexibles acerca de cuestiones que otros países consideran derechos inalienables en una democracia, como la de no permitir que otro país le imponga unas reglas en sus elecciones presidenciales. El Japón Meiji se negó a hacer la más mínima concesión en lo relativo al papel del emperador y a la religión tradicional japonesa, pero fue extraordinariamente flexible con lo que respecta a sus instituciones políticas. Australia se negó durante mucho tiempo a despegarse de su identidad británica, pero al mismo tiempo estaba desarrollando una sociedad mucho más individualista e igualitaria que la británica.

El caso de Estados Unidos plantea algunas cuestiones interesantes con respecto a este tema de la flexibilidad. De los estadounidenses podría decirse que son flexibles en términos individuales, teniendo en cuenta, por ejemplo, sus frecuentes traslados de lugar de residencia (una vez cada cinco años de media). La historia política estadounidense está repleta de signos de flexibilidad nacional, como por ejemplo, la frecuente alternancia de poder en el Gobierno federal entre los principales partidos políticos o el hecho de que los principales partidos a menudo hagan suyas medidas de los programas de los nuevos partidos emergentes, lo que termina por impedir el desarrollo de estos últimos. Pero, también a la inversa, la política estadounidense de las últimas dos décadas se ha caracterizado por un creciente blindaje ante las prácticas de la negociación, las concesiones y el acuerdo.

Como consecuencia, intuyo que no será rentable para los sociólogos hacer generalizaciones sobre lo flexible o rígido que puede ser un país en términos absolutos. En su lugar, lo que sí puede merecer la pena es considerar si los países son clasificables como flexibles o rígidos de forma variable a lo largo de múltiples ejes. Esa cuestión sigue siendo un reto para el futuro.

11. Valores centrales nacionales. Los valores fundamentales son lo que subyace al código moral de una persona y con frecuencia constituyen aquello por lo que esa persona estaría dispuesta a dar la vida. Dichos valores fundamentales también pueden provocar que, para una persona, resolver una crisis sea más fácil o más difícil. En lo positivo, pueden dotarnos de lucidez y de una posición sólida desde la que contemplar posibles cambios en algunos aspectos de la vida. Por la parte negativa, también sucede a veces que las personas se aferrarán a sus valores fundamentales aunque, ante nuevas circunstancias, estos hayan dejado de ser adecuados e interfieran, por tanto, en nuestra capacidad para resolver una crisis.

Los países también tienen unos valores fundamentales que son ampliamente aceptados por sus ciudadanos y en algunos casos los ciudadanos están dispuestos a morir por ellos. Estos valores fundamentales están relacionados con la identidad nacional, pero no son exactamente lo mismo. Por ejemplo, la identidad nacional de Finlandia está especialmente vinculada a su lengua única y a sus éxitos culturales, pero el valor fundamental por el que muchos finlandeses dieron la vida luchando contra la Unión Soviética fue la independencia. Era eso, y no la lengua propia, lo que la Unión Soviética quería destruir. De forma similar, la identidad nacional alemana gira en torno a su lengua, a su cultura y a la historia común de los pueblos alemanes. Pero entre los valores fundamentales alemanes se encuentran cosas que muchos estadounidenses tildan de “socialismo” y que la mayoría de los alemanes consideran admirables: el sostén gubernamental de los servicios públicos; la limitación de los derechos individuales en favor del bien común; y la clara resistencia a que los servicios públicos importantes estén en manos de intereses privados que puedan decidir si su mantenimiento es rentable o no. Por ejemplo, el Gobierno alemán destina cuantiosos fondos a la cultura (entre otras cosas, en forma de subvenciones a las compañías de ópera, orquestas

sinfónicas y teatros), garantiza una buena atención médica y la seguridad económica en la vejez para todos los alemanes y obliga a la preservación de la arquitectura tradicional local y de sus bosques; estos son algunos de los valores fundamentales de la Alemania actual. Al igual que ocurre en el caso de los individuos, los valores fundamentales de los países pueden facilitar o dificultar la adopción de cambios selectivos. Los valores fundamentales tradicionales pueden seguir siendo apropiados en el presente y pueden suponer una motivación para que los ciudadanos estén dispuestos a hacer sacrificios en su defensa. Este tipo de valores impulsaron a los finlandeses a dar la vida por la victoriosa defensa de la independencia de su país, a los japoneses de la era Meiji a hacer un gran esfuerzo por equipararse con Occidente y a los alemanes y japoneses de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial a trabajar duramente y soportar privaciones en pro de la reconstrucción de su país. Pero los antiguos valores nacionales pueden también demostrarse inadecuados hoy en día y aferrarse a unos valores obsoletos puede suponer un impedimento para que un país emprenda los necesarios cambios selectivos. Este fue el factor fundamental de la crisis australiana de lento desarrollo tras la Segunda Guerra Mundial: su papel como puesto de avanzada británico tenía cada vez menos sentido y, para muchos australianos, renunciar a ese papel entrañó una gran dificultad. El Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial nos ofrece otro ejemplo de ello: si bien sus valores fundamentales en torno a la cultura japonesa y el respeto por el emperador suponen una fortaleza, el hecho de aferrarse a la política tradicional de explotación ilimitada de los recursos naturales en el extranjero es perjudicial para el país.

12. Ausencia de constreñimientos geopolíticos. En el caso de las personas, entre las limitaciones externas que pueden acotar nuestra capacidad para adoptar cambios selectivos se encuentran los condicionantes económicos, la carga de responsabilidad en la relación con otras personas y los posibles peligros físicos. Los países también encuentran restricciones a su libertad de acción, pero estas son distintas de las que limitan a los individuos: en concreto, suele tratarse de condicionantes geopolíticos resultantes de la presencia de países vecinos poderosos y de limitaciones económicas. De los doce factores que hemos planteado, este es el que muestra una mayor variación histórica en la selección de los países que hemos analizado. Por ejemplo, Estados Unidos ha permanecido singularmente libre de limitaciones; cuatro países (el Japón Meiji, Chile, Indonesia y Australia) se han visto limitados en algunos aspectos, pero relativamente libres en otros; y dos de ellos (Finlandia y Alemania) han padecido limitaciones extremas. A continuación, veremos cómo difieren los actuales constreñimientos geopolíticos de los constreñimientos históricos, que resumiré en primer lugar.

Estados Unidos ha permanecido históricamente libre de restricciones debido al aislamiento que le garantizan los vastos océanos que lo bordean por el este y el oeste, sus fronteras terrestres con países que no plantean amenaza alguna al norte y al sur, las ventajas naturales de la propia geografía del país y su gran población y riqueza. En mayor medida que cualquier otro país en el mundo, Estados Unidos ha gozado de libertad para hacer lo que ha querido dentro de sus propias fronteras. En el extremo contrario, Finlandia y Alemania se han visto seriamente constreñidas. Finlandia tiene la mala fortuna de compartir con Rusia (anteriormente, la Unión Soviética) la mayor frontera terrestre de Europa. La historia finlandesa reciente ha permanecido siempre bajo el signo del dilema de cómo preservar la mayor libertad de acción posible pese a ese severo condicionante. Alemania tiene la desgracia de encontrarse en el centro de Europa y de que sus fronteras terrestres y militares la dejan más expuesta a un mayor número de países vecinos (varios de ellos grandes y poderosos) que ningún otro país europeo. Aquellos dirigentes alemanes que ignoraron esta circunstancia fundamental de su geografía (el emperador Guillermo II y Hitler) sumieron a Alemania dos veces en un desastre total durante el siglo xx. Para poder negociar en el campo de minas que suponen los constreñimientos geopolíticos que condicionan al país, Alemania requirió en dos ocasiones la actuación de líderes con dotes excepcionales (Bismarck y Willy Brandt).

Los otros cuatro países que hemos visto ofrecen un panorama mixto. El Japón Meiji, a pesar de ser una nación insular, se encontraba bajo una seria amenaza por parte de las potencias occidentales. Chile, protegido por los Andes al este y por una extensión de desiertos al norte, no tiene que hacer frente a ninguna amenaza significativa procedente de América del Sur; sin embargo, durante la presidencia de Allende, la economía chilena se vio debilitada por la presión de unos lejanos Estados Unidos. Indonesia se encuentra protegida geográficamente por océanos y no tiene cerca países que supongan una amenaza, pero tuvo que luchar por su independencia contra los Países Bajos, situados en la otra punta del mundo. Desde la independencia, los gobiernos indonesios se han visto limitados por problemas internos derivados de la pobreza y de un rápido crecimiento demográfico. Finalmente, Australia, a pesar de su lejanía con respecto a cualquier país y de la protección geográfica que le brindan los océanos, sufrió las amenazas y los bombardeos de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Todos estos países, por tanto, han sufrido limitaciones intermitentes en su libertad de acción, pero no tan graves y crónicas como las que operan constantemente en los casos de Finlandia y Alemania.

Obviamente, durante los últimos milenios las restricciones geopolíticas han cambiado en todo el mundo. En el pasado más remoto, las poblaciones humanas eran en gran medida autosuficientes, recibían y enviaban bienes e información en rangos de distancia relativamente cortos y solo debían hacer frente a la posible amenaza militar que suponían las poblaciones inmediatamente vecinas. Pero en los últimos cinco siglos, tanto las comunicaciones como la interconexión económica y militar se han vuelto globales. Las amenazas militares han podido llegar de cualquier parte por vía marítima: los holandeses iniciaron la ocupación de Indonesia en torno a 1595 y la flota estadounidense del comodoro Perry rompió el aislamiento de Japón en 1853. Anteriormente, Japón había sido autosuficiente en términos económicos, con una actividad de importaciones y exportaciones insignificante; hoy la economía industrial del país está severamente limitada por el acceso a los recursos naturales y depende por completo de las importaciones y exportaciones. Estados Unidos es también un gran importador y exportador. Chile dependió del capital y de la tecnología estadounidense para explotar sus minas de cobre. El presidente de Chile,Allende, y en menor medida el presidente de Indonesia, Sukarno, se vieron sometidos a la presión económica de Estados Unidos y al apoyo que este país prestó a la oposición interna. Tres de los siete países tratados en este libro han sido bombardeados por portaaviones enemigos que salieron de puerto, a miles de kilómetros de distancia: Estados Unidos sufrió el bombardeo japonés de Pearl Harbor en diciembre de 1941, Australia la incursión japonesa de Darwin en febrero de 1942 y Japón el ataque estadounidense de Doolittle en abril de 1942.Alemania y Japón sufrieron ataques masivos desde bombarderos terrestres durante la Segunda Guerra Mundial. Los primeros ataques con cohetes se realizaron con los proyectiles V2 alemanes, lanzados a más de trescientos kilómetros de distancia, sobre Reino Unido, Francia y Bélgica, en 1944 y 1945. Hoy, los ICBM pueden alcanzar objetivos en cualquier parte del mundo a través de las más extensas barreras oceánicas.

Todo esto supone que el poder de los constreñimientos geopolíticos se ha reducido enormemente. ¿Significa eso que los condicionantes geográficos son hoy irrelevantes? ¡Por supuesto que no! La política exterior de Finlandia aún sigue condicionada por su extensa frontera terrestre con Rusia. La política exterior de Alemania aún sigue dictada por el hecho de tener nueve países vecinos por tierra y otros ocho al otro lado de los mares Báltico y del Norte. Los desiertos y las altas montañas de Chile lo han protegido ante las posibles invasiones durante los dos siglos que han transcurrido desde su independencia y es poco probable que sufra alguna en un futuro próximo. Estados Unidos podría ser alcanzado por un misil, pero su invasión y conquista seguirían siendo extremadamente difíciles; y, en el caso de Australia, serían casi igual de complicadas. En resumen, el lema de Finlandia “Nuestra geografía nunca cambiará” sigue siendo válido para todos los países.