Presentamos un adelanto de Machismos cotidianos (Grijalbo, 2020) de Claudia De La Garza y Eréndira Derbez, una guía indispensable para entender los actos diarios de machismo que nuestra sociedad pasa por alto.


Cuando caminas por la calle te sientes intimidada por los comentarios obscenos que te dirigen los hombres al pasar. Te subes al metro, un tipo se te “arrima” mientras las personas alrededor fingen no darse cuenta. En la junta de trabajo eres interrumpida abruptamente por quinta vez al intentar presentar tu proyecto. Describes tus síntomas en la clínica de salud y te recomiendan que vayas a casa y te relajes, al parecer “sólo quieres llamar la atención” según el diagnóstico del médico…

Las anteriores son tan sólo algunas de las situaciones que nos ocurren a muchas mujeres. Nos referimos a acciones o comentarios que, de manera sutil o descarada, intencional o no, nos minimizan, descalifican, cosifican, silencian y agreden por el hecho de ser mujeres. A estos dichos, conductas y actitudes basadas en la creencia de que los hombres son superiores se les denomina machistas. El machismo es una ideología muy arraigada en nuestra cultura, que se presenta de muchas formas; abarca prácticas, discursos y comportamientos que niegan a las mujeres como personas autónomas e independientes.

No es un problema de unos cuantos hombres “malos” que odian a las mujeres y buscan ejercer su poder sobre ellas (aunque también los hay) o de mujeres “competitivas que se odian entre sí” y por eso replican actitudes machistas. Se trata de un problema estructural, una visión del mundo que se nos presenta como una realidad irrefutable y que incide en la sociedad en todos los niveles. Son comportamientos que aprendemos desde la infancia, y que sin darnos cuenta transmitimos a las nuevas generaciones porque si “siempre ha sido así”, será porque “así debe ser”, ¿o no?… Cuando hacemos algo una y otra vez terminamos por hacerlo parecer normal. Vivimos en una sociedad que durante siglos ha colocado a los hombres por encima de las mujeres y con esa lógica ha organizado las relaciones entre seres humanos: se nos asignan lugares, roles, conductas y hasta formas de expresarnos o movernos diferenciadas por nuestras características biológicas. Al repetir estas prácticas contribuimos a mantener un orden social desigual, en donde las mujeres son sometidas o discriminadas y los hombres conservan la posición de dominio que la sociedad les adjudica.

Todas las personas somos educadas dentro de este sistema, de manera que tanto mujeres como hombres realizamos día con día actos machistas. Hacemos o decimos cosas que refuerzan las desigualdades, la mayoría de las veces sin darnos cuenta: una mirada de reprobación o un comentario irreflexivo, tanto en lo privado, en pareja o en familia, como en los lugares que compartimos con muchas personas, como en la escuela, en el trabajo o en las redes sociales. Estos gestos, dichos, conductas y actitudes de violencia sutil son llamados micromachismos ya que, por la cotidianidad con la que se ejercen, suelen pasar desapercibidos.

El término fue acuñado en 1990 por el psicoterapeuta argentino Luis Bonino para hablar de los comportamientos masculinos cotidianos que fuerzan, coartan o minan la autonomía de las mujeres de forma sutil dentro de las relaciones de pareja heterosexuales. De acuerdo con este autor, son “pequeñas tiranías o violencias de baja intensidad”1 realizadas por varones, a través de las cuales buscan dominar a su pareja.2 Lo peligroso es que son muy difíciles de detectar porque las asimilamos como hábitos o costumbres, o las confundimos con una simple falta de educación y las dejamos pasar, independientemente de los efectos nefastos que tienen en nuestra vida a corto, mediano y largo plazo.

Durante los últimos años la palabra micromachismo ha adquirido mucha popularidad. Su significado se ha expandido más allá del ámbito de las relaciones de pareja y se utiliza para referirse a todos los comportamientos que refuerzan la posición de dominio de los hombres sobre las mujeres, machismo que parece invisible por la frecuencia con que sucede y porque su impacto es aparentemente nulo. El problema de este término es que se piensa que, por ser micro, prefijo que significa pequeño, se trata de conductas pequeñitas, poco importantes o que son “poca cosa”. Es inevitable la asociación. Sin embargo, aquí el tamaño no es la cuestión, sino su cotidianidad y su persistencia.3 A diferencia de los actos evidentes de violencia contra las mujeres, estas acciones han sido normalizadas y naturalizadas al grado de que no las vemos, muchas veces incluso son justificadas y legitimadas por la sociedad.

Piensa en los chistes, en el viboreo, en el juguete que le regalaste a tu sobrina en su último cumpleaños, en tus propios prejuicios… La mayoría de las veces estos actos no tienen la intención de herir o dañar a nadie, aunque lo hacen. A través de ellos hemos aprendido a relacionarnos, forman parte de nuestros hábitos y costumbres, y los repetimos sin pensar demasiado. Nos resultan tan familiares que parecen insignificantes e inocuos; sin embargo, experimentarlos de manera reiterada y combinada produce un efecto envolvente que afecta nuestro poder personal: nos hacen sentir inadecuadas, feas, culpables, inseguras, con miedo. El que no los veamos no los hace menos dañinos; por más discretos y sutiles que sean, sus efectos tienen un impacto monumental: son estos machismos cotidianos los que sostienen la organización social desigual en la que vivimos. Un micromachismo no es un ojo morado, no viola, no mata, pero sí forma parte de un sistema que permite la existencia de violencias mayores.

La sociedad está siempre en movimiento, las condiciones de vida se han precarizado, los roles de género se han transformado, las mujeres hemos cambiado y todo esto implica también un reacomodo en los roles masculinos. Los machismos velados y escurridizos que vivimos a diario son una adaptación del machismo tradicional a los nuevos escenarios sociales. La organización familiar, las calles, los salones de clase, los espacios de opinión y de toma de decisiones sin duda comienzan a incluir voces distintas que han luchado por hacerse visibles y exponer sus problemáticas; sin embargo, la equidad aún se encuentra lejos de nuestra realidad. El “espejismo de la igualdad”, como llaman algunas autoras a esa idea de que la batalla está ganada y ya todos y todas tenemos los mismos derechos, desvía la atención y atribuye las situaciones de violencia machista a cuestiones personales o experiencias aisladas. Pero si fuera así, ¿por qué nos pasa a todas? Iniciativas en redes sociales como #PrimeiroAssedio en Brasil o #MiPrimerAcoso en México, el proyecto #EverydaySexism de la escritora británica Laura Bates, o el movimiento internacional #MeToo han puesto de manifiesto las proporciones del problema a través de la abrumadora cantidad de testimonios de mujeres que se atrevieron a denunciar y a poner por escrito sus experiencias de abuso. Quedó al descubierto que estos actos machistas, considerados inofensivos por ser tan comunes, no son un problema personal que afecta a unas cuantas, es un mal generalizado. Es una problemática social que permea en distintas esferas sociales, que cruza fronteras y repercute en la vida de las personas en distintos niveles, algunos de forma decisiva.

Por ejemplo, en el ámbito económico, una de las formas en que se manifiesta el machismo está pintada de rosa. Cuando vamos a un supermercado los anaqueles están repletos de versiones “femeninas” de una serie de productos de consumo común, como juguetes, ropa, productos de higiene, hasta chocolates y artículos de papelería: ¿para qué? ¿Cuál puede ser la diferencia entre un producto azul para hombre y uno rosa para mujer? La estrategia consiste simplemente en fabricar todo tipo de cosas en color rosa, colocarlas en empaques vistosos y cobrar más por ellas. Este costo añadido, conocido como tasa rosa (pink tax), se basa en una serie de estereotipos de género: la idea de que las mujeres somos más consumistas, que compramos irreflexivamente, o que al estar más preocupadas por nuestra imagen estaremos dispuestas a absorber cualquier precio,4 aun cuando solemos percibir menores salarios. Y es que la discriminación económica hacia las mujeres va más allá de las etiquetas de colores pastel. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, para 2018 la brecha salarial por género global fue de alrededor de 20%. Esta desigualdad en la remuneración del trabajo entre un hombre y una mujer que realizan el mismo trabajo está sostenida por ideas machistas muy arraigadas (¿les suenan frases como: “Se habrá acostado con alguien para llegar ahí”?) que se resisten a reconocer y valorar de la misma forma el trabajo de una mujer que el de un hombre.

Otro aspecto en el que influyen de manera definitiva los machismos cotidianos es el acceso a la justicia. El caso de la Manada ocurrido en España es un ejemplo de esto. La noche del 7 de julio de 2016 José Ángel Preda, Alfonso Jesús Cabezuelo (militar), Ángel Boza y Antonio Guerrero (guardia civil) forzaron a entrar a un portal a una mujer de 18 años que caminaba de noche por las calles de Pamplona y la violaron. La penetraron simultáneamente sin preservativo y videograbaron la escena. Difundieron ellos mismos los videos de la “hazaña”. Cuando huyeron, la dejaron tirada, desnuda y le robaron su teléfono, lo que le impidió pedir auxilio. Una pareja la encontró en la madrugada y llamó a la policía. Los cinco hombres fueron juzgados; sin embargo, el tratamiento del caso en la prensa y las opiniones al respecto resultan sintomáticas. Se podían leer comentarios como: ¿Por qué no opuso resistencia y no se marchó de ahí?; o que si realmente esto la traumó, ¿por qué seguía con su vida, salía con sus amigas y hasta viajaba? El juicio, casi todo el tiempo, fue para ella.

Los criminales fueron condenados en Navarra por abuso sexual. El fallo fue sumamente laxo y el tribunal descartó los agravios que vivió la mujer como violación y condenó a los hombres sólo por abuso sexual; en lugar de sentenciarlos a más de 20 años de prisión, como pidió la fiscalía, los sentenció a nueve. A partir de ello las mujeres salieron a la calle: si la justicia machista no cree en ellas, ¿por qué ellas deberían creer en la justicia? El caso resonó en todo el mundo y llegó hasta el Tribunal Supremo. Tuvieron que pasar tres años después de los hechos para que en junio de 2019, tras escuchar los recursos de las acusaciones y las defensas contra la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Navarra (que ratificó la de la Audiencia de Navarra), el tribunal decidiera revocar las sentencias y calificar los hechos como violación; se elevó así la condena a 15 años.

México no es la excepción. Rápidamente fue relacionado con el caso de los Porkys (2015), otro grupo de violadores beneficiados por el sistema de justicia machista. En el estado de Veracruz, Daphne, una joven menor de edad, declaró que fue jalada y metida a un coche a la fuerza. Quedó en el asiento de atrás en medio de dos hombres. Los otros dos iban adelante. Le jalonearon la blusa, tocaron sus senos, metieron sus dedos en su vagina e ignoraron las veces que ella pidió que pararan. Se burlaron de ella y luego, en la casa del conductor del automóvil, él mismo la violó. A Diego Cruz se le acusó de pederastia, al ser ella menor. En su momento, se declaró como insuficiente el auto de formal prisión en contra de Cruz; según el juez de distrito no hubo pruebas de abuso sexual, ya que además de probarse el “acto libidinoso” también se debe comprobar que hubiese una intención lasciva del agresor. Es decir, el cuerpo de Daphne fue violentado, pero se necesitaron pruebas, de acuerdo con el juez, para comprobar que él la tocó para obtener placer sexual. Una vez más se le exigió a la víctima probar que fue agredida, pese a la evidencia, y se protegió al victimario. A ella se le cuestionó, como si ella fuese la que cometió el crimen, por lo que contestó valientemente con una carta: “Sí he tomado, sí he salido de fiesta, sí he usado faldas cortas […] ¿por eso me van a juzgar?, ¿por eso me lo merecía?, ¿por eso pasó lo que pasó?, ¿por andar de noche con mis amigas?” Al igual que en el caso de la Manada en España, en México hay un engranaje de complicidades que protege a violadores.

Ejemplos de sistemas de justicia machistas no solamente provienen de países latinos. En California, con un sistema jurídico de tradición anglosajona (common law), las cosas no son diferentes. Brock Turner violó a una mujer que se encontraba inconsciente en el campus de la Universidad de Stanford. Hubo dos testigos que atraparon a Turner. Fue arrestado y liberado el mismo día tras pagar una fianza de 150 000 dólares. Al concluir su juicio, en 2016 en el condado de Santa Clara se le sentenció sólo a seis meses de cárcel y tres años de libertad condicional, cuando la fiscalía pedía 14 años de prisión. Finalmente, sólo cumplió tres meses en la cárcel. Este caso además cruza con temas de clase y racialidad: al ser Turner un joven económicamente privilegiado y blanco, recibió una sentencia menor que otros casos, como el de Corey Batey de origen afroamericano, estudiante universitario que fue sentenciado por un mínimo de 15 años en 2013. Al igual que Turner, violó a una estudiante inconsciente. El contraste entre estas sentencias fue sumamente sonado en la prensa y en las redes sociales al darse a conocer la sentencia de Brock Turner.

Estos tres casos en tres países y sistemas legales distintos son muestra de cómo la procuración de justicia, lejos de defendernos de los prejuicios machistas, está impregnada de ellos. Las acciones cotidianas, consideradas “micro”, sostienen un sistema racista, clasista y misógino y sus repercusiones escalan a niveles tan relevantes como las instituciones de justicia.

Ser mujer implica muchos riesgos y desventajas. A nivel global, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida, y en algunos países esta proporción aumenta a siete de cada 10.5 En México, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) de 2016, de los 46.5 millones de mujeres que son mayores de 15 años, 66.1% ha padecido al menos un incidente de violencia emocional, económica, física, sexual o de discriminación ya sea en el espacio privado o en el público, 43.9% ha sido agredida por su pareja en algún momento y 41.3% ha vivido violencia sexual.6 Además, la cifra aumenta si se vive con alguna discapacidad: las mujeres con discapacidades corren mayor riesgo de violencia sexual y son más propensas a sufrir violencia en el espacio doméstico, abuso emocional y abuso sexual que las mujeres sin discapacidades. Además enfrentan la invisibilidad de la problemática, incluso dentro de los mismos colectivos de mujeres y a nivel institucional (por ejemplo en México, a diferencia de otros países, no hay datos oficiales sobre violencia de género y discapacidad). Estas violencias operan también como con el resto de quienes sufren abusos: en  el espacio de lo cotidiano, por parte de alguien cercano, como compañeros o familiares.7

En este contexto, los machismos cotidianos propician un ambiente hostil que permite que sucedan violencias mayores. Presentamos aquí un compendio de situaciones y experiencias que nos suceden a nosotras, a nuestras amigas, familiares, compañeras de trabajo, a las mujeres con las que hablamos cuando vamos en el metro, en la sala de espera del banco o en la fila del baño de un bar, a las personas con las que platicamos en el salón de clases o cuando vamos a algún evento social, a las que leemos, a las que escuchamos en la radio, aquellas que vemos en películas y en las redes sociales.

Nuestras historias son las situaciones incómodas, desagradables, frustrantes, agresivas, que se repiten una y otra vez, a las que procuramos restarles importancia porque hemos terminado por acostumbrarnos o resignarnos. Al compartirlas con otras mujeres, caemos en cuenta de lo normalizadas que están este tipo de conductas en nuestra sociedad, de lo difícil que es a veces, para nosotras mismas, sacarnos de la cabeza prejuicios y reacciones aprendidas en torno a la forma en que nos enseñan a pensar nuestro cuerpo y reconocernos como personas, a quiénes admiramos y cómo nos gustaría ser; a los roles que debemos ocupar en nuestra familia, en la escuela, en la calle o en el trabajo, las expectativas que debemos cumplir y lo que esperamos de las demás personas.

En ese sentido, las experiencias y ejemplos que aquí presentamos son una pequeña muestra de las situaciones que suceden de manera muy frecuente en el entorno urbano en que vivimos, en la Ciudad de México, y que pueden haber sido vividas en forma similar por quienes leen, por supuesto, con sus particularidades y matices.

Las autoras de este libro somos dos personas distintas que nacimos y crecimos en contextos y en familias muy diferentes, pertenecemos a diferentes generaciones y tenemos maneras distintas de pensar. Escribir este libro ha sido para nosotras un proceso de aprendizaje, discusión y diálogo, de encuentros y desencuentros. En sus páginas se hallan nuestras voces y miradas, es un trabajo hecho con cariño tras reflexionar desde nuestros referentes y conocimientos teóricos y, sobre todo, empíricos. Si bien nuestras experiencias pueden hacer eco con las de muchas mujeres, no son “universales”, están enmarcadas en los contextos específicos que habitamos y desde los cuales hablamos. Cada una enfrenta distintos machismos en su vida cotidiana, que toman formas distintas cuando se cruzan con otras variables como el racismo, la homofobia, la xenofobia, entre otras. No es lo mismo escribir en un espacio urbano en México que en uno rural en Colombia. No es igual trabajar y enfrentar acosos por parte de un jefe en una fábrica maquiladora de Ciudad Juárez que en la oficina de un corporativo en Madrid, pero de alguna forma todas tenemos algo en común: enfrentar violencias motivadas por nuestro sexo, género, expresión de género u orientación sexual.

Somos conscientes de que lo que aquí describimos cada quien lo vive de manera distinta; esperamos que este libro pueda nutrir o acompañar más conversaciones.

A veces nos olvidamos de estas diferencias y no nos detenemos a observar nuestros privilegios, que pueden hacer que muchos de estos episodios sean invisibles por completo. Pensamos entonces: “Si no me pasa a mí, no existen”; hay quienes creen que son “problemas que inventan las feministas”, que quienes los denuncian exageran (“no aguantan nada” o “no tienen sentido del humor”), mienten (“sólo quieren llamar la atención”) o que de alguna manera ellas mismas se lo buscaron. Hace falta revisar en dónde estamos situadas, ya que cada quien lo vive y lo enfrenta de manera muy distinta de acuerdo con las vivencias, miedos o herramientas que tiene. Los machismos cotidianos nos afectan a todas las personas y ocurren en distintas formas y niveles. Al ser acciones discriminatorias que buscan perpetuar las estructuras de poder, en particular la relación jerárquica entre hombres y mujeres, rechazan formas de ser y relacionarse que no corresponden con el modelo “aceptado”, es decir, personas que no viven de acuerdo con las expectativas de género, afectando a mujeres, personas lgbt+, y también a los hombres que intentan vivir de acuerdo con la norma y se enfrentan a las grandes dificultades que implica alcanzarla: si queremos que exista un cambio debemos hacer conciencia de manera conjunta y los varones deben de reconocer y hacerse cargo de las violencias que ejercen.

Durante el proceso de escritura tuvimos la fortuna de contar con el acompañamiento de mujeres a quienes admiramos, con quienes discutimos, reflexionamos, mantuvimos largas conversaciones en las que salían a relucir emociones y experiencias compartidas. Les estamos profundamente agradecidas.

Esperamos que estas páginas sean acompañamiento para quien las lee.

 

Claudia de la GarzaEréndira Derbéz


1 Luis Bonino. “Micromachismos: el poder masculino en la pareja moderna”, en José Ángel Lozoya y José María Bedoya (coord.)  Voces de hombres por la igualdad, http://vocesdehombres.wordpress.com, 2008, p. 96. [Consultado el 30 de marzo de 2019].

2 Los planteamientos de Luis Bonino pueden consultarse en “Micromachismos: el poder  masculino en la pareja moderna”, op. cit.

3 Mientras escribíamos este libro apareció el artículo “No son micromachismos”, de Isabel Muntané Rodríguez, el 6 de febrero de 2019 en El País. Lo que escribe la periodista resonó con mucho de lo que pensamos y nos gustó encontrar que del otro lado del Atlántico existen discusiones hermanas.

4 Es interesante notar que, de acuerdo con algunos estudios a nivel internacional, las mujeres tienen un importante papel en las decisiones de compra: más de 70% a nivel mundial (Silverstein y Sayre, “The Female Economy”, Harvard Business Review, septiembre de 2009). Este fenómeno está estrechamente relacionado con el hecho de que las mujeres siguen dedicando más tiempo al cuidado no remunerado, lo que implica que son las encargadas de la mayoría de las compras del hogar, y también el principal objetivo de las estrategias de mercadotecnia.

5 “Estimaciones mundiales y regionales de la violencia contra la mujer: prevalencia y efectos de la violencia conyugal y de la violencia sexual no conyugal en la salud”, Organización Mundial de la Salud, Departamento de Salud Reproductiva e Investigación, Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, Consejo Sudafricano de Investigaciones Médicas (2013).

6 Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2016, INEGI, 2017.

7 Con información de “Violencia contra la mujer con discapacidades”, Departamento de Salud y Servicios Sociales de los Estados Unidos, Oficina para la Salud de la Mujer, y “Cinco cosas que no sabías sobre la discapacidad y la violencia sexual”, Fondo de Población de las Naciones Unidas, 30 de octubre de 2018.

 

2 comentarios en “Machismos cotidianos

  1. En efecto, cada una de nosotras hemos sido agredidas y violentadas. Las felicito por alzar la voz en nombre de todas, tenemos que hacernos visibles. Quiero, además señalar que cada madre deberá hacer conciencia del estilo de crianza que practica con sus hijos varones y lograr que los padres asuman la responsabilidad que les corresponde en su formación.

  2. El problema también es que el machismo nace en casa, desde la familia; algunas mujeres así hicieron ha muchos que se dicen hombres, el homosexual tambien colabora en esa deformación machista. hay toda una actitud bastante complicada compleja que tiene que ver con la educación, mucha gente que trabaja para los diferentes gobiernos no pueden hacer nada porque desde ahi se obliga a muchas mujeres a ejercer actividades de prostitución, que está descompuesto por el capitalismo salvaje

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